¿Match Point?


por Carlos Leyba

Último partido del año… parlamentario.  Sesiones extraordinarias e impuesto a las ganancias propuesto por el Ejecutivo. Mauricio Macri esperaba que Sergio Massa firmara un contrato de adhesión. Massa no lo firmó.

283789-match-pointEn subsidio, el PRO, supuso que cada uno se empecinaría en su proyecto. Había tres. Y que la reforma al impuesto a las ganancias habría de sucumbir por exceso de proyectos sin los votos necesarios.

Un golpe de astucia: proponer un proyecto en extraordinarias que no se habría votado porque ninguno, incluido Cambiemos, habría cedido para sumar mayoría. Error de cálculo. Como recuerda JL Borges, cálculo en latín significa  “piedrita”. Y el error de cálculo se convirtió en piedrita en el zapato que, como todos sabemos, impide caminar. Ahí estamos.

Massa se sumó a Axel Kicillof. ¿Ofensa por despecho derivado de que el PRO no buscó pactar? Sergio pasó de adversario o socio a enemigo.

Las órdenes de Jaime Duran Barba, esta vez, no fueron Zen sino histéricas. Su discípulo, Marcos Peña, afirmó que “Sergio Massa es la persona menos confiable del sistema político argentino” ; y su asesorado, Mauricio Macri, complementó con “a la larga, cuando uno es impostor, sale a la luz” y le recomendó que “con los años aprenda a ser confiable”.

Las descalificaciones responden, seguramente, a un “Estado pasajero de excitación nerviosa producido a consecuencia de una situación anómala”(RAE).

La situación es anómala. Los acuerdos parlamentarios que habían funcionado hasta ahora no se verificaron. Las reacciones gubernamentales fueron propias de una “excitación nerviosa”. Pero todo indica un estado pasajero. Si así no fuera no habrá posibilidades de legislar iniciativas gubernamentales. Y el Ejecutivo debería reglamentar las leyes de un Parlamento opositor. Estado pasajero.

Todo indica que las reacciones de Macri y Peña responden a la definición de “histeria” del diccionario de la Real Academia Española (RAE). No es bueno que la histeria gobierne.

Nadie duda, excepto el trío “Duran-Peña – Macri”, que la situación exige “consenso”. No sólo porque el Ejecutivo es minoría en el Parlamento y es minoría en el territorio de gobernaciones y municipios. Sino porque el país carece de rumbo.

Hemos pasado – gracias a la inconsistencia de los que se dicen peronistas – de la instauración de un modelo neoliberal a un proceso de consolidación del DIARgobierno de la oligarquía de los concesionarios (servicios, petróleo, bancos, etc.)

El primer modelo, menemista,  dominado por la economía para la deuda,  con privatizaciones, desregulaciones, apertura, desmontaje del Estado de Bienestar, adhesión plena al Consenso de Washington y al proceso de globalización, participación en las guerra del Golfo, destrucción de las FFAA, eliminación del sistema ferroviario, renuncia a la moneda nacional y retiro del Estado del diseño del Desarrollo Económico y Social, duró 10 años e implosionó, por no cambiar, con la administración de la Alianza.

El segundo modelo K mantuvo las privatizaciones, el desmontaje del Estado de Bienestar (36 por ciento de trabajo en negro, 30 por ciento de pobreza), adhesión a la globalización (primarización soja dependiente) ausencia del sistema ferroviario, un Estado sin programa de Desarrollo y – sobre todo – manteniendo, a pesar del discurso, las bases de una “economía para la deuda” administrada por los intereses de la “oligarquía de los concesionarios”. Mantuvo la ley de entidades financieras de la Dictadura y aspectos centrales de la ley de convertibilidad y generó un escenario legal para la fuga de capitales que sumó 100 mil millones de dólares en el período. Este modelo, sólo en el discurso (“miren lo que yo hago no lo que yo digo” Néstor Kirchner) fue la antípoda del anterior.

Lo común a ambos modelos, lo que realmente importa, fue la declinante participación de las inversiones reproductivas en la Demanda Global  como consecuencia del retiro del Estado de un programa de Desarrollo.

De la declinación de inversiones parte, por un lado, la reducción de la demanda de empleo y la baja en la productividad media del trabajo; y por el otro, la reducción de la capacidad tributaria para sostener las finanzas del Estado cuyas necesidades se acrecientan a consecuencia del incremento de los pagos de transferencia que suceden a la caída en el empleo productivo como resultado de la reducción de la participación de las inversiones en la Demanda Global.

Lo hasta aquí expuesto cubre 25 años (en realidad abarca 40 años) y pone en evidencia que la carencia de rumbo se mide por la incapacidad de financiar al Estado. Un Estado que, por otra parte, sólo se hace cargo del 50 por ciento de la educación, de la salud y de la seguridad.

¿Cómo se resuelven los dramáticos problemas argentinos? La condición necesaria es un rumbo que tenga un horizonte de permanencia en el tiempo y que rija en el territorio de la Nación. No se puede construir sin un consenso muy amplio.

El consenso, darle un sentido común y de largo plazo a la política pública, implica reconocer la igualdad de los actores, el carácter moral de los mismos y abrirse a la confianza de los compromisos. Todo eso es un supuesto necesario para compartir la identificación de los problemas y los criterios de las soluciones.

De nada vale imponer identificación de problemas o criterios de solución, si los mismos no son sostenidos por una mayoría consistente que, para ser tal, debe incluir las visiones de los distintos mundos que habitamos, el trabajo y el capital, la ciudad y la ruralidad, los distintos alineamientos partidarios, etc. Condición necesaria.

Pues bien. La realidad es que el proceso requerido para encontrar un rumbo y salir de la decadencia que la que estamos instalados hace 40 años, requiere como mínimo de un estado de ánimo que empieza por aquello de “quién esté libre de culpa que tire la primera piedra”.

Sin duda la histérica reacción del trío gobernante se debe a la sorprendente puesta en escena de la convergencia parlamentaria de los que fueran funcionarios del kirchnerismo en todas sus etapas. Muchos de ellos también lo fueron de la Alianza y del menemismo.

Pero en las huestes de Cambiemos se cuentan funcionarios del kirchnerismo, del menemismo y de la Alianza. A no olvidarlo.

El enojo, sin previo examen de conciencia, ha significado un descenso horrible en la posibilidad de construir alguna vez un consenso para un rumbo.

Y eso habla, de uno y otro lado, de una concepción pequeña, miserable, de la política y del bien común.

No se puede hacer política navegando entre la histeria y el despecho.

Lo gravísimo es que en un país con más del 30 por ciento de pobreza, con creciente desempleo, con  enorme informalidad laboral, con fracasos en la estructura educativa, con una infraestructura económica y social propia de un país menos dotado que el nuestro, con un clima de inseguridad alarmante, con una estructura judicial que la sociedad no la percibe como honorable, necesitada como pocos – por todas estas y muchas falencias malas – de un consenso para diseñar un rumbo de superación, escapa a la razón que los protagonistas del poder político den rienda sueltas a sus humores viscerales convocando a la escatología política. Triste.

También es increíble que el peronismo – o lo que quede de él allí – enrolado en el FPV, haya tenido el cinismo de liderar la eliminación del pago del impuesto a las ganancias para los asalariados.  Es increíble que los que se negaron sistemáticamente durante 12 años hayan abanderado la causa. Y también es increíble en los dirigentes del Frente Renovador.

El kirchnerismo es el responsable principal de la atrofia producida en el impuesto a las ganancias durante estos 12 años. Y es indignante que haya pronunciado, en la oposición, discursos de exigencia cuando en el oficialismo impidieron siquiera el debate. Cinismo puro.

Todo empezó porque Macri vino incumpliendo una promesa de campaña: terminar con el impuesto a las ganancias que pagan los salarios.

Una promesa, objetiva y precisa, cuando incumplida responde a una de dos causas y ambas graves. La ignorancia o la mentira. Ninguna tarea cumple con las artes del oficio a partir de la ignorancia o de la mentira. Para cumplir hay que conocer, no ignorar; y decir la verdad de lo que se conoce, no mentir. La verdad no alcanza. Y la ignorancia apesta.

Aclaremos antes de ir al punto de esta semana, la cuestión del impuesto a las ganancias y Macri, que en el gobierno K ha abundado la combinación de ignorancia y mentira.

La manera de haber logrado sobrevivir tanto tiempo a ambos males, fue la de poner la basura bajo la alfombra. Esa es la parte de la mentira. Y la de la ignorancia es, como dicen los rusos,  que “con la mentira se puede ir, pero no se puede volver”.

Entonces la primera  posible razón del incumplimiento de la promesa de campaña de Macri es la ignorancia. Macri dice que no sabía lo monstruoso de la herencia fiscal. Y una vez con las cuentas en la mano se apercibieron que no lo podían cumplir. Ignorancia inadmisible.  La otra razón es la mentira a lo Menem. En este caso me inclino por la ignorancia.

La mala noticia es que – como decía JD Perón – “yo he visto a malos que se han vuelto buenos, pero no he visto jamás a un bruto volverse inteligente” . El peligro de la ignorancia.

Macri estaba seguro que las recientes lealtades, por necesidad, de los gobernadores alcanzarían para que los diputados cerraran filas con los mandatarios provinciales.

El modelo de arreglar por territorio, efecto caja, no funcionó. La pelota que tiró Mauricio, con un proyecto no negociado en el Parlamento, fue mala.

Lo había advertido el Presidente de la Cámara, Emilio Monzó: “hay que hacer más política y menos marketing”.

Para Monzó hacer política es argumentar y pactar. Y en el Parlamento eso supone pactar hasta que se tiene la mayoría de los votos. Para Peña y Duran, que habitan el pensamiento de Mauricio, los “políticos” no importan y tampoco los argumentos.

Para ellos importa “la gente” (tomados de a uno, por eso el twiter) y hacer, lograr  “lo que la gente” quiere. El marketing es dar señales de haber escuchado lo que la gente quiere, “las cosas”, el metrobús, el perro viajando en subte, “no hablar de política” y no cansar con argumentos.  Con “la gente” no se argumenta ni se pacta. Para ellos toda “la gente” no son todos los ciudadanos, sino la mayoría que las encuestas revelan.

Esa mayoría – en términos generales – avala a Mauricio y definitivamente repudia a los que quedaron afuera por la corrupción. Lo refiere la excelente última encuesta de Ricardo Rouvier. Ese apoyo no significa un cheque en blanco para las políticas concretas. Y es lo que dicen las encuestas que señalan un claro desencanto respecto de la política económica.

Macri tuvo una derrota en la Cámara de Diputados consecuencia de haber incumplido una promesa por ignorancia y de haber tratado de enmendarla sin argumentar y pactar. Después del retiro espiritual de Chapdmalal tal vez hayan decidido, a su manera, “ir por todo”. Al igual que Cristina, Mauricio – “apelando a la gente por twiter y marketing”- jugó su partido con la estrategia de imponer.

La diferencia es que CFK “iba por todo” sobre la base de una mayoría parlamentaria disciplinada detrás de ese concepto insólito de “lealtad” que con tanta pasión, en nombre de Perón, repiten legisladores que lo combatieron siendo feroces opositores al Perón de carne y hueso.

La tropa propia de Macri no alcanza ni para escaramuza. Y todo lo que consiguió hasta la fecha se lo debe a los miembros de su fuerza que se han dedicado a argumentar y pactar que no son los CEO ni los marketineros.

Macri parece ingresar en el “vamos por todo” y repudiar la idea de consenso y pasar a la “pureza original”. Pureza complicada porque ya vimos que en las filas del PRO hay amplio surtido de sobrevivientes de casi todas las gestiones. Si los fracasos se acumulan dentro del PRO hay toneladas.

Claro que en la oposición parlamentaria los fracasos acumulados son muchos más.

En primera fila el kirchnerismo y sobretodo su última etapa. Pocas personas en la política han tenido el don de ubicuidad de Axel Kicillof,  “vení chiquito” para CFK.

Chiquito, hombre grande con look de niño, milita en el marxismo de Groucho y aplica su apotegma central “estos son mis principios pero si no le caen bien, tengo estos otros”.

El CV político de Axel es sorprendente. Pensaba cobrarle a Repsol el daño ambiental y terminó pagándole más de lo que realmente valía. Pagó de más al Club de Paris por no querer cumplir con el Art IV del FMI organismo al cuál pagaba las cuotas de socio y mantenía como director jugosamente rentado a un recomendado. Sus hombres avalaron el acuerdo secreto de YPF con Chevrón. Inventó el “barril criollo” que consiste en pagar por el petróleo mas que lo que esa commodity vale en el mercado internacional. Inventó el gas nuevo  para pagar 7 dólares el millón de BTU (cuyo costo difícilmente supere los 2 dólares) .Y recibió del desaparecido Carlos Bulgheroni, el más entusiasmado apoyo. Desde Nueva York y por C5N Bulgheroni definió la unción de Kicillof como “excelente”, porque el economista había tenido “un rol muy importante en muchas medidas” del Gobierno. “Es un desafío muy interesante -se entusiasmó Bulgheroni, que deberá negociar con el Estado a qué cotización se le toma la inversión que prometió traer a través del Baade, uno de los instrumentos del blanqueo-.Kicillof ha mostrado una permanente superación de sí mismo frente a los problemas.” También ponderó que el economista hubiera ayudado “a destrabar el problema del precio del gas” y agregó que el nombramiento en el Palacio de Hacienda ponía “una cuota de realismo y es positivo para enfrentar esta nueva etapa”. (La Nación, 20 de noviembre de 2013). Guau!!!  (El Baade refiere al blanqueo que sancionó el trío Gedeon Kicillof-Moreno – Marcó)

Axel se negó durante su gestión a revisar las escalas y la capacidad de daño en los ingresos de los sectores medios del impuesto a las ganancias. El problema que se debatirá en el Senado y cuya media sanción brindó diputados, tiene su origen, en continuidad, en la gestión de Axel Kicillof. La participación de “vení chiquito” en el debate y en esa sanción  referida al tema impuesto a las ganancias es, sin duda, un caso extremo de cinismo político. El cinismo político es el uso al extremo de la ignorancia y la mentira.

De un lado y del otro, la misma contribución para alejarnos de la posibilidad de un consenso sin el cual el rumbo se coloca en situación brumosa y más aún cuando el propio Macri, que goza del apoyo por el avance en el castigo a los corruptos, sanciona el decreto sobre el blanqueo que ampara a los familiares de los funcionarios y que como bien editorializa La Nación: “El Presidente no debió emplear un decreto para volver atrás con una idea que ya había sido descartada por ley. Tampoco debió poner en duda la transparencia de los actos que reclama la ciudadanía. Su decreto ha sido innecesario, inoportuno e incongruente con su propia predica”

En este caso me inclino mas por la mentira que por la ignorancia.

¿Match Point? Ignorancia, mentira y cinismo no pueden generar consenso. Y sin consenso no hay rumbo. Llega la Navidad ¿Y si hacemos un examen de conciencia?

Fuente:  DIARIO EPOCA

LATENCIA Y ESPERANZA DEL KIRCHNERISMO


54489_1526038595778_1379045483_31401709_4614466_oEl peronismo, si se lo interpreta solo desde un punto de vista económico y político —en el sentido weberiano en tanto política profesional— queda reducido a la subasta del dinero y los cargos. Ahora bien, en esos cargos y en ese dinero, se disputa un inconsciente más profundo y se revela como el procesador psico-político de nuestros dramas, tragedias y comedias; el estabilizador religioso de una urbanidad decadente. De aquí que éste se piense en bares y cafés de los alrededores del Congreso, allí donde se tejen, subterráneamente, las verdaderas alianzas de la política doméstica, sus intrigas, conspiraciones, pero se ejerce, y se sufre, en el interior del país, en los márgenes de esa centralidad tan odiada como deseada. Desde esa visión psicopolítica todo lo que se hizo en el 2016, con la excusa racional de la auto-crítica de la derrota electoral, fue comenzar a procesar la muerte de Néstor Kirchner, libremente, sin la imposición oficial del Estado: discutir su lugar en el panteón peronista de los dioses.

nestornauta-y-cristinaA través de la muerte de Néstor Kirchner los jóvenes militantes abrazaron al Edipo nacional; un padre, una madre, un yo-peronista. Se disponen, en el nombre del Padre, a declararse, generacionalmente, legítimos herederos. Obviamente, el padre no se reivindicaba “kirchnerista”. El rechazo a la crítica del Padre Patagónico es permanecer en la idealización infantil. Sin muerte simbólica, sin crítica, no hay retorno. No van a poder volver. Para los hijos, impedir que Cristina se someta a la ley, a los tribunales (“si la tocan a Cristina…”) equivale a mantenerse fundidos a ella, como pito ejecutor del trasvasamiento generacional. En este sentido, La Cámpora es la metáfora de una formación incestuosa al nivel de la sociedad. Muchos dirigentes que estuvieron con NK, que formaron parte de su gabinete, firmaron sus decretos, propusieron dirigentes, trabajaron su agenda, están actualmente en el Frente Renovador de Sergio Massa. Quien fue algo así como primer ministro de CFK. ¿Se acuerdan cuando lo gastaban en Tinelli con lo de La Presidentaaaa? Para los peronistas de “La Renovación”, Néstor aparece como un líder con peso histórico específico, propio, un gran constructor de poder y acumulador sin igual de consenso y patrimonio, un animal político total, pero de carne y hueso. Para los jóvenes militantes, es la última encarnación de un linaje que comienza en Rosas y se ancla en la barbarie (concepto inventado por la literatura teológica política de Sarmiento) como verdad del estado. Es que el problema urgente del peronismo no es ¿qué hacer con “la revolución justicialista”? sino ¿qué hacer con la viuda? Por eso, el 2011 fue el triunfo de la culpa como campaña electoral.

La pelea de Moyano con Cristina tiene ingredientes materiales muy concretos, y es una guerra de dioses[1]. Moyano custodió el espectro de Juan Perón en la entrada de la CGT: “no ingresará nadie más acá”; “los sindicatos son de Perón”. Los delegados gremiales saben que así es, y por eso lo cantan, con celo. Todo el intento kirchnerista de poner a los propios en las listas de candidatos, en los directorios de las empresas subsidiadas, en los sindicatos, en los cargos de la administración pública, en las intendencias, bajo apercibimiento de hambruna de fondos, obras de infraestructura, y destrucción pública por cadena nacional produjo la reacción clásica de la psicología colectiva ante el “déspota ilustrado”. Hizo retornar otros espectros. Así “volvieron” los gorilas, Rucci, Vandor, Guardia de Hierro, y también Tosco, Huerta Grande, alguno se acordó de Gelbard. Nos amarramos al pasado, y con la muerte de Alfonsín, también se fundó el “Alfonsín-kirchnerismo”, para seguir idealizando, y masturbando el relato. El Dios Ubaldini ya amenazó con un paro si reparten la estampita del Padre de la Democracia en su iglesia. Volvamos.

La elaboración racional de la identidad peronista exige tiempo, el período de Néstor es levantado como bandera por Lavagna y se concentra en su aura la legitimidad técnica de la herencia “buena”, del “capitalismo nacional”, vilipendiada por “los hijos”, ahora estigmatizados como “secta maldita”, perfecto chivo expiatorio del oportunismo, esto es, descargar sobre militantes (sin trayectoria laboral sólida, sin formación política considerable, sin experiencia de base superior a diez años) el costo de una elección presidencial. Sin embargo, el 60% de los votos de la sociedad argentina son votos no peronistas, no identificados con tradiciones políticas. La mayoría de la sociedad argentina vive esta guerra de dioses como una disputa que le es ajena, que no la representa, una batalla cultural, ideológica, que padece como “grieta”. Acá hinca el diente el PRO y Clarinite. La globalización como ideología y “posmodernidad”. Es el PRO como caudillismo de empresa. El caudillo presidencialista es ahora delirado como CEO transnacional. Nos quita el peso de la historia, nos libera de la carga de la modernidad mediante la Estrategia de la Gran Trola (EGT): abrirse bien de gambas y dejarse penetrar, hasta el sangrado, agotando toda la renta, estrangulada de abusos. A la EGT se la presenta como “confianza” y “volver al mundo”.

Mientras tanto, se le encarga al periodismo la disputa por la interpretación del pasado, heroico en C5N, nefasto en TN. Algunos buscan que ese pasado actúe como gloria, otros como pesada herencia, de forma tal de controlar el trabajo psíquico e incidir en él con imágenes, archivo, conducirlo en su penumbra. Los primeros quisieran que se constituya como tradición, en el mejor de los casos; para los últimos en pesadilla y advertencia. Como no hay artistas, al estilo de un Leonardo Favio, y tampoco hay creatividad ni tiempo —estamos en el puro presente de la comunicación de los sistemas sociales— todas las lagunas, contradicciones, matices de la historia del presente se colman con estadística y encuestas de opinión. Negocio de la ciencia social.

La estrategia de Macri es intervenir en la latencia, involucrar a Cristina en lo cotidiano, hacer que se pronuncie todo el tiempo, bajarla del pedestal del 54% a la pelea del twitter, clausurando el trabajo psíquico-delirante del retorno: ella está ahí, y no es nada más que esto. El cálculo de Cristina es que la latencia, por un contraste de endeudamiento y colapso, la beneficie en el 2019 como redentora. Este último cálculo contiene un inconveniente no menor.

Perón despreciaba la verdad, pero sabía mentir. Jugaba con la verdad como nietzscheano, como artista del gobierno de los otros. El matrimonio Kirchner quiso darle un fundamento científico-metodológico a su voluntad de ilusión. Con título de Economista de la UBA. Le mintieron al pueblo desde el Indec. A las organizaciones sociales, que marcharon junto a la CGT el 18 de noviembre, no se las convence fácilmente de lo que no vivieron y arremeten contra el estado por su deuda: dame recursos ya, contención social y trabajo. Las tres T. Macri pudo hacer demagogia en el debate electoral, puede mandar a mentir a sus intermediarios en la televisión, pero no lo hace desde la estadística del estado, la que oficialmente lo denuncia en recesión. No hay indicador alguno que le regale oxígeno en su primer año. Aquel falseamiento, tan torpe, tan caro en el largo plazo, equivale al desprecio de los humildes. Moreno encarna, necesariamente, el ardor por el Papa.

Francisco, mediador último, organizador a distancia de la guerra de todos contra todos de la política profesional sin partido: representa el perdón de los pecados con el cual se levantará la mano del futuro presidente de los argentinos.

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Un modo supranacional, pacífico, de confirmar al Padre y a su crisis de representación.

Buenos Aires, 27 de noviembre de 2016

Leonardo Fabián Sai

[1] La expresión hace referencia al archi-conocido argumento de Weber sobre el politeísmo de los valores y el conflicto insalvable de las creencias extremas de la sociedad moderna; ninguna moral se puede imponer sobre las demás. No se cierra ningún debate, mucho menos el debate sobre la historia. Las actitudes últimas hacia la vida son irreconciliables; las luchas no se resuelve en una gran conclusión final sino que no cesan de diferenciarse, funcionalmente.

La hora del acuerdo


por Carlos Leyba

Finalmente, y seguramente por la preparatoria espiritual previa al encuentro de conciliación con Francisco, Mauricio Macri se desdijo de la descalificación de “libre pensador” que le impuso a Alfonso Prat Gay, y le ha dado la razón: para poder dominar a la vez la tasa de inflación y sacar a la economía de la recesión, es imprescindible al menos intentar un acuerdo económico y social con los representantes de los intereses sectoriales del mundo del trabajo y del empresariado.

Es una condición necesaria ya que no suficiente. La cuestión es qué se acuerda y cómo se conduce y se reconviene. Nada es lineal e inmodificable. No hay acuerdo sino se instala como sistema de control y revisión de decisiones. Al menos eso es lo que debería ser y a su vez es lo que lo hace útil y posible. Sin esa mecánica de sistema se trata de una foto.

El gobierno hasta ahora, antes de esta convocatoria formal que ya está en marcha, ha estado encerrado en los límites de su propia comprensión de la política. Por eso este paso a regañadientes de Mauricio, tal vez a instancias de Francisco que le ofrece su predicamento para que reconstituya rumbos, posiblemente sea el paso mas avanzado de su gobierno.

Posiblemente implique el desplazamiento del marketing del vendedor de humo J Durand Barba y su reemplazo por las ideas y voluntad de personas edificantes.

De tanto insistir en la supuesta originalidad de su nueva manera de hacer política (timbreo, conexión digital, relación con cada uno de los ciudadanos tomados de a uno) el gobierno ha ido produciendo su propio aislamiento, es decir, la ruptura del continente político por donde se puede transitar pisando firme. No se hace continente en la política sólo hablando y sin intercambio.

La consecuencia del aislamiento real, diálogo sin intercambio, es la erección forzada de un archipiélago en el que la conexión entre las islas en las que se convierten todos los actores es azarosa. Los gobiernos construyen también su oposición. ¿La dispersión como estrategia es una visión de Estado o una mezquina estrategia electoral?

Volvamos, lo que está detrás del aislamiento propio y provocado, es en definitiva la consecuencia de la negación de lo colectivo – tal vez no sean plenamente conscientes de ello los hombres del PRO – y remite a aquella espantosa afirmación de Margaret Tatcher “no hay tal cosa como la sociedad, solo hay individuos”.

Como sabemos, la negación de lo colectivo, es la esencia del neoliberalismo como cultura política y económica negadora del Bien Común. Para el neoliberalismo ese Bien no existe ya que no existe lo Común.

No vamos a reiterar las consecuencias que esa visión del mundo ha tenido en materia de decadencia económica y social y no sólo en estas pampas.

Sólo afirmaremos que, en última instancia, esa “nueva política” entendida como la relación del gobierno con los individuos tomados de a uno, es la negación de la política. ¿Qué política?

El politólogo Elías Díaz lo sintetizaba afirmando que  la política, o lo que es lo mismo, el ejercicio de la democracia no debe, no puede ser otra cosa que “argumentar y pactar”   (El País, 9/10/2016). Argumentar implica expresión y fundamentos de los objetivos y propuesta de instrumentos para alcanzarlos, considerando claramente los costos implicados. La idea misma de argumentar reclama, mediante la escucha y la respuesta, la iluminación de otras visiones respecto de esos objetivos y por cierto la discusión de los instrumentos, que siempre son múltiples, y de los costos que siempre son distintos en el tiempo y en el espacio. La argumentación y el respeto a la contra argumentación, implican la posibilidad de pactar.

El pacto es consenso, es decir, poner en común el sentido de las cosas y concertar, hacer ciertas para todos las cosas pactadas.

Argumentar y pactar es la esencia de la política y supone que no es una cuestión entre individuos sino que hay algo común, colectivo, para todos. Y esa visión implica que quienes argumentan y pactan, ceden, conceden y reciben. No hay pacto sin intercambio y no hay intercambio sin argumento.

El gobierno, el oficialismo, hasta aquí ha estado falto de argumentos. Más allá de las generalidades con las que nadie puede disentir – combatir la pobreza, el narcotráfico y la unidad nacional – el gobierno no ha argumentado (objetivos, instrumentos, costos) su programa. Posiblemente no lo tenga.

Pero no es menos cierto que los sectores opositores con algún peso tampoco lo tienen. Y diría que lo tienen aún menos. El PRO repite el inventario de obviedades que componen lo “económicamente correcto”: el mundo, productividad, inversiones, confianza, tecnología, federalismo, etc. Y promete un Plan Productivo que aún está siendo cocinado y que por lo que ha trascendido es un plan a la defensiva.

Pero por ahora el Plan Productivo, que sería parte del argumento tan querido, es un desconocido aunque todo señala la amenaza de la insuficiencia.

Si consideramos las expresiones que se reputan a sí mismos peronistas y que sumadas o tomadas de a una son “la oposición” lo que los divide no es la combinación de distintos objetivos, instrumentos y costos. Es decir “argumentos”. No.

Lo que los divide esencialmente es el pasado. Las tribus se dividen en los que solo participaron con Carlos Menem, los que se subieron a la Alianza y derraparon con ella; los que transitaron con Néstor Kirchner y aquellos que siguieron hasta los últimos días de Cristina y que luego se bifurcan en los que la siguen y los que quisieran que “ella” no siga. No revelan argumentos, en el sentido aquí expresado, que los dividan porque no los expresan. Si es que los tienen.

Hoy la Argentina no es un país pensado en el que se contraponen argumentos de futuros. No.

Hoy sólo tenemos un país relatado. Por un lado el país del ridículo relato kirchnerista del jardín de las delicias del que nos habría expulsado en diez meses Mauricio Macri. Un jardín que nunca existió como lo revelan, no sólo los destellos de la corrupción y el despilfarro, sino la pobreza y al mismo tiempo la pérdida de capital en toda la dimensión de esa expresión. Dos fenómenos a la vez que describen una contradicción inexplicable.

Y por el otro lado está el relato de la herencia recibida, relato que a medida que pasan los meses y nada cambia, se convierte en una “prueba de que hemos sido expulsados del Jardín”.

Pues bien, si se cumple el decreto que instala el acuerdo económico y social, tendremos la oportunidad de exponer argumentos y generar pactos. Si esto ocurre estaríamos avanzando enormemente en el proceso de maduración democrática. El acuerdo, la concertación que implica, supone que no sólo las voces poderosas, electoral y mediaticamente, argumentan y pactan sino que se abre un espacio para que las voces débiles puedan escucharse, argumentar y pactar en proximidad.

La obstinación por el pasado, que la podemos observar en la producción intelectual de los últimos tiempos concentrada en el pasado y en particular en los 70, ha ido cancelando la preocupación por el futuro. Y la política, al desertar del argumento, no se ha considerado a si misma como una avanzada de exploración de los futuros posibles. La posibilidad institucional del acuerdo invita a esa exploración para ser parte del pacto.

¿Por qué este gobierno no lo hizo antes? ¿Por qué fueron necesarios diez meses de inflación y recesión y la ausencia de inversiones para despertar la lógica más elemental de la política? No es imputable al PRO. Desde Raúl Alfonsín la Argentina se ha negado al acuerdo, porque se ha negado al argumento y al pacto.

Se cree que los sistemas informativos más precisos surgen de las estadísticas – que refieren el pasado – o de las encuestas que resumen interpretaciones y que no relatan hechos.

En realidad los sistemas informativos deben complementarse con las observaciones de los que transitan el terreno.

Los dirigentes sindicales tienen antenas repartidas en todo el sistema: lo que los sostiene en el poder es una capacidad de escucha y por cierto la capacidad de tramitar respuestas. Y de la misma manera eso ocurre en la representación empresaria. Claro que en esta simplificación de la representación de los sectores ocurre la paradoja que mientras el poder de la representación sindical esta directamente asociada al numero de los representados, en el mundo empresario el poder de los que representan pocas empresas gigantes es muy superior al de los representantes del numeroso mundo de la pequeña y mediana empresa. El acuerdo neutraliza el lobby.

La disposición al acuerdo que ahora manifiesta el gobierno es el triunfo de la sensatez y es un paso adelante.

Francisco, predicador de la cultura del encuentro, lo va a celebrar  cuando se encuentre con Macri en la Santa Sede.

Y es justo decir que la última mesa de concertación con nombre de tal se realizó en el tercer gobierno de Perón. Es decir hace 40 años. Aquella experiencia, desconocida más que nadie por los propios peronistas, fue producto de una larga maduración iniciada desde la política con La Hora del Pueblo por Ricardo Balbín. Fue bombardeada por los neoliberales de Álvaro Alzogaray y las organizaciones guerrilleras que nunca abandonaron la ideología de “cuanto peor mejor”. A partir de ahí Juan Perón condujo el proceso que culminó en las Coincidencias Programáticas de los partidos y las organizaciones obreras y empresarias que fue la base de la legislación sancionada por unanimidad y del Plan Trienal de 1973. El Acta de Compromiso, conocida como Pacto Social, firmada en la primer semana del nuevo gobierno sentó las bases de la política de ingresos destinada a enfrentar la recesión y el desempleo con que terminó el gobierno de la dictadura y una tasa de inflación del 80 por ciento anual. Un caso extremo de estanflación que fue doblegada entonces gracias al acuerdo tripartito. El FMI, Roberto Aleman o Marcelo Diamand, destacaron entonces el método y los resultados. Funcionó como todos los acuerdos económicos sociales previos en Europa o como el tan celebrado Pacto de la Moncloa.

Hay desconocimiento que en estanflación la receta ortodoxa profundiza la recesión y la keynesiana profundiza la inflación. Las dos a la vez, son contradictorias y revelan la confusión que produce no tener un ministro y apelar a un sistema de coordinación que por definición es tardío.

Van diez meses y la inflación baja poco y la recesión continua. Por eso es muy bueno haber aceptado la mesa de concertación que es un método necesario. Lo que aporta la suficiencia es la calidad de los argumentos y la solidez del pacto. Francisco se lo va a aclarar.

Publicado originalmente en el diario El Economista.

La tarifa 125


Por Carlos Leyba

Si no hubiera sido por el “no positivo” de Julio Cobos, la 125 del trío Martín Lousteau, Alberto Fernández  y Cristina Elisabet, el gobierno de CFK hubiera sido conmocionado por una rebelión rural de la que hubo atisbos en algunos municipios en los que los chacareros de mano pesada hicieron sentir el peso de la indignación.

El “no positivo” fue una salida política. Aún hoy nadie asume la responsabilidad del error técnico, económico y político que signó todo el gobierno de CFK y cavó la “grieta” en profundidad.

Ahora bien la cuestión tarifaria también necesita de una solución política. Los que la decidieron no conocen, no saben cuál es el costo del gas en boca de pozo. Y el problema es que a partir de ese costo es que debe estructurarse la tarifa. El Estado no lo sabe porque no ha auditado esos costos. Los funcionarios se han negado a escuchar (no para defenderse o atacar, que no es escuchar) a los sectores afectados y a todas las voces técnicas, y no sólo la de los consultores que asesoran a las empresas petroleras. No escuchar es soberbia. Y hay una contradicción en procurar la baja de la inflación y aumentar la competitividad de nuestra economía, y a la vez alterar bruscamente los precios relativos y transferir enormes recursos (sin conocer los costos) a sectores oligopólicos.

La no solución política de este entuerto (la política pasa por el consenso de largo plazo desde una perspectiva estratégica) contribuirá al crecimiento del clima de crispación, que le erosiona al gobierno la confianza ganada y que aleja las posibilidades de acordar una política de ingresos razonable que, hasta ahora, no ha estado siquiera en la agenda del PRO.

Las tarifas – que son las que están al final de este recorrido –son parte de la política de ingresos aunque el gobierno se niegue a entender que es así.

Cobos con el “no positivo”, que enfureció al kirchnerismo, sacó a ese gobierno de un pantano en el que, empujando como venían, se enterreban más y más. Hoy estamos ahí.

También hay un menjunje juridico que fabricó el menemismo. Por ejemplo las decisiones podrían ser jurídicamente correctas y políticamente muy alejadas del Bien Común. Por eso la verdadera cuestión de fondo, que siempre es política, no puede quedar en manos de los jueces.

Es obvio que las tarifas absurdas de los servicios (gas, luz, agua) no tienen fundamento alguno y que – con fundamentos reales – hay que diseñar una ruta para lograr que no haya necesidad de financiamiento fiscal para la provisión de esos recursos con las excepciones que caben para consumidores que lo necesiten y para actividades productivas para las que el costo real sea insostenible. Pero esa decisión es posterior a una previa.

Aclaremos: parece que estamos discutiendo lo que van a pagar por la energía los usuarios. Pero lo que en realidad estamos decidiendo es lo que se van a llevar los concesionarios de gas y de petróleo a sus bolsillos.

El capricho jurídico es que las audiencias, que habría incumplido el gobierno, solo corresponden – de acuerdo a la ley menemista – a las tarifas, que son las que pagamos por el transporte y la distribución. Pero la ley no establece audiciencias para fijar el precio del gas y del petróleo en boca de pozo, que es la componente básica del valor final de la energía.

La justicia dejará que se deje el precio de boca de pozo en manos de las empresas y de los funcionarios energéticos (muchos de ellos ex hombres de las empresas) sin ventilar los verdaderos costos, los que sólo se podrían conocer por medio de una auditoría estatal. Sólo se harán las audiciencias, no vinculantes, para informar las razones del aumento de las tarifas.

Pero lo básico son los precios en boca de pozo y lo que sigue es accesorio. Lo básico ya está arreglado entre las empresas y los funcionarios. Lo accesorio, lo propiamente tarifario, esperará a la audiciencia no vinculante. ¿Y lo que tiene que ver con el Bien Común?

Veamos, las empresas del oligopolio petrolero tienen la concesión de extraer (recordemos que el petróleo es de las provincias). Ellas sostienen que el precio del gas debe fijarse al nivel del “import parity” que, presuntivamente, es más alto que el costo de extraer más una utilidad razonable (“cost plus”). La idea “detrás” es que el precio lo fija el mercado. Para las empresas no se trata de un bien estratégico. Excepto para lo que ellos llaman “gas nuevo” para el que lograron, por decisión de Julio de Vido, más de 7 dólares el MMBTU. Para estas mismas empresas el barril de petróleo no debe fijarse por la “import parity” que es, mas o menos, 40 dólares el barril, este – para las empresas – no es un bien de “mercado”. Es un bien estratégico por el que deben cobrar, más o menos, el 50 por ciento más.Muchachos¡¡

Las mismas empresas, pozos hermanos, para una extracción una cosa y para la otra, otra. Solo se parecen en que, para las dos, las empresas piden lo más alto. Y para ambas cosas el Estado ignora los costos de extracción. Por eso lo que está pendiente es una decisión política. Y la que está llevando a cabo el gobierno es una decisión sin información y con dos criterios diferentes para lo que hace el mismo concesionario.

Como sin duda ambos bienes son estratégicos, también lo son los servicios que lo extraen. Y lo legítimo es conocer los costos y diseñar una estrategia en la que la pregunta central es ¿la exploración debe ser pagada por los usuarios del gas y el petróleo, o la inversión de riesgo debe ser recuperada – como amortización – en el precio de los bienes? Ese es un debate político que hay que dar porque siendo una cuestión estratégica es de largo plazo y debe estar en búsqueda de consenso.

El kirchnerismo le regaló el subsidio al barril de petroleo a las petroleras, le amplio las concesiones y le puso el gas nuevo a más de 7 dólares el MM BTU. Y el macrismo repitió con el petroleo. Y quiere llevar el “gas viejo” a 5 dólares y pico.

¿Cuál es el costo? Una respuesta imprescindible que el Estado no sabe. Nosotros tampoco. Pero hay algunos indicios.

“YPF … según su Informe Financiero de 2015 presentado ante la SEC de EEUU, para producir un barril equivalente de petróleo erogó 18 U$S/bep … YPF es el principal protagonista en la actividad del shale oil, shale gas y tight gas con un participación del 85% en las inversiones del 2015. En dicho barril equivalente hay producción de petróleo y de gas, si distribuimos ese costo en función de los ingresos generados por las ventas del petróleo y gas producidos por YPF en el 2015, resulta que esos 18 U$S/bep se reparten de la siguiente manera: costo de producción del petróleo 27 U$S/barril, costo de producción del gas 1,9 U$S/MMBTU … valores similares a los de Canadá” El gas natural bien suntuario o bien necesario, Nicolás Di Sbroaivacca, Fundación Bariloche

Queda claro que la opción “cost plus” (decisión política) pareciera que está lejos de los 5 dólares de JJ Aranguren que están generando la explosión de la “tarifa 125”.

El fundamento es el precio de “import parity”. Veamos 7.08 dólares MM BTU para el LNG de Chile, 3,11 para el gas de Bolivia y 4,50/5,86 dólares para el LNG importado por Bahía Blanca y Escobar. El promedio ponderado por volumen daría 5,15 dólares MM BTU. Si de la información de YPF concluímos un costo de 2 dólares el MM BTU, entonces en la “tarifa 125” hay implícito un beneficio “extraordinario” de 3,15 dólares por MM BTU motorizado por el criterio “import parity”.

¿Cuál es la conducta optimizadora del balance de un oligopolio? Administrar la producción para incrementar el precio. Una estrategia aplicada de las petroleras argentinas es “insistir” en la necesidad de importar. Si importamos hay posibilidad de sostener el criterio de “import parity”. ¿Realmente necesitamos importar? ¿Realmente, como repiten todos los funcionarios y consultores, no hay gas?

La respuesta de las concesionarias que, por declaración jurada informan las reservas comprobadas y certificadas de las empresas, es que disponemos de entre 6 y 8 años de reservas de gas medidas en términos de consumo.

Este nivel de reservas año tras año implica que se declaran reservas que compensan el consumo para que el balance de las firmas no se deteriore. Pero como el Estado no audita las reservas no sabemos si hay mucho más gas comprobado, aunque no esté “certificado”. Mas y no menos. Porque – dado el criterio de presentación de balance – el beneficio de la empresa es certificar lo necesario y no lo posible.

El criterio de “bajas reservas” sirve para sostener la importación (sospechada de negocio cómplice para los funcionarios) y a la vez justificar la idea de “no hay gas” y con el criterio de escacez, subir el precio. De primero inferior.

Poco creíble, salvo que el Estado auditando con expertos, por ejemplo, noruegos determine que YPF mintió a la SEC en sus costos, y concluya que hay 6/8 años y que no cabe la posibilidad de reponer nunca más reservas convencionales.

Si el Estado audita y certifica costos y reservas, y le da la razón a las petroleras, entonces “la tarifa 125” tiene fundamento y sólo hay que ver como desarmamos la bomba.

Pero si YPF no mintió, y aumentar las reservas convencionales tiene el costo histórico, entonces, hay que barajar y dar de nuevo y establecer las condiciones del negocio para que sea para el Bien Común.

Las petroleras oligopólicas necesitan mantener “bajas” las reservas, crear el clima de que “no hay energía”, reducir la producción con el consumo en crecimiento, crear la necesidad de importar y así presionar por el precio de “import parity” (mas caro que que el “cost plus”) que “revelaría las intenciones del “mercado”. Claro que esas condiciones de mercado son generadas por las empresas oligopólicas del sector. Producir menos y subir el precio. Pero, sorpresa, si el “import parity” es mas bajo que el “cost plus”, como es en el caso del barril de petróleo, entonces el Estado y los consumidores debemos subsidiarlos.

En definitiva se trata de una tarea de la política. Y no del lobby petrolero que pareciera le ha impuesto al gobierno “la tarifa 125”.

¿Cómo estamos hoy?


Publicado en El Economista

por Carlos Leyba

La economía está en recesión. Es un dato oficial compartido por todos los que analizan la coyuntura y por la observación de la vida cotidiana. La tasa de inflación es muy alta y será mayor a la de 2015. En el marco de la recesión se aceleró la inflación. Para el diseño de una estrategia convencional de política económica este es el peor de los escenarios posibles.

Hay que ser tozudo en extremo para predicar más recesión, por ejemplo, vía tasa de interés para sanar, sin más, la inflación. Y no menos corajudo para procurar reactivar la economía a puro gasto público, sin más, suponiendo que esa acción no habrá de meterle unos puntos más a los precios. Y si las dos van al mismo tiempo y solas, es decir, sin más, anulan el resultado.

Las estrategias convencionales no son aptas para situaciones no convencionales. Y la estanflación es la coyuntura no convencional por excelencia. Las áreas del gobierno, cada uno por su lado, caminan por una ruta convencional: tasas de interés y gasto público. Pero lo hacen en dirección contraria y pueden chocar.

Lo cierto es que los resultados no llegan. Estuvimos esperando todos estos meses no solo la baja de la inflación. También el ingreso de dólares, el aumento de la inversión, la salida de la recesión. Y nada de eso pasó. Lejos de ello precios y actividad empeoraron. Y – mal que nos pese – no fue “magia”. Fue la consecuencia primero de lo heredado; y segundo de no haber hecho nada para evitar el agravamiento. Un antibiótico equivocado, lejos de curar, enferma. Y de la misma manera una política económica con rotulo de “antibiótico” no garantiza nada y, peor aún, puede producir un agravamiento al propio decurso de la enfermedad librada a su suerte. Después de todo la fiebre, como todos sabemos, es también un anuncio de que estamos reaccionando. Hasta ahora la medicina PRO no ha funcionado.

Como consecuencia de esta situación, en el mes de julio, la Confianza en el Gobierno ha declinado. Eso dicen los cómputos de la Universidad Di Tella. No es la primera vez que pasa. Muchos gobiernos han visto declinar la confianza. Pero este gobierno ha hecho de “la confianza” un eje. Y por eso la pérdida – por pequeña que sea – es un mal presagio.

¿Por qué? Mauricio Macri, sobre todo en su versión pastor evangélico, ha hecho de “la confianza” el agente motor de su gobierno. Agente motor en la medida que ha señalado que su misión primera es “crear confianza” y que a partir de ella lo demás vendrá por añadidura. Lo demás – en este caso – es estabilidad y crecimiento. Y ambas cosas arrastrarán, a su criterio, el empleo y tal vez la reducción de la pobreza, que dice, es un eje central de su gestión.

Una gestión de cuatro años que difícilmente sea de ocho si, justamente, no reduce de manera significativa la pobreza, no incrementa el empleo, no estabiliza los precios y no logra tasas de crecimiento razonables en estos tres años y medio que le quedan para construir la imagen de un gobernante de resultados.

Recordemos los primeros tiempos de Macri. Estuvieron plenos de expectativas por el cambio. La mayor parte de la sociedad experimentó un vuelco optimista abonado por elementos como la presencia en el país de líderes internacionales o el mensaje esperanzador que las cosas no estaban tan mal, etc.

Lo cierto es que las visitas, como todas, son pasajeras y demás está decir que el escenario internacional está lejos de ser alentador. Y lo más grave es que las cosas estaban peor que lo que todos imaginaban y mucho peor que lo que el gobierno decía.

Cuando los días se hicieron propios del gobierno,este comenzó a bajar el discurso de la herencia que es verdadero pero, políticamente, tardío.

Pero a pesar de todo estos avatares la síntesis del programa sigue siendo que, con el equipo de gobierno, esta garantizada la “confianza” y que de ella se derivarían los signos alentadores del segundo semestre. No ocurrió ni va a ocurrir en lo que queda de 2016. La cuestión de las tarifas, más allá de la comunicación, es una cadena de errores que contribuyen a minar el capital de la confianza.

¿Es que Macri no generó confianza, digamos la suficiente, y entonces lo prometido no ocurrió? ¿O dado que lo prometido no ocurrió la confianza se desgranó?

Macri puso a una abstracción, eso es el concepto de la confianza, como elemento agente. Lo que está implícito es que, en la visión de Mauricio y una parte de, si bien no de todos, los hombres del PRO, “los mercados” tienen fe – confianza – en los gobernantes que se muestran fieles y confiados en “los mercados”. Y el PRO se presenta como gente de fe en los mercados,

Por eso Mauricio no habló de herramientas, instrumentos, de política económica destinados a obtener objetivos. Hablar de herramientas implica “construcción” y hablar de “objetivos” implica tener planos, planes, mapas, senderos.

Si hubiera apelado a objetivos e instrumentos habría revelado que consideraba a “los mercados” como lo que realmente son, una construcción social. Ese criterio no está en su comprensión. Tampoco en la de muchos de los que lo acompañan, particularmente en “los hombres prácticos” que consideran estas cuestiones complicaciones innecesarias.

Para los “hombres prácticos” todo es más simple. Un equipo de personas inspiradoras de confianza en “los mercados” produce las reacciones positivas de los mercados. Y siendo así suponen que en pocos meses la reacción no se haría esperar. No ocurrió. Y no ocurrió porque los mercados son una construcción que requiere de planos y herramientas. ¿Los tienen armonizados los miembros del equipo? No lo sabemos y no lo vemos.

Toda recesión es esencialmente un desperdicio de recursos disponibles. La economía produce menos de lo que podría producir. Se ubica por debajo de su producto potencial.

La consecuencia inmediata, de ese proceso barranca abajo de la actividad, es que la creación de empleo se torna, en promedio, negativa. Además, muchos de los que están trabajando son suspendidos, al menos por un tiempo; y otros pierden sus empleos. Los comerciantes bajan las persianas, los cuentapropistas suman horas libres. Y, a lo que más hay que prestarle atención, los que trabajan por changas las ven desaparecer. Como vemos, decir “recesión” o poner un porcentaje, no describe ni remotamente todo lo que pasa detrás de esa palabra.

La recesión pasa por el “centro” de la sociedad pero se instala en su periferia. Y el análisis siempre se hace desde el centro.

¿Cuál es el grado de capacidad de resistencia de la periferia a los efectos degradantes del proceso recesivo?

Lo que define, en la periferia, la capacidad de resistencia es el pasado inmediato. La recesión golpeará en función del pasado. Y aquí aparece en toda su magnitud la cuestión de la herencia. Hoy estamos en recesión. Pero la economía está estancada desde 2011. Hoy tenemos una tasa de inflación que devora los ingresos nominales, pero esa inflación los erosiona desde hace 10 años. La consideración de la herencia es central para la política económica en y para la periferia.

Esta es una de las diferencias esenciales que existen entre “centro” y “periferia”. En el centro, la capacidad de resistencia a la recesión se define por las expectativas, es decir, por el futuro. En la periferia pesa el pasado y en el centro pesa el futuro. El pasado inmediato puede contribuir a aliviar o bien a complicar el ” cómo ” se vive la recesión en la periferia. Y nuestro pasado de estancamiento es un agravante mayor,

Si en el centro, las expectativas acerca del futuro, son positivas y firmes, las decisiones de inversión no se detienen. Ese hecho neutraliza parte de los efectos negativos de la recesión. Pero si son negativas, las decisiones de inversión se paralizan y se profundiza y prolonga la recesión. Para el PRO “la confianza” construye expectativas. Pero si el mercado es una construcción entonces las expectativas las construyen planes y herramientas. Veamos una: un tipo de cambio atrasado y en curso de retroceso, sea por la inflación o por el ingreso de recursos, vía crédito o blanqueo, es una señal negativa para toda la inversión. Y una estrategia cambiaria que elimina retenciones, que responden a las dos velocidades de nuestra economía, condena a la periferia a sufrir las consecuencias de la ausencia de empleo productivo.

Ante esta realidad diversa el ataque a la recesión requiere de armonizar dos políticas diferentes. Una que atiende a la periferia y otra que atiende al centro. Es una y otra a la vez. Políticas que para ser armónicas deben neutralizar los efectos de la inflación en ambas. La preservación del nivel de vida, primero evitar su deterioro, en la periferia y, segundo, alentar el escenario de inversión en el centro.

La economía argentina estuvo estancada desde 2011 y hasta 2015 y eso significa que el PBI por habitante, el ingreso real disponible, fue declinante a lo largo de todo ese período. En ese marco debe entenderse que, por ejemplo, la recomposición tarifaria significa una reducción adicional del ingreso disponible particularmente en la periferia. Una recesión que deriva de un largo período de estancamiento y declinación de la productividad media de la economía requiere de fuerte armonización de la política económica. Es que el estancamiento previo a esta recesión está asociado a una caída en la tasa de inversión. Las estimaciones más sólidas ubican a la Inversión Bruta Fija, del conjunto de la economía, estancada en el 15 por ciento del PBI promedio. Esa tasa refleja el inevitable deterioro del stock de capital existente (infraestructura, equipamiento, o por ejemplo nivel de reservas energéticas) y por lo tanto condiciona las decisiones de inversión.

Frente a este panorama es hora que el gobierno asuma que armonizar inversión a partir del centro y evitar el deterioro de las condiciones de vida de la periferia, en una situación coyuntural no convencional, exige un enfoque diferente de la política económica que obliga a repensar el discurso de la confianza y pasar a definir objetivos y herramientas y buscar consenso social para ambas. Si no lo hacemos seguimos como estamos.

El Brexit y nosotros


Por Carlos Leyba

La noticia es el triunfo del Brexit. Deberá consolidarse antes de tomarse por definitivo. Ha sido cuestionado y nuevas instancias pueden hacerlo revertir. La tendencia secesionista ha tomado vuelo al interior del Reino.

El mundo financiero ha lanzado una letanía de catástrofes con todos sus sistemas de indicadores que tienen la ventaja, sobre los indicadores de la vida real, de registrarse por minuto: cotizaciones bursátiles, tasas de interés, mercados de cambio, todos miden la temperatura segundo a segundo. Dicen es que “esto es malo” para los mercados. La vida real se mide ex post facto y no necesariamente las finanzas de hoy son un pronóstico acertado de lo que ocurrirá en la realidad de mañana.

Por cierto no es la votación de los mercados la que determinará si Gran Bretaña se beneficia o no con ser miembro de la Unión Europea o con dejar de serlo. Lo determina la votación popular y ella puede equivocarse, no en cuanto a lo que desea para su propia vida, sino respecto del modo de alcanzarlo.

El voto por el Brexit, obviamente, es uno que desea el crecimiento y la mejora social. Y bien puede ser que eso no se alcance vía el Brexit. Pero es indiscutible que una parte, levemente mayoritaria, de la sociedad considera que no están bien las cosas como están hoy en Gran Bretaña. Y que es necesario un cambio. ¿Cuál?

No cabe duda que salir del Brexit no es una condición suficiente para mejorar las cosas en el Reino. Los problemas no se solucionarán por salir de la UE.

Lo que sí está en discusión es si salir es una condición necesaria para una solución a los problemas. Para los que creen que las decisiones comunitarias, o mejor aún, que el peso de la burocracia de Bruselas, impide la toma de decisiones operativas para el desarrollo de los países miembros, la salida de la Unión es una condición necesaria. Es para ellos la única manera de elegir el camino propio y distinto del comunitario. Para los que entienden que no es necesario salir de la Unión para que esas políticas de desarrollo puedan llevarse a cabo, lo que predomina en su voto es la “doctrina de la globalización a secas”, que vendría a ser el nuevo nombre de la teoría del derrame que sólo se podría alcanzar a “nivel europeo”. Es el discurso globalizante de toda la burocracia internacional.

No hay que olvidar que el peso de la burocracia internacional, en todos los organismos, está muy asociado al peso de las “multinacionales” y su estrategia de despliegue y concentración. Son vidas paralelas.

Los Estados nacionales, dentro de la UE, y en todo el planeta, están en relación de tensión o adaptación con los organismos internacionales y sus programas (por ejemplo OMC) y el extraordinario peso de las empresas multinacionales, peso que crece con la concentración (que es creciente) y se difunde con su despliegue que consiste en estar en todo los países con una parte del “corpus”: el movimiento local lo establece la cabeza global. Burocracia internacional, empresas multinacionales, estrategia de las finanzas mundiales forman un bloque de pensamiento y normativa.

Es este un tema decisivo que excede a esta nota pero que ha estado y está presente en el Brexit y también en nuestra discusión política, o mejor, en la ausencia de discusión en nuestra vida política.

El Brexit debe ayudarnos a pensar también en la cuestión nacional.  Veamos.

Si se analiza la geografía social del voto a favor del Brexit se confirma la predicción de John Curtice, profesor de la Universidad de Strathclyde (Escocia). El politólogo decía, antes del referéndum, que esa elección “expondrá las diferencias sociales principales. Los jóvenes querrán quedarse (en la Unión), los mayores querrán salir; los diplomados querrán permanecer, los subcalificados querrán partir. Veremos de un lado los que han ganado con la mundialización, los que no tienen miedo de la competencia internacional y que pueden trabajar en el extranjero. Del otro lado, del de los perdedores de la globalización, estarán los que no están habituados a vivir con extranjeros e inmigrantes, los que estiman que “ellos” han favorizado la baja de sus salarios  y aquellos para los que la noción de la movilidad internacional no es una opción”.

Es sencillo registrar tras de esas palabras, que terminaron siendo votos, los análisis sobre el impacto de la globalización realizados durante años por Zygmunt Baumann; y por qué no algunos rastros de las palabras del Papa Francisco sobre el neoliberalismo. El se ha convertido en la conciencia moral de estos tiempos.

Ahora bien ¿qué nos dice – además de la cuestión puntual de la votación específica – esta división de la sociedad británica acerca de las tendencias de la época en la que vivimos?

Antes vale la pena analizar una encuesta que permite desvincular la “deducción ligera a velocidad mediática de la antiinmigración” atribuida a esta votación.

Una encuesta telefónica de MORI realizada el 14 de junio de 2016 a 1257 adultos en Gran Bretaña, determinó que el 46 por ciento (30 mala) consideraba que la inmigración había sido buena para la economía y el 42 (36 mala) buena para la cultura y la sociedad británicas. El impacto negativo (55 por ciento) de la inmigración se concentraba en atribuirle a ella la causa de deterioro del sistema de salud. Esa encuesta incluso informaba que para el 27 por ciento la inmigración había sido buena para el desarrollo de la personalidad de los encuestados(19 malo).

Si sumamos el referéndum y su geografía, a esta encuesta, es posible ponerle una enorme atención a la consecuencia económica y social del impacto de los programas neoliberales que, es cierto, han acompañado el proceso de globalización y el de integraciones económicas regionales.

No es lo mismo políticas económicas neoliberales que globalización e integración económicas regionales. Pero, en la práctica, ambas tendencias han estado asociadas desde los 90.

La votación ha sido también un rechazo a la prédica de “los economistas” – hubo un documento en contra del Brexit de una tropa de Premios Nobel – y de los organismos internacionales (FMI , OECD, etc.)

Todos ellos hicieron del Brexit una especie de voto salvaje contra el comercio internacional y contra la inmigración, que anunciaba una catástrofe futura, una recesión inevitable, y por lo tanto, una caída de la inversión y un aumento del desempleo en Gran Bretaña y en el mundo. Los votantes, en una mayoría ajustada, desestimaron esos pronósticos; y pudo más la “indignación” – cualquiera sea la razón – que el temor a las consecuencias. El voto es un dato, el pronóstico es sólo un adivinación.

¿Los descartados han acumulado sus voluntades de un lado y los exitosos los han sumado del otro? No es tan así, en ambas tendencias electorales, hay de los unos y de los otros. Pero el pronóstico de Curtice fue acertado: el voto respondió a esa geografía electoral.

Lo que es cierto es que, por un lado, el establishment – el poder establecido – ha jugado a favor de permanecer; y del otro lado, el de quienes han querido salir de la UE, se han juntado sectores del conservadurismo extremo y hasta neo racistas  más el voto laborista. No es sencillo, con honestidad, señalar dónde está el voto de la “derecha” porque los intereses económicos, de un lado y del otro, están entreverados. ¿Cuál es la protesta del Brexit?   

Mas allá de las consecuencias económicas y políticas – en Gran Bretaña, en la Unión Europea o en el mundo –  de la salida del Reino Unido de la Unión Europea, importa señalar que esta elección tal vez ha puesto en blanco y negro, en las urnas por primera vez, una opción de hierro.

Una opción de hierro que resulta de que la clase dirigente mundial, de Occidente en particular, no ha sabido o no ha podido compatibilizar dos tendencias duras en la organización social: una, la tendencia al Estado de Bienestar, y la otra la tendencia a la globalización.

¿Acaso es necesario renunciar al Estado de Bienestar para disfrutar de los bienes de la globalización? O viceversa, ¿necesariamente la globalización requiere liquidar el Estado de Bienestar?

Para nuestro países que, además del Estado de Bienestar requieren del desarrollo de las fuerzas productivas, la pregunta es pertinente y por cierto la respuesta es mucho más compleja.

También entre nosotros existe y resiste, a pesar de los notorios fracasos, la prédica de muchos de los “economistas” y de todos los organismos internacionales, y de muchos miembros del estabishment local, acerca de los beneficios de la globalización entendida como apertura plena y la más pedestre prédica de la frivolidad de moda que es “la incorporación al mundo” como si estuviéramos orbitando en otra galaxia. Atención, aquí y ahora, los supermercados se han llenado de productos importados: el mundo necesita vender afuera porque adentro el consumo se desacelera y este gobierno no reacciona.

Volvamos al Brexit. El blanco y negro ha quedado claramente expuesto por el

Profesor Curtice: el Brexit nos informa que la mitad del pueblo inglés quiere salir de la UE porque la misma no le ha generado beneficios y además porque cree que les ha quitado los que habían logrado antes de ella: empleo, mejora en la distribución de la riqueza. Los números, que no implican causalidad, sí avalan esa percepción.

El reciente y celebrado trabajo de Thomas Piketty (El capital en el Siglo XXI, 2013) ha sido elocuente: desde la salida de la Segunda Guerra Mundial y hasta los 80, Occidente, en su conjunto, vio progresar la equidad social, experimentó una mejora en la distribución del ingreso, sin distinción en países desarrollados y en países  en vías de desarrollo. Ni dudarlo.

Nosotros crecimos en ese período de tal manera que si hubiéramos mantenido ese ritmo nuestro PBI sería aproximadamente un 50 por ciento mayor de lo que es hoy. Torcimos el rumbo a partir de Estela Martínez de Perón con el programa de Celestino Rodrigo y desde entonces nunca lo abandonamos. Nunca retomamos el camino previo.

Sería largo señalar las razones, pero basta decir que a partir de ese momento, nuestro país – parangonando a Domingo F. Sarmiento – fue incapaz de ejecutar “armonías” y solo navegó “conflictos” mal resueltos.

Basta recordar que entre 1944 y 1974 todos los indicadores económicos y sociales señalan crecimiento económico, aumento de la productividad, reducción drástica de la pobreza y mejora en la distribución del ingreso. Nada de eso ocurrió después.

Occidente y nuestro país disfrutaron  de la tendencia dura del Estado de Bienestar: la búsqueda de las armonías entre acumulación y distribución. Fue tal vez la consecuencia de la “coexistencia pacífica”, de la disputa competitiva entre los resultados de “dos modelos” alternativos (formas capitalistas versus formas socialistas) que en Occidente se hizo doctrina en el Estado de Bienestar.

Por un lado el Estado, como motor y por el otro el Bienestar del conjunto como destino. Un motor y un destino.

Ambas cosas se extraviaron aquí y en Occidente, a partir del cambio de paradigma asociado al neoliberalismo y a los aspectos más groseros de la liberalización del comercio, que es uno de los aspectos de la globalización que mayor incidencia han tenido tanto en la traba, o el freno, al motor del Estado y en el desvío del destino original del “Bienestar” para todos. Todo fue sustituido por el “derrame” o “el vendrá por añadidura”.

Lo que define a la política del Estado de Bienestar, que significa una alta calidad de una política económica, es que más allá de la administración del corto plazo, se valoriza el desarrollo del proceso de acumulación y la evolución de la distribución del producto colectivo.

Acumulación – lo que habitualmente llamamos inversión -; y distribución – lo que habitualmente llamamos mejora social – son las claves que señalan las condiciones de desarrollo de la sociedad. No es una obviedad.

Podemos imaginar sorprendentes procesos de acumulación forjados a costa del sufrimiento de la mayor parte de la sociedad que los produce. Tal vez en períodos recientes algo parecido ha ocurrido en la economía de la República Popular China. Sabemos de un largo período de tasas de inversión de aproximadamente el 50 por ciento del Producto Bruto Interno y que, a pesar del crecimiento del empleo urbano que de ello se deriva , en ese mismo período el Coeficiente de Gini – que intenta medir el grado de igualdad distributiva – aumentaba vigorosamente señalando que la nueva etapa de acumulación capitalista, además de los daños ambientales, producía un enorme deterioro en la distribución respecto del período socialista del maoísmo el que, por otra parte, había generado un atraso descomunal en la cantidad de capital por habitante.

Lo cierto es que sobre ambas columnas – acumulación y distribución – se asienta la estabilidad social y también el progreso.

Una sociedad, desde la perspectiva económica, no puede avanzar si lo acumulado, el capital social y reproductivo, no crece continuamente en términos reales. Pero ese avance se puede convertir en boomerang social si el producido de ese capital no se distribuye de manera progresiva.

Lo que significa que, en función del tiempo, la participación de los habitantes en el producto social debe tornarse más equitativa o si se quiere más igualitaria. La acumulación del capital reproductivo o social debe seguir un ritmo tal que sus frutos se disfruten reduciendo continuamente la distancia entre los que mas tienen y los que tiene menos.

La cuestión no es menor ya que es evidente que hay modos de acumulación que, generando un aumento del producto colectivo, pueden generar mayor inequidad social.

El ejemplo del Brexit tiene que ver con esto. Allí donde creció la economía británica perdió el Brexit y allí donde la economía se estancó, donde el crecimiento no se distribuyó, ganó salir de la UE.

El avance de la inequidad social es siempre perturbador del proceso de acumulación. Y no es menos cierto que ciertos modos de distribución pueden perturbar el proceso de acumulación o bien pueden distorsionarlo haciendo que se produzca un retroceso en la capacidad de generar el producto social.

Es decir, no todos los modos de crecimiento del producto social son “convenientes” o “compatibles” con la acumulación y distribución que genera estabilidad social y progreso colectivo.

Saliendo de la cuestión de Gran Bretaña y su quiebre social, o de la cuestión China y su modelo de velocidades diferentes para la economía y la sociedad, podemos encontrar otros modos críticos respecto del equilibrio. Por ejemplo, ninguna duda cabe que los modos de crecimiento basados en la explotación o extracción de recursos naturales, en cierto modo, son modelos de “desacumulación” asociados a modelos de distribución regresiva del ingreso.

La cuestión adquiere mayor relevancia cuando constatamos que lo que no avanza inexorablemente retrocede. Y el retroceso siempre es fuente de inestabilidad.

En consecuencia, más allá de los juicios que nos merezca el pasado inmediato, es muy importante valorizar el presente proceso de acumulación y distribución en razón de que aquello que llamamos “el futuro” es, más precisamente, lo que estamos haciendo ahora. Importa para pensar el Brexit y también en ese marco pensar nuestra economía actual.

Esta aclaración importa por cuanto muchas veces los que administran la cosa pública nos reclaman que “comprendamos” que en la administración del corto plazo se hacen ciertas cosas que, miradas hacia el pasado, resultan imprescindibles pero que miradas desde el futuro resultan regresivas. Y el retroceso es la mayor fuente de inestabilidad.

El resultado del Brexit es una lección: se puede crecer regional y socialmente en un mismo país en el que en otras regiones y núcleos sociales se retrocede. Y esas situaciones generan crisis que alientan rupturas y barreras.

En la Argentina hace rato, cuarenta años, que se discrimina social y regionalmente: el nivel de ingresos de la Gran Ciudad es 20 veces el de muchas poblaciones argentinas.

Aquí no se puede votar un Brexit pero sí se ha producido un modelo que nadie decidió, que permanece, y que excluyó a casi la mitad de la geografía y de la sociedad. Nosotros tenemos que salir de ese modelo.

FUENTE: Nos quedamos en el 73′ blog.

Entre la confianza y la animación.


Por Carlos Leyba

En estos 150 días el gobierno PRO se abocó a resolver problemas heredados. Como veremos conceptualmente es una tarea a medias.  Los primeros pasos fueron atender el sistema de precios relativos insostenible y la salida de un default innecesario. Le sigue la propuesta para la solución de la deuda y los atrasos jubilatorios; y la recuperación de parte de los tributos evadidos, instrumentada por blanqueo y moratoria, y el eventual retorno de excedentes fugados. Todo esto era y es necesario.

Recordemos que estos “Cuatro jinetes del Apocalipsis económico” (perversidad de los precios relativos; deuda externa; seguridad social; fuga de capitales y evasión fiscal) han asolado, juntos o separados,  nuestra economía durante varias décadas. Dominarlos es siempre una tarea prioritaria. Pero una tarea parcial.

Limitar la acción del Estado, en la economía, a ese trabajo prioritario y parcial, es absolutamente insuficiente. Y como bien sabemos lo “insuficiente” finalmente anula lo necesario. Veamos.

Nuestra historia de acomodamiento de precios relativos ha sido tumultuosa. Particularmente desde el célebre “rodrigazo”. También lo ha sido la repetida tarea de “resolver” el problema de la deuda externa. Al igual que el reiterado intento de “arreglo de la cuestión jubilatoria”. Y ni hablar de blanqueos y moratorias que suman demasiadas intentos vanos.

Son incontables los programas diseñados para abatir a esos “Jinetes del Apocalipsis”. Al “rodrigazo” (precios relativos) debemos agregar la privatización del sistema de seguridad social que Domingo Cavallo lo “arregló” con un endeudamiento en dólares de 30 mil millones. Ni hablar del blanqueo de Cristina Elizabet Fernández que tiene el récord de capital fugado en un período presidencial. Finalmente penoso recordar el “Blindaje” de Fernando de la Rúa. Y así.

Con todos esos intentos los “jinetes” han seguido vivos. Al asumir Mauricio Macri atropellaban a galope furioso y desbocado. En términos económicos, atacar esos jinetes, es intentar la reparación de esos problemas.

Muchísimas veces acudimos al mismo mecanismo actual para las reparaciones. Las necesarias reparaciones de entonces, todas fueron gravosas, y pocas veces por sus resultados – si es que alguna- fueron “acertadas”. Estas son gravosas y falta saber si han sido acertadas.

Pero en lo que no hay duda es que, desde el punto de vista del futuro, fueron insuficientes como lo demuestra el lugar en dónde nos encontramos. Aquellas reparaciones de nada sirvieron. Los cuatro jinetes, una y otra vez, se han presentado vigorosos. Es más no ha habido gobierno, en estos últimos 40 años, que no haya comenzado su faena ocupándose de resolver “definitivamente” esos problemas heredados y sus causas.

Es que, en estos 40 años, no se ha comprendido que los sistemas no se reparan. Se rediseñan. Es decir, si no se modifica la estructura – que dio lugar a esas alteraciones – es inexorable que se produzcan los mismos daños.

Las reparaciones son necesarias. Pero, si una vez realizadas, lo que sigue dominando la escena es la continuidad de las estructuras previas, el retorno de los daños es inexorable.

¿Cuál es el ADN de la generación de estructuras de precios relativos perversas?¿Cuál el de la continua apelación al endeudamiento externo?¿Cuál el ADN de la permanente crisis de la seguridad social?¿Cuál el de la fuga de capitales y su asociada la evasión fiscal? Si no se modifica el ADN, el mensaje genético, de nuestra estructura económica es claro que todo volverá como reiteradamente lo ha hecho.

Aclaremos que más allá de lo mal, desprolijo o insensato de la búsqueda – por parte de Mauricio Macri – de la solución de los problemas heredados, tal cuál estaban las cosas, la continuidad sin reparación auguraba un colosal colapso. Ni que dudarlo.

La economía K – desde su inicio – estaba condenada al colapso por la simple razón  que lejos de apuntar a una transformación genética apostó adicionalmente a profundizar el deterioro del sistema. Recordemos que pudo prorrogar el proceso “beneficioso” en la medida que los términos del intercambio (el precio de la soja) nos fueron crecientemente favorables. Cuando esa dinámica se agotó la polvareda del galope de los jinetes del Apocalipsis hizo temblar las estanterías del kirchnerismo. Las estanterías se iban cayendo sobre la cabeza de los que estaban por venir.

Néstor y Cristina Elizabet Kirchner nada hicieron en materia estructural. “La economía para la deuda” – a pesar de la quita – se reavivó con ellos: la tendencia a la deuda externa recaló tempranamente en los acuerdos con Venezuela y con Axel Kicillof incluyó a los de la República Popular China. Ambos caros. Y el último tan gravoso como para incluir las represas “La Barrancosa” y “Cordón Cliff “ a las que este gobierno – con modificaciones para paliar daños ambientales –les ha dado, asombrosamente, continuidad con la liviandad de quienes someten la “política internacional” a la acumulación de votos para hacer a la señora Susana Malcorra Secretaria General de la ONU. Lo cierto es que la represa fue (y es) una consecuencia de las “condicionalidades”, esta vez chinas, que adopta la “economía para la deuda”. Esto se suma, bueno es recordarlo, en tiempos de apertura, al carácter de economía de mercado con que Néstor le abrió la puerta al festival de importaciones chinas.

Recordemos que Cristina Elizabet, en su primera presidencia, posibilitó la fuga de 20 mil millones de dólares por año; profundizó el descalabro de la estructura de precios relativos, incluidas tarifas y tipo de cambio; y contribuyó al desbalance previsional llevando el peso de las jubilaciones al 10 por ciento del PBI – con un PBI estancado – sumado al uso de esas cajas para otras finalidades por más justificadas que fueran.

La gestión K excitó a los jinetes y construyó una nueva versión de los viejos problemas los que Macri aspira a reparar. Nada hizo para rediseñar la estructura que los producía. La gran pregunta es si lo hará Macri. ¿Logrará escapar de la economía de la especulación que impulsa el BCRA e ingresar a la de la producción que, por ahora, no tiene promotores en el poder?

Lo grave del presente es que estamos abocados a la reparación de los daños y alejados de la idea de rediseño estructural o de futuro. El gobierno está entrampado en el pasado. ¿Repiten estos jóvenes del poder – que desprecian la política y que sobreestiman su experiencia como gerentes de intereses privados – el estado de abismo acerca del futuro que viene alimentando la mismas crisis desde hace 40 años?¿Qué es lo nuevo en ellos?

Jean Tirole – premio Nobel 2014 – acaba de publicar “La economía del bien común”. Más allá de doctrinas y argumentos, sostenidos a lo largo de más de 600 páginas, lo relevante de esta obra es que recuerda que no es posible pensar la economía si no lo es a partir del “bien común”; y el “bien común” no es tal si no incluye de manera dominante la dimensión del futuro, que no es sólo lo que pensamos sino lo que estamos haciendo ahora. Henri Bergson dijo “El futuro no es lo que va a venir, sino lo que nosotros vamos a hacer”.

De eso se trata “la política” que, la gestión PRO, ha decidido por ahora ignorar. En subsidio acaban de crear una “subsecretaría” para “pensar estratégicamente”. ¿La estrategia detrás de los hechos, tres escalones abajo? Desde el punto de vista de la acción denotan el mismo desinterés por el futuro que Cristina Elizabet que creo una secretaría de “pensamiento” en manos del Licenciado en Filosofía Ricardo Foster.

Las decisiones sobre el pasado, aún si fueran soluciones, nada dicen acerca del futuro. ¿Qué es lo que está detrás de la ausencia de definiciones para el futuro?

La impresión es que lo dominante es la idea que, a partir de la existencia de “un orden”, la economía (y la sociedad) por sí solas se pondrán a marchar hacia el progreso. Claro que definir qué progreso no es una cuestión menor. ¿Qué sociedad queremos ser?

Volviendo atrás, hay una ideología, y la que manifiesta este gobierno es el “orden” del “Estado de Confianza”. Confianza es lo que dicen querer crear Macri, Marcos Peña y el espantoso gurú. ¿Qué es la confianza? ¿La confianza de quién y para qué? Por ejemplo si pago una tasa de 38 por ciento anual y plancho el tipo de cambio, entonces, genero confianza para la especulación a corto plazo. Ahí estamos.

La respuesta del gobierno para el futuro, hasta ahora, es que “reparados los problemas heredados” se habrán instalado las condiciones de “confianza”. Y a partir de ellas el prado volverá a florecer. Las inversiones llegarán incitadas por la confianza. Y la confianza terminará abatiendo la inflación. ¿Qué o quién creará la confianza en la producción, en la inversión, en la creación de empleo?

En razón de esa expectativa del PRO, “la práctica de la reparación” ha sido excluyente de todo otro proceso político. La doctrina es: nada de largo plazo, ni de consensos – sin los que el largo plazo es una quimera – ni de acuerdos globales. Nosotros creamos “orden”.

La idea motora es reparar el desorden heredado y, una vez instalado “el orden”, lo demás llegará por añadidura. Eso, para Macri, es construir el “Estado de Confianza”. Punto.

¿Será por eso que no hay nada que se parezca a una política consistente contra la inflación y a favor de la inversión real?  ¿Ni nada que responda a la cuestión central de una economía que hoy profundiza su estado de estanflación, con una tasa de inflación de más de 40 por ciento en 12 meses y una caída vertiginosa de la actividad industrial y de la construcción?

Con el blanqueo post holdouts los PRO apuestan a la llegada de miles de millones de dólares y a fuertes impactos en la recaudación para 2017.

Por ahora “la confianza” está relegada al colosal “pedal” financiero montado sobre las tasas de interés de Lebac y el tipo de cambio en retroceso, el que genera una tasa de rendimiento en dólares que llena de “confianza” a la especulación y que, lejos de alentar exportaciones, alienta el proceso importador. Es decir contribuye a la “economía de la deuda” y así …

Todo este enfoque demasiado elemental, aviva la idea del derrame que, finalmente, es la doctrina del mercado. Una doctrina que deja al “bien común” como un resultado; y no como una búsqueda. En esa visión, parangonando a Alfonso El Sabio, sólo hay cuestiones que el marcado ha arreglado y otras que el mercado arreglará.

El “Estado de Confianza” – lo que propone Macri – es eso. El mensaje PRO es: arreglamos los precios relativos (¿qué set de precios relativos?), el default, la cuestión jubilatoria y el blanqueo y – en esas condiciones – la “confianza” edifica una nueva economía. Creen eso. Hombres de fe laica.

Frente a esa visión lo realmente nuevo, como siempre, es algo que se ha olvidado. Algo que esta nueva gestión o desconoce o ha olvidado; y que la anterior, para no ir más atrás, ignoraba o había olvidado: el “Estado de Animación”.

Si Macri aspira al “Estado de Confianza” podemos decir que es el espejo del “Estado de Desconfianza” al que apostó y puso en práctica el kirchnerismo: un Estado amarrado, ansioso de ninguna regla, a la discrecionalidad.

El “Estado de Animación” tiene que ver con el futuro y la estructura, con “lo que nosotros vamos a hacer” (H.Bergson), con el qué y el quién. Está claro es el Estado quién anima. ¿Cómo?

Primero, la estructura de precios relativos debe ser tal que anime la producción, la creación de trabajo, el desarrollo del interior y la multiplicación de las exportaciones. La presente tasa de interés desanima la inversión y revalúa el tipo de cambio. Estos precios relativos, reparados, no van por el buen camino. ¿Es acaso racional combatir la inflación con  la locura de las tasas de interés de Lebac? ¿Qué oferta se puede alentar?¿Qué presión a la baja genera en el tipo de cambio real? ¿Con  qué plan de largo plazo es compatible esta estructura de precios relativos? ¿Y la inflación? ¿Política de ingresos sin consenso? ¿O acaso procuran bajar la inflación con apertura importadora? Alianza del Pacifico, Unión Europea ¿Midieron las consecuencias? ¿Cuál es el grado de consenso para la continuidad?¿Quién puede construir “confianza” sin consenso?

Segundo, la cuestión de la deuda. Si la tasa de interés de la deuda es mayor que la tasa de crecimiento de la economía en dólares, es inexorable el crecimiento del peso de la deuda sobre el PBI. ¿Qué proyectos de balance comercial positivo hay detrás de cada esquema de financiamiento? ¿Cuál es el papel de la industria? ¿Qué política industrial se financiará?¿Qué y cómo es lo que el Estado va a animar?¿Qué estructura productiva para un país con balance comercial externo de la industria escandalosamente negativo, con un desempleo estructural enorme?

Tercero la cuestión jubilatoria. Con este nivel de empleo real, con esta escasa participación de la población económicamente activa en la fuerza laboral, con este nivel de trabajo asalariado en negro, con esta estructura de empleo. ¿Es imaginable un sistema previsional sano? No hay solución a los pasivos sin una solución al sistema laboral de los activos. ¿Cuál es la estructura y la dimensión del empleo que el Estado va a animar?¿Cuál si tenemos en cuenta que la proyección de las cuentas jubilatorias superará el 10 por ciento del PBI?

Y, finalmente, la cuestión del blanqueo. Sin duda esta vez las probabilidades de éxito son muchas. No por las normas locales sino por las decisiones internacionales. Se acabaron las guaridas. Los 400 mil millones de dólares fugados equivalen a 2 millones de puestos de trabajo nuevos con un capital de 200 mil dólares cada uno; o a 130 mil dólares para cada hogar pobre tipo; o a 13 veces las Reservas del BCRA; o a 4 veces los depósitos en el sistema financiero local.  No todo lo fugado es negro. No todo genera impuestos por el blanqueo. No todo volverá. Y lo que retorne difícilmente encuentre razones para aplicarse al aparato productivo si no aparecen señales de “animación”.

Lo que si pone en evidencia el tema del blanqueo es que el tamaño comparado de la fuga es una medida del atraso de nuestra economía.  Atraso basado en la ausencia de una moneda nacional, en una inestabilidad de precios relativos que inhibe el ánimo inversor, una “economía para la deuda” incapaz de generar una industria razonablemente suficiente, un sistema social insostenible sin creación de empleo. Y fundamentalmente atraso basado en la ausencia de un Estado Animador que existe a partir de un programa consensuado de largo plazo con herramientas eficaces. ¿Cuál es la animación del Estado requerida para invertir la corriente de fuga? La fuga, en términos de crecimiento, no es sólo la expatriación o el atesoramiento, sino también la cultura del cemento que hace que desde 1960 vivan en Buenos Aires 3 millones de habitantes y crezcan las torres de fuga … del proceso productivo.

Reparen el pasado. Si. Pero si la estructura no es rediseñada se repetirán las mismas crisis. Lo que es seguro es que el rediseño no será nunca producto del Estado de Confianza, tampoco del de Desconfianza,  sólo del Estado de Animación. No hay rediseño posible sin consensos de largo plazo que brinden horizonte.

El PRO tiene que aprenderlo porque parece no saberlo. La “animación” es política aquí y ahora. En medio de las reparaciones, necesarias e insuficientes, el tiempo no sobra. Y lo que no sobra puede convertirse en escaso.

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