Un modo de evitar denuncias


Originalmente publicado en Lo que Quedó en el tintero:

TRAS LOGRAR CONDENAS POR TORTURAS, UN PRESO FUE MASACRADO A GOLPES

Por Horacio Cecchi

El 16 de junio pasado, por primera vez, un tribunal federal condenó a agentes delBrian Núñez Servicio Penitenciario Federal a penas de hasta nueve años y medio de prisión por torturas contra el detenido Brian Núñez. A dos meses de dispuesta la condena considerada como ejemplificadora, Núñez, quien volvió a estar custodiado por colegas de los condenados, fue ferozmente golpeado, en una también ejemplificadora demostración de que aplicar acciones sobre una manzana

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El sistema oculto en las máquinas de Vot.Ar


Vot.Ar

En la Ciudad Autónoma de Buenos Aires se ha implementado un sistema de voto electrónico que debería cumplir una serie de requisitos. Contrariamente a lo informado por la Justicia Electoral, el Gobierno y los medios de comunicación, el sistema viola varios puntos de la ley, su decreto reglamentario y las condiciones de licitación.

“Tanto la solución tecnológica, como sus componentes de hardware y software debe ser abierta eíntegramente auditable antes, durante y posteriormente a su uso”.

(Artículo 24, inciso “b” del anexo 2 de la ley 4894 de la CABA)

“El contratista deberá proveer al conocimiento y acceso, a los programas fuentes, funcionamiento de las máquinas de votación, sus características y programas (tanto hardware como software)“.

(Inciso 3.4.1, ítem 2, del pliego de la licitación pública 2-SIGAF-2015 de la CABA)

“La máquina de votación no debe tener memoria ni capacidad de almacenar el registro de los votos”.

(Anexo I, artículo 24, inciso “p” del decreto 376/014 de la CABA)

“El dispositivo electrónico de emisión de voto y escrutinio […] no debe tener memoria ni capacidad de almacenar el registro de los votos”.

(Inciso 3.5.2 del pliego de licitación pública 2-SIGAF-2015 de la CABA)

“Ponemos un equipo, una máquina absolutamente boba, que no tiene disco rígido, que no tiene memoria, que no tiene capacidad de almacenamiento alguno“.

(Sergio Angelini, CEO y principal accionista de Grupo MSA)

“No tiene memoria la máquina, porque es una impresora“.

(Guillermo Montenegro, Ministro de Justicia y Seguridad del Gobierno de la CABA)

¿Una impresora o dos computadoras?

El sistema de voto electrónico (rebautizado “boleta única electrónica” en la CABA) Vot.Ar de la empresa MSA consta de una máquina que actúa, en una primera etapa, como emisora y, en una segunda, como contadora de votos. La empresa asegura que dicha computadora no tiene ninguna capacidad de almacenamiento, tal como lo exige el pliego de licitación. Además, MSA está obligada a proveer el software a utilizarse a fin de la realización de auditorías.

Con respecto al software, unos días antes de la votación, la autoridad electoral convoca a los partidos políticos a que envíen a sus “fiscales informáticos” y, en un proceso conducido por los técnicos de la empresa, revisan el código fuente de la aplicación (tanto como esto puede hacerse en una pantalla y en un par de horas), y graban un DVD “maestro”. Luego, y siempre a la vista de todos, realizan tantas copias del DVD como mesas haya en la elección, y las entregan a la Justicia Electoral para su custodia. No se verifica que ese código se corresponda con alguna versión previamente auditada y considerada estable, ni tampoco la autenticidad e integridad del restante software incluido en el DVD (sistema operativo y unos 600 programas). De esta forma, notoriamente insuficiente, se intenta mostrar que la integridad del software que ejecutarán las máquinas de votación y conteo está garantizada.

Lo que la empresa no dice, y ninguna de las auditorías publicadas aclara, es que la máquina de votación no es una computadora, sino dos. Una de ellas, la visible, es la que ejecuta el software que se encuentra en el DVD de arranque (digamos, el conjunto que ha sido parcialmente auditado). La otra, de la que nada se comenta, ejecuta un software desconocido para la autoridad electoral, los partidos políticos y el público en general, en clara violación de la ley y su decreto reglamentario.

Esta segunda computadora se encarga, ni más ni menos, de gestionar el dispositivo de lectura y escritura de los chips RFID incluidos en las boletas, además de la impresora. En ella, se ejecutanun sistema operativo y un programa que no sólo no son mencionados en las auditorías, sino que escapan hasta al limitado escrutinio que se permite a los fiscales informáticos partidarios.

Para agravar la situación esta segunda computadora, contraviniendo el decreto reglamentario de la ley, los términos de la licitación y la palabra de la empresa, sí tiene capacidad suficiente para almacenar cuando menos los identificadores únicos de cada chip RFID, el número de secuencia, la hora de emisión (grabación) y el contenido de cada voto. Recordemos que por este subsistema pasa todo lo que es escrito en (o leído de) los chips de las boletas de votación y lo impreso en las mismas, y de almacenarse esta información podría violarse el secreto del voto.

Y para aumentar aún más las sospechas sobre el sistema, al menos en los modelos que hemos podido verificar, se encuentra presente un cable (accesible en la parte inferior del chasis de la máquina de votación) mediante el cual sería posible acceder a la información guardada en esta segunda computadora, como así también modificar su software, en cuestión de segundos.

Descripción técnica

La arquitectura

La máquina de votación está compuesta por dos subsistemas principales: uno basado en un procesador Intel (Celeron o Atom, según el modelo), que ejecuta una versión del sistema operativo Ubuntu y sobre éste la aplicación Vot.Ar (escrita principalmente en Python y Javascript), y otro basado en un procesador ARM que ejecuta un sistema operativo desconocido (posiblemente chibiOS o FreeRTOS) sobre el cual corre una aplicación cuyo código también se desconoce.

Arquitectura de Vot.Ar

El subsistema ARM

El procesador ARM se encarga de gestionar el lecto/grabador RFID ISO/IEC 15693 y la impresora térmica. Es accesible al subsistema anterior como un dispositivo serial, a través del dispositivo “ttyACM0″ en Linux (como puede apreciarse en el módulo armve del software Vot.Ar). En los modelos analizados, se trata de un chip Atmel AT91SAM7X256, como puede observarse en la siguiente imagen:

Atmel AT91SAM7X256

Según las especificaciones del fabricante, dicho chip posee una memoria flash (de almacenamiento permanente) integrada de 256 Kbytes suficiente para almacenar (además del sistema operativo y la aplicación) la información de los votos emitidos en más de una mesa.

Según la documentación del chip Atmel AT91SAM7X256, este puede ser programado(incluyendo la lectura y grabación de su memoria flash) a través de una interfaz JTAG.

Documentación del chip Atmel AT91SAM7X256

Además, mediante el “security bit” puede impedirse el acceso al software almacenado en el chip (que podría utilizarse además de violar el secreto para ciertas formas sutiles de fraude).

El cable JTAG

El chasis con forma de valija de las máquinas de Vot.Ar evidencia un cuidadoso diseño: cada elemento está debidamente colocado y sujetado mediante guías dispuestas a tal efecto. No se observa en el conjunto ningún elemento que no cumpla una función específica. La parte del chasis que actúa como base del equipo, posee 5 cavidades cubiertas por tapas de color negro. En las 3 cavidades inferiores se ubican los dos packs de baterías y la fuente de alimentación para conectar el equipo a la red eléctrica.

Base de una máquina Vot.Ar

En el compartimiento superior izquierdo, según la imagen anterior, en los equipos analizados se encontró lo siguiente:

Cables en una máquina Vot.Ar

Los cables que vienen de la parte superior y que van hacia abajo y hacia la derecha, son los que transportan la energía eléctrica desde las baterías y desde el transformador. Llama la atenciónun cable que finaliza con un conector en esta cavidad. Siguiendo el recorrido de estos cables, a través de la bisagra del chasis y hasta la parte superior, observamos lo siguiente:

Cables en una máquina Vot.Ar

Tanto los cables de potencia como el cable no identificado van conectados al motherboard del equipo. Los de electricidad en un conector de alimentación, y el restante en un conector etiquetado como “JTAG”.

¿Se utiliza este cable para programar/leer la memoria del chip ARM? ¿Cuál es el objetivo de colocarlo de forma accesible en la base del equipo? ¿Se encuentra también en las máquinas utilizadas en las votaciones oficiales?

Conclusiones

  • El sistema está compuesto por dos computadoras independientes, cada una de las cuales ejecuta un sistema operativo y aplicaciones sobre él.
  • El sistema basado en el procesador ARM tiene capacidad de almacenamiento permanente, suficiente para almacenar la información de los votos de más de una mesa.
  • El sistema basado en el procesador ARM no ha sido auditado (ni su hardware ni su software).
  • El software (sistema operativo y aplicación) que se ejecuta en el procesador ARM no ha sido puesto a la vista de la Justicia Electoral, ni de los auditores, ni de los fiscales informáticos de los partidos políticos.
  • Llama la atención la colocación de un cable JTAG, accesible en la base del equipo, que podría servir para acceder a la memoria de almacenamiento permanente del sistema ARM.

Claramente, las máquinas de votación Vot.Ar —y al margen de otros cuestionamientos más profundosincumplen tanto la ley electoral de la CABA como su decreto reglamentario.

Actualización (19 de julio de 2015)

El presidente de la mesa 2188 pudo verificar la existencia del cable JTAG en la máquina de votación asignada a la misma.

Cable JTAG en la mesa 2188
Cable JTAG en la mesa 2188
Cable JTAG en la mesa 2188

Además, el presidente de mesa labró un acta que será elevada a la Justicia Electoral, cuyo texto dice:

“Se hace constar que en uno de los compartimentos de la base de la máquina de votación número XX-XXXX-XXXX, puede observarse un cable negro grueso con un conector blanco con 8 (ocho) hilos o cables”.

Acta del presidente de mesa

Al menos otros cuatro presidentes de mesa hicieron la misma comprobación, también con resultados positivos.

Cable JTAG en la mesa 5928

En la cárcel: presos de cuerpo, libres de mente.


Desde que en el pabellón de máxima seguridad de Florencio Varela funcionan talleres de lectura, una editorial y una biblioteca, las muertes violentas dentro de la cárcel se redujeron a cero. La historia del abogado que cambió los golpes por los libros y revolucionó la cabeza de los presos. 
Desde que en el pabellón de máxima seguridad de Florencio Varela funcionan talleres de lectura, una editorial y una biblioteca, las muertes violentas dentro de la cárcel se redujeron a cero. La historia del abogado que cambió los golpes por los libros y revolucionó la cabeza de los presos.

Por Javier Drovetto

Fotos de Ignacio Sánchez

Se habría envuelto el brazo izquierdo con una toalla y empuñado una faca en su mano hábil. Se habría vengado como lo hacía en Olmos, Batán, Sierra Chica o las otras diez cárceles en las que estuvo. Pero no se vengó ni lo planea hacer. Lo asegura con las heridas todavía abiertas. Porque las puñaladas las recibió en diciembre: un preso le tajeó el brazo con un cuchillo. Fue en un pasillo de la Unidad Penitenciaria 23 de Florencio Varela. Quiso llegar al cuerpo, pero Carlos Mena paró las estocadas con el antebrazo. La zona estaba liberada. De eso están convencidos varios compañeros de Mena que comparten el pabellón 4 de máxima seguridad de esa cárcel del sur de la provincia de Buenos Aires. El pibe que lo atacó estaba resentido. Mena, que un mes antes había logrado que lo trasladaran a su pabellón, lo había golpeado delante de su novia porque en el sector de visita el pibe recibió sexo oral frente a otras parejas y varios chicos. Agentes del servicio penitenciario bonaerense lo castigaron con varios días en un “buzón”, una celda mínima, oscura y con más olor a pis que de costumbre. El pibe acumuló ira.

Pero Mena prefiere no hablar de ese “atentado”. Lo esquiva. “Lo que no te mata te fortalece”, se convence y recita el crédito: “Friedrich Nietzsche”. Lo analiza con ideas laterales. “Escribí un tema de hip hop que dice que el sistema me quiere matar. Cierta gente dejó que me apuñalen”. Lleva encerrados casi todos sus años de adulto y tiene el cuerpo tatuado de cicatrices. Pero ya no quiere esconder en el elástico del calzoncillo una faca o un cepillo de dientes afilado. Sería volver a caer en una trampa que nadie en particular organiza pero que funciona casi a la perfección. “El ambiente te condiciona. Y lo reafirmo porque soy un empirista. Te fabricás como una obra gigante de maldad. Es difícil separarte de eso, no hacerte como te hacen. Tenés que hacerte porque si no te hacen puto, te hacen gato”. Mena da vuelta la página, la de las agresiones que organizó y sufrió desde que era adolescente. Devoró cien libros en cinco años. Memoriza los pasajes que cree útiles y los razona a su manera. “Pienso, luego existo. René Descartes, Discurso del método”, enuncia. Y explica: “Me peleo, me arruino. Pienso, no le pego, le pido disculpas, somos amigos”. Mena tiene 33 años y una filosofía esperanzadora. “Estoy detenido pero en movimiento con la mente. La literatura me hace libre”.

Desde que en el pabellón de máxima seguridad de Florencio Varela funcionan talleres de lectura, una editorial y una biblioteca, las muertes violentas dentro de la cárcel se redujeron a cero. La historia del abogado que cambió los golpes por los libros y revolucionó la cabeza de los presos.

El penal de Florencio Varela es una caja de cemento gigante y sin techo que encierra otras cajas de paredes de hormigón y rejas de hierro. En celdas de dos metros de ancho por tres de largo encierran una, dos, cuatro personas. En pabellones rectangulares encierran hasta treinta de esas celdas. El sector de máxima seguridad encierra nueve pabellones. Y, en todo el penal, entre máxima y mediana seguridad, encierran dieciocho pabellones y 1.056 personas. La cárcel es encierro sobre encierro hasta que abren once puertas para poder hablar en su celda con Mena o alguno de los 42 detenidos que viven en el pabellón 4. Las primeras puertas y corredores parecen las de una escuela pública bonaerense. Paredes blancas con guardas de colores y piso de cemento alisado. El primer pasillo tiene algo de amarillo. Al final una reja y del otro lado el primer control. Hay que dejar teléfonos celulares y armas. Lo preguntan con naturalidad: “¿Armas?”. El segundo pasillo sobresale por las guardas rojas. Y, el tercero, por un celeste desteñido. Cada tanto, para avanzar hay que abrir rejas. El pasillo celeste termina en el último control, antes de un patio con veredas de cemento que conducen a la entrada de los pabellones. Para entrar, hay que abrir dos rejas más. Los guardiacárceles llegan hasta la segunda reja. La abren, pero no avanzan. Solo entran para las requisas o cuando hay peleas.

Ese gesto, detenerse ante la última puerta, dice mucho. De un lado, el penal; del otro, la cárcel y el encierro real, donde el Estado está ausente. Dentro del pabellón, aparece la cárcel. Ocurre de golpe. Rostros pálidos de ojos extraviados, cuerpos consumidos, diminutos en relación con sus cabezas, mutilados, sin un ojo, con el cráneo hundido. Hombres de entre 20 y 35 años que parecen enfermos. Algunos lo están: varios tienen VIH y otros acaban de salir de episodios hepáticos o una cirrosis. La mayoría se enfermó en prisión. La cárcel es eso: ellos, el pasado que los llevó al encierro y lo que la cárcel hizo con ellos.

Desde que hizo prácticas para la Universidad de La Plata en cárceles bonaerenses, Sarlo sabe el número de muertes que hay dentro de ellas. Nunca pudo hacerse el boludo.

“Mirá, ¿ves esta marca? El cuchillo me salió por la nariz”. Uno de los presos del pabellón 4 muestra la marca de una de las catorce puñaladas que recibió en una pelea. No impresiona la marca de una costura que seguro fue rústica. Angustia el rostro afilado, la piel que de tan adherida al hueso adquiere forma ósea. Un compañero se saca la gorra y expone una cicatriz que dibuja un semicírculo en su cabeza. Tiene el cráneo hundido y una certeza: “El que mejor la pasa es al que menos le importa su vida”. El pabellón 4 es de máxima seguridad y de “población”. Ahí van a parar condenados por homicidios y presuntos homicidas sin sentencias firmes; ahí encierran a quienes robaron y se tirotearon con la policía, como Mena, y a quienes presuntamente lo hicieron. También envían “chorros” con poco prontuario y “primarios”, como llaman a los que están presos por primera vez. El denominador común por el que están ahí es que son pobres y, además, no quieren fingir que creen frenéticamente en Dios. No tienen un abogado que no sea el que les da el Estado ni dinero para pagar por un pabellón “universitario”, con mejor comida y trato humano; o uno de mediana seguridad, con más horas de acceso al patio. No quieren rezar seis veces al día ni leer solo sobre Dios y entregar lo poco que tienen en concepto de diezmo, como pasa en los pabellones de “hermanitos” o “focas”, los que están subordinados a la fe evangélica bajo el mando de presos que ofician de ministros y están mejor alimentados que el resto. Para identificarlos, el servicio penitenciario no usa eufemismos: en los pabellones de población y de máxima seguridad están los “peores” presos, los “sufridos”. A los “peores” los dejan que se arreglen solos. Únicamente, cada quince días, se hacen requisas para incautar celulares, facas, droga y vino hecho de papa fermentada. En ese encierro vale todo y los presos tienen que pelear por conservar lo que tienen: un calentador, zapatillas, camisetas y buzos de equipos de fútbol, paquetes de arroz y de fideos. Pelear es empuñar un arma blanca y terminar vivo. Es dormir despierto para esquivar un arpón hecho de un palo de escoba.

“A veces cazo talentos, pibes que tienen algo innato con la lectura. Y los pido para que vengan. Les digo: «Yo sé que vos mataste, pero acá somos personas, somos escritores»”, cuenta Mena.
Desde que en el pabellón de máxima seguridad de Florencio Varela funcionan talleres de lectura, una editorial y una biblioteca, las muertes violentas dentro de la cárcel se redujeron a cero. La historia del abogado que cambió los golpes por los libros y revolucionó la cabeza de los presos.

La biblioteca es de madera y tiene cinco estantes. Debe de haber cuatrocientos libros, sin contar otros cien que están en las celdas sobre un colchón flaco, una repisa o una mesa de luz huérfana de velador. Cuentos infantiles, historia, biografías, novelas y filosofía. Mucha filosofía. Descartes, Kant, Hegel, Marx, Heidegger y Nietzsche. Es una biblioteca desordenada, caótica como sus lectores, con libros ajados y descosidos. “Cuando arranqué con la idea de crear una editorial cartonera en un penal, me juntaba con los presos en el área de educación del penal. O sea fuera del pabellón. Cuando los pibes venían hacia el aula, en el camino les gritaban que eran unos putos. Algunos guardias los cargaban. Por clase, perdía siete u ocho alumnos. Me di cuenta de que afuera no se puede hacer nada, de que el Estado tiene que estar acá”. Acá es el pabellón, puntualmente el 4. Y el que reflexiona, que no es el Estado, es Alberto Sarlo, un abogado particular sin cobertura política, ni del Ministerio de Justicia de la Provincia ni del servicio penitenciario. Es el padre de Juana, de 4 años, y de Lara, de 2. Es el esposo de Marina. Es el narrador y protagonista de un libro sobre un ascenso que no pudo ser, pero por poco: Cómo quedarse a veinte metros de la cima del Aconcagua. Y, además de todo eso, Sarlo es el autor de un milagro: que para convivir en un pabellón de presos pobres no haya que empuñar una faca. Seis meses le llevó convencerse de que tenía que mudar sus planes al pabellón y de que una vez adentro no lo iban a matar. Desde que hizo prácticas para la Universidad de La Plata en varias cárceles bonaerenses, Sarlo sabe el número de muertes que hay dentro de las cárceles. Nunca pudo hacerse el boludo y mirar para otro lado. Así de sencillo lo explica.

Un director, hace cinco años, asumió la responsabilidad; Sarlo, el riesgo, y las clases de literatura, filosofía y encuadernación de libros se trasladaron al pabellón 4. El plan, inédito en aquel momento y único hasta hoy, se materializó. En Mena, en la mayoría de los internos del pabellón 4, en varias personas que ya están en libertad, en cuatro libros escritos en el encierro pero que circulan libremente.

“En el pabellón 4 tuvimos un cambio rotundo. Te olvidás de que tenés presos”. Lo asegura José Escobar, director del penal, responsable de que con dieciocho efectivos por turno no haya homicidios ni fugas en toda la cárcel. Para el servicio penitenciario, olvidarse de que ahí hay presos es tener garantías de que no habrá muertos. Porque en ese penal y en casi todos los del país están los índices más altos de homicidios en relación con la población. Entre 2006 y 2012, catorce presos de esa cárcel de Florencio Varela murieron en situaciones que la Comisión Provincial por la Memoria considera traumáticas: homicidios, peleas y suicidios dudosos. De 2012 a la actualidad, no hay registros oficiales. Escobar, detrás de un mostrador semicircular y en la oficina que tiene fuera del muro que cerca la cárcel, se ataja: “Hace un año que estoy en el penal y hemos tenido diversas situaciones de conflicto, más graves o menos, pero no tenemos fallecidos”. En el pabellón 4 llevan un récord más ejemplar que arranca con la creación de la editorial: cinco años sin muertes en situaciones violentas ni peleas con consecuencias graves. Escobar levanta esa bandera, la quiere para él, que no eligió la carrera por vocación pero le dio “prestigio” y la “satisfacción de llegar a director”: “Fue una apuesta. ¿Sabés lo que te lleva decirle a un interno que va a empezar a leer y a escribir poesía?”.

Desde que en el pabellón de máxima seguridad de Florencio Varela funcionan talleres de lectura, una editorial y una biblioteca, las muertes violentas dentro de la cárcel se redujeron a cero. La historia del abogado que cambió los golpes por los libros y revolucionó la cabeza de los presos.

  • Alberto Sarlo, con el mate en la mano, en medio de un debate sobre filosofía en el pabellón 4 de Florencio Varela.

En momentos complicados me sirve de mucho tomar como ejemplo mi pasado para recordar lo que era y rápidamente estrellarlo contra el piso como una vieja estatua. En “Abriendo caminos”, el poema filosófico que publicó en 2012, Mena dice bastante de la impronta que le da a “su” pabellón. Es suyo en el sentido práctico. Antes de trasladar un preso a ese pabellón, Escobar habla con él. La condición de Mena es una: que quiera sumarse a la editorial cartonera Cuenteros, Verseros y Poetas que funciona dentro del pabellón desde 2010. Sumarse es leer, escribir, ir a las clases de filosofía y ayudar a hacer las tapas de los libros que después envían a villas, escuelas y otras cárceles. Sumarse es no “bardear”, no andar con facas, no “caranchear” ni robar, no tener de “gato” a ningún compañero. Sumarse es estar “careta”, con la menor cantidad de droga en la sangre. En otro pabellón, a Mena lo llamarían “limpieza”, el interno que más se la “aguanta” y decide sobre la vida y las pertenencias de los demás. En el pabellón 4, en celdas igual de oscuras, sucias, superpobladas y vigiladas por los mismos agentes que a veces alientan los conflictos, lo llaman coordinador. “A veces cazo talentos, pibes que tienen algo innato con la lectura. Y los pido para que vengan. Les digo: «Yo sé que vos mataste, que estuviste refugiado en el pabellón de evangelistas, pero acá somos personas, somos escritores»”. Una vez adentro, la impronta de Mena entra por repetición y a los gritos. “Voy celda por celda. ¿Ya escribiste? ¡Escribí! ¿Quién quiere leer lo que escribió? Vamos, todos a ver un capítulo de Otra trama, y ponemos un capítulo de Osvaldo Quiroga, el de la Televisión Pública. Si están en otra cosa les cortó el mambo. Y a los que no les entra con insistencia, a la bolsa. «Escribir es de puto. Soy chorro, peleo con faca y vos sos un gil», me dijo alguno. Entonces pienso ahora este flaco se picó conmigo. «Bueno, vení», le digo. «A ver, peleá». Y lo pongo frente a la bolsa. Porque para descargar energía tenemos una bolsa de boxeo. Izquierda, derecha, cross, uppercut. Y ya no es un salvaje, es una persona que aprende. Es un boxeador”.

Mena fue un salvaje. Eso lo reconoce él. De sus tiempos de salvaje tiene testimonios a montones. Su cuerpo es una enciclopedia ilustrada. Varios puntos en la panza testifican un tiroteo con la policía. Tiene un parche en un ojo: un escopetazo que le dio un penitenciario durante la represión de una pelea en Olmos. Un puntazo en la espalda no lo deja caminar bien. Mena está condenado a siete años y ocho meses de prisión por robo agravado. El 3 de septiembre de 2016 vence su condena. “Me hago cargo del pasado. Está conmigo, pero no me condiciona, no me justifica para poder cambiar”.

Antes de saludar a Sarlo, dos pibes de unos 20 años le sacan de las manos dos bolsas con cuatro docenas de facturas. A las dos de la tarde todavía no comieron. No tuvieron tiempo de cocinar. Efectivos del servicio penitenciario les habían hecho un par de advertencias por nuestra visita: “Viene una revista de derecha. Ojo con lo que dicen y limpien el pabellón”. Más o menos les dijeron eso. Más o menos cumplieron. Sarlo asegura que las celdas y el pabellón tienen mejor aspecto, aunque se impone el olor a pis y las cucarachas disparan hacia todos lados cuando se descorren las sábanas que tapan las puertas de cada celda. Al conversar, todos se cuidan. Porque así como el Estado está ausente en el pabellón, en segundos se puede hacer presente. De dieciocho guardiacárceles se puede pasar al doble. Y, cuando entran, lo hacen con escopetas y a los gritos. O a los tiros. Pero desde que se creó la editorial en el pabellón 4, la guardia armada no volvió a entrar. Varios presos aseguran que los golpean y que a veces reciben castigos sin razón, pero siempre fuera del pabellón, en el patio, en la cancha de fútbol. Creen que los tientan a rebelarse. Si mantienen la armonía, si no hay “bardo”, estudian y escriben; nadie se animará a desarmar el grupo y podrán conservar lo que el servicio penitenciario entiende como privilegios: una biblioteca, tres computadoras, clases en el pabellón y, principalmente, una convivencia civilizada. Todo eso junto es tener la libertad más cerca. El miedo entre ellos es que “rompan” el pabellón: que se promueva una pelea, disuelvan el grupo y trasladen a los presos. Eso podría haber sucedido si Mena vengaba los cuchillazos que le dieron en diciembre, un episodio que se cerró con el traslado del agresor a otro penal. “Soy Miranda Mena. No soy Pedro ni Juan. Poné mi nombre. Tengo que decir todo. Siento la libertad de hacerlo y estamos en democracia. Lo peor de acá es que hay mucha gente del servicio que es mala, que aliena al preso para que sea más hijo de puta, para que esto sea un negocio”. Mena dice eso y también dice que se hace responsable de todo lo que hizo en su pasado, que no quiere ser “Pangloss y justificar lo injustificable” -citando al personaje de Voltaire-, que por eso está preso. También pide resaltar que hay penitenciarios que lo ayudaron. Varios presos piden reservar sus nombres y se animan a explicar mejor lo que denuncian varias organizaciones de derechos humanos. En las cárceles hay negociados. Las pastillas, como Rivotril o Alplax, se compran y salen del área de sanidad de los penales. Por un pabellón menos violento se paga. Por la comida también se paga, porque de las bandejas del tamaño de una mesa que deja el servicio penitenciario casi nadie come. A veces, las milanesas son de grasa y hay cigarrillos entre los fideos apelmazados. La bandeja tiene olor a guiso para perros. A los presos, que viven en condiciones inhumanas y con hambre, les da asco esa comida. Pero el pabellón 4 es una excepción. No es que nadie se drogue, consuma pastillas o pase hambre. Pero existe una convivencia que los lleva a compartir la comida que les traen sus familiares y nadie necesita pagar para estar vivo. Sobre la connivencia que puede existir entre efectivos y presos, Escobar, el director del penal, no lo niega. Lo razona desde una mirada generalista: “Buenas y malas personas existen en todas las áreas laborales. Nosotros también tenemos problemas con esas cuestiones. Lamentablemente, hay personas que portan el uniforme y eligen el camino más fácil”.

“¿Qué harías vos si mataran a tu hija y violaran a tu mujer?”.

Desde que en el pabellón de máxima seguridad de Florencio Varela funcionan talleres de lectura, una editorial y una biblioteca, las muertes violentas dentro de la cárcel se redujeron a cero. La historia del abogado que cambió los golpes por los libros y revolucionó la cabeza de los presos.

Eso pregunta uno de los alumnos que tiene Sarlo. Acaban de ver un capítulo de Filosofía aquí y ahora, el programa de canal Encuentro, en el que José Pablo Feinmann concluye que la filosofía requiere coraje. El debate entre presos y Sarlo se abre con esa pregunta dañina. Unos veinte hombres esperan sentados la reacción de Sarlo. Esperan la respuesta con más atención que de costumbre. Lo hacen cada vez que lo apuran, cuando lo incomodan, cuando piensan que están acorralando a la única persona que está en libertad, que no es del servicio penitenciario y entra al pabellón. Lo hace todos los miércoles, dos o tres horas, para hablar de literatura, filosofía y escritura, y también para confrontarlos y desanudar algo de la cultura tumbera que permanece en sus pensamientos.

-¿Yo qué haría? La reacción innata de defensa es una pulsión de vida que viene con el ser humano. Ante el ataque de un león, de un gliptodonte, el ser humano está preparado fisiológicamente para resistirlo. Entonces, ¿qué haría Sarlo? Lo que todo ser humano está preparado para hacer: defenderse.

Sarlo hace una pausa. Los deja pensar. Después sermonea en la cara a veinte tipos a los que la sociedad les teme y el Estado arroja a celdas que en verano superan los cincuenta grados y en los días crudos del invierno nunca dejan de estar con temperaturas bajo cero. Les grita:

-Pero es una pulsión humana. Y si dejamos que el derecho se ejerza por la pulsión humana, los primeros que mueren son ustedes. Ojo por ojo, diente por diente. Vos mataste, vos estás muerto; vos robaste, te robo todo.

-Sería mano dura para todos -apunta Mena, desorientado, intentando argumentar en favor de Sarlo.

-Le estás haciendo el juego a la derecha. Y no es lo que opino yo -asegura Sarlo-. Está escrito. Es un falso debate. Por eso se formó la escuela de Derecho. El Estado interviene. Estoy hablando de una política de Estado que dice que cuando maten a mi hija protejan al victimario de mí, porque mi pulsión fisiológica me va a obligar a la defensa y en la defensa puede ocurrir cualquier desastre. Por eso hay Estado de Derecho, Constitución y leyes.

Por unos segundos el pabellón queda en silencio. Hasta una nueva pregunta.

-Me sigue quedando una idea inconclusa. Feinmann dice que la filosofía requiere coraje. ¿Coraje para qué? -pregunta un preso veinteañero que apunta ideas en un anotador del tamaño de la palma de su mano.

-Para salir de la caverna de Platón y enfrentarte a la realidad. La realidad dice dos cosas. Dice: vos sos tumbero, estás acá, resolvé las cosas como tumbero. Si no resolvés como tumbero, sos un cagón, sos un cagón de mierda. Y vos decís: no, tengo coraje y voy a resolver mis problemas con las herramientas que yo quiera.

Mena vuelve a intervenir. Siempre busca “bajar” a los códigos del pabellón los conceptos de Sarlo. Asegura que Sarlo “explica las cosas y habla con unos términos estructurados y burgueses”. En cambio, él es “del barro”:

-Coraje tengo que tener mañana, que me voy a proponer no estar en pedo, drogado, empastillado. Ahora depende de mí.

A veces llora. O se le llenan los ojos de lágrimas. Sarlo aguanta las lágrimas como aguantó aprietes violentos. De gente que prefiere que nada cambie, que está convencida de que lo que se hace en las cárceles es lo único que se puede hacer. Una banalidad del mal. Porque de la cárcel difícilmente se pueda salir mejor que como se entró. En el servicio penitenciario hay una idea que sobrevuela como una verdad absoluta: para hacer algo distinto de lo que existe en las cárceles se necesita mucho más dinero. Pero Sarlo invierte, sobre todo, tiempo. También entregó libros que ya leyó y tres computadoras viejas que también logró meter en el pabellón y les sirven a los presos para pasar los manuscritos a un archivo de Word. Y resmas de papel, muchas resmas, suficientes como para imprimir 2.000 ejemplares de dos antologías de cuentos infantiles, un compilado de textos filosóficos y Desde adentro, una recopilación de las miserias que varios presos vivieron en la cárcel. La mayoría de las veces que los ojos se le llenan de lágrimas es porque ve pequeños resultados después de tanto esfuerzo. Cuando ve que Mena viste las paredes del pabellón con imágenes del Che, Fidel Castro y Jesús hechas de tierra mojada. Cuando al entrar al pabellón escucha que en una celda alguien puso una pieza de Chopin. Cuando un preso se las ingenia para subir a YouTube un video de hip hop grabado en el pabellón. Cuando la vida en prisión se vuelve humana. Cuando es consciente del presente que tienen tres ex presos en libertad con los que está en contacto e hizo la presentación del libro Desde adentro en la última Feria del Libro. “Enterarme de que los hijos de Occhiuzzo tienen a su papá de ídolo es…”. No puede terminar la frase. De nuevo las lágrimas.

Cuando estuvo preso, Occhiuzzo tuvo un diez en conducta. Y salió un año y tres meses antes de cumplir la condena. “Me ilustré y tuve un impacto brillante en mi vida. Encontré respuestas”.

“Leé el del perro, pa”. Eso le pide Marina, de 7 años, a Marcelo Occhiuzzo. Los domingos, Occhiuzzo se levanta tarde. A veces porque ese día no tiene que trabajar. A veces porque se quedan a dormir Marina y Ali, su otro hijo, de 14 años, y leen hasta tarde cuentos de Horacio Quiroga. Este domingo, Occhiuzzo se levantó temprano y fue a comprar café para ofrecer como opción al mate. Nunca le hicieron una entrevista. Tampoco salió en los medios cuando asaltó una lancha de un agente de Prefectura. La primera vez que un periodista lo visita es para entender sus cuentos y cuánto le sirvió la lectura para sobrevivir a la cárcel y llegar “entero” a los 45 años. Por eso Marina le pide que lea “Perro corazón”, uno de los 33 textos que se pueden descargar de la web de la editorial del pabellón 4, donde estuvo casi cuatro años, hasta el 14 de febrero del año pasado. Apenas salió, se compró una cortadora de césped, un machete y un carrito para cargar las herramientas que necesita para trabajar de parquista en Tigre. Ahí vive. Su madre, que cada quince días se subía a un colectivo rumbo a Florencio Varela con veinte kilos de comida, le consiguió un cuarto con una cocina y un baño. Occhiuzzo dice que está vivo porque en el pabellón 4 nadie lo obligó a pelear. “No podía pelear. Estaba muy mal de la columna. Tengo una hernia de disco. Si se me caía la faca no la hubiese podido levantar. El único lugar seguro para mí era ese”. Por conveniencia, como él mismo lo reconoce, Occhiuzzo consiguió que Mena lo pidiera para su pabellón. Una vez adentro, leyó como el más aplicado, escribió casi todas las noches y llegó a corrector de la editorial, un puesto que honra en libertad al corregir los nueve relatos que conforman el libro Desde adentro. Cuando estuvo preso, Occhiuzzo tuvo un diez en conducta. Y salió un año y tres meses antes de cumplir la condena de casi seis años. “Me ilustré y tuve un impacto brillante en mi vida. Encontré respuestas”. Se disculpa con su hija porque no va a leer el cuento del perro y dice: “Escuchá esta”. Y se acomoda en una silla para leer los dos últimos párrafos de su poesía “Enorme roble otoñal”: Por mis venas transmisoras corre libre ahora / sabia verdadera y nueva, / que alimento enciclopédico y luminoso es. / Y que como agua pura de vertiente, / hace que brote renaciente y vigorosa, la raíz de mi existir. / Causa admiración tardía hoy, / que en una tumba olvidada por alguien, / bañado de luz, un enorme roble otoñal, / emergiera entre las tierras de los siglos oscuros, / que perpetuos y eternos, yacen allí. Cuando termina, Occhiuzzo está parado.

 FUENTE

LA PENA MÁXIMA EN EL DERECHO PENAL JUVENIL


Esta investigación académica buscó determinar la pena máxima que se le puede aplicar a una persona de 16 o 17 años de edad condenada por un delito en la República Argentina. Ello como consecuencia de la sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos que condenó a este país por aplicar prisión o reclusión perpetua.

Se estudió la relación entre la pena que establece el artículo 4 del Decreto-Ley 22278, y los principios de culpabilidad, proporcionalidad, y prisión como último recurso y por el plazo más breve que proceda de la Convención de los Derechos del Niño.

La metodología utilizada incluye un exhaustivo relevamiento bibliográfico de la legislación, doctrina y jurisprudencia, tanto nacional como internacional, vigente y no vigente. Se realizó trabajo de campo mediante el sistema de entrevista semi-estructurada a diferentes magistrados del poder judicial. El principal método de demostración utilizado ha sido el control de constitucionalidad y convencionalidad.

Se concluyó que la reducción a la tentativa resulta insuficiente para cumplir los estándares internacionales del derecho penal juvenil. Asimismo, se determinó que la pena máxima no debe superar una oscilación entre los 7 y 8 años de privación de la libertad.

Ver: doctrina41492

FUENTE: Nicolás Llamas, Asociación Pensamiento Penal

ÉLITE EMPRESARIAL, RESTRICCIÓN EXTERNA Y CRISIS DEL “MODELO”


Originalmente publicado en Panamá:

macro-de-benjamin-franklin-partir-de-la-cuenta-de-dólar-el-100-6414163

Por Alejandro Gaggero*

En una entrevista reciente la ministra de Industria, Deborah Giorgi, criticaba a las empresas automotrices por aumentar los precios desmedidamente e intentar girar al exterior un monto de divisas totalmente exagerado, en un momento en que la escasez de dólares es el principal problema económico del país. Cuando la funcionaria señalaba la necesidad de que el Estado tomara medidas para acabar con la posición dominante de algunos oligopolios, el periodista la interrumpió:  “¿Pero la Argentina no está pagando el proceso de concentración y extranjerización de la economía, que tampoco se frenó en los últimos años? Totalmente, totalmente –contestó Giorgi–, el otro día un colega tuyo me preguntó por qué estas medidas no se habían tomado antes. Primero, porque hacemos, y el hacer implica que uno vaya descubriendo aspectos en la medida en que las acciones se van sucediendo. ¿Quién iba a pensar en el autoabastecimiento energético en…

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Los femicidios en territorio porteño


Originalmente publicado en Lo que Quedó en el tintero:

 MAS DE DIEZ MUJERES AL AÑO MUERTAS POR SER MUJERES

Por Horacio Cecchi

En el término de cuatro años, entre 2010 y 2013 inclusive, se produjeron 89niunamenos crímenes de mujeres en la Ciudad de Buenos Aires, de los cuales más de la mitad (45) tuvo como motivo la violencia de género. La cifra, tremenda en sí misma y sorprendente por desconocida –aunque su persistencia esté a la vista de todos–, surge del estudio de Homicidios Dolosos para esos años realizado por el Instituto de Investigación creado por Raúl Zaffaroni, trasladado de la Corte Suprema en marzo pasado al Consejo de la Magistratura. El estudio sistematiza los datos como violencia intrafamiliar, dentro de los que mayoritariamente se trata

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Our NO is a majestic, big YES to a democratic, rational Europe!


Originalmente publicado en Yanis Varoufakis:

On the 25th of January, dignity was restored to the people of Greece.

In the five months that intervened since then, we became the first government that dared raise its voice, speaking on behalf of the people, saying NO to the damaging irrationality of our extend-and-pretend ‘Bailout Program’.

We

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Curso Filosofía de la liberación 17 27/05/15. Dr. Enrique Dussel


Transmitido en vivo el 27/05/2015

Tema: El Mesianismo
Curso Temas Selectos de Ética. Filosofía de la Liberación
Dr. Enrique Dussel
Colegio de Filosofía, Secretaría Académica, Facultad de Filosofía y Letras

Programa desglosado en 16 sesiones

HISTORIA
§ 1. Geopolítica y filosofía

DE LA FENOMENOLOGÍA A LA META-FÍSICA
§ 2. Proximidad
§ 3. Totalidad
§ 4. Mediaciones
§ 5. Exterioridad
§ 6. Alienación
§ 7. Liberación

DE LA POLÍTICA AL ANTIFETICHISMO
§ 8. Política
§ 9. Erótica
§10. Pedagógica
§11. Fetichismo

DE LA FISIS A LA ECONÓMICA
§12. Fisis y ecología
§13. Semiótica y poiética
§14. Económica

DE LA EPISTEME A LA FILOSOFÍA DE LA LIBERACIÓN
§15. Episteme, filosofía y descolonización
§16. Filosofía de la Liberación

ALGUNA BIBLIOGRAFÍA
El profesor comentará su obra Filosofía de la Liberación, Breviarios, FCE, México, 8va. edición, 2014. Su lectura es obligatoria.
Otra bibliografía se irá sugiriendo en el transcurso de las exposiciones, encontrándose las obras del profesor en http://www.enriquedussel.com.

Transmisión y registro en video:
Pablo Miranda Quevedo
Repositorio de la Facultad de Filosofía y Letras
Antonio Balderas Córdova
Departamento de Sistemas y Salas de Cómputo

Repositorio de la Facultad de Filosofía y Letras. UNAM.
http://ru.ffyl.unam.mx

“Gobiernos obreros” y táctica leninista en 1917


Originalmente publicado en Rolando Astarita [Blog]:

A raíz de las discusiones que se están desarrollando en el FIT, en algunos escritos se ha asimilado un gobierno de partidos obreros de tipo reformista con “la propuesta de Lenin de un gobierno menchevique y socialista revolucionario en junio de 1917” (véase, por ejemplo, el documento de Democracia Socialista, http://www.democraciasocialista.org/?p=4733).

Es una idea que se encuentra en el Programa de Transición, el programa de la Cuarta Internacional, redactado por Trotsky en 1938. En el punto que lleva como subtítulo “El gobierno obrero y campesino”, se explica que los bolcheviques exigían a los líderes reformistas –mencheviques y socialistas revolucionarios- que rompieran con la burguesía y tomaran el poder, y que ese sería entonces un gobierno obrero y campesino. Textualmente:

“En abril-setiembre de 1917, los bolcheviques exigían que los socialistas revolucionarios y los mencheviques rompieran su ligazón con la burguesía liberal y tomaran el poder en sus propias manos…

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“Déjese de teorías y agarre la pala”


Originalmente publicado en Rolando Astarita [Blog]:

Mi crítica al socialismo burgués –que es extensiva al socialismo pequeño burgués- ha provocado algunas reacciones fuertes. Era esperable. Algunas objeciones las he respondido, y otras las trataré más adelante. Ahora quiero detenerme en lo que escribió un crítico en “Comentarios”, porque es muy común en el reformismo. Mi crítico escribió que, en tanto “unos luchan con los medios a su alcance”, “la izquierda doctrinaria siempre hace lo mismo, critica y/o explica lo que hay que hacer”. Y para ilustrar lo que quería significar, agregó una anécdota que está lejos de ser inocente: recordó que el Che Guevara mandó a un trotskista argentino que daba consejos, a “aprender a manejar la pala”. En una palabra, hay que apoyar lo que hace Syriza en Grecia –mi crítico propone, además, una curiosa campaña mundial de firmas a ser enviadas al Secretariado de la ONU- y dejar las “doctrinas” de lado. Y…

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EL ACCESO A LA JUSTICIA – UN LIBRO CLASICO DE LA SOCIOLOGÍA DEL DERECHO (HERRAMIENTAS DE ATAJO)


Originalmente publicado en el niño rizoma:

9789681649067

“El acceso a la Justicia”, libro de los juristas, Mauro Cappelletti y Bryant Garth, fue escrito en 1978 en inglés y traducido al español en 1982 por el colegio de abogados de La Plata. Como relata el prólogo, esta obra surge de un proceso de investigación colectiva e interdisciplinaria que se llamó “Proyecto florentino sobre el acceso a la justicia” realizado en los años 70 con la mirada en más de 30 países. El proyecto partía de la concepción Estado social moderno, por un lado, y por el otro, de la observación y estudio concreto desde una perspectiva comparativa, de los obstáculos jurídicos, económicos, políticos-sociales, culturales y psicológicos que dificultaban o aún imposibilitaban, a muchos, el uso real, del sistema de administración de justicia. De este estudio surge una idea fuerte que marcó el movimiento de Acceso a la Justicia en el mundo, la necesidad de  esfuerzos activos del Estado…

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Grecia al borde del default


Originalmente publicado en Rolando Astarita [Blog]:

En los últimos días me han preguntado mi opinión por la situación de Grecia. Para el análisis de la cuestión de fondo, remito a la nota que escribí en 2011 (aquí). En esa nota decíamos: “La salida que intentó el gobierno griego, con el apoyo del FMI y los grandes poderes mundiales, es por vía deflacionaria y ajuste fiscal. La condición para otorgar el salvataje fue que el gobierno aplicara un fuerte programa de ‘austeridad’. Esto significa también bajar las prestaciones sociales, aumentar la edad de jubilación y disminuir los gastos sociales, además de los salarios. Los ingresos de los empleados públicos y los jubilados disminuyeron más del 20% en 2010, la desocupación está en el 13,5%, y se prevé que aumente hasta el 15% en 2011. En esencia, lo que está en cuestión es cómo aumentar la explotación de la fuerza de trabajo para hacer competitivo al capital…

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The right choices


DAVID PEACE, a 35-year-old from Dallas, has never used the internet. Neither has he ever used a mobile phone, possessed a driving licence or received a pay-cheque. Mr Peace, who is black, stockily built, with a broad smile, was convicted of an aggravated assault in 1997 after using a knife in a fight with a neighbour. The years most men of his age would have spent working, or starting a family, he has spent in various prisons in Texas. Next year he will be released from the minimum-security prison in Cleveland, a town near Houston, where he is currently held. The prospect of the outside world is still daunting. “I feel left behind,” he says. “I’ve been living in a place where all of my choices are made for me, and now I have to learn to make the right choices.”

No country in the world imprisons as many people as America does, or for so long. Across the array of state and federal prisons, local jails and immigration detention centres, some 2.3m people are locked up at any one time. America, with less than 5% of the world’s population, accounts for around 25% of the world’s prisoners. The system is particularly punishing towards black people and Hispanics, who are imprisoned at six times and twice the rates of whites respectively. A third of young black men can expect to be incarcerated at some point in their lives. The system is riddled with drugs, abuse and violence. Its cost to the American taxpayer is about $34,000 per inmate per year; the total bill is around $80 billion.

Things were not always this way. In 1970 America’s state and federal prisons together held just under 200,000 inmates. In 2013, the latest year for which figures are available, the number of people in federal prisons, which hold only people convicted of federal crimes such as drug-smuggling or fraud, was itself more than 200,000 (see chart). There were almost 1.4m more inmates in state prisons; and there were over 700,000 people locked up in jails, some of them serving short sentences, the majority of them awaiting trial. Most of the inmates were men, but at 113 per 100,000 the incarceration rate of black women is higher than the overall incarceration rate in France or Germany. Prison conditions are often poor; many of those locked up have no proper access to training, education or rehabilitation.

Unstoppable though the system’s growth has seemed at times, in the past five years it has reached a plateau. In 2009, for the first time since the 1970s, the total prison population declined slightly. One reason is that, faced with budget pressures, many states—particularly big ones such as California, New York and Texas—have been trying to cut their prison populations. Reforms to sentencing policy introduced by Eric Holder, Barack Obama’s attorney-general from 2009 to 2015, may explain the very small recent fall in federal prison numbers.

Another reason for the plateau in prison numbers is that crime is on the retreat—and with it people’s fears of crime. According to polling by Gallup, the proportion of Americans who worry “a great deal” about crime and violence has fallen dramatically since 2001 (though this year it ticked up from its previous low). That makes reform easier. American electorates have been widely assumed always to favour measures that look tough and punitive; but in California voters passed a ballot initiative last November that was designed to keep some non-violent criminals out of prison.

The trend could continue. Indeed, it could and should accelerate; this problem needs fixing. But even with a political appetite for reform and a public mood conducive to it, a comprehensive cutting back will be hard. The expanded prison system has built itself into the fabric of society. Judges, district attorneys, state- and county-level politicians, police forces, prison-guard unions, federal agencies and private firms that build and run prisons: all have contributed to the rise of mass incarceration, and many benefit from it. In rural parts of America prisons are now the biggest employers in many towns.

Forcing people in

The extraordinary growth in the prison population started with the “war on drugs” begun by Richard Nixon. The first state laws to bring in mandatory sentencing for drug crimes were introduced in New York in 1973, under Governor Nelson Rockefeller. During Ronald Reagan’s administration in the 1980s both the federal government and many states introduced much tougher penalties for dealing crack cocaine than for dealing powder cocaine, a move that enforced strong racial biases on sentencing. Between 1980 and 1990, the proportion of offenders in prison whose primary offence was to do with drugs climbed from under 8% to almost a quarter.

The crack-cocaine epidemic produced the conditions for more punitive policies across the board. “Three strikes” provisions, which required prison for third offences however minor, and “truth-in-sentencing” laws, which limited the possibility of parole to at most the last 15% of a sentence, proliferated. In many cases their passage was sponsored by prison-guard unions. Time served grew dramatically: according to a study by the Pew Charitable Trusts, the average prisoner released in 2009 spent three years inside, up from two in 1990.

In the early 1990s crime began to fall; by 2000 it was falling steeply. At the time some put this down to the growth in the prison population, but today few experts see that as having been much of a factor. In the 1970s and 1980s more incarceration probably did take some violent and dangerous people off the streets. But a comprehensive study by the Brennan Centre for Justice at New York University Law School, published in February, found that at most 12% of the fall in property crime in the 1990s could be attributed to more people in prison—and that there might have been no effect at all. Some of the punitive policies adopted in the 1990s seem to have been of particularly little value: Robert Nash Parker, a criminologist at the University of California, Riverside, has found that crime fell just as fast in states that had not adopted three-strikes laws as in ones that had.

A bigger prison system was also a worse one; as prisons filled up, states cut back on their quality. In 2012 a report on Arizona prisons by Amnesty International found thousands of prisoners confined to windowless cells for 22 to 24 hours a day, without access to education or indeed any sensory stimulation at all. Most Texan prisons are not air-conditioned, which means that in summer the heat index, which takes temperature and humidity into account, can rise as high as 140°F (60°C). In one shocking case at a women’s prison in Alabama, guards were found to be routinely raping the inmates—and punishing those who complained with solitary confinement or threats of violence.

The drug problems that often get people to prison are rarely treated there: in 2010 the National Centre on Addiction and Substance Abuse, a think-tank, found that 65% of prisoners and jail inmates had substance-abuse problems, for which just 11% got any help. In many states prisoners have extremely limited access to vocational training or higher education. The crime bill signed by Bill Clinton in 1994, a measure which enacted subsidies that encouraged the building of state prisons, also banned prisoners from receiving Pell grants to help get college degrees—a decision which dramatically undercut education within prisons. As Mr Clinton admitted in an interviewon CNN in May, “We wound up…putting so many people in prison that there wasn’t enough money left to educate them, train them for new jobs and increase the chances when they came out so they could live productive lives.”

Mr Peace, about to be released from his prison near Houston, is one of those who enjoys such a chance, thanks to philanthropy. He is enrolled in a privately organised “Prison Entrepreneurship Programme” through which he receives enthusiastic mentoring from well-off volunteers (dancing features surprisingly heavily: tattooed murderers bop around the floor with blazer-wearing oil executives from Houston). When he leaves prison, he will get help finding housing and work. When most prisoners in Texas are released at the end of their term, though, they get just a bus ticket home and $100; those let out on parole get $50. It is a recipe for recidivism. According to a Department of Justice survey of those released from state prisons in 30 states, 77% of those released in 2005 were arrested within five years; more than half of the arrests were within a year of release.

Building a new life is made even more difficult by policies which continue to punish criminals long after they have served their time. In many states, former felons are banned from claiming food stamps and getting public housing. In some trades, having a conviction can keep you out of work entirely. In Texas prisoners may be taught how to cut hair in prison, but barbers’ licences are withheld from some convicted felons.

Making a plateau a peak

The case for change is manifest; the opportunity real. Outrage at the deaths of black Americans at the hands of the police has prompted a new look at the way the rest of the justice system treats them. Hillary Clinton, the likely Democratic nominee for president, gave a speech in April arguing that “there is something profoundly wrong when African-American men are still far more likely to be…sentenced to longer prison terms than are meted out to their white counterparts.” Some sort of reform is popular with a number of Republicans, too. In the Senate several Republicans are joint sponsors of bipartisan bills intended to reform the federal prison system.

The war on drugs is now being wound down. In four states and the District of Columbia cannabis has been legalised; in many more, its possession has been decriminalised. New York reformed the Rockefeller drug laws in 2004 and again in 2009. In 2010 Congress passed the Fair Sentencing Act, which reduced the historic 100:1 disparity between the amount of powder cocaine and the amount of crack that would trigger federal penalties. Drugs courts have been widely introduced to direct non-violent drug-users into treatment, not prison.

John Whitmire, a Democrat in the Texas state Senatewho is a prominent advocate of prison reform, says his state is at last learning “to distinguish between who you’re afraid of and who you’re mad at.” The state’s Right on Crime movement—a Republican group—argues that reducing prison populations is both fiscally conservative and in accord with the Christian principle of forgiveness. Rick Perry, until January Texas’s governor and a Republican presidential candidate for 2016, likes to boast about closing three prisons during his time in office.

But substantially reducing the prison population is difficult. Reducing the flow into prison of non-violent, non-sex-offender prisoners who have committed relatively minor crimes—which is much of what has been done so far—is politically palatable, but has only a limited impact. John Pfaff of Fordham Law School in New York points out that such offenders have been a diminishing proportion of the prison population for some time. Violent offenders make up around half of all prisoners in state and federal prisons, sex offenders 12%. There are 165,000 murderers in America’s state prisons and 160,000 rapists: if everyone else were released, America’s incarceration rate would still be higher than Germany’s. Over time this pattern seems certain to strengthen: even for dealers, drug sentences tend to be relatively short, but violent criminals are sent away for decades. There is little appetite for releasing them early, even if they have aged and mellowed in prison.

Another problem is that the people who run the system have substantial incentives to protect it. “If it wasn’t for district attorneys, we would have passed so many more bills already,” says Ana Yáñez-Correa, the head of the Texas Criminal Justice Coalition, a prison-reform pressure group. The backlash to be faced if a criminal who could have been, or stayed, locked up does something heinous gives elected prosecutors—and judges—a strong incentive to err on the side of stiff penalties. Mr Pfaff sees a ratchet effect at work over time, with prosecutors seeking ever tougher charges. Private prisons, which account for just 8% of all prison beds but are growing fast, also produce a constituency with an interest in seeing those beds filled. Many prison-management firms insist on minimum-occupancy terms in contracts.

For these reasons and others, attempts made by states to slow or arrest the growth of their prison populations have met with only partial success. Texas’s prison population, for example, has not fallen much since 2007. In half the states the prison population continued to increase between 2009 and 2013, even as the national numbers fell a bit.

But two big states, California and New York, have done well enough to suggest that the others could do better. In California the imprisoned population has been cut by 51,000, over 30%, since 2006. New York’s prison population has been falling since 1999, and is now a quarter smaller than it was. In both states, the reforms that have worked have not been changes to laws but rather adjustments to the way in which the entire system, from arrest to release, is organised.

In California, the reduction was largely the result of “realignment”, a policy adopted after the US Supreme Court ruled that the state’s prisons were dangerously overcrowded and either new prisons would have to be built or prisoners released. The response was to pass the cost of dealing with comparatively harmless criminals from the state to its counties—the entities which actually charge people and send them to prison. In addition, county probation departments took on responsibility for 60,000 people released from prison into supervision programmes.

Focusing on the worst

The policy seems to have realigned incentives productively; though roughly a third of the reduction in California’s prison population went back behind bars, two-thirds did not. The state is now going further: proposition 47, an initiative passed last year with overwhelming support, is likely further to reduce the number of people going to prison by replacing several felonies with misdemeanours.

New York’s adjustment to the system has been brought about largely by prosecutors in New York City, who have become more careful about how they use the toughest charges. Cy Vance, Manhattan’s district attorney, is a fan of what he calls intelligence-driven prosecution. Under his tutelage, a Crime Strategies Unit collects information on the most persistent criminals, which can inform prosecutors even if it does not form part of a case. “If I know someone who is involved in shootings or violence, even if he is arrested for shoplifting, I want to charge it as aggressively as possible,” says Mr Vance.

The rationale behind this strategy is that most people who turn up in front of a judge are fairly harmless; even in the most violent neighbourhoods, a tiny number of criminals, often ones good at intimidating witnesses, account for most violent crime. If the book is thrown at the second lot and more leniency show to the first, prison populations and crime rates could both fall. The intelligence lies in throwing the books correctly.

And some money that could have been spent on prosecutions is instead being spent on crime prevention. At a gym in a relatively poor neighbourhood of Harlem teenagers are taught basketball skills by professional coaches—all under the watchful eyes of police officers and staff from Mr Vance’s office. Similar sessions take place every weekend at ten different sites across Manhattan. In a city where zero-tolerance policing makes many young black teenagers suspicious of any uniform, the teenagers seem happy with the prosecutors and cops present. The hope is that by building trust, prosecutors will find out about arguments between teenage gangs before they erupt into violence.

If prison is to be less of a part of American life, the philosophy behind such schemes needs to spread. Reform in police forces like those of Los Angeles and New York City, which in the 1990s started trying to prevent crime as well as react to it, is one of the things that has made America less violent. But the rest of the criminal-justice system is only slowly catching up to the idea of being proactive. A system that has been designed to react to crime, and to punish it, needs to prevent it instead. That will take a broad change in culture, not just tweaks to laws.

In his cell block, Mr Peace complains that for most of the time he has spent in prison, he has never been treated as someone with a problem, but rather as a problem himself. He has earned qualifications as a plumber and a welder—both paid for by his mother. He is hopeful that when he leaves, he will never come back. If America is to be the land of the free, it will have to learn to forgive a lot more men like him.

FUENTE: The Economist

Jailhouse nation


WITH less than 5% of the world’s population, the United States holds roughly a quarter of its prisoners: more than 2.3m people, including 1.6m in state and federal prisons and over 700,000 in local jails and immigration pens. Per head, the incarceration rate in the land of the free has risen seven-fold since the 1970s, and is now five times Britain’s, nine times Germany’s and 14 times Japan’s. At any one time, one American adult in 35 is in prison, on parole or on probation. A third of African-American men can expect to be locked up at some point, and one in nine black children has a parent behind bars.

Bars and stripes

Advocates of tough justice point out that America’s crime rate has fallen as the incarceration rate has risen. Criminals who are locked up cannot mug law-abiding citizens, and the prospect of going to prison must surely deter some from breaking the law in the first place. All this is true, but only up to a point. In the 1980s expanding prisons probably did help slow the rise of crime by taking thugs off the streets. But mass incarceration has long since become counter-productive (see article). A recent study by the Brennan Centre for Justice, a think-tank, concluded that at most only 12% of the reduction in America’s property crime rates since the 1990s can be attributed to higher rates of imprisonment—and that there might be no effect at all. States with larger prison populations have no less crime than states with smaller ones.

Crime is largely a young man’s game, but many prisoners now are old: the number over the age of 50 has more than tripled since 1994. Many of these people are no longer dangerous, but locking up the elderly—and treating their ailments—costs taxpayers a fortune, typically $68,000 per inmate each year. The longer prisoners are inside, the harder it is for them to reintegrate into society. And mass incarceration has contributed to the breakdown of working-class families, especially black ones. Among African-Americans aged 25-54, there are only 83 free men for every 100 women, which is one reason why so many black mothers raise children alone. Men behind bars cannot support their offspring, and when they are released, many states make it preposterously hard for them to find jobs.

More and more Americans accept that the harm caused by mass imprisonment now exceeds its benefits. Hillary Clinton, whose husband’s 1994 crime bill filled many a cell, has now changed her mind. On the right, fiscal conservatives decry the burden on taxpayers, while Christians talk of mercy. Rick Perry, a former governor of Texas and a Republican presidential candidate, boasts of his record of closing three prisons in his state. Nationwide, the incarcerated population appears to have plateaued; it should be sharply reduced.

A good start would be to end the war on drugs, which would do less harm if they were taxed, regulated and sold in shops, not alleys, as marijuana is in Colorado and Washington state. In fact, the drug war is already ebbing: in 1997 drug offenders were 27% of all prisoners; now they are around 20%. That could be cut to zero if drugs were legalised.

The next step would be to amend or repeal rules that prevent judges from judging each case on its merits, such as state and federal “mandatory minimum” sentences and “three strikes” rules that compel courts to lock up even relatively minor repeat offenders for most of their lives. New York has dramatically reduced its state-prison population this way. Prosecutors there have in effect been told to limit the number of people they imprison, giving them an incentive to lock up only the most dangerous. Prosecutors have long had huge discretion in which charges they bring; those in New York now use police intelligence to help them decide. If the man in the dock seems relatively harmless, they go easy on him; if they know him to be a career criminal who has remained free because he intimidates witnesses, they throw the book at him. Crime has fallen in New York. There has been no backlash among voters.

Reducing the prison population to European levels is probably impossible, for America is still a much more violent place, even if most districts are reasonably safe. There are roughly 165,000 murderers in American state prisons and 160,000 rapists. If America were to release every single prisoner who has not been convicted of killing or raping someone, its incarceration rate would still be higher than Germany’s.

But still, America does not need to lock up every violent criminal for as long as it does—which is longer than any other rich country. Some 49,000 Americans are serving life without the possibility of ever being released. (In England and Wales the number is just 55.) Such harshness is unnecessary. A 50-year sentence does not deter five times as much as a ten-year sentence (though it does cost over five times as much). Money wasted on long sentences cannot be spent on catching criminals in the first place, which is a more effective deterrent.

Reform is hard. Prosecutors and judges are often elected in America; many woo votes by promising to be tougher than their predecessors. Politicians who are seen to be soft on crime run a risk. One reason Michael Dukakis was never president was that a murderer called Willie Horton, who was released on furlough while Mr Dukakis was governor of Massachusetts, took the opportunity to rape someone.

Swift and sure justice, but less harsh

Nonetheless, the big fall in crime in the past two decades means that Americans are now less afraid than they were, and more open to reform. Californians voted last year in a referendum to downgrade several non-violent felonies to mis-demeanours. Other states are experimenting with better education in prisons (so that ex-convicts have a better chance of finding work), and drug treatment or GPS-enabled ankle bracelets as alternatives to incarceration. Some are also trying to improve prison conditions, not least by curbing assaults and rapes behind bars. The aim of penal policy should be harm reduction, not revenge. Tighter gun laws might help, because guns can turn drunken quarrels into murders; alas, that is politically improbable for now. There is no single fix for America’s prisons, but there are 2.3m reasons to try.

FUENTE: The Economist

COSTURA


Originalmente publicado en el niño rizoma:

COSTURA

Tejía la piel
en el taller clandestino
bordaba el quejido
el ruido de la noche
Tejía y tejía el trueno
entonces pudo reconocer la confección
el traje hecho por sus manos
el que vestía a medida el Metropolitano
que ahora rompía la puerta
y lo venía a salvar

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Diversión de lo siniestro: Nota sobre Los Juegos del Hambre


Originalmente publicado en Escrituras:

IMG_20150507_031002En Los Juegos del Hambre, los revolucionarios deben armar un spot para vender a su líder carismático. Toda la realidad es ya reality, toda la política es un entretenimiento romano como cotillón de la amenaza permanente de la guerra. Ocaso de la Ilustración en 3D. Los think tanks, asesores de imágen, politólogos y cuadros de inteligencia tienen la certeza de que ya no hay espacio alguno para la espontaneidad. La película transmite el clima totalitario, la asfixia absoluta, resultado del cruce entre guerra y comunicación. La comunicación es, entonces, también el terrero del levantamiento, la rebelión, el lugar desde donde se señala al enemigo: el símbolo de la revolución (la joven Sinsajo) es enviada a recorrer la masacre… “Si muero, asegúrense de grabarlo”, les dice.

Para leer el artículo completo: Diversión de lo siniestro

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Un millón y medio de afroamericanos muertos o encarcelados en EE.UU.


Por Silvia Arana

Un análisis del diario estadounidense The New York Times resalta esta alarmante cifra: 1.500.000 afroamericanos eliminados de la vida cotidiana. Uno de cada seis hombres negros de 24 a 54 años ha desaparecido de la sociedad estadounidense, por muerte prematura o encarcelamiento.

El homicidio ocupa el primer lugar como causa de muerte de los hombres negros jóvenes. En cuanto al encarcelamiento, recordemos que EE.UU. tiene un récord de presos en el mundo: con el 5% de la población mundial posee el 25% de la población encarcelada. De los 2,3 millones de presos casi el 40% son afroamericanos, quienes solo representan el 12.6% de la población total. Es seis veces más probable que sea encarcelado un hombre negro que uno blanco.

Además de los 1.500.000 hombres negros muertos a temprana edad o presos, varios millones más son marginalizados de la sociedad por el desempleo, la discriminación racial o las sanciones que impiden que una persona con prontuario policial consiga trabajo.

Estos datos provienen del último censo realizado en EE.UU. Pero no reflejan una nueva realidad. Este fenómeno fue registrado por todos los censos de esa nación desde hace cincuenta años. Solo hubo una variante en la razón de la “desaparición” social. A partir de los 80, hubo una leve disminución de las muertes prematuras y un drástico incremento del encarcelamiento de afroamericanos, muchos por delitos menores como posesión de droga.

Desigualdad económica

Estados Unidos es la nación desarrollada con la mayor brecha -desigualdad económica- entre ricos y pobres. La desigualdad de riqueza (ingresos, bienes inmobiliarios, cuentas bancarias) es aún mayor que la desigualdad de ingreso. El 3% de familias con mayor riqueza, posee más del doble que el 90% de las familias con menores recursos. Esta brecha se ha ensanchado continuamente desde fines del siglo XX hasta hoy.

En cuanto a la desigualdad de riqueza por raza, se ha venido acentuando desde la Gran Recesión. Con la explosión de la burbuja inmobiliaria de 2007, las familias negras fueron las más afectadas por los préstamos bancarios depredadores. Al igual que por el desempleo subsiguiente. Hacia fines del siglo XX, la familia blanca media tenía una riqueza seis veces superior a la de la familia negra. Hoy, la brecha se ha duplicado: la familia blanca media posee doce veces más que la negra. La pronunciada desigualdad económica de los afroamericanos sigue agudizándose.

“Estado de emergencia”

Así ha calificado a la situación actual la organización Black Lives Matter (Las vidas de los negros sí importan). Afirma que los departamentos de policía han declarado una guerra contra la comunidad negra. Cita los numerosos casos de violencia policial que causaron la muerte de hombres, niños y mujeres. (Algunos de estos casos de “gatillo fácil” fueron registrados en video.)

Identifica tres tipos de violaciones de los derechos humanos de los negros en EE.UU.: asesinato, encarcelamiento masivo y explotación económica perpetrados por el Estado y las corporaciones.

Black Lives Matter demanda:

  • el fin de toda forma de discriminación y el reconocimiento de los derechos humanos de los afroamericanos.
  • que acabe la brutalidad policial.
  • creación de empleo con salarios dignos, vivienda y acceso a la salud.
  • el fin del encarcelamiento masivo organizado por el complejo industrial de prisiones.
  • justicia para todos los afroamericanos: hombres, mujeres, trans, gays, lesbianas.
  • la libertad de todos los presos políticos de EE.UU.
  • la eliminación del complejo industrial-militar manejado por las corporaciones privadas para beneficiarse con la muerte y destrucción de los pueblos del mundo.

2015: Año de resistencia

Para las comunidades negras organizadas, 2015 es un año de resistencia contra la opresión y de lucha irrevocable por el derecho a una vida digna.

El profesor y activista Cornel West lo resumió así:

“La escalada de muerte y sufrimiento en la nación negra y pobre, y la maravillosa nueva militancia expresada en Ferguson debe motivarnos a enfocarnos en lo fundamental: Los temas de vida y muerte como los asesinatos policiales, la pobreza, el encarcelamiento masivo, los drones, el TPP (tratados comerciales injustos), la vigilancia masiva, el deterioro de las escuelas, el desempleo, el poder de Wall Street, la ocupación israelí de Palestina, la resistencia Dalit en India, la catástrofe ecológica.”

Frente a las violaciones de los derechos humanos de la nación pobre y negra, será crucial la capacidad organizativa de los movimientos sociales. La indignación frente a los asesinatos policiales de afroamericanos ha sido el detonante de las protestas espontáneas desde Ferguson a Nueva York, San Francisco, Cleveland, Chicago, Baltimore… Las nuevas organizaciones -como “La vida de los negros sí importan” cuyas dirigentes principales son mujeres- tomaron el liderazgo en las calles. Reemplazaron a dirigentes de larga data, como el reverendo Jesse Jackson y el reverendo Al Sharpton, ambos asociados al Partido Demócrata. Las limitaciones políticas de estos dirigentes les habrían impedido percibir el estado explosivo de las comunidades negras y ponerse al frente. Se sumaron a las protestas pero no las lideraron.

Esta nueva generación de afroamericanos tiene un enorme desafío por delante: Confrontar el imperio desde “las entrañas del monstruo”, como dijo Martí.

FUENTE

Corrupción en la UBA: los buenos muchachos del Rectorado


“Los Buenos Muchachos del Rectorado”
Les compartimos el informe especial de Alejandro Bercovich que presentó en el canal C5N sobre el entramado y denuncias de corrupción que involucran a la agrupación Nuevo Espacio/Franja Morada con el Rector Barbieri, el reciente ex-decano de la Facultad de Cs. Económicas José Luis Giusti y Yacobitti.