¿Cómo estamos hoy?


Publicado en El Economista

por Carlos Leyba

La economía está en recesión. Es un dato oficial compartido por todos los que analizan la coyuntura y por la observación de la vida cotidiana. La tasa de inflación es muy alta y será mayor a la de 2015. En el marco de la recesión se aceleró la inflación. Para el diseño de una estrategia convencional de política económica este es el peor de los escenarios posibles.

Hay que ser tozudo en extremo para predicar más recesión, por ejemplo, vía tasa de interés para sanar, sin más, la inflación. Y no menos corajudo para procurar reactivar la economía a puro gasto público, sin más, suponiendo que esa acción no habrá de meterle unos puntos más a los precios. Y si las dos van al mismo tiempo y solas, es decir, sin más, anulan el resultado.

Las estrategias convencionales no son aptas para situaciones no convencionales. Y la estanflación es la coyuntura no convencional por excelencia. Las áreas del gobierno, cada uno por su lado, caminan por una ruta convencional: tasas de interés y gasto público. Pero lo hacen en dirección contraria y pueden chocar.

Lo cierto es que los resultados no llegan. Estuvimos esperando todos estos meses no solo la baja de la inflación. También el ingreso de dólares, el aumento de la inversión, la salida de la recesión. Y nada de eso pasó. Lejos de ello precios y actividad empeoraron. Y – mal que nos pese – no fue “magia”. Fue la consecuencia primero de lo heredado; y segundo de no haber hecho nada para evitar el agravamiento. Un antibiótico equivocado, lejos de curar, enferma. Y de la misma manera una política económica con rotulo de “antibiótico” no garantiza nada y, peor aún, puede producir un agravamiento al propio decurso de la enfermedad librada a su suerte. Después de todo la fiebre, como todos sabemos, es también un anuncio de que estamos reaccionando. Hasta ahora la medicina PRO no ha funcionado.

Como consecuencia de esta situación, en el mes de julio, la Confianza en el Gobierno ha declinado. Eso dicen los cómputos de la Universidad Di Tella. No es la primera vez que pasa. Muchos gobiernos han visto declinar la confianza. Pero este gobierno ha hecho de “la confianza” un eje. Y por eso la pérdida – por pequeña que sea – es un mal presagio.

¿Por qué? Mauricio Macri, sobre todo en su versión pastor evangélico, ha hecho de “la confianza” el agente motor de su gobierno. Agente motor en la medida que ha señalado que su misión primera es “crear confianza” y que a partir de ella lo demás vendrá por añadidura. Lo demás – en este caso – es estabilidad y crecimiento. Y ambas cosas arrastrarán, a su criterio, el empleo y tal vez la reducción de la pobreza, que dice, es un eje central de su gestión.

Una gestión de cuatro años que difícilmente sea de ocho si, justamente, no reduce de manera significativa la pobreza, no incrementa el empleo, no estabiliza los precios y no logra tasas de crecimiento razonables en estos tres años y medio que le quedan para construir la imagen de un gobernante de resultados.

Recordemos los primeros tiempos de Macri. Estuvieron plenos de expectativas por el cambio. La mayor parte de la sociedad experimentó un vuelco optimista abonado por elementos como la presencia en el país de líderes internacionales o el mensaje esperanzador que las cosas no estaban tan mal, etc.

Lo cierto es que las visitas, como todas, son pasajeras y demás está decir que el escenario internacional está lejos de ser alentador. Y lo más grave es que las cosas estaban peor que lo que todos imaginaban y mucho peor que lo que el gobierno decía.

Cuando los días se hicieron propios del gobierno,este comenzó a bajar el discurso de la herencia que es verdadero pero, políticamente, tardío.

Pero a pesar de todo estos avatares la síntesis del programa sigue siendo que, con el equipo de gobierno, esta garantizada la “confianza” y que de ella se derivarían los signos alentadores del segundo semestre. No ocurrió ni va a ocurrir en lo que queda de 2016. La cuestión de las tarifas, más allá de la comunicación, es una cadena de errores que contribuyen a minar el capital de la confianza.

¿Es que Macri no generó confianza, digamos la suficiente, y entonces lo prometido no ocurrió? ¿O dado que lo prometido no ocurrió la confianza se desgranó?

Macri puso a una abstracción, eso es el concepto de la confianza, como elemento agente. Lo que está implícito es que, en la visión de Mauricio y una parte de, si bien no de todos, los hombres del PRO, “los mercados” tienen fe – confianza – en los gobernantes que se muestran fieles y confiados en “los mercados”. Y el PRO se presenta como gente de fe en los mercados,

Por eso Mauricio no habló de herramientas, instrumentos, de política económica destinados a obtener objetivos. Hablar de herramientas implica “construcción” y hablar de “objetivos” implica tener planos, planes, mapas, senderos.

Si hubiera apelado a objetivos e instrumentos habría revelado que consideraba a “los mercados” como lo que realmente son, una construcción social. Ese criterio no está en su comprensión. Tampoco en la de muchos de los que lo acompañan, particularmente en “los hombres prácticos” que consideran estas cuestiones complicaciones innecesarias.

Para los “hombres prácticos” todo es más simple. Un equipo de personas inspiradoras de confianza en “los mercados” produce las reacciones positivas de los mercados. Y siendo así suponen que en pocos meses la reacción no se haría esperar. No ocurrió. Y no ocurrió porque los mercados son una construcción que requiere de planos y herramientas. ¿Los tienen armonizados los miembros del equipo? No lo sabemos y no lo vemos.

Toda recesión es esencialmente un desperdicio de recursos disponibles. La economía produce menos de lo que podría producir. Se ubica por debajo de su producto potencial.

La consecuencia inmediata, de ese proceso barranca abajo de la actividad, es que la creación de empleo se torna, en promedio, negativa. Además, muchos de los que están trabajando son suspendidos, al menos por un tiempo; y otros pierden sus empleos. Los comerciantes bajan las persianas, los cuentapropistas suman horas libres. Y, a lo que más hay que prestarle atención, los que trabajan por changas las ven desaparecer. Como vemos, decir “recesión” o poner un porcentaje, no describe ni remotamente todo lo que pasa detrás de esa palabra.

La recesión pasa por el “centro” de la sociedad pero se instala en su periferia. Y el análisis siempre se hace desde el centro.

¿Cuál es el grado de capacidad de resistencia de la periferia a los efectos degradantes del proceso recesivo?

Lo que define, en la periferia, la capacidad de resistencia es el pasado inmediato. La recesión golpeará en función del pasado. Y aquí aparece en toda su magnitud la cuestión de la herencia. Hoy estamos en recesión. Pero la economía está estancada desde 2011. Hoy tenemos una tasa de inflación que devora los ingresos nominales, pero esa inflación los erosiona desde hace 10 años. La consideración de la herencia es central para la política económica en y para la periferia.

Esta es una de las diferencias esenciales que existen entre “centro” y “periferia”. En el centro, la capacidad de resistencia a la recesión se define por las expectativas, es decir, por el futuro. En la periferia pesa el pasado y en el centro pesa el futuro. El pasado inmediato puede contribuir a aliviar o bien a complicar el ” cómo ” se vive la recesión en la periferia. Y nuestro pasado de estancamiento es un agravante mayor,

Si en el centro, las expectativas acerca del futuro, son positivas y firmes, las decisiones de inversión no se detienen. Ese hecho neutraliza parte de los efectos negativos de la recesión. Pero si son negativas, las decisiones de inversión se paralizan y se profundiza y prolonga la recesión. Para el PRO “la confianza” construye expectativas. Pero si el mercado es una construcción entonces las expectativas las construyen planes y herramientas. Veamos una: un tipo de cambio atrasado y en curso de retroceso, sea por la inflación o por el ingreso de recursos, vía crédito o blanqueo, es una señal negativa para toda la inversión. Y una estrategia cambiaria que elimina retenciones, que responden a las dos velocidades de nuestra economía, condena a la periferia a sufrir las consecuencias de la ausencia de empleo productivo.

Ante esta realidad diversa el ataque a la recesión requiere de armonizar dos políticas diferentes. Una que atiende a la periferia y otra que atiende al centro. Es una y otra a la vez. Políticas que para ser armónicas deben neutralizar los efectos de la inflación en ambas. La preservación del nivel de vida, primero evitar su deterioro, en la periferia y, segundo, alentar el escenario de inversión en el centro.

La economía argentina estuvo estancada desde 2011 y hasta 2015 y eso significa que el PBI por habitante, el ingreso real disponible, fue declinante a lo largo de todo ese período. En ese marco debe entenderse que, por ejemplo, la recomposición tarifaria significa una reducción adicional del ingreso disponible particularmente en la periferia. Una recesión que deriva de un largo período de estancamiento y declinación de la productividad media de la economía requiere de fuerte armonización de la política económica. Es que el estancamiento previo a esta recesión está asociado a una caída en la tasa de inversión. Las estimaciones más sólidas ubican a la Inversión Bruta Fija, del conjunto de la economía, estancada en el 15 por ciento del PBI promedio. Esa tasa refleja el inevitable deterioro del stock de capital existente (infraestructura, equipamiento, o por ejemplo nivel de reservas energéticas) y por lo tanto condiciona las decisiones de inversión.

Frente a este panorama es hora que el gobierno asuma que armonizar inversión a partir del centro y evitar el deterioro de las condiciones de vida de la periferia, en una situación coyuntural no convencional, exige un enfoque diferente de la política económica que obliga a repensar el discurso de la confianza y pasar a definir objetivos y herramientas y buscar consenso social para ambas. Si no lo hacemos seguimos como estamos.

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