La distinción de lo íntimo. Últimas imágenes del ensayo argentino.


La intimidad y la hospitalidad del género ensayístico, y la idea del ensayo como un estado de excepcionalidad son algunos de los conceptos que atraviesan el libro compilado por Alberto Giordano.

POR CARLOS SURGHI

discurso-sobre-el-ensayo-199x300¿Qué es todo aquello que el pensamiento relega a la forma de lo imposible de pensar? ¿Es lo paradójico? ¿Lo voluptuoso? ¿El egotismo mismo de quien piensa? ¿O simplemente lo distante, lo que está afuera de nosotros y muy adentro nuestro? Me gustaría comenzar así, planteando que todas estas preguntas y otras más, hacen al ensayo; a su forma, a su procedimiento, a su discurrir mismo bajo la ley de un discurso; pero sobre todo, estas mismas preguntas hacen a dos modos de acercarse a él: por medio del rechazo, y por medio de su hospitalidad. Y comienzo de este modo porque en todos nosotros, al interesarnos en el  ensayo, hay cierto interés por lo imposible de pensar pero también por las garantías que esa imposibilidad proporciona.

¿Qué significa entonces que existan cosas imposibles de pensar? ¿No tendrán cuerpo, sustancia, flotarán y así serán inasibles, livianas, etéreas; o al contrario, esas cosas imposibles de pensar serán de una materialidad bochornosa y densa, pesada como la piedra que arrastraba Sísifo y por eso mismo indignas de una tarea del espíritu? Quien haya transitado los caminos del ensayo sabrá que esos senderos se recorren por inquietud, por cierto tono melancólico en uno que lleva a tener más que un paso firme un paso dubitativo; es más, el ensayo es un recorrido para no llegar jamás a un lugar seguro, es casi una invitación a reiterar pasos en falso. Pero entonces, ¿por qué seguir esa senda? ¿Por qué recorrer el camino incierto –en cierto sentido el camino del padecimiento– con obstáculos tanto internos como externos?

Sólo hay una forma de recorrer la lectura o la escritura de un ensayo, y es por medio de la persecución fantasmática que el género mismo plantea. En definitiva lo que se busca, lo que queda y lo que el ensayo mismo crea, no es otra cosa más que la intimidad de toda aventura intelectual. Las aventuras de lo imposible guardan entonces esa recompensa secreta: un saber intransmisible del sujeto que ensaya, una verdad del yo que se hace pública y que invita a que otros ejercicios de verdad la imiten. Pero en todo caso sin la certeza de que el ensayo invita a pensar lo íntimo, no es posible pensar otra de sus características que vuelven hospitalario, dichoso, pronto a replicarse.

Tal vez en la siguiente cita podamos encontrar esa hospitalidad de lo ensayístico para con lo imposible que nos hace seguir el camino trazado por el género. Al intentar escribir sobre un poema de Juan L. Ortiz Oscar del Barco anota lo siguiente: “La poesía es lenguaje común sacralizado, fuera de sus estructuras lingüísticas habituales. No se puede hablar de poesía con el lenguaje común, o puede hablarse con el lenguaje común desencajado de sí, en un estado, digamos, de excepcionalidad”[2]. Me animaría a decir que el ensayo comparte ese estado de excepcionalidad, además practica y propicia ese lenguaje común salido de sí. Y lo hace justamente en virtud de no reducir lo imposible de pensar, poniendo lo imposible por delante de cualquier rigurosidad que lo descarte y lo exilie en el territorio de lo indemostrable, lo indecible o lo improductivo. Es casi seguro que hay algo del rapto poético en el ensayista al valerse de imágenes, figuras o la prepotencia del puro estilo que lo habilita a confiar en el lenguaje como forma, y así introducir cierto extrañamiento en el pensamiento que, de otro modo, se vería excluido por la función meramente comunicativa del discurso. En un caso extremo, todo ensayista sería siempre otra cosa, del mismo modo que lo es la crítica en esta afirmación de Harold Bloom: “toda crítica es poesía en prosa”[3]. Ahora bien, ¿todo ensayo no es poesía del pensamiento escrito en una prosa excepcional? ¿No es una novela sin personaje, sin la tiranía del argumento? ¿No es el ensayo un poema anterior y siempre futuro a lo que podemos conocer? Si extremáramos entonces esta especie de vínculo secreto entre el procedimiento y el resultado, el libro que compila Alberto Giordano[4]vendría a ser una especie de reunión de momentos excepcionales a lo largo de casi 20 años en los cuales el ensayo, lo ensayístico y el ensayista han gravitado sobre las ciencias sociales haciendo su trabajo: volverlas más próximas a lo imposible.

Pero veamos el prólogo a este libro, suerte de ensayo sobre los ensayos que lo continúan, ahí Alberto Giordano afirma que “el desafío ético del pensamiento crítico es cuidar de lo impensable aunque violente o suspenda el curso de la razón especulativa. Lo imposible es justamente algo impensable, y lo impensable es un estado de excepción. El desafío ético que ve Giordano es entonces una petición de principio por la autonomía de las formas; tal vez la pregunta metódica que guie cada desafío sea cómo resguardar  la excepcionalidad por sobre la prosa del mundo. En esa tarea el ensayo procede como un dispositivo para desarmar la legitimación del saber, la cristalización de lugares comunes y ciertas políticas de lo legible; lo que busca entonces es ni más ni menos que lo que más adelante se señala como su mayor ambición: “la impugnación de las totalizaciones conceptuales”. Pero, ¿en función de qué llevar adelante dicha impugnación?

Giordano ha sabido darle al ensayo su condición particular: la de ser una práctica que pertenece a una comunidad, una comunidad bastante singular, que ve el mundo desde “lo intransferible de las experiencias individuales”, o deberíamos decir, que se permite pensar de un modo más cercano a la vida y sin el reduccionismo de la mediación teórica, o por qué no, que se permite pervertir las teorías para hacer de ellas simples excusas en las cuales ver “un yo en trance de hacerse reconocer por las huellas irrepetibles que el estilo deja sobre el discurso de los saberes y las morales” cuando todo conocimiento responde a una “ocurrencia conceptual” y a “mociones afectivas”.

Ahora bien, ¿no sería el discurso del ensayo una genealogía de esa comunidad que, barthesianamente y recurriendo a Stendhal, podríamos denominar como few happy? Me gustaría proponerles una lectura de este libro como un recorrido por los momentos capitales en los cuales, el pensamiento crítico argentino, se vio llevado a plantear estrategias de sobrevida, procedimientos de resistencia, elogios y defensas de lo puramente intempestivo ante aquello que amenazaba la presencia casi secreta de esa comunidad: el consenso académico, el amplio e impersonal “nosotros” del discurso científico. Dicha genealogía entonces no atendería tanto a los nombres, los sujetos o las firmas en el firmamento del género; sino a las problemáticas, los núcleos de sentido, las constelaciones de un cielo lleno de interrogantes que podemos encontrar en el ensayo.

¿Hay un método y un público para el ensayo? En 1984 en unas jornadas dedicadas a la producción crítica, Beatriz Sarlo se interrogaba sobre la efectividad de todo trabajo académico. En pocas palabras: ¿a quién interesa el discurso de la crítica? Y no porque se deba acordar la pertinencia de algo por su interés, sino porque la naturaleza misma de un objeto, al que Sarlo llama “evanescente”, ha cambiado. La lectura de Sarlo deja ver por detrás una serie de operaciones, tanto a nivel de la lectura como de la escritura, que suponen una distancia entre el público y los especialistas, entre el ensayo y la literatura, como si cierto vicio rigorista desplazara de la disputa cultural a los lectores de Sur frente a los novísimos semiólogos o sociólogos que se han vuelto ciertamente ilegibles en los caminos de la especialización disciplinaria y la especificidad teórica. Sobre esa especie de tierra baldía de la prosa se sitúa Sarlo y se pregunta si ante la fechitización del propio lenguaje, con “rasgos fuertemente iniciáticos” [5], es posible retornar a esa edad dorada del ensayo que comienza con Sarmiento y llega tal vez hasta Juan José Sebreli.

Es extraño, una literatura tan corta y tan mala que nace junto a un género tan prolífico en cuanto al despliegue natural de las ideas. Lo fascinante de esta postura de Sarlo es que el ensayo parece prescindir de la mala prosa, y en un abrir y cerrar de ojos, funda lo académico, el orden del juicio, la asistencia del valor, los programas y las cátedras. Ya en 1980 Raúl Beceyro poniendo al día una lectura sobre Benjamin y su carácter excéntrico, había señalado no sólo que el ensayo se despreocupa de toda aplicación utilitaria –ese gran Otro de la ciencia– sino que también funciona como una negación del concepto entendido cual una totalidad[6]. Si cruzáramos el método de Sarlo y Beceyro nos daría como resultado que podríamos leer los fragmentos más afines a nuestro gusto dentro de la literatura argentina y conformar así una constelación de citas, partes, restos representativos de una mala literatura que se corrige en el buen ensayo. Recuperando la preocupación de Sarlo por el interés del discurso de la crítica, podríamos señalar que el ensayo mismo es quien más se interesa por él, casi hasta el punto de prescindir de lectores y así resguardarse de cualquier fin. Habría entonces que preguntarse también, frente a este discurso sin destinatario, y frente a este método de lo singular, si el ensayo no es una ciencia de lo incierto, una justificación del gusto, el ABC de lo intempestivo.

En la revista Sitio, Eduardo Grüner propone pensar el ensayo como un acontecimiento de la lectura, como algo que hace aparecer el texto mucho antes y mucho después de su escritura[7]. El ensayo es entonces una práctica de la astucia antes que una demostración argumental, pues acontece como puro azar de una genialidad hecha presente y se vuelve abiertamente estilo del pasado en un nombre reconocible. Sin embargo este procedimiento, que se vale de la figura del ensayista como impugnador, como refutador serial, casi un coleccionista de detalles en la enciclopedia de la cultura, se centra en un aspecto fundamental: la deslectura, o mejor dicho, la atención del ensayista puesta sobre el fracaso y el error. Por caso, cuando Mallarmé se propone aislar la esencia de lo poético y fracasa, ¿qué es lo que queda?, “figuras de una belleza incomparable”, dice Grüner. Los restos, lo que queda, son figuras que corroboran ese fracaso. Pero también esa corroboración de que la esencia de lo poético es imposible de reducir es la corroboración de que el ensayo ingresa en toda discusión por la puerta clausurada; y a la vez, de que el ensayo se justifica en una razón instrumental de la belleza. El ensayo pasa a ser la escritura de la lectura de ese error. Y en vista de que todo error es único, el ensayo fundaría así una ciencia de lo particular que se ve llevada a leer los silencios de la ciencia, a ejecutar la música silenciada por el crítico, a dar rienda suelta al imperio de los sentidos.

Ciencia entonces de lo excluido que termina siendo singularidad. Tal vez habría que señalar la riqueza de ese silencio, hacer un elogio de su permanencia solapada pues en él se da lo que Carlos Kuri distingue como “el punto de irrupción del yo en el saber” o la “huella de la alteración del saber como propiedad epistemológica” [8]. Y así, en su fuga siempre hacia delante, el ensayo es también reivindicación del egotismo. Pues sin la tensión propia de la presencia del yo, el género como tal sería imposible. Desde Montaigne hasta la actualidad el ensayo ha sido una pasión alegre que aquí y allá se permite un uso y abuso de la voz, una confianza por demás plena en la invención que nada tiene que probar, salvo tal vez que su rigor reside en llevar el lenguaje hacia lo poético, hacia la siempre cambiante experiencia de lectura que, en palabras de Cristófalo, “deja ver la conciencia dialéctica de una conciencia” [9]. Frente a lo incierto entonces el ensayo es un método de lectura que sirve como inspiración, rapto, o como lo que en 1911 Lukács llamara “acontecimiento anímico”. Así ni remotamente el ensayista pensará en proponer una verdad, ni siquiera una versión de aquello que ante sus ojos permanezca fijo por unos instantes; en todo caso atravesará ciertas problemáticas a las cuales tal vez entienda como paisajes de lo subjetivo, territorios donde “su cometido no es una búsqueda sino una estancia en la verdad”, como señala Gregorio Kaminsky[10]. Siguiendo este último razonamiento podríamos decir que el misterio y la verdad llaman al ensayista; y en ese llamado éste hace su camino de formación, el cual se realiza y concluye en la forma de un “pensar crítico escribiéndose”. Pero entonces, ¿no podríamos pensar el ensayo como una novela del espíritu que se escribe en ese pensar crítico?

En la lógica misma del ensayo existe una atemporalidad singular, palabras como espíritu, forma, esencia y alma son tan actuales como dispositivo, hegemonía o cualquier otro término que podamos imaginar. Esa licencia extraordinaria en su uso no es más que una distinción que termina haciendo del ensayo una verdadera aristocracia de lo imaginario. Pero también me gustaría señalar un rasgo distintivo que está presente en lo permisivo del ensayo, y es su carácter decadente, tal vez lo más difícil de leer en él, pues a simple vista parce una apreciación negativa cuando en realidad es una de sus principales virtudes. Como género el ensayo moderno se posiciona en una línea crítica que va de Lukács a Musil y de éste a Adorno; pero que podríamos también traducir como un movimiento que se orienta desde el irracionalismo de comienzos de siglo XX hasta la forma como negatividad estructurante en el procedimiento especulativo de la cultura centroeuropea. El ensayo se consolida y se clausura en el límite mismo de la razón, en el borde de un abismo fascinante que no puede franquearse y que no habilita la posibilidad de retroceder. No es casual que Freud llamara a sus escritos ensayos, cuando en realidad han pasado a la historia por ser fuertes críticas a la razón misma sobre la que se fundan las bases de occidente. Es más, los ensayos de Freud son verdaderos saltos en el vacío, tentativas por ver algo al otro lado donde la noche de la mente es verdaderamente un abismo. Existe entonces en el ensayo un presente continuo que siempre es epigonal, que siempre está avizorando una crisis, una ruptura, la suspensión de todos los valores. Por caso para Nicolás Casullo[11] el ensayo busca principalmente rescatar ciertos restos de espiritualidad que han quedado sepultados luego de la desacralización del mundo. Es más, para él Robert Musil en sus textos críticos “ensaya un sendero biográfico del alma en la escuálida subjetividad moderna”.

Si bien dicha actitud tardoromántica se remonta hasta Novalis, queda claro que se evidencia mucho más fehacientemente en la tensión entre la palabra y el mundo, entre el decir nada que la misma razón ha estipulado como límite y el decir algo que para Casullo sería el bildungsroman del ensayo: “comprender después de la razón hegemónica”. Como señala Horacio González[12], el ensayo no es otra cosa más que introspección, pero gracias a un saber que se ha vuelto “problema cuando se ha vuelto escritura” (86). De este modo lo que podríamos llamar, con Giordano, la novelización del saber, en un sentido de forma y espíritu absoluto, es también lo que Mattoni[13] llama en una aplicación hegeliana al género “una objetivación de lo subjetivo por el trabajo de la fuerza expresiva del sujeto que toma los medios que la forma le ofrece”. El carácter pasional del ensayo como confrontación de ideas, vértigo de una peripecia sin héroe y finalmente como consumación de una transformación sin objeto, representa lo que deberíamos llamar un romanticismo expandido, pero también lo podríamos llamar un pensamiento derruido, una nueva fascinación por lo profundo circunstancial.

Sobre el final de este libro, Juan Ritvo desarrolla tal vez el acercamiento más original al género: el ensayo se sustenta sobre una mística de la interrupción, la cual no hace otra cosa más que crear el silencio entorno y suspender el denso continuo, cortar el hilo de todo ritmo propiciando así el surgimiento de una nota que da cuenta de la música inestable, lo que nosotros llamaríamos la desorientación del sentido[14]. En medio de ese verdadero hallazgo Ritvo propone un ensayo que en sus interrupciones genere una continuidad de lo momentáneo o también su abolición esporádica, que en el después de la interrupción deje entrever el punctum del ensayo o, más bien, deje escuchar la música silenciosa del pensamiento. Creo que en esta última figura podemos ver una clara cifra del ensayo como una silenciosa novela del espíritu, como esa aventura en la cual saber e intimidad se propagan en una indistinción absoluta.

En La palabra quebrada Martín Cerda señala que “escribir sobre el ensayo exige siempre escribir ensayísticamente, es decir de manera fragmentada, discontinua y exploratoria”[15]. Giordano al reunir cada uno de estos textos ha trazado el itinerario intelectual y vital del pensamiento argentino puesto en una zona de riesgo. Cada uno de ellos podría funcionar por separado como un pequeño fragmento de la constelación mayor de la cual proceden. En esa soledad está justamente el riesgo de pensar trascendiendo las convenciones; pero también la satisfacción de leer un horizonte mucho más allá de la propia palabra. Para concluir podríamos decir, un tanto adornianamente, que este libro sobre el ensayo sólo es posible al convocar a otros ensayos, al multiplicar al infinito las posibilidades de esa comunidad de la escritura y la lectura, al permanecer siempre en estado de atención por la forma imposible que vendrá. Pero, ¿cuál será esa forma, en quien encarnará, por cuanto tiempo será visible? De momento, en cada ensayo asumiremos el compromiso ético de no desvirtuar su forma de resistencia, de no perder de vista la distinción de lo íntimo que supone todo pensamiento a contramano del sentido del mundo.

FUENTE

[1] El presente texto fue leído el día 31 de marzo en el Museo Genaro Pérez en la presentación del libro El discurso sobre el ensayo en la literatura argentina de los 80, compilado por Alberto Giordano.

[2]“Consideraciones sobre un poema de  Juan L. Ortiz” en  La intemperie sin fin, Alción, Córdoba, 2008, pág. 194.

[3] La angustia de las influencias, Monte Ávila Editores, Caracas, 1991, pág. 111.

[4] El discurso sobre el ensayo en la cultura argentina desde los 80, Santiago Arcos editor, Buenos Aires, 2015.

[5] “La crítica: entre la literatura y el público”. Este ensayo fue una conferencia pronunciada en el ciclo Los escritores, la producción y la crítica que se realizó en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA en 1984. Luego se publicó en Espacios de crítica y producción en 1994.

[6] Nos referimos a “El proyecto de Benjamin”, publicado en Punto de vista, noviembre de 1980.

[7] El ensayo de Grüner se publicó en 1985, en el número 4/5 de Sitio.

[8] “De la subjetividad del ensayo (problema de género) al sujeto del ensayo (problema de estilo)” en El ensayo como clínica de la subjetividad, Marcelo Percia (Comp), 2001.

[9] El texto de Crstófalo, “Dialéctica del ensayo”, se publicó originalmente en El ojo mocho. Revista de crítica cultural, en el otoño de 1993.

[10] En “El alma y las formas del ensayo. Lukács, con la visión de Sócrates”, publicado originalmente enEnsayo y subjetividad, compilado por Marcelo Percia, 1998.

[11] En “La in-quietud del alma”, publicado originalmente en 1998, Ensayo y subjetividad, Marcelo Percia (Comp.).

[12] “Elogio del ensayo” en Babel. Revista de libros, 1990.

[13] “El ensayo y la doxa”, publicado originalmente en el libro El ensayo (La crítica de la cultura en Adorno. La irrupción del saber en la subjetividad, 2001.

[14] “El ensayo de interrupción”, Leído en el coloquio Retóricas y políticas del ensayo, Rosario, 2001; y publicado en Boletín/10, Rosario, 2002.

[15] Ediciones Universitarias de Valparaíso, Chile, 1982, pág. 11.

El Ruso Verea se encuentra con Macri


¡Queremos debatir! ¡Queremos debatir! ¡Queremos debatir!

Es el griterío, ferviente, efervescente, de bajas calorías, de los publicistas de Macri digo los militantes políticos de Mauri, mientras clavo el freno y me reciben en fashio-patota y ya entreveo, entre la muchachada de Babasónicos, esa sonrisa imposible de Big Mac, en cabeza ovalada bien ovalada, como huevo perfecto en su perfección de huevo, y no es otra que la presencia inigualada de mi querido amigo Horacio Rodríguez Larreta…

— ¿Adónde te escondieron Horario? ¿Cómo andas querido?

— Acá estoy, Norbert, ni chicha ni limonada, baleado en un rincón… Cruel en el cartel, te ríes, cabezón, da ganas de clavarse… Pero, bueno, hay que seguir adelante, como dice Louise Hay: somos responsables por todas nuestras experiencias y cada uno de nuestros pensamientos crea el futuro… Así que nada de negativos, Verea, todo positivo… ¿Comiste, Ruso? Vení, te invito sushi en la ofis…

Horacio pasaba de la tristeza de “Afiches” al auto-ayuda a la gastronomía de carnada oriental en una milésima de segundo… ¡Ay Horacito, Horacito!

— Todo bien, Horacio, pero, mejor, te propongo… Un vermú con papa fritas… No se porqué, pero me parece lo más adecuado…

Mientras vamos caminando hacia la oficina de Don Larreta unos cuadros de maripositas detrás de otras… y no me aguanto la curiosidad, no resisto, le inquiero, incisivo, como los dientes periodísticos de un Barone:

— ¿Qué carajo son estas maripositas Horacio?

— Ahhhhh noooooo… No sabés… Es que se hizo amigo del Zoilo Cantón… ¿Viste?… El Zoilo cambió de rumbo profesional… Ahhhhh noooooo… Ahora hace muestras de fotos de “naturaleza minimal”… Y, como es amigo de Mauri… Las oficinas porteñas están decoradas con cuadros de “naturaleza minimal”… Bien Soho, Norberto… Pero, vení, pasa, pasa… ¡Carmen! ¡Carmen! Llama y pedí al delivery del Resto una picadita para dos, por favor…

Entro a la oficina que, efectivamente, es como un Resto de SOHO– los muebles serán municipales… el adorno es siempre ZEN– mientras Larreta explota en el sillón frente a la pantalla de la Laptot y el cuadrito de naturaleza mínima detrás con la mariposita y, entonces, me dice:

— ¡Me tiene podrido Verea! ¡Me tiene podrido! Que voy por la Nacional, que voy por la provincial, que voy por la intendencia, que vuelvo a Boca… ¡Déjame de joder viejo! ¡No se puede con este tipo! Así me tuvo un año y medio… ¡La quiere toda para él Verea! Y yo haciendo planes… Mirá… Ya tenía todo contratado para lanzar la campaña y recorrer la ciudad…

— ¿Urbanistas? ¿Arquitectos? ¿Politólogos?

— ¿A qué te referís? Pregunta Horacito, bien específico…

— Me refiero si habías contratado a los equipos de trabajo…

— Ahhhhh, si, claro, por supuesto, Norbert… Los equipos de trabajo… Si, ya tenía cerrado con los SPA, personal trainers, maquilladores, estilistas, vestuario, peluqueros, asesoras de imagen… Todo, querido… Nosotros trabajamos en equipo, somos experto en armar equipos, Ruso… Además, estaba al palo con el entrenamiento, el gym, la dieta, la modulación de la sonrisa, el training para hablar en tarima, en tarlipes, en Taringa, y que se me entienda mientras muevo con el dedito la cucaracha y hablo por la tele… Bien canchero, Ruso… Ya estaba todo listo, la cocina del carisma… Y… ¡Pum para abajo! ¡No puede ser! Pero, bueno: ¡Positividad! ¡Positividad! ¡Carmen! ¡Carmen! ¡Tráeme un sahumerio por favor!

— Che, pero, contáme: ¿Y que pasó con Gaby? Le pregunto, inundado de curiosidad maldita…

— ¿Quién? con el ceño fruncido peor que Frida Kahlo o la Estensoro que al final es lo mesmo…

— ¿Con Gaby?

— ¡¿Qué Gaby?! Horacito, histérico…

— ¿Gaby… que es Michetti? Le digo…

— ¡¿Quién?! Horacito como loca…

CANCIÓN. HERMÉTICA. TRAICIÓN.

No va a ser que en el momento más álgido de la conversación aparece Él… Él Mauri…

— ¡Cómo andás Norberto! ¡Por favor! ¡Qué alegría verte! ¿Qué andás haciendo por acá?

— Le debía una visita a Horacio… Era hora de pasarme un rato…

— Che, pero me encanta el programa de Cable que estás haciendo… Muy bueno, Ruso… Y, por favor, mándale saludos a Perfumo que es un fenómeno…

— Serán dados… Ahora… Contáme, vos… ¿Cómo venís para este año?

— Jajajja, ya me imagino que algo te habrá contado Horacio… Estamos armando los equipos de trabajo… Nosotros, Ruso, hacemos todo, decidimos todo, en equipos… Además: no sabés lo linda que va a estar Buenos Aires…

— Eso me suena… Pero, Mauricio… ¿Cómo vas a hacer esta vuelta con los quilombos: el Indo-americano, las tomas de casas, las escuelas, los hospitales? Están atrasado con el tema subtes también…

— Vos… Vos: no te preocupes… Nosotros tenemos todo listo… Tenemos todo ya preparado… Hemos re-organizado la Ciudad… Ahora es más eficiente, más dinámica, más joven, más ágil… Hacemos más, y mejor, con menos gente, más ajustados, y le cumplimos los sueños a la gente como Marcelo… Y no te preocupes: tenemos todos los recursos necesarios para poner más linda a Buenos Aires… ¿Vos sos admirador de Gatti? ¿No?

— ¿Gatti? Por supuesto… Un monstruo.

— Gatti me ama… Norberto… Gatti ama mis plazas… ¿Vos viste lo lindas que están las plazas de la Ciudad? A mí me aman o me dejan… Yo con Gatti comparto esa filosofía… Gestión: hacer, haciendo, pariendo, atajando las dificultades, los obstáculos, los palos en la rueda con nos ponen los que quieren que nos vayamos al descenso. Con Gatti somos hacedores… Hacedores de “golpes de vistosidad”… Él con su vestuario; Yo, con mi bigote… Somos el uno para el otro… Además los dos somos fana de Carlos…

— ¿Tevez?

— Si, de Tévez también… Pero, bueno, como te decía, Verea… ¡Uy ya me tengo que volver!… Y a vos, Horacio, te veo en el Sport a las 7… Y, Ruso: no te preocupes… Andá y decile a los tuyos… A los rockeros, a los metaleros, a los punks, a los góticos… Que la ciudad se está poniendo cada vez más linda… Y que ellos son bienvenidos… ¡Hay que ser positivo Norbert! ¡Esa es la clave del éxito! Dejale una copia del libro de Luisa, Horacio…

Y así se despedía, insólito, enigmático, místico… Él… El Mauricio que es Macri… La política PRO… La filosofía política que inspiran Alejandro Rozitchner y a Louise Hay. ¿Qué me quedaba hacer? ¿Leerla a Luisa? ¿Estará allí la clave? Y no me contuve. Me fui derecho a leerme el broli. Se llama “Usted puede sanar su vida”… A ver… Veamos… “El éxito”… Página 133…

Formo parte del Poder que me ha creado
Dentro de mí llevo todos los ingredientes del éxito
Y ahora permito que su fórmula fluya a través mío
Todo aquello que sienta que debo hacer será un éxito
Y voy de triunfo en triunfo, de gloria en gloria
Mi camino está formado por los escalones que llevan al éxito
Todo está bien en mi mundo

¡Si señores! ¡No hay dudas! ¡El misterio ha sido revelado! ¡Louise Hay es el Manual de Conducción Política del PRO!

Así que mis queridos rockero-pipones: A no amargarse que como dice Luisa hace mal al colon…

¡A marchar o morir!

¡Arte y Rebelión!

¡Metal Pesado y Fuck show!

CANCIÓN. LA CLAVE DEL ÉXITO. LAS PELOTAS

El presente texto fue escrito por Leonardo Sai para el programa de radio El Circo Miserable, conducido por Norberto “Ruso” Verea. Se emite de lunes a viernes (0 a 2 AM) por FM Nacional Rock. Para bajarse los programas, abajo el facebook de la producción:

https://www.facebook.com/losmiserablesdelcirco

Para bajarse el audio:

http://www.mediafire.com/?qbdivrwegr8w1bc

Cuestión de Velocidad, cuestiones de poder mediático: Lo que se viene en el mundillo de Internet


If the cable and phone companies that transmit Internet data are allowed to charge higher rates to some producers for faster service the result will be “a ten pin strike against political freedom,” a prominent legal authority warns.

That’s because the change will enable the wealthy to “quickly take over the high speed transmissions (for their trash commercial content) just as they completely monopolize radio and TV, and just as their incredibly greedy profit-seeking has had a very deleterious effect on print journalism,” writes Lawrence Velvel, dean of the Massachusetts School of Law at Andover.

Velvel’s plea for “internet neutrality” comes in his new book “An Enemy of The People,” subtitled “The Unending Battle Against Conventional Wisdom(Doukathsan).” Essentially, he writes, the proposed change is an “attempt by the wealthy to make the internet into yet another repository of their power ”

Under the new scheme sought by transmission firms, Velvel writes, “large companies would pay more, no doubt a lot more, in order to have their messages, videos, audios, and any other content transmitted rapidly. The rest of us peasants, who could not afford to have our content move fast, would pay less and have it move more slowly.”

“One can be sure that the average guy with something he wants to say will be relegated to lower speed transmissions,” Velvel writes. “Blogdom, and the use of the internet by average people for political purposes, will likely be as good as dead.”

According to Save The Internet.com(STI), “The nation’s largest telephone and cable companies —including AT&T, Verizon, Comcast and Time Warner—want to be Internet gatekeepers, deciding which Web sites go fast or slow and which won’t load at all.”

“What we have here,” Velvel explained, “is a bunch of unregenerate capitalists, who think that nothing else is important except trying to make as much as they can conceivably get away with. As with the oil companies and the investments banks, huge profit margins and scores of millions annually for their chairmen and CEOs isn’t enough for them. They want more. Always more. Nothing else matters to them. The pipes (transmission) companies are no different.”

Velvel pointed out, “The average guy can’t be published in a newspaper, and cannot afford the money to pay to be on radio or television. His voice is limited. The great benefit of the internet, the reason it bade fair to be the new version of the poor man’s printing press (which is what picketing and marching were once called), is that it gave everyone a chance to have his or her say in a way that was immediately available to anyone who found it or knew of it and wanted to read it.”

“That is why tens of millions of blogs sprang up,” Velvel continued, “with (at least) many thousands of them being on political subjects, and with blogdom sometimes having major political impacts.”

Others besides Velvel have also commented on efforts to destroy net neutrality. As a consequence of a 2005 decision by the Bush Federal Communications Commission, Internet Neutrality, “the foundation of the free and open internet—was put in jeopardy,” STI says. “Now cable and phone company lobbyists are pushing to block legislation that would reinstate Net Neutrality.”

“Without Net Neutrality, startups and entrepreneurs will be muscled out of the marketplace by big corporations that pay for a top spot on the Web,” STI says.

“If Congress turns the Internet over to the telephone and cable giants, everyone who uses the Internet will be affected,” STI continues. “Connecting to your office could take longer if you don’t purchase your carrier’s preferred applications. Sending family photos and videos could slow to a crawl. Web pages you always use for online banking, access to health care information, planning a trip, or communicating with friends and family could fall victim to pay-for-speed schemes.”

STI warned the consequences of abandoning Internet Neutrality would be “devastating.” “Innovation would be stifled, competition limited, and access to information restricted. Choice and the free market would be sacrificed to the interests of a few corporate executives.”

For interviews with Dean Velvel, contact Sherwood Ross at sherwoodr1@yahoo.com. Email Dean Velvel at velvel@mslaw.edu

Las inseguridades de la polìtica; Por Marcelo Saìn (Fuente: Revista Redacción Popular)


Al mismo tiempo que comenzaba la ola de protestas por la inseguridad, fueron asesinadas tres personas humildes. Saín destaca que ninguno de esos casos fue incluido en las protestas, cuyos contenidos terminan siendo muy marcados por el origen social.

“Somos argentinos, ¿qué nos pasa?”, clamaba ante las cámaras de C5N [Canal de Daniel Hadad, un empresario de ultraderecha], casi a los gritos y al borde del llanto, una señora indignada por la “ola de inseguridad” que azota nuestra sociedad.

Ello ocurría durante la manifestación de vecinos y organizaciones sociales llevada a cabo en el centro de San Isidro el domingo 26 de octubre. El locutor de la cadena televisiva indicaba que se trataba de la madre del actor y productor Adrián Suar, creador de la tira Poliladron. Unos días antes, cerca de allí, Ricardo Barrenechea había sido asesinado delante de su familia, durante un robo perpetrado en su casa. Era el corolario de una seguidilla de asaltos violentos producidos en la zona durante esos días.

De manera inmediata, el intendente de San Isidro, Gustavo Posse, apuntó al gobierno nacional como responsable directo de la situación, ya que la semana anterior el ministro del ramo había decidido dar por finalizada la presencia de los efectivos de Gendarmería Nacional en 15 puestos de vigilancia instalados alrededor del barrio populoso La Cava, situado a una veintena de cuadras de la intendencia. “El peor de los gestos (del gobierno nacional) fue que en medio de la tragedia levanten el último puesto de control de Gendarmería en La Cava”, sostuvo el mandatario local.

Así, para el intendente los autores de esa tanda de robos y asaltos eran delincuentes que habitaban o se refugiaban impunemente en La Cava. Más precisamente, esos hechos lamentables eran una consecuencia inmediata del retiro de los efectivos de Gendarmería del perímetro protector en torno de un barrio que sirve de residencia a las “clases peligrosas” –en términos de la criminología crítica de la zona–.

Como no podía ser de otra manera, durante la noche de aquel trágico día, las autoridades del Ministerio de Seguridad de la provincia de Buenos Aires ordenaron un gran operativo policial en la villa La Cava, “en búsqueda de los ladrones”, según destacaba la prensa al día siguiente, lo que se hizo sin miramientos. Y, obviamente, los ladrones no estaban allí. Así, el círculo interpretativo perverso que proyectaba a La Cava como la fuente de la “ola criminal” se cerraba con la convalidación del gobierno provincial a la exégesis criminológica del mandatario sanisidrense.

Pero el gobernador Daniel Scioli fue por más. En la jornada siguiente, sostuvo que había llegado “el momento de debatir una baja en la imputabilidad de los menores”, vinculando, de hecho, los delitos en ciernes con la criminalidad de menores. En ese sentido, anunció que iba a promover que los legisladores nacionales por la provincia de Buenos Aires presenten iniciativas en el Congreso, para modificar el Código Penal en función de “bajar la edad de imputabilidad para los delitos graves que cometan los menores”.

Desde Medellín, el jefe de la policía provincial respaldó a su gobernador, señalando que había “un incremento serio en delitos cometidos por menores de edad”. Y con énfasis exagerado, agregó que en el ámbito provincial “teníamos casi un millón de delitos cometidos por año de estas características”.

La opinión pública se hizo eco durante dos días de esta “ligera” interpretación. Y lo hizo sin ningún atisbo de crítica. Los focos eran puestos en las víctimas de estos acontecimientos, es decir, en la “gente honesta”, según destacaba el cronista de C5N vuelto un criminólogo de estaño durante la marcha de la gente honesta de San Isidro. “Hay que dejar de proteger a los delincuentes y proteger a la gente honesta”, rogaba el locutor.

Por lo observado algunos días más tarde, el asesinato de Sara Josemovsky, en manos de dos ladrones que le dispararon con un arma de fuego para quitarle el dinero que, rato antes, había retirado de un banco cercano a su casa, no generó tanta sensibilidad social. Tenía 48 años y se dedicaba a vender ropa. Vivía en el barrio Santa Rosa, de Florencio Varela, lugar en el que la mayoría de las calles son de tierra. Tampoco tuvo mucho interés colectivo, al menos al punto de generar una movilización social como la ocurrida aquel domingo en San Isidro, el brutal asesinato de Raúl Alberto Lugones, de 36 años, que fue asaltado por un grupo de delincuentes en un barrio de General Pacheco y que, luego de robarle la campera y la plata, le pegaron un tiro en el pecho.
Eso ocurrió cuando finalizaba su jornada laboral como repartidor a domicilio de remedios para una farmacia de la zona. Y menos importancia tuvo el asesinato del cabo de la Gendarmería Nacional Roberto Omar Centeno mientras hacía labores de vigilancia dentro de una garita ubicada en una entrada del complejo habitacional Ejército de los Andes, situado en el partido de Tres de Febrero. Tenía 28 años, era casado y con dos hijos, a uno de los cuales, de tan solo un mes de vida, aún no conocía por “cuestiones de servicio”, es decir, por brindarle seguridad a la “gente honesta”.

Sin dudas, el valor social, político y mediático de estas vidas plebeyas es infinitamente menor al de las víctimas de la clase alta de nuestra sociedad. En concreto, ante la trágica muerte de Sara Josemovsky, Raúl Alberto Lugones y Roberto Centeno, no hubo intendentes que declararan el “estado de emergencia” en sus municipios; tampoco se llevaron a cabo movilizaciones sociales con altísima exposición mediática; ni el gobernador Scioli dio conferencias de prensa prometiendo “mano dura” en la lucha contra el delito.

Lo cierto es que a los dos días del repudiable asesinato de Barrenechea, la policía ya tenía identificados a sus presuntos autores. No todos eran menores ni habitaban La Cava. Se trata de una banda de delincuentes del barrio carenciado Puerta de Hierro, de La Matanza, que, según la versión policial y del intendente Posse, forman parte de una organización criminal que usa menores de edad como mano de obra para realizar asaltos y robos a casas y residencias de la zona norte y oeste del Gran Buenos Aires. En definitiva, sólo algunos menores forman parte de esa banda, pero no la conducen ni le brindan apoyo logístico ni operacional, y la misma es de un distrito ubicado a algunos kilómetros de La Cava.

Resulta sorprendente y alentadora la celeridad policial en identificar y aprehender a los autores de tan lamentable hecho. Ello deriva de una refinada labor de inteligencia criminal que resulta, sin más, de la movilización de una extendida red de “buches” que no son más que delincuentes que trabajan como informantes para la policía. O, peor aún, son delincuentes que llevan a cabo acciones criminales con el beneplácito o protección de los sectores corruptos de la propia institución y con miras a engrosar la recaudación ilegal de la misma o de crear un clima de conmoción e inseguridad a través de la conformación de “zonas liberadas”.

Aquella tarde de domingo en San Isidro, las personas movilizadas fueron durísimas en las críticas hacia la política –quizá con justísima razón– y hacia la justicia criminal, pero no así hacia la policía. Al contrario, parte de la demanda de la “gente honesta” expresada en la cobertura periodística del evento se centraba en un reclamo de mayor presencia policial en las calles y en la ya clásica demanda de dejar actuar a la policía sin controles y sin las repugnantes ataduras de las garantías procesales y las restricciones legales a la discrecionalidad policial. En este marco interpretativo, garantías y restricciones fueron una construcción institucional de la democracia y ello, sin dudas, benefició a la delincuencia.

Es cierto que la policía “detiene, detiene y detiene” tal como señaló la presidenta Cristina Fernández, pero aun cuando lo hace bien casi siempre el peso de la eficiencia aprehensiva recae selectivamente en los delincuentes pobres, rústicos, violentos y menos sofisticados, es decir, los más vulnerables. Son menos, mucho menos, casi insignificantes, las detenciones de delincuentes profesionales dedicados a la criminalidad de alta rentabilidad económica y de notoria visibilidad social –como el narcotráfico, la trata de personas, el corte de autos, etc.–, actividades que en gran medida son reguladas y regenteadas por los integrantes corrompidos de la propia institución policial.

De todos modos, lo importante es lo que queda, lo que dura. Y ello se resume en una ecuación heurística simple, clara, directa: las víctimas del delito violento son la gente honesta e inocente de cuantas ilegalidades se cometen en nuestra sociedad –la que, en general, pertenece a los sectores medios y altos– y los victimarios son menores marginales provenientes de las villas de emergencia situadas en nuestras grandes urbes y que para muchos de nosotros se desarrollaron en las últimas décadas por impulso natural del desarrollo social o del espíritu santo. Hace algunos días, el gobernador Scioli, con pose de sociólogo y con una enorme imprudencia política, sentenció que “las villas son como aguantaderos, lugares de alta peligrosidad, porque salen a robar y vuelven”. Le faltó recordar a Ruckauf cuando postulaba aquella gloriosa prédica de meterles bala a los delincuentes.

Es tan marcada esta porfiada interpretación que cuando estamos ante la presencia de delincuentes que no cuajan con estos perfiles se produce una crisis hermenéutica de gran porte. Para muestra basta un botón. Hasta hoy, las crónicas periodísticas que hacen referencia al asesinato de Sebastián Forza, Damián Ferrón y Leopoldo Bina menciona a éstos como los “empresarios asesinados”. Se los llama “empresarios” sólo porque eran tres jóvenes “blanquitos” de la clase media, profesionales y que pertenecían a familias nucleares bien constituidas.

Sin embargo, si estas víctimas hubieran sido “negritos villeros”, con certeza se los llamaría los “delincuentes o narcotraficantes asesinados”. Lo otro que queda y perdura es la sensación de que a la inmensa mayoría de los políticos de nuestro país les preocupa la inseguridad real e imaginada de la gente sólo cuando ello genera un problema político que ponga en tela de juicio sus proyecciones o sus mandatos.

Y si esto no es así, ¿por qué, luego que pasa el vendaval mediático o de la dramatización política no se llevan a cabo los estudios necesarios y se realizan los esfuerzos políticos e institucionales indispensables para establecer las bases concertadas de una política de seguridad democrática entre todos los sectores partidarios? ¿Por qué no se conforman coaliciones políticas y técnicas para implementar estrategias y reformas democráticas de la seguridad de manera consensuada? ¿Por qué no se abandona la perniciosa tendencia a “sacarnos manos” y “chicanearnos” entre los diferentes sectores políticos –oficialista u opositores– ante las cuestiones de la seguridad pública mediante el uso espurio del drama de muchos argentinos?

¿Por qué los problemas de seguridad resultan impermeable a un abordaje técnico y no así a la sobreactuación ideológica y al discursivismo fácil y berreta? ¿Será que se impone la creencia entre nosotros de que las diferencias ideológicas acerca de estos asuntos –diferencias necesarias e inocultables– son un obstáculo ontológico para dialogar y concertar normas, instituciones, políticas, estrategias y discursos? ¿Puede la brutalidad típica observada en gran parte de nuestros comportamientos políticos hacernos creer que el pacto entre actores políticos diferentes es traición y que la dignidad sólo se logra con la imposición hegemónica de discursos y primereadas?

¿Por qué los funcionarios y dirigentes no desisten de decir tonterías sin ninguna fundamentación técnica o conceptual, dando cuenta de que en el campo de la seguridad pública es posible hacer aseveraciones infundadas como no lo está permitido en la economía, la salud o la educación? ¿Por qué la mayoría de los políticos abandonaron tempranamente la función docente y de liderazgo social que todo gobernante o dirigente debe mantener aun a contramarcha de la “opinión pública”, de los medios agoreros y de los sectores sociales cuando sustentan una visión o reclamos contrarios a los principios democráticos?

¿Por qué se considera bestialmente que “hacer política” en temas de seguridad –y en otros– excluye per se cualquier tipo de análisis o estudio, bajo la visión de que ello es un puro intelectualismo incompatible con la política? ¿Por qué no saltó la mayoría de los dirigentes políticos de este país contra el intento chabacano de Scioli de estigmatizar a las villas de emergencia como reductos de delincuentes, recordándole que, en gran medida, esas villas y toda esa violencia delictiva no es más que el resultado directo e indirecto de un modelo económico y político llevado a cabo por el menemismo que lo tuvo a él como uno de sus principales referentes? Se trata de las inseguridades de la política argentina, la que parece haber perdido el rumbo en estos temas.

Marcelo Saín es Doctor en Ciencias Sociales (Unicamp, Brasil).

Màs soja y muchos menos alimentos. Por Roberto Navarro


LA COMPETENCIA DEL MONOCULTIVO A LA PRODUCCION DE ALIMENTOS BASICOS DEL PAIS

Más soja y muchos menos alimentos

Hace diez años, la soja ocupaba cinco millones de hectáreas de tierra. Hoy toma dieciséis. Esta ampliación alocada está liquidando los cinturones de producción de hortalizas, verdura y fruta en las ciudades, y subiendo los precios.Por Roberto Navarro

El avance de la soja se refleja en la mesa familiar de todos los días y está poniendo en peligro la seguridad alimentaria del país. Página/12 tuvo acceso a un informe reservado del Ministerio de Economía, basado en datos de la Secretaría de Agricultura y del Mercado Central, que revela el espectacular avance de la soja sobre el resto de los cultivos, base de la dieta doméstica. Hace diez años esa oleaginosa sólo ocupaba menos de cinco millones de hectáreas, en la actualidad sobrepasa los dieciséis. Así les fue restando áreas de explotación a otros cultivos. Entre ellos, a las hortalizas y frutas, que cedieron 200 mil hectáreas. Esa es una de las principales razones de que un kilo de pomelos haya aumentado un 299 por ciento en el Mercado Central desde 2001; uno de naranjas, un 295, y uno de limones un 290. El área destinada a la siembra de frutas cayó casi 100 mil hectáreas. Lo mismo ocurrió con las hortalizas: desapareció el cinturón verde de Rosario y está ocurriendo lo mismo con el que bordea Santa Fe. Se redujeron en un 80 por ciento las plantaciones de hortalizas en zonas emblemáticas, como La Plata y Florencio Varela. Así, por ejemplo, las hortalizas de hoja perdieron la mitad de la superficie que ocupaban. El resultado es que la lechuga en el Mercado Central aumentó un 282 por ciento desde la salida de la convertibilidad y el tomate, un 277 por ciento. La soja también avanzó sobre los granos tradicionales de la pampa húmeda: por ejemplo, la última cosecha de trigo fue de 14,5 millones de toneladas.

En 1998 el total del área sembrada era de 26,2 millones de hectáreas, de las que sólo 5,0 se destinaban a la soja. En la actualidad se extendió la frontera agropecuaria al norte del país con lo que la superficie de siembra estimada para 2008 es de 30,2 millones de hectáreas. De ellas, 16,6 millones serán sembradas de soja. Es decir, que el área sembrada total creció cuatro millones de hectáreas y la de soja 11. Las siete de diferencia es por lo que perdieron el resto de los cultivos y la ampliación de la frontera agropecuaria. La razón de este impresionante avance es la rentabilidad de ese poroto, que se da por varios motivos: su altísimo precio internacional, la posibilidad de obtener dos cosechas (soja de primera y soja de segunda o primero trigo y luego soja) y la fortaleza que le otorga su semilla genéticamente modificada.

Según el informe de Economía, a raíz de la espiralización del precio de los alimentos en el ámbito internacional, en todo el mundo se debate el tema de la seguridad alimentaria. En el país la soja ya cubre el 54 por ciento del área sembrada, pero sólo el 2 por ciento de ese poroto se utiliza para consumo humano. El 95 por ciento se exporta y el resto se utiliza para alimento animal. El trigo sí está en la dieta de los argentinos. Sin abundar demasiado, basta citar la harina, el pan y los fideos. Pero ese grano, símbolo de la pampa húmeda, está perdiendo espacio y peso en la producción nacional. Hace una década, ocupaba 7,3 millones de hectáreas; hoy, sólo 5,6 millones. Por ese entonces se producían 15,9 millones de toneladas de trigo al año, en 2007, a pesar del enorme aumento de la productividad, la producción cayó a 14,5 millones.

Las milanesas, las papas fritas y las ensaladas son un clásico en la mesa argentina. Para preparar todas esas comidas se utiliza aceite. En la mayoría de los hogares, aceite mezcla, que contiene un 90 por ciento de girasol. Hace diez años esa oleaginosa ocupaba 4,2 millones de hectáreas, en la actualidad apenas 2,3 millones. El resto lo cedió a la soja. Así la producción cayó de 7,1 a 3,5 millones de toneladas. Junto a la suba del precio internacional, esta merma en la producción derivó en un aumento en el precio interno de la botella de un litro y medio de aceite mezcla del 458 por ciento.

Los argentinos consumen por cápita casi 70 kilos de carne vacuna por año. Cada vez más productores alimentan el ganado con maíz. Según un informe del Departamento de Nutrición de la Facultad de Medicina de la UBA, en el país se come pollo al menos una vez a la semana. Estas aves se alimentan en un 90 por ciento de maíz. También los cerdos engordan con este grano. Y con maíz también se fabrica aceite. En la última década su área sembrada se redujo de 4,1 a 3,5 millones de hectáreas. Pero el aumento de su productividad logró que aun así incrementara su producción de 19,3 a 21,7 millones de toneladas. De todas maneras, este crecimiento no es suficiente para acompañar el desarrollo avícola, el nuevo modelo de alimentación vacuna, el incremento del consumo interno y el internacional. Así, una botella de un litro de aceite de maíz aumentó desde 1999 un 580 por ciento.

Argentina es uno de los países que tienen el privilegio de tener soberanía alimentaria: su territorio le permite sembrar los cultivos suficientes para producir todos los nutrientes necesarios para una alimentación integral. Pero en poco más de una década, ante la falta de políticas de Estado, el avance de la soja puso en peligro esa soberanía. El 11 de marzo por primera vez el Estado tuvo un atisbo de política agropecuaria al diferenciar las retenciones de la soja con respecto al maíz y el trigo con 20 puntos porcentuales de diferencia. Así espera desalentar el avance de la oleaginosa, en detrimento del resto de los cultivos.

La fertilidad de sus tierras y la variedad de sus climas le dieron históricamente al país la posibilidad de obtener de su suelo una enorme variedad de alimentos. El arroz se puede encontrar en el guiso de un obrero o acompañando una trucha de cien pesos en un restaurante cinco estrellas. Este grano llegó a ocupar 290 mil hectáreas hace una década en provincias en las que jamás habían visto un poroto de soja; entre ellas, Ente Ríos, epicentro del conflicto del campo. En 2007 sólo se sembraron 168 mil hectáreas. El resultado fue que de 1,7 millón de toneladas de producción se cayó a 1,0 millón. Así su precio ya subió un 270 por ciento desde la salida de la convertibilidad.

“Es más bueno que el Quaker”, todavía se dice cuando se quiere alabar la generosidad de una persona. No es casual que se use a la avena como emblema de lo bueno. Es el cereal que por décadas se les dio a los niños de pocos meses como primer alimento sólido, por su importante componente nutritivo. Hoy la soja lo tiene arrinconado y en vías de desaparición del campo argentino. Hace diez años ocupaba 177 mil hectáreas; en 2007, sólo 66 mil. Su producción cayó en ese lapso de 555 a 242 mil toneladas. Otro cereal que conforma la enorme variedad nacional es el centeno, recomendado por los nutricionistas. Generalmente se lo consume en pan común o en rebanadas. En sólo diez años su producción cayó de 120 mil a 54 mil toneladas y para 2008 se esperan menos de 40 mil.

La producción de tomate cayó 15 por ciento en diez años. La lechuga perdió la mitad de su superficie de siembra. Los cítricos sólo retrocedieron un 2 por ciento en su producción en diez años. Pero en ese lapso el consumo creció un 50 por ciento. De esa forma la soja ha avanzando sobre el resto de los cultivos, poniendo en peligro la seguridad alimentaria de los argentinos. La reducción de la producción tiene como primer efecto el aumento de precios, entonces los primeros en sufrir el impacto del avance sojero son los que menos tienen.

 

Entre Ríos y el Chaco

 

El núcleo del conflicto con el campo fueron las retenciones a la soja. De las 47,4 millones de toneladas que se esperan terminar de cosechar en las próximas semanas, el 80 por ciento saldrá de la Pampa Húmeda, área que abarca Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba. Pero el conflicto más grande se dio en Gualeguaychú, Entre Ríos. En esta provincia sólo se espera cosechar 3,9 millones de toneladas. Los productores de la Pampa Húmeda conocen la palabra retenciones desde hace muchos años. Entre Ríos no. Hasta hace diez años el 85 por ciento del campo entrerriano se destinaba al cultivo de arroz y el 10 por ciento a cítricos. Pero apareció la soja y en diez años la producción arrocera cayó de 970 mil a 408 mil toneladas en 2007. Para 2008 se estima una siembra que resultará en una producción menor a 390 mil toneladas. De las 700 mil toneladas de arroz que perdió el país, 500 mil fueron de Entre Ríos. Pero la protesta tiene cierta lógica: vivieron la riqueza de la Pampa Húmeda unos años y no quieren perderla. Cuando el Estado llegó a corregir el error ya se habían acostumbrado. Ahora va a ser difícil convencerlos de volver al arroz. Un caso similar ocurre en el Chaco, la provincia del algodón. En una década pasó de producir 156 mil a 1,3 millón de toneladas de soja. Pero este poroto desplazó al tradicional algodón, que aunque aumentó su precio un 60 por ciento sólo en 2007, rinde mucho menos que la soja. Así, vio caer su producción de 1,4 millón a 545 mil toneladas en diez años. La soja también avanzó sobre zonas que nadie hubiese imaginado, como La Matanza, La Plata, Pilar y San Pedro. Este último pueblo se caracterizaba como uno de los pilares de los cítricos en el país y fue también uno de los cortes de ruta más aguerridos. Aquí la oleaginosa tuvo un aliado para ganar espacio: el cambio climático. Las heladas del año pasado terminaron de convencer a los fruticultores de pasarse a un cultivo más resistente. Algunos se convirtieron en productores de soja, otros se asociaron con pooles. Por eso la reacción cuando las retenciones móviles se anunciaron: era la primera vez que iban a ver tanta plata. Otro caso extremo es el del centeno en La Pampa. Esa provincia tiene las características específicas para producir ese cereal. En 1998 el 75 por ciento de la producción nacional salía de La Pampa. En total, 90 mil toneladas. En 2007 sólo produjo 19 mil.

OPINION


“¡Es la comida, estúpido!”

Por Alejandro Kaufman *

Desde hace bastante tiempo padecemos como sociedad una dificultad recurrente para elaborar descripciones que puedan ser compartidas por los protagonistas de los conflictos colectivos. Discutir si aplicar las retenciones móviles o suspenderlas tiene una virtud: ambos términos del conflicto hablan de lo mismo, o al menos parecen hacerlo. Es todo un avance en el país en el que aún se proyecta la sombra de los desaparecidos, aquellos que no eran ni dejaban de ser, no estaban ni dejaban de estar. La estructura denegatoria mantuvo su presencia durante muchos años. “Ramal que para, ramal que cierra”, una expresión que no decía lo que decía ni hacía lo que describía: podría sintetizar una época que produjo también su magna contribución a la destitución del sentido.

La denostada era de Néstor Kirchner y Cristina Fernández trajo consigo una novedad: se produjo un emprendimiento sociopolítico para restituir el sentido a las palabras públicas. Esto ocurrió desde el discurso de asunción de Kirchner y aún no ha dejado de ocurrir. Ahora la destitución del sentido de las palabras es un atributo de una parte de la oposición política y mediática, dedicada en forma sistemática a formular representaciones inarticuladas de los acontecimientos.

El último de los episodios que debería llamar la atención por su anormalidad fue el de los discursos de los pequeños y medianos productores en el acto del campo del 2 de abril, en el que constituían como adversario al gobierno nacional con frases cuyo verdadero destinatario eran los aliados presentes en el acto. Mientras señalaban el triunfo que habían logrado para unirse las entidades representativas del agro, planteaban problemas y reivindicaciones cuyos principales responsables los acompañaban allí mismo.

Hay dos palabras que resumen las dificultades lingüísticas que nos aquejaron durante los 21 días del paro terrateniente: “golpe” y “comida”, entre muchas otras de una larga lista, como “campo”, “abastecimiento”, “oligarquía”, “negros”, esa “mujer”.

Un golpe era algo que se ocultaba hasta que llegaba el momento de llevarse a cabo. Si le preguntaban a un golpista acerca de sus planes antes de la oportunidad planeada, negaría sus intenciones. En ese caso estaría mintiendo, dado que no podría revelar su operación hasta la ocasión establecida. No habría desacuerdo sobre la descripción del acontecimiento como tal, sino solamente oportunidad. Una vez de-sencadenado el golpe, su presencia era evidente e incontrastable.

No es eso lo que sucede con el actual “golpe” del “campo”. Los actores involucrados niegan masivamente que hayan planeado tal cosa o que hayan albergado semejante intención. Podríamos preguntarnos si mienten o dicen la verdad. Aceptemos que dicen la verdad. No creen estar dando un golpe, tanto como muchos otros estamos convencidos de que un golpe estaba (está) de algún modo en marcha.

En esta discusión se reproduce la devastación lingüística que el acontecimiento de la desaparición nos dejó como legado. Las cosas no ocurren por la intención deliberada de los actores, sino como si fuera un accidente. “Que parezca un accidente.” La forma más consecuente de proceder de esta manera es creérselo. Disponer las condiciones de un daño, pero negar(lo) y negar(se) que se pretende ocasionarlo. Hay en ello una nueva astucia de las culturas pospolíticas (dado que no ha retornado la “política”, sino que estamos asistiendo a formas nuevas de aquello en lo que la “política” ha devenido). El conjunto de los acontecimientos desabastecedores, caceroleros y mediáticos de los últimos días del corte de rutas agrario llevaba a un riesgo inminente de caída, crisis o debilitamiento extremo de la conducción institucional de los poderes del Estado. Se produjo una amplificación e intensificación de un fenómeno que viene siendo repetido hasta el cansancio en distintos ámbitos mediáticos y públicos desde hace dos o tres años. Es un rumor constante: “Que se vayan, que se vayan”. No hay reemplazo ni alternativa. Es sólo “que caiga”.

No es un golpe porque no hay operación concreta de ocupación del lugar del poder. Es otra cosa, algo nuevo: es un proceso destituyente que no conduce a ninguna meta que pueda impedir consecuencias gravosas y catastróficas para una inmensa parte de la población, como ya ha ocurrido. En tanto que el acontecimiento de 2001 dejó atrás una verdadera tragedia de hambre y empobrecimiento masivos (hoy olvidados de modo vergonzante), aquella misma ocasión comenzó a producir señales de un comportamiento pospolítico. Primero destituir, después constituir. Hay una fantasía de destituir mediante un mecanismo implosivo, y después configurar una asamblea constituyente. (Es como una parodia de las viejas revoluciones modernas; las izquierdas ortodoxas acompañan estupefactas a las derechas destituyentes.) No estamos ante las viejas revocaciones revolucionarias de mandatos, sino ante actos suicidas multitudinarios.

La implosión se produce mediante la diseminación de un estado de ánimo social, en cuya construcción desempeñan un papel excluyente los medios de comunicación hegemónicos, cuya ganancia económica ha quedado muy ligada a la inducción del pánico colectivo. Si los terratenientes sojeros destruyen la capa fértil y socavan las condiciones ambientales del agro en función de la mayor ganancia en el menor plazo posible, los medios concentrados actúan de un modo homólogo con las audiencias (que para ellos es un recurso, como la tierra para los agricultores). Someten al público a un estado de estrés permanente que en el corto plazo sirve para la competencia intermediática por el rating, pero que está destinado a incrementar procesos traumáticos e irracionales en el colectivo social, con un horizonte final de erosión de la sensibilidad común.

Es en ese marco que la comida como problema sigue estando ausente del horizonte de sentido del colectivo social argentino. Con la crisis de 2001 se había conseguido de un modo “accidental” expulsar a un tercio de la población argentina de su dieta histórica. Circularon fantasías de alimentar a esa parte cancelada de la población con los métodos de los criaderos de animales, con soja. El gobierno de Néstor Kirchner frustró ese designio porque devolvió a la población argentina el derecho y las condiciones que le permiten conservar su identidad cultural alimentaria, conflictiva con las determinaciones del “mercado” y los “precios”.

Si viviéramos en una sociedad más civilizada, con el respeto por los derechos humanos asumido por el sentido común y no sólo por la parte de la población que los defiende sinceramente, entidades como las agropecuarias intentarían llevar a cabo acciones culturales de largo plazo para introducir modificaciones en la dieta de los argentinos, de manera funcional con sus intereses. ¿Por qué no? Lo podrían hacer con muchos argumentos y contribuir así a enriquecer el tejido socioeconómico argentino. La dieta es un importante rasgo de la identidad cultural, susceptible de defenderse a muerte frente a la violencia, pero no está esculpida en una piedra sagrada. En cambio, prefieren emplear métodos criminales, coacciones brutales, discursos falaces. Al menos no nos engañemos. Se trata de la comida. Cuando faltó en la mesa de millones de argentinos, ellos no hicieron absolutamente nada, y ahora que volvió la comida a la boca de los habitantes de nuestro territorio se afanaron en demostrar que de ellos dependemos y que tienen la capacidad de privarnos de los alimentos. El triunfo que celebran por su corte de rutas radica en esa demostración y en la facilidad con que consiguieron poner en vilo a los poderes públicos mediante la acción destituyente de los medios de comunicación hegemónicos (a propósito: la caricatura de Sábat fue sobreinterpretada, no forma parte necesaria de la malevolencia mediática). Ojalá pudiéramos discutir al respecto, más allá de las palabras familiares del pasado que se asoman por todas partes, pero no dejan de ser impotentes para enfrentar la actualidad.

* Docente de la UBA y la UNQ.