Heriberto Khan, el periodista que brilló en años oscuros


doy-fe-heriberto-kahn-13605-MLA3172646687_092012-OHeriberto Khan un periodista que supo brillar en una época oscura, escribía y firmaba sus notas en La Opinión, en los años 70. Fue el primero que investigó al ex ministro López Rega, cuando era peligroso hacerlo. Su historia personal merece ser conocida.

La vida y obra del periodista Kahn bien podría ser descripta como “el matiz del gris”.Un obsesivo de la información, de los contactos reservados y de las fuentes reveladoras. Cómo se convirtió de pronto en el periodista estrella del diario más prestigioso del momento. Escribir y firmar en los años de plomo. Una época oscura del periodismo en que se podía ser funcional a diversos sectores sin tener plena conciencia. DsD presenta otra Zona Dura para recuperar la historia del periodismo argentino. Sin prejuicios ni estigmatizaciones. Para tratar de entender.

Enrique “Jarito” Walker fue detenido desaparecido a los 35 años. Rodolfo Walsh ya había cumplido 50 años, cuando enfrentó con su arma a la fuerzas de la represión y luego fue detenido desaparecido. Otros 52 años sumaba el “flaco” Zelmar Michelini cuando fue asesinado. Todos periodistas.

Heriberto Kahn fue contemporáneo de Walker, Walsh y Michelini. Pero a diferencia de ellos, él creyó en los militares en ascenso durante el gobierno de Isabel Perón. Los uniformados fueron sus principales fuentes informativas, cuando constituían un factor de poder. También el final de su vida fue distinto: murió de un cáncer de páncreas a los 31 años.

Kahn parece haber vivido el mismo ciclo que Manfred Schönfeld, el insigne columnista de La Prensa. Luego del golpe institucional de 1976 Khan quedó anodadado cuando una amiga suya fue secuestrada y desaparecida por las fuerzas seguridad. Schonfeld también respaldó la sonada cívica y militar, hasta que empezó a criticar el régimen cuando pudo constatar la existencia de un juez que tomaba declaraciones a un detenido bajo torturas.

Pero unos y otros fueron periodistas. Que los “años de plomo” aún estigmatizan.Que obligan a clasificarlos cuando quizá sea una tarea imposible. O peor aún: son condenados al olvido. Y entre tanta polémica pasada y presente se pierde de vista el profesional. Y sus aportes.

Per ejemplo, de Kahn casi nadie recuerda en el ambiente profesional que fue el primer periodista que investigó y publicó notas en la gráfica porteña sobre el entonces poderoso ministro José López Rega. Para valorar su tarea, hay que recordar que pasarían varias décadas hasta que algún periodista argentino intentara reconstruir la vida del ex funcionario que brindó protección y logística a la Triple A, comandos paraestatales que asesinaron impunemente, en lo que sería el preámbulo del genocidio de 1976. Pero eso recién ocurrió con López Rega ya fallecido.

Diario sobre Diarios (DsD) recuerda hoy al periodista Heriberto Kahn, inserto en un complejo contexto histórico que hay que recrear para comprender sus actitudes y expresiones. Para ello, se relevaron todas las fuentes documentales públicas que aluden a Khan y se concretaron algunas entrevistas con quienes lo conocieron o escribieron antes sobre él.

Un tiburón del periodismo

Heriberto Kahn nació en Buenos Aires el 6 de enero de 1946 y cursó la secundaria en el Nacional Buenos Aires, un hecho que para él siempre fue motivo de orgullo. Desde chico se destacó por su capacidad de expresarse en forma oral y escrita, así como por su facilidad para aprender idiomas: además del español, dominaba perfectamente el inglés, el alemán y el francés. En 1965 empezó a estudiar Derecho en la UBA, y cuando tenía 22 años arrancó su carrera periodística en la revista Confirmado. Ahí trabajó durante algún tiempo como redactor, aunque pronto llegó a ocupar la prosecretaría de redacción especializándose en temas de política nacional e internacional. Desde ese medio Kahn cubrió muchísimos viajes al exterior y numerosos hechos de repercusión mundial, entrevistando a personalidades como Henry Kissinger, Franz Joseph Strauss, Simon Wiesenthal y Pierre Salinger.

En 1975, Kahn pasó a integrar el equipo de redactores del diario La Opinión. En su formidable biografía sobre Jacobo TimermanGraciela Mochkofsky relata este ingreso en el marco de lo que describe como un “corrimiento a la derecha” del diario. “Timerman había optado por cambiar la línea del diario. Años más tarde, admitió que había decidido desprenderse ‘de todos los activistas de la JP porque recibí información, a través de los canales periodísticos, de que el general Perón iba a deshacerse de Cámpora y que trataría de neutralizar a los sectores extremistas del peronismo. Pensé que era más prudente ir logrando paulatinamente un tono más moderado en el diario’”, escribe Mochkofsky y remata: “necesitaba gente nueva”. Kahn, con sus excelentes contactos militares, claramente era una posibilidad.

Según detalla el mismo libro, Timerman conoció a Kahn en una comida en la casa del director para América del Sur del American Jewish Committee, Jacobo Kovadloff, en ocasión de la visita a Buenos Aires de un directivo norteamericano del AJC. “Luego de la comida, Timerman y Abrasha (Rothenberg, directivo de La Opinión), que también estaba invitado, se encerraron en el escritorio para hablar con Kahn y le ofrecieron trabajo en La Opinión. Kahn llevó sus dudas a Kovadloff: era un hombre de derecha y tenía reservas ideológicas sobre Timerman. ‘No tenga dudas –le dijo Kovadloff-. Es un periódico para hacer una carrera. Usted no se compromete ideológicamente, no le van a hacer firmar nada. Vaya’.”.

Kahn fue y, efectivamente, hizo carrera, una carrera tan brillante que al poco tiempo se convirtió en el columnista político estrella del diario. Sus informantes principales eran el almirante Massera, jefe de la Armada, y el general Roberto Viola, que en agosto de ese año ascendió a jefe del Estado Mayor, además del coronel Sosa Molina, jefe de Granaderos. El blanco principal de sus artículos fue el entonces ministro de Bienestar Social José López Rega.

Kahn, de hecho, fue uno de los periodistas que más hizo por expulsar al “brujo” del poder, revelando a través de cantidad de una serie de artículos sus manejos espurios yvinculaciones con la Triple A.

“Kahn era un animal del periodismo, un tiburón para la búsqueda de información política”, dice Fernando Ruiz, autor de la investigación sobre la historia de La Opinión Las palabras son acciones a DsD. “Él empezó a cubrir para el diario política exterior, y entonces se volvió muy cercano al canciller peronista Alberto Vignes. Desarrolló con sus fuentes una relación bastante empática, al punto de decir que sus coberturas rayaron en un punto lo propagandístico”.

Según Ruiz, Kahn fue luego tomando cada vez mayor protagonismo en la cobertura de la política nacional y acercándose a las fuentes militares. “Por otra parte –explica- hay que dejar claro que en la Argentina, desde el ’30 en adelante, las fuentes militares estaban naturalizadas. No había un solo periodista político que no estuviera permanentemente en la Armada, en la Fuerza Aérea, en el Ejército. Los medios los tenían totalmente incorporados a su elenco de fuentes”.

Las amenazas

Claro que, por llevar a cabo su trabajo, el periodista recibió amenazas de diversa índole.Rodolfo Pandolfi, colega de Kahn en Confirmado, recuerda el clima de aquellos años:

A partir de 1969, tomamos conciencia de los años tremendos que comenzaban en el país. Todos, de una u otra forma, aprendimos a tener miedo: a saber que hiciéramos lo que hiciéramos, siempre habría un tribunal secreto estudiando si correspondía o no dictar la pena de muerte contra nosotros. Por lo demás, de una manera directa o indirecta, vivíamos amenazados y sin protección. Una organización terrorista de origen fascista y retórica ultraizquierdista nos avisó, en determinado momento, que uno de los hombres del staff de Confirmado sería castigado (por decirlo levemente). Luego vendrían sucesivas amenazas, muchas de las cuales eran, lógicamente, ‘corridas con la vaina’ en un momento de especiales tensiones. En otros casos se trataba de intimidaciones auténticas. Heriberto recibió, concretamente, dos avisos más, que son de mi conocimiento: uno, proveniente de una banda de extrema derecha, que llegó a desplegar en su revista una fotografía de una página señalándolo como ‘periodista sinárquico’; otro, durante el Operativo Dorrego, llegado desde los entusiastas muchachos que habían sido rescatados para las obras públicas en la provincia de Buenos Aires. Parece que no se conformaban con las obras públicas”.

Ya en el ’75, la revista peronista de derecha El Caudillo -orientada por López Rega desde las sombras- también amenazó a Kahn con este mensaje: “En otro caso, chupatintas, corrés el riesgo de que ese nombre tuyo, chupatintas, tenga alguna alteración y se cambie tinta por plomo. ¿Me entendiste bien, chupatintas?”, decía y de más está consignar que eran palabras que debían interpretarse de una forma bastante literal.

Para dar una idea del contexto, basta decir que el 18 de mayo de ese año la Triple A arrojó a Ezeiza el cadáver acribillado y sin uñas de Jorge Money, periodista de economía de La Opinión.

“Éramos hombres desarmados e indefensos, en un lugar donde ya nadie sabía quién, por qué, cuándo y por quiénes sería asesinado. Contra lo que pudiera suponerse, aunque no todos reaccionamos exactamente igual, sobrellevamos las cosas con buen estado de ánimo y cierto difuso fatalismo”, reflexiona Pandolfi, y cita una frase que cierta vez le dijo Heriberto. “Puede que tenga miedo, pero me falta mucho para entrar en el pánico. Quizá una noche, entrando en la revista, vislumbre la cara de alguien que me vigila; estudie por un segundo sus ojos. Y puede ser que entonces me deje llevar por el terror. Todavía no. Pienso, además, que en estos momentos no se van a dedicar a golpear contra nosotros. Más bien van a golpearse entre ellos, en esta guerra de bandas: el turno de bandas vendrá después. Prefiero que me asesinen, en todo caso, a verme consumir de a poco por una enfermedad”.

También Luis Clur recordó, en una entrevista que le hiciera Página/12, la valentía casi temeraria con la que Kahn se movía:

“Recuerdo cuando nos asaltaron la redacción buscando a Heriberto Kahn, que tenía 29 años. Había publicado en La Opinión el lugar donde estaba la sede central de la Triple A, al lado de la Policía Montada de Palermo. Heriberto hizo una crónica un sábado a la noche cuando cerrábamos el diario. Mandamos el artículo al taller y el coordinador nos pregunta: ‘¿Y esto dónde va?’. ‘Con eso cerramos el diario. Va de contratapa’, le contestamos. ‘¿Lo van a publicar en serio?’, preguntó sorprendido. ‘Bueno, yo entrego el original, reviso las pruebas y me voy, porque no me hago responsable de la salida del diario’. El temor era grande. Esa noche nos separamos todos. Timerman no estaba en Buenos Aries; Ramiro de Casasbellas estaba de vacaciones; Enrique Jara se fue a un lado; Kahn se fue a otro y yo me fui al interior de la provincia. A los pocos días vinieron a buscar a Kahn. Apareció un comando preguntando por él y lo recibe el mismo Heriberto, que les dice en la cara: ‘Acaba de salir’. A los 15 minutos estalló una bomba en el piso de la redacción. Ese fue uno de los primeros atentados. Tuvimos en Barracas ametrallamientos y atentados a granel, y muchos desaparecidos”.

La crónica truculenta

El episodio al que se refiere Clur también está relatado en Doy Fe, el libro póstumo de Kahn e inconcluso en el que, según revela la misma contratapa, “el centro de la diatriba sagaz, sistemática y erosionante fue el ex ministro José López Rega, personaje de raros e inquietantes procederes”. Es una crónica de lo más truculento de aquellos años. Imperdible, por supuesto:

“El 1º de abril de 1975 presentaron sus cartas credenciales a la señora de Perón en la Casa de Gobierno los nuevos embajadores de Irak y Jordania. Como es tradicional, acompañaron a ambos diplomáticos escoltas de Granaderos a Caballo. Cumplida la ceremonia, los efectivos regresaban a la sede del regimiento, en la avenida Luis María Campos, de Palermo, flanqueados por un vehículo en el que viajaban varias personas. En la esquina de la avenida Figueroa Alcorta y Tagle, el vehículo mencionado sufrió un desperfecto, ante lo cual el oficial más antiguo del grupo, un teniente de apellido Segura, se acercó a varios policías que se encontraban en aquella esquina, afectados a la custodia de la embajada de Chile, que se halla a pocos pasos de allí. Segura se dirigió a los agentes solicitándoles le indiquen el lugar más cercano donde hubiera un teléfono desde el cual pedir auxilio para el vehículo averiado.

Sin perder un minuto, los policías indicaron al oficial de Granaderos que en el número 3297 de la avenida Figueroa Alcorta funcionaba una dependencia del ministerio de Bienestar Social, donde sin duda se le facilitaría un teléfono. Ni bien ingresó a aquel edificio, el teniente Segura fue recibido efusivamente por un hombre que se mostró especialmente complacido por la presencia de un oficial de Granaderos en el lugar y señaló que allí trabajaban hombres de la Policía y de las tres Fuerzas Armadas. Con indisimulado orgullo, la persona en cuestión relató a Segura que en ese lugar funcionaba un cuartel de las denominadas Triple A, y aludió al hecho de que, en el fin de semana anterior, ‘nos levantamos’ más de una docena de víctimas. De inmediato, el hombre obsequió al oficial varios ejemplares de la revista El Puntal –la sucedánea de El Caudillo- que, según decía la publicación dirigida por Felipe Romeo, tenía su sede en aquel lugar. Por último, Segura fue presentado a una mujer que dijo, ufana, ser secretaria de López Rega.

El teniente efectuó el llamado telefónico que lo había llevado hasta aquel lugar, e inmediatamente después se alejó del edificio sin decir palabra. Ni bien regresó a la sede de su regimiento, Segura solicitó ver a su jefe, el coronel Jorge Sosa Molina, a quien relató, espantado, el episodio del que había sido protagonista”.

Varios fueron los artículos que en esa línea publicó Kahn en las páginas de La Opinión y en Carta Política, la revista editada por Mariano Grondona donde también colaboraba.“Desde principios de 1975, Kahn comenzó a profundizar su cobertura sobre López Rega, y llegaría a convertirse en un protagonista importante de su caída con el pleno respaldo de Timerman”, asegura en su libro Fernando Ruiz.

Una nota, un estruendo

El 1 de julio de 1975, el periodista publicó un artículo que describía una reunión de gabinete en la que un ministro corrió a otro para pegarle y Massera cuestionó a López Rega. El artículo, según Ruiz, “fue un estruendo”, ya que la nota ponía de manifiesto que los militares participaban activamente de la arremetida contra el superministro. “Fue un punto de inflexión en la estrategia política del actor militar, cuya influencia en el régimen político se hizo más visible, ya que en el mismo artículo Kahn enumeró la agenda de reclamos militares: renuncia de figuras irritativas (López Rega y seguidores), apertura del diálogo con todos los sectores incluso militares y vigencia de las instituciones”.

Las Fuerzas Armadas, en el discurso de La Opinión, aparecían cada vez más como líderes del reclamo civil”, marca también el investigador, y explica en otro pasaje que “el diario no sólo desvinculó a los militares de la violencia derechista, sino que los presentó como la garantía necesaria para que toda violencia desapareciera”.

Una vez desplazado López Rega, Kahn contribuyó con sus artículos a dar otro espaldarazo a la consolidación de la estrategia de Videla y Viola.

“Videla y Viola tenían un pasado colorado y ninguno simpatizaba personalmente con Timerman –despertaba todos sus prejuicios contra izquierdistas y judíos- pero La Opinión fue, en este período, el principal difusor de sus ideas y un importante terreno para sus operaciones políticas”, cuenta Mochkofsky.

Y agrega: “La primera había sido el desplazamiento de López Rega. La siguiente debía ser el reemplazo de Numa Laplane por Videla, el general con mayor consenso del Ejército. El nombramiento de Damasco en Interior, en agosto de 1975, apuró el desenlace: era un coronel en actividad y, por lo tanto, de grado inferior a muchos oficiales a los que estaba en posición de dar órdenes. Los altos mandos se dieron por insultados y rechazaron el nombramiento, detonando una crisis que culminó en la renuncia del ministro y el relevo de Numa Laplane por Videla ese mismo mes. Timerman admitió años después que “por la dura lucha contra López Rega, hicimos una dura lucha contra Numa Laplane, y apoyamos a Videla. Videla llamó esa noche para agradecer a Kahn”.

“¿Habrá un golpe militar esta semana?”, se preguntaba el periodista en un artículo de agosto del 75. “No –se contestaba- pero necesariamente deberá resolverse la crisis militar planteada a partir de la designación del coronel Vicente Damasco como ministro del Interior”.

Mochkofsky describe el contexto y la cotidianeidad de la época con lujosa precisión. “Por esa época, los jefes militares que preparaban el golpe establecieron una rutina de almuerzos con los principales periodistas de Buenos Aires, donde hablaban abiertamente sobre sus planes de derrocar a Isabel. Kahn, convertido desde la campaña contra López Rega en el periodista del momento, era un asistente permanente. Su pequeñez física agudizaba su aspecto juvenil (tenía 30 años). Cuando llegaba a la redacción, una pequeña multitud se reunía a su alrededor para conocer las novedades. Exasperaba a Casasbellas y a Jara, porque sus relatos se extendían y demoraban el cierre de la edición. Lo urgían a sentarse en su escritorio, porque sabían, además, que era lento frente a la máquina de escribir. Kahn sentía un genuino entusiasmo por los militares que se disponían a tomar el control del país, especialmente por Viola y Massera. Tenía excelentes relaciones con ellos, con Videla y con sus aliados internos. El almirante lo impresionaba: lo consideraba un hombre: ‘con un talento político innato’”.

“En febrero de 1976, La Opinión –como el resto de la prensa, con la solitaria excepción de Cuestionario, la revista de Rodolfo Terragno- anunciaba con entusiasmo la inminencia del golpe. Kahn escribió: ‘Es todo el sistema el que aparece en retroceso, creando así las condiciones de un vacío político que puede culminar en un cuadro de colapso que obligue a las fuerzas armadas a intervenir como elemento de reserva ante una grave emergencia nacional (…) Las fuerzas armadas podrán verse obligadas a intervenir, no para suprimir el sistema, sino para regenerarlo. No se trataría de reemplazar el poder civil por el poder militar, sino de reordenar el país y volver a ponerlo de pie en todos los aspectos, en especial el moral. Pero, además, restablecer las bases adecuadas para que el sistema pueda volver a funcionar, en particular a partir de la creación de nuevos canales de expresión partidarios, y de dotar al país de una nueva clase dirigente de la que aparece angustiosamente necesitado’”.

Durante los días del golpe, Casasbellas y Kahn cerraron cuatro ediciones sucesivas hasta el amanecer. “Kahn se sentó a una mesa con dos teléfonos para él solo y comenzó a llamar a sus fuentes”, cuenta Mochkofsky. “La tercera y cuarta edición éramos él y yo solos –recordó Casasbellas-. Por cierto, no cambiamos demasiado: la primera edición ya hablaba del golpe, salió temprano. La segunda daba el nombre de Videla, que no había publicado ningún diario. La tercera y la cuarta insistieron en lo de Videla, pero desarrollando ya la noticia, cuándo iba a asumir, etcétera. Terminamos tarde, alrededor de las seis de la mañana. Arreglé para que un auto del diario nos llevara a mí a mi casa y a Heriberto a la suya. Creo que vivía por Palermo. No sé por qué tomamos la calle Cangallo, donde estaba la Unión Obrera Metalúrgica, y se veían dos tanquetas frente al edificio, un humo de algo, no sé qué sería, se habría disparado alguna granada, y unos soldados que estaban en piquete. Le dije al chofer que fuera lentamente. Mientras pasábamos, Heriberto me dice: ‘¿Ve? El sindicalismo se acaba para siempre, va a haber un nuevo sindicalismo’. Lorenzo Miguel estaba preso. Me dijo: ‘Se va a terminar con todo esto, es una Argentina que tiene que desaparecer’. Le dije: ‘Heriberto, Lorenzo Miguel va a estar de vuelta cuando lo necesiten los militares. A lo mejor dentro de dos años’. Me equivoqué por uno, porque estuvo de vuelta a los tres años. Pobre Heriberto”.
La muerte y las preguntas

Según señala la contratapa de Doy Fe, desde las páginas de Confirmado, Carta Política y La Opinión, Heriberto Kahn “supo dar testimonio de su inquebrantable fe en el quehacer democrático y la rectitud y dignidad personales”. Desde el prólogo de la misma obra, en tanto, Pandolfi recuerda que “la virtud más importante de Heriberto –y sobre esto no existen opiniones- era su honestidadUna honestidad inteligente, pero pura. Kahn no podía, directamente, decir algo distinto a lo que pensaba. Era incapaz de una ambigüedad de la utilización de una doble verdad. Su mismo formalismo lo había hecho orgulloso: nadie lo obligaría nunca a humillarse en la mentira. Ni en el silencio”.

Al mismo tiempo, no puede dejar de reconocerse que a través de esos mismos artículos “valientes y honestos” Kahn contribuyó como pocos a la construcción del discurso golpista que culminó con el derrocamiento de Isabel Perón el 24 de marzo de 1976. ¿Qué responsabilidad pudo haber tenido en periodista en esto? ¿Se lo puede tachar de cómplice? ¿Se lo puede culpar de ingenuo? ¿Se puede decir que no sospechaba qué ocurriría, cuando claramente era el tipo con mejores fuentes militares en la Argentina?

“A partir del 25 de mayo de 1973, fecha en que las Fuerzas Armadas llegaron al punto más bajo de su popularidad, -escribe Fernando Ruiz- se inició un proceso político que culminó el 24 de marzo de 1976 con una nueva ocupación del poder por los militares, que lideraban una alianza social que evitó toda resistencia. Durante esos casi tres años, se fue produciendo un traspaso del poder, primero homeopático y luego a grandes saltos, desde las instituciones democráticas hasta las esferas militares. Hacia el final sólo restaba el traspaso formal de los atributos del poder. Muy pocos protestaron por la creciente injerencia militar en el Estado, pues era vista como una fuerza estabilizadora, moderadora e institucionalizadora. Por acción u omisión, la construcción política del golpe militar fue una tarea colectiva”.

Jorge San Pedro, hoy periodista del diario Buenos Aires Herald, compartió algunos meses de trabajo con Kahn en La Opinión, cuando él tenía 19 años y Heriberto ya se había convertido en el mentado periodista estrella. “No lo trataba demasiado, pero era una persona muy amable, con sentido del humor. De todas formas él no pasaba tanto tiempo en la redacción, sino que la mayoría del tiempo estaba en la calle, era conocido su contacto muy estrecho con las fuentes militares”.

Luego agrega: “Respecto de qué responsabilidad se le puede adjudicar en cuanto a la construcción del discurso golpista, es algo difícil. No hay forma de saber qué pasaba por su cabeza, pero personalmente pienso que él pudo haber comprado de buena fe esa idea que proponía que los militares sólo recuperarían el monopolio de la fuerza para retornar luego un orden democrático, una idea que por lo demás estaba bastante extendida. No se puede negar que Kahn tuviera información excelente, tal vez pueda reprochársele no haber intentado hacer un análisis más profundo y crítico de esa información para poder leer correctamente la realidad. Pero creo que es probable que él ignorara completamente lo que ocurriría, así como mucha gente honesta que apoyó en principio el golpe sin siquiera imaginar lo que se venía: un plan de represión sistemática y asesinatos en masa”.

¿Habrá siquiera sospechado el periodista el negro panorama que se avecinaba? Algo, tal vez, pueda entreverse en esta anécdota que cuenta Mochkofsky:

“También a Heriberto Kahn la conciencia de lo monstruoso le llegó mediante una experiencia personal. Un día, apareció frente al escritorio de Casasbellas, pálido como un muerto, y le rogó, con tono urgente: ‘Quiero hablar con usted’. Casasbellas lo hizo pasar y cerró la puerta. ‘Tengo que decirle algo muy grave –dijo Kahn-. Entraron al departamento de una amiga mía anoche, le reventaron la puerta, le sacaron todo lo que tenía, le destruyeron todo y se la llevaron. No sé qué hacer’. Casasbellas estaba sorprendido. ‘Pero usted, con tantos amigos…’. ‘Ya fui a verlos –dijo Kahn, con la voz quebrada-. ¿Sabe qué me dijeron? ‘No te preocupes, olvidate del tema’. Estaba desolado. Casasbellas lo llevó a la cafetería del diario, para ver si un trago de café caliente le devolvía la compostura. No pudo resistir el impulso de decirle ‘Yo se lo advertí’, porque era la primera vez, desde el golpe, que Kahn no llegaba a él con su entusiasmo de niño y le repetía lo que sus fuentes le habían dicho: que ahora la gente iba a poder participar de la discusión de las leyes en el Congreso, que los militares crearían sindicatos impolutos, que defenderían los derechos de la gente… ‘¿Usted no cree? Usted es un incrédulo’, lo desafiaba Kahn. Casasbellas le decía que no, que simplemente tenía más años y que esas promesas eran grandes mentiras. Le advirtió que habría más brutalidad que durante el gobierno de Lanusse. ‘Usted se equivoca’, insistía Kahn”.

Poco después de la desaparición de su amiga, a Kahn lo fulminó un cáncer de páncreas que se lo llevó el 23 de septiembre de 1976. Tenía 31 años, estaba casado y tenía una hija que todavía no había completado su segundo año de vida./fuente diariosobrediarios.com

Sin paraguas ni escarapelas, 1810. Por Osvaldo Soriano


El 22 de mayo por la noche, el coronel Cornelio Saavedra y el abogado Juan José Castelli atraviesan la Plaza de la Victoria bajo la lluvia, cubiertos con capotes militares. Van a jugarse el destino de medio continente después de tres siglos de dominación española. Uno quiere da independencia, el otro la revolución, pero ninguna de las dos palabras serán mencionadas esa noche. Luego de seis días de negociación van a exigir la renuncia del español Cisneros. Hasta entonces Cornelio Saavedra, jefe del Regimiento de Patricios, ha sido cauto: “Dejen que las brevas maduren y luego las comeremos”, aconsejaba a los más exaltados jacobinos.

Desde el 18, Belgrano y Castelli, que son primos, exigen la salida del virrey, pero no hay caso: Cisneros se inclina, cuanto más a presidir una junta en la que haya representantes de Fernando VII – preso de Napoleón – y algunos americanos que acepten perpetuar el orden colonial. Los orilleros andan armados y Domingo French, teniente coronel del estrepitoso Regimiento de la Estrella, esta por sublevarse. Saavedra, luego de mil cabildeos, se pliega: “Señores, ahora digo que no sólo es tiempo, sino que no se debe perder ni una hora”, dice en la última reunión en casa de Nicolás Rodríguez Peña. De allí en más loa acontecimientos se precipitan y el destino se juega bajo una llovizna en la que no hubo paraguas flamantes ni amables ciudadanos repartiendo escarapelas.

El orden de los hechos es confuso y contradictorio según a qué memorista se consulte. Todos, por supuesto – salvo el pudoroso Belgrano -, intentan jugar el mejor papel. Lo cierto es que el todo Buenos aires asedia el Cabildo donde están los regidores y el obispo. “Un inmenso pueblo”, recuerda Saavedra en sus memorias, y deben haber sido más o menos cuatro mil almas si se tiene en cuenta que para más tarde, para el golpe del 5 y 6 de abril de 1811, el mismo Saavedra calcula que sus amigos han reunido esa cifra en la Plaza y la califica de “crecido pueblo”.

La gente anda con el cuchillo al cinto, cargando trabucos, mientras Domingo French y Antonio Beruti aumentan la presión con campanadas y clarines que llaman a los vecinos de las orillas. Esa noche nadie duerme y cuando los dos hombres llegan al Cabildo empapados, los regidores y el obispo los reciben con aires de desdén. Enseguida hay un altercado entre Castelli y el cura. “A mí no me han llamado a este lugar para sostener disputas sino para que oiga y manifieste libremente mi opinión y lo he hecho en los términos en que se ha oído”, dice monseñor, que se opone a la formación de una junta americana mientras quede un solo español en Buenos Aires. A Castelli se le sube la sangre a la cabeza y se insolenta: “tómelo como quiera”, se dice que le contesta.

Cuatro días antes había ido con el coronel Martín Rodríguez a entrevistarse con Cisneros que era sordo como una tapia. “¡No sea atrevido!”, le dice el virrey al verlo gritar y Castelli responde muy orondo: “¡y usted no se caliente que la cosa ya no tiene remedio!”.

Al ver que Castelli llega con las armas de Saavedra, los burócratas del Cabildo comprenden que deben sustituir a Cisneros, pero dudan de su propio poder. Juan José Paso y el licenciado Manuel Belgrano esperan afuera recorriendo pasillos, escuchando las campanadas y los gritos de la gente. Saavedra sale y les pide paciencia. El coronel es alto, flaco, parco y medido. El rubio Belgrano, como su primo, es amable, pero se exalta con facilidad. Paso es hombre de callar y tramar pero luego tendrá su gesto de valentía.

Entrada la noche, cuando Fench y Beruti han agitado toda la aldea y repartido muchos sablazos entre los disconformes. Belgrano y Saavedra abren la puerta de la sala capitular para que entren los gritos de la multitud. No hay nada más que decir: Cisneros se va o lo cuelgan. ¿Pero quién se lo dice? De nuevo Castelli y el coronel cruzan la Plaza y van a la fortaleza a persuadir al virrey. Hay un último intento del español que forma una junta incluyendo a Castelli, que tiene cuarenta y tres años y está enfermo de cáncer. Los “duros” rechazan la propuesta y juegan a todo o nada. Cisneros trata de ganarse al vanidoso Saavedra, pero el coronel ya acaricia la gloria de una fecha inolvidable. Quizá piensa en George Washington mientras Castelli se imagina en la Convención francesa. Su Robespièrre es un joven llamado Mariano Moreno, que espera el desenlace en lo de Nicolás Peña.

Entre tanto French, que teme una provocación impide el paso a la gente sospechosa de simpatías realistas. Sus oficiales controlas los accesos a la Plaza y a veces quieren mandar más que los de Saavedra . Por el momento la discordia es sólo antipatía y los caballos se topan exaltados o provocadores. Al amanecer, Beruti, por orden de French derriba la puerta de una tienda de la recova y se lleva unos rollos de paño para hacer cintas que distingan a los leales de los otros. Alguien lo ve de lejos y nace la leyenda de la escarapela.

Al amanecer, para guardar las formas, el Cabildo considera la renuncia de Cisneros, pero la nueva junta de gobierno ya está formada. Escribe el catalán Domingo Matheu: “Saavedra y Azcuénaga son la reserva reflexiva de la ideas y de las instituciones que se habían formado para marchar con pulso en las transformaciones de la autognosia (sic) popular; Belgrano, Castelli y Paso eran monárquicos, pero querían otro gobierno que el español; Larrea no dejaba de ser comerciante y difería en que no se desprendía en todo evento de su origen español; demócratas: Alberti, Matheu y Moreno.

Los de labor incesante eran Castelli y Matheu, aquel impulsando y marchando a todas partes y el último preparando y acopiando a toda costa vituallas y elementos bélicos para las empresas por tierra y agua. Alberti era el consejo sereno y abnegado y Moreno el verbo irritante de la escuela, sin contemplaciones a cosas viejas ni consideración a máscaras de hierro; de ahí arranca la antipatía originaria en la marcha de la junta entre Saavedra y él”. Matheu se da demasiada importancia. Todos esos hombre han sido carlotistas y, salvo Saavedra, son amigos o defensores de los ingleses que en el momento aparecen a sus ojos como aliados contra España.

La mañana del 25, cuando muchos se han ido a dormir y otros llegan a ver “de qué se trata”, Castelli sale al balcón del Cabildo y con el énfasis de Saint Just anuncia la hora de la libertad. La historiografía oficial no le reserva un buen lugar en el rincón de los recuerdos. El discurso de Castelli es el de alguien que arroja los dados de la Historia. Aquellas jornadas debían ser un golpe de mano, pero la fuerza de aquellos hombres provoca una voltereta que sacudirá a todo el continente. Dice Saavedra: “Nosotros solos, sin precedente combinación con los pueblos del interior mandados por jefes españoles que tenían influjo decidido en ellos, (…) nosotros solos, digo, tuvimos la gloria de emprender tan abultada obra (…) En el mismo buenos aires no faltaron (quienes) miraron con tedio nuestra empresa: unos la creían inverificables por el poder de los españoles; otros la graduaban de locura y delirio, de cabezas desorganizadas; otros, en fin, y eran los más piadosos, nos miraban con compasión no dudando de que en breves días seríamos víctimas del poder y furor español”.

La audacia desata un mecanismo inmanejable. Saavedra es un patriota pero no un revolucionario y no puede oponerse a la dinámica que se desata en esos días. El secretario Moreno un asceta silencioso y torvo, dirige sus actos y órdenes a destrozar el antiguo sistema. Habla latín, inglés y francés con facilidad; ha leído – y hace publicar, censurado – a Jean Jaques Rousseau, conoce bien la Revolución Francesa y es posible que desde el comienzo se haya mimetizado en el fantasma de un Robespièrre que no acabará en la tragedia de Termidor. Otros vinculan su torvo pensamiento con la enseñanzas de la peor inquisición. Castelli está a su lado, como French, Beruti y el joven Monteagudo, que maneja el club de los “chisperos”. Todos ellos celebran el culto ateo de “la muerte es un sueño eterno”, que Fouché y la ultraizquierda francesa usaron como bandera desde 1772. Belgrano, que es muy creyente, no vacila en proponer un borrador como apuntes sobre economía para el Plan de Operaciones que en agosto redactará Moreno a pedido de toda la Junta.

Moreno, Castelli y Belgrano son un bloque sólido con una política propia a la que por conveniencia se pliegan Matheu, Paso y el cura Alberti; Azcuénaga y Larrea sólo cuentan las ventajas que puedan sacar y simpatizan con el presidente Saavedra que a su vez los desprecia por oportunistas. Las discordias empiezan muy pronto, con las primeras resoluciones. Castelli parte a Córdoba y el Alto Perú como comisario político de Moreno, que no confiaba en los militares formados en la Reconquista. Es Castelli quien cumple las “instrucciones” y ejecuta a Liniers primero y al temible mariscal Vicente Nieto más tarde.

Belgrano, el otro brazo armado de los jacobinos, va a tomar el Paraguay; no hay en él la ira terrible de su primo, sino una piedad cristiana y otoñal que lo engrandece en los triunfos y las derrotas: en el norte captura a un ejército entero y lo deja partir bajo juramento de no volver a tomar las armas. Manda a sus gauchos desarrapados con un rigor espartano y no fusila por escarmiento sino por necesidad.

Frente a frente, uno de levita y otro de uniforme, Moreno de Chuquisaca y Saavedra de Potosí, se odian con toda el alma. “Impío, malvado, maquiavélico”, llama el coronel al secretario de la Junta; y cuando se refiere a uno de sus amigos, dice: “el alma de Monteagudo es tan negra como la madre que lo parió” el primer incidente ocurre cuando los jacobinos descubren que diez jefes municipales están complotados contra el nuevo poder. En una sesión de urgencia Moreno propone “arcabuceárlos” sin más vueltas, pero Saavedra responde que no cuente para ello con sus armas. “Me bastan las de French”, replica un Moreno siempre enfermo, con las mejillas picadas de viruela, que recién tiene treinta y un años. Al presidente lo escandaliza que ese mestizo use siempre la amenaza del coronel French, a quién hace espiar por los “canarios”, suerte de buchones manejados por el coronel Martín Rodríguez. Los conjurados salvan la vida con una multa de dos mil pesos fuertes, propuesta por el presidente: “¿Consiste la felicidad en adoptar la más grosera e impolítica democracia? ¿Consiste en que los hombres impunemente hagan que a su capricho e interés les sugieren? ¿Consiste en atropellar a todo europeo, apoderarse de sus bienes, maltratarlo, acabarlo y exterminarlo? ¿Consiste en llevar adelante el sistema de terror que principió a asomar? ¿Consiste en la libertad de religión y decir con toda franqueza me cago en Dios y hago lo que quiero?”, se pregunta Saavedra en carta a Viamonte que lo amenaza desde el alto Perú.

Desde fines de agosto, Moreno ha hecho aprobar por unanimidad el secreto Plan de Operaciones que recomienda el terror como método para destruir al enemigo. Ese texto feroz que no se conoció hasta que a fines del siglo XIX Eduardo Madero – el constructor del puerto – lo descubre en los archivos de Sevilla, y se o envió a Mitre. Para entonces , los premios y castigos de la historia oficial ya estaban otorgados y Moreno pasaba por haber sido un intelectual y educador romántico, influido por las mejores ideas de la Revolución Francesa. Pero es la aplicación por Castelli de ese método sangriento lo que asegura el triunfo de la Revolución.

Hasta la llegada de San Martín la formación de los ejércitos se hizo a punta de bayoneta, la conspiración de Álzaga, como la contrarrevolución de Liniers, terminaron en suplicio y los españoles descubrieron, entonces, que los patriotas estaban dispuestos a todo: “Nuestros asuntos van bien porque hay firmeza y si por desgracia hubiéramos aflojado estaríamos bajo tierra. Todo el Cabildo nos hacía más guerra que los tiranos mandones del Virreinato”, escribe Castelli antes de ser llevado a juicio.

A principios de diciembre dos circunstancias banales precipitan la ruptura entre Moreno y Saavedra que será nefasta para la Revolución. En la plaza de toros de Retiro el presidente hace colocar sillas adornadas con cojinillos para él y su esposa. Cuando las ve, Matheu hace un escándalo y argumenta que ningún vocal merece distinción especial. Pocos días más tarde, el 6, el Regimiento de Patricios da una fiesta a la que asisten Saavedra y su mujer. En un momento un oficial levanta una corona de azúcar y la obsequia a la esposa de Saavedra. Moreno se entera y esa misma noche escribe el decreto de suspención de honores. Saavedra se humilla y lo firma, pero el rencor lo carcome para siempre. Poco después, el 18 de diciembre, mientras los Patricios se agitan y reclaman revancha para la afrenta civil, el coronel llama a los nueve diputados de las provincias para ampliar la Junta. Moreno – que intuye su fin – no puede oponerse a esta propuesta “democratizadora”. El único que tiene el valor de votar en contra es el tímido tesorero Juan José Paso.

Moreno renuncia y en enero de 1811 se embarca para Londres. “Me voy, pero la cola que dejo será larga”, le dice a sus amigos que claman venganza. También pronuncia un mal augurio: “No sé, qué cosa funesta se me anuncia en mi viaje”. En alta mar se enferma y nada podrá convencer a Castelli, French y Monteagudo de que lo han asesinado: “Su último accidente fue precipitado por la admisión de un emético que el capitán de la embarcación le suministró imprudentemente y sin nuestro conocimiento”, cuenta su hermano Manuel, que agrega a la relación de los hechos el célebre “¡Viva mi patria aunque yo perezca!”.

Saavedra a liquidado a su adversario, pero la Revolución está en peligro. El español Francisco Javier de Elio amenaza desde la Banda Oriental y no todos los miembros de la Junta son confiables. El 5 y el 6 de abril el coronel Martín Rodríguez con los alcaldes de los barrios junta a los gauchos en la Plaza Miserere y los lleva hasta el Cabildo para manifestar contra los morenistas. Saavedra, que jura no haber impulsado el golpe, aprovecha para sacarse de encima al mismo tiempo a los jacobinos y comerciantes. Renuncian Larrea, Azcuénaga, Rodríguez Peña y Vieytes. Los peligrosos French, Beruti y Posadas son confinados en Patagones. Belgrano y Castelli pasan a juicio por desobediencia y van presos.

Pero Saavedra sólo dura cuatro meses al frente del gobierno y nunca más volverá a tener influencia en los asuntos públicos. Los porteños se ensañan con él y lo persiguen durante cuatro años por campos y aldeas. Nadie tendrá paz: ni Castelli, que muere durante el juicio, ni el propio San Martín, que combate en Chile. Belgrano muere en la pobreza y el olvido, el mismo día de caos en que Buenos Aires cambia tres gobernadores. Rivadavia traiciona a los orientales y todos persiguen a Artigas hasta que se aseguran que los intereses porteños prevalecerán.

Pese a todo, la idea de la independencia queda en pie levantada por San Martín, que se ha llevado como asistente a Monteagudo. Los ramalazos de la discordia duran intactos medio siglo y se propongan hasta hoy en los entresijos de la historia no resuelta.

Publicado en “Cuentos de los años felices”. Ed. Sudamericana, en base a un artículo de Página/3, revista aniversario de Página/12, junio de 1990.

Montanelli y la información en Italia


El gran periodista luchó contra el berlusconismo por la misma razón por la que había luchado contra el comunismo: era un liberal. Pero a muchos italianos les tienta agruparse bajo el “balcón” del “hombre fuerte”

Fue Indro Montanelli, el periodista más grande que ha tenido jamás Italia, el primero en denunciar el conflicto de intereses de Silvio Berlusconi, que, en 1994, de ser empresario y propietario de cadenas de televisión y periódicos, pasó a convertirse en político. Y fue también Indro Montanelli el primero que llamó “régimen” al Gobierno de Berlusconi hace ya 15 años. Ya fuera porque Montanelli era un raro ejemplar de la cultura liberal, apegado al principio de la separación de poderes, en un país dominado por culturas autoritarias y reaccionarias -el marxismo-leninismo, el fascismo, el catolicismo contrarreformista, las familias amorales, el separatismo y la xenofobia de la Liga, el anarquismo antilegal de una parte de la clase empresarial-, o porque conocía bien a Berlusconi, puesto que lo había tenido como editor de Il Giornale de 1977 a 1992, el caso es que en cuanto Il Cavaliere, en el verano de 1993, le anunció su intención de crear un partido (“si no, tendré que declararme en bancarrota por deudas y acabaré en la cárcel”) y le sugirió convertir el diario en el órgano de Forza Italia, él rehusó.

A partir de entonces, Berlusconi hizo que sus asesinos televisivos le atacaran para obligarle a dimitir del periódico que había fundado 20 años antes y sustituirlo por el alfil de una derecha expeditiva y reaccionaria, Vittorio Feltri, con quien había llegado a un acuerdo secreto. Como Montanelli no cedió a las provocaciones, el 8 de enero de 1994 Il Cavaliere irrumpió en la asamblea de redactores de Il Giornale para invitarles a rebelarse contra su director (ausente e ignorante de todo ello) y a sumarse a su batalla anticomunista (el comunismo se había acabado cinco años antes) armados con una “metralleta” y no con un “florete”. Montanelli, desbancado por quien desde hacía dos años ya no era ni siquiera su editor (había cedido Il Giornale a su hermano, para sortear la ley antimonopolio), dimitió y fundó un nuevo diario, La Voce. Que tuvo una vida breve, entre otras causas, por el boicot de los anunciantes deseosos de complacer al nuevo patrón de Italia.

Desde entonces, el gran periodista luchó desde posiciones liberales contra el berlusconismo, que consideraba más peligroso que al propio Berlusconi, por esa tentación de muchos italianos de precipitarse siempre bajo el “balcón” del “hombre fuerte” que “resuelve” los problemas con soluciones rápidas, atajos, golpes teatrales y golpes de mano. Comparaba a menudo a Il Cavaliere con Mussolini e imaginaba la reacción de la Italia de siempre, que en los años veinte y treinta se hizo fascista para después convertirse en bloque al antifascismo, tras la caída del Duce. Y recordaba una célebre frase de Mussolini: “¿Cómo no va uno a hacerse patrón, en un país de siervos?”.

Muchos, hijos de las distintas culturas reaccionarias, tergiversaron las razones de la batalla de un viejo anticomunista como Montanelli contra el campeón de la nueva “derecha”. La consideraron, o prefirieron despacharla, como una conversión senil a la izquierda o una cuestión de hastío personal. En realidad, Montanelli luchaba contra el berlusconismo por la misma razón por la que, entre los años cincuenta y ochenta, había luchado contra el comunismo: porque era un viejo liberal del Risorgimento, apegado a una idea de política como servicio al país y no como interés personal. Y al que le preocupaba la fragilidad histórica de la democracia italiana, carente de sentido del Estado y del interés público, alérgica a los checks and balances (sistemas de control y equilibrio parlamentario), incapaz de asimilar y respetar unas reglas comunes, contaminada por la evasión fiscal, los abusos inmobiliarios, la corrupción y las mafias, aquejada del contagioso conformismo de una clase intelectual siempre en armonía con el poder dominante.

Montanelli conocía bien la tendencia de los intelectuales italianos, empezando por los periodistas, a correr en auxilio del vencedor. De hecho, más que las censuras y las depuraciones de Berlusconi, le preocupaban las autocensuras y los servilismos espontáneos, animados por el poder corruptor de Il Cavaliere, muy hábil a la hora de alternar los halagos y las amenazas.

Lo que había previsto Montanelli se hizo realidad. Su expulsión de Il Giornale no suscitó reacciones institucionales proporcionales a la gravedad del hecho, y la situación se repitió con la persecución de otros grandes periodistas de la televisión y la prensa escrita. En 2002, después de volver al Gobierno, Berlusconi ordenó desde Bulgaria que se apartase de la RAI a los dos presentadores más famosos, Enzo Biagi y Michele Santoro, y a un excelente actor satírico, Daniele Luttazzi, que habían osado criticarlo. Los dirigentes de la televisión pública, recién nombrados por el primer ministro (propietario del grupo rival Mediaset), se apresuraron a obedecer. Lo mismo ocurrió con otros periodistas y artistas que no le agradaban a Il Cavaliere, con el silencio sustancial de la oposición.

Berlusconi completó su obra exponiendo a la mofa pública a algunos directores de diarios que no le pertenecían, desde Furio Colombo, de Unità (de izquierdas), a Ferruccio de Bortoli, de Il Corriere della Sera (el primer diario italiano, vinculado a la burguesía milanesa). Poco después, Colombo y Bortoli tuvieron que hacer las maletas. Hace unos meses, después de regresar al poder por tercera vez, Il Cavaliere protestó por las críticas de La Stampa (el periódico de los Agnelli) y, como siempre, del Corriere, a su ley para duplicar las tasas a la cadena de televisión por satélite Sky, de su rival Rupert Murdoch: “Los directores de esos periódicos deben cambiar de oficio”. En el último mes han sido sustituidos tanto el director de La Stampa, Giulio Anselmi, como el del Corriere, Paolo Mieli.

¿Cómo puede influir Berlusconi incluso en los periódicos que no son suyos? La respuesta está en la fragilidad del sistema italiano. Las televisiones son mitad (Mediaset) propiedad de Berlusconi y mitad (RAI) dirigidas y, en gran parte, infiltradas por él. Y la prensa escrita, que podría constituir un firme contrapoder, está en manos de editores no “puros”, es decir, que suelen tener automóviles, obras públicas, bancos, clínicas privadas financiadas por las regiones, energía eléctrica, concesiones de autopistas o telefonía del Estado, etcétera. Ninguno de ellos puede salir adelante sin los favores del Gobierno, sobre todo en época de crisis financiera y ayudas del Estado. Si se añade la caída de la publicidad y del número de lectores, que pone en peligro la propia supervivencia de muchos diarios, la necesidad de congraciarse con el Gobierno es vital. ¿Qué espacio de crítica puede tener un periódico en este panorama, agravado por la progresiva precarización de los contratos en la prensa? Si un joven reportero con contrato de seis meses propone una investigación inconveniente para el Gobierno o sus amigos, ¿qué esperanza tiene de verla publicada?

Lo mismo ocurre con la sátira política, prácticamente desaparecida en la televisión. Hace un mes, uno de los dibujantes más famosos, Vauro Senesi, fue castigado con la suspensión de la RAI por haberse atrevido a mostrar en el programa Annozero de Michele Santoro, continuamente amenazado, una caricatura de humor negro sobre las trágicas consecuencias del terremoto de L’Aquila debidas a las infracciones inmobiliarias alentadas por los abusos berlusconianos. Otra sanción “educativa”; como decía Mao Tse Tung, “golpear a uno para educar a 100”. ¿Quién va a atreverse a desafinar en el coro de un país que, desde hace 15 años, ha visto cómo perseguían a los mejores periodistas y artistas por motivos políticos?

No es casualidad que, en estos 15 años, los que han tratado de poner freno al berlusconismo hayan sido personajes muy prestigiosos (y a menudo, de edad avanzada) del periodismo, el cine, la sátira: “solistas” ya asentados o al final de su carrera y, por tanto, con menos miedo a las represalias. Montanelli fue el primero y el más famoso. Desde 2001, cuando murió a los 92 años, su voz ya no se oye. Pero en los últimos días, con motivo del centenario de su nacimiento, Annozero ha mostrado algunas de sus últimas entrevistas antes de morir. “El berlusconismo -decía poco antes de morir- es la escoria que desborda el pozo… Ésta no es la derecha, esto es una porra”. Unos años antes, Montanelli había fotografiado el caso italiano con esta fase de Tácito: “En Italia lo que falta no es la libertad; faltan los hombres libres”. Hoy empieza a escasear también la libertad.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

Marco Travaglio es periodista, y autor del libro Montanelli e Il Cavaliere.Diario El País de Madrid, 19 de mayo de 2009

Enviado por JUAN SCIPKA A HUMANO BS.AS

Doble acto de censura e intolerancia


El sindicato de prensa de Córdoba (a través de Alexis Oliva – Secretario de Prensa y Guido Dreizik – Secretario General) repudió en un comunicado la desafectación del escritor y columnista después de 33 años de escribir en el diario cordobés La Voz del Interior.
Se trata de “un doble acto de censura e intolerancia” y un “mensaje de disciplinamiento a la Redacción”.
La decisión empresarial también fue denunciada por la Comisión Gremial Interna de Prensa en el diario.

La nota copiada a continuación es la que motivó el despido del periodista, desde luego la nota nunca fue publicada.

Por Enrique Lacolla

La rebelión de un sector del campo contra el grueso de la sociedad, puesta de manifiesto por las concentraciones de esta semana, es expresiva de un viejo problema argentino: la irreductible hostilidad de la clase alta a toda redistribución del ingreso que remotamente afecte sus bolsillos, y a la inconsciencia y el seguidismo de un buen sector del medio pelo porteño y de los productores rurales medianos, incapaces de diferenciar sus intereses de los de la Sociedad Rural y atentos sobre todo a los réditos que deducen de unas explotaciones que representan una escasa o nula inversión tecnológica y que, amén de no concentrar mano de obra, suponen un grave peligro ecológico que, si no es atendido con cuidado a través de la necesaria rotación de los cultivos, arriesga destruir la feracidad de nuestro suelo.

El papel de estos sectores es servir de ariete seudo popular para exteriorizar una protesta que, en el fondo, deviene del modelo sistémico impuesto por el neoliberalismo, que a partir de 1976 barrió con la mitad de los productores agropecuarios, permitiendo la recuperación, por la oligarquía y las transnacionales, de inmensas cantidades de terrenos, que antes habían sido un modelo de producción de alimentos, “para reemplazarlos por un modelo factoría productor de forrajes baratos para la exportación”, como expresa la declaración del Movimiento de Campesinos de Santiago del Estero. Que este “detalle” no haya sido asimilado por los productores de la Federación Agraria dice mucho de la miopía a que induce la ignorancia de la historia.

No voy a solidarizarme a pleno con el gobierno, que ha dejado tantos frentes abiertos por su inhabilidad para atender a los reclamos de los pequeños productores y por su actitud de dejar hacer ante la exteriorización de las protestas ilegales que comenzaron con los cortes de ruta protagonizados por los piqueteros “paquetes” de Gualeguaychú; pero el aumento parcial de las retenciones es parte de un intento –positivo– para desalentar el monocultivo de la soja transgénica forrajera.

Ambigüedad

El problema reside, sin embargo, en la ambigüedad de la política estatal, que no termina de romper con el modelo neoliberal que asignó a la Argentina un papel de proveedor de alimentos de baja calidad explotados por los lobbies transnacionales y terratenientes. Esa política no se determina a transferir parte de la riqueza generada por ese diseño productivo primario a la construcción de un país integrado y basado en la tecnificación y diversificación del campo y en la recreación y potenciación de la industria nacional, la única que puede terminar con el desempleo y poner al país en un pie de igualdad tecnológica con los países desarrollados del mundo.

Es difícil que una actitud semejante sea asumida por el gobierno, sin embargo, debido a una ambivalencia ética que le permite hacer coincidir, por ejemplo, la entrega de los yacimientos de la cuenca del Golfo de San Jorge, en Santa Cruz, con un discurso nacionalista que nunca termina de encarnarse en actos y en programas que pongan las cosas en claro; que diseñe un proyecto nacional y que designe a los enemigos de este.

Sin embargo, creo que en este momento es importante recalcar que, pese a sus defectos, el gobierno de Cristina Fernández está consagrado por una abrumadora mayoría electoral, que se configura como la única autoridad nacional legítima y que el Estado debe hacerse respetar frente a las fuerzas que, de una u otra manera, han encarnado el proyecto neoliberal repudiado por la masa del país. La cabeza política más visible de la oposición parece estar dispuesta sin embargo a recabar el apoyo de los más distinguidos personeros de ese proyecto. Resulta chocante, en efecto, que Elisa Carrió, autoerigida en arquetipo de la autoridad moral en el país, pueda asociarse a nombres como los de Mauricio Macri y Ricardo López Murphy, expresivos de ese modelo, y suscite además las simpatías del menemismo y el cavallismo…

Estamos en presencia de un intento de desestabilizar la situación política que puede estar dirigido, inclusive, al derrocamiento del gobierno. Muchos de los participantes de la manifestación nocturna del martes pasado, hasta cierto punto orquestada por la televisión privada, deben haber pensado en reeditar la pueblada del 19 de diciembre de 2001. No toman en cuenta, sin embargo, que por entonces se estaba en un país envuelto en una auténtica crisis, mientras que hoy ésta es artificial y determinada por un lock out patronal derivado del apetito por una mayor apropiación de las ganancias. La diferencia es esencial y pone un límite a la protesta. Esta sólo podrá prosperar si el gobierno nacional depone sus responsabilidades y no articula una respuesta. Es hora de que la encuentre.