Heriberto Khan, el periodista que brilló en años oscuros


doy-fe-heriberto-kahn-13605-MLA3172646687_092012-OHeriberto Khan un periodista que supo brillar en una época oscura, escribía y firmaba sus notas en La Opinión, en los años 70. Fue el primero que investigó al ex ministro López Rega, cuando era peligroso hacerlo. Su historia personal merece ser conocida.

La vida y obra del periodista Kahn bien podría ser descripta como “el matiz del gris”.Un obsesivo de la información, de los contactos reservados y de las fuentes reveladoras. Cómo se convirtió de pronto en el periodista estrella del diario más prestigioso del momento. Escribir y firmar en los años de plomo. Una época oscura del periodismo en que se podía ser funcional a diversos sectores sin tener plena conciencia. DsD presenta otra Zona Dura para recuperar la historia del periodismo argentino. Sin prejuicios ni estigmatizaciones. Para tratar de entender.

Enrique “Jarito” Walker fue detenido desaparecido a los 35 años. Rodolfo Walsh ya había cumplido 50 años, cuando enfrentó con su arma a la fuerzas de la represión y luego fue detenido desaparecido. Otros 52 años sumaba el “flaco” Zelmar Michelini cuando fue asesinado. Todos periodistas.

Heriberto Kahn fue contemporáneo de Walker, Walsh y Michelini. Pero a diferencia de ellos, él creyó en los militares en ascenso durante el gobierno de Isabel Perón. Los uniformados fueron sus principales fuentes informativas, cuando constituían un factor de poder. También el final de su vida fue distinto: murió de un cáncer de páncreas a los 31 años.

Kahn parece haber vivido el mismo ciclo que Manfred Schönfeld, el insigne columnista de La Prensa. Luego del golpe institucional de 1976 Khan quedó anodadado cuando una amiga suya fue secuestrada y desaparecida por las fuerzas seguridad. Schonfeld también respaldó la sonada cívica y militar, hasta que empezó a criticar el régimen cuando pudo constatar la existencia de un juez que tomaba declaraciones a un detenido bajo torturas.

Pero unos y otros fueron periodistas. Que los “años de plomo” aún estigmatizan.Que obligan a clasificarlos cuando quizá sea una tarea imposible. O peor aún: son condenados al olvido. Y entre tanta polémica pasada y presente se pierde de vista el profesional. Y sus aportes.

Per ejemplo, de Kahn casi nadie recuerda en el ambiente profesional que fue el primer periodista que investigó y publicó notas en la gráfica porteña sobre el entonces poderoso ministro José López Rega. Para valorar su tarea, hay que recordar que pasarían varias décadas hasta que algún periodista argentino intentara reconstruir la vida del ex funcionario que brindó protección y logística a la Triple A, comandos paraestatales que asesinaron impunemente, en lo que sería el preámbulo del genocidio de 1976. Pero eso recién ocurrió con López Rega ya fallecido.

Diario sobre Diarios (DsD) recuerda hoy al periodista Heriberto Kahn, inserto en un complejo contexto histórico que hay que recrear para comprender sus actitudes y expresiones. Para ello, se relevaron todas las fuentes documentales públicas que aluden a Khan y se concretaron algunas entrevistas con quienes lo conocieron o escribieron antes sobre él.

Un tiburón del periodismo

Heriberto Kahn nació en Buenos Aires el 6 de enero de 1946 y cursó la secundaria en el Nacional Buenos Aires, un hecho que para él siempre fue motivo de orgullo. Desde chico se destacó por su capacidad de expresarse en forma oral y escrita, así como por su facilidad para aprender idiomas: además del español, dominaba perfectamente el inglés, el alemán y el francés. En 1965 empezó a estudiar Derecho en la UBA, y cuando tenía 22 años arrancó su carrera periodística en la revista Confirmado. Ahí trabajó durante algún tiempo como redactor, aunque pronto llegó a ocupar la prosecretaría de redacción especializándose en temas de política nacional e internacional. Desde ese medio Kahn cubrió muchísimos viajes al exterior y numerosos hechos de repercusión mundial, entrevistando a personalidades como Henry Kissinger, Franz Joseph Strauss, Simon Wiesenthal y Pierre Salinger.

En 1975, Kahn pasó a integrar el equipo de redactores del diario La Opinión. En su formidable biografía sobre Jacobo TimermanGraciela Mochkofsky relata este ingreso en el marco de lo que describe como un “corrimiento a la derecha” del diario. “Timerman había optado por cambiar la línea del diario. Años más tarde, admitió que había decidido desprenderse ‘de todos los activistas de la JP porque recibí información, a través de los canales periodísticos, de que el general Perón iba a deshacerse de Cámpora y que trataría de neutralizar a los sectores extremistas del peronismo. Pensé que era más prudente ir logrando paulatinamente un tono más moderado en el diario’”, escribe Mochkofsky y remata: “necesitaba gente nueva”. Kahn, con sus excelentes contactos militares, claramente era una posibilidad.

Según detalla el mismo libro, Timerman conoció a Kahn en una comida en la casa del director para América del Sur del American Jewish Committee, Jacobo Kovadloff, en ocasión de la visita a Buenos Aires de un directivo norteamericano del AJC. “Luego de la comida, Timerman y Abrasha (Rothenberg, directivo de La Opinión), que también estaba invitado, se encerraron en el escritorio para hablar con Kahn y le ofrecieron trabajo en La Opinión. Kahn llevó sus dudas a Kovadloff: era un hombre de derecha y tenía reservas ideológicas sobre Timerman. ‘No tenga dudas –le dijo Kovadloff-. Es un periódico para hacer una carrera. Usted no se compromete ideológicamente, no le van a hacer firmar nada. Vaya’.”.

Kahn fue y, efectivamente, hizo carrera, una carrera tan brillante que al poco tiempo se convirtió en el columnista político estrella del diario. Sus informantes principales eran el almirante Massera, jefe de la Armada, y el general Roberto Viola, que en agosto de ese año ascendió a jefe del Estado Mayor, además del coronel Sosa Molina, jefe de Granaderos. El blanco principal de sus artículos fue el entonces ministro de Bienestar Social José López Rega.

Kahn, de hecho, fue uno de los periodistas que más hizo por expulsar al “brujo” del poder, revelando a través de cantidad de una serie de artículos sus manejos espurios yvinculaciones con la Triple A.

“Kahn era un animal del periodismo, un tiburón para la búsqueda de información política”, dice Fernando Ruiz, autor de la investigación sobre la historia de La Opinión Las palabras son acciones a DsD. “Él empezó a cubrir para el diario política exterior, y entonces se volvió muy cercano al canciller peronista Alberto Vignes. Desarrolló con sus fuentes una relación bastante empática, al punto de decir que sus coberturas rayaron en un punto lo propagandístico”.

Según Ruiz, Kahn fue luego tomando cada vez mayor protagonismo en la cobertura de la política nacional y acercándose a las fuentes militares. “Por otra parte –explica- hay que dejar claro que en la Argentina, desde el ’30 en adelante, las fuentes militares estaban naturalizadas. No había un solo periodista político que no estuviera permanentemente en la Armada, en la Fuerza Aérea, en el Ejército. Los medios los tenían totalmente incorporados a su elenco de fuentes”.

Las amenazas

Claro que, por llevar a cabo su trabajo, el periodista recibió amenazas de diversa índole.Rodolfo Pandolfi, colega de Kahn en Confirmado, recuerda el clima de aquellos años:

A partir de 1969, tomamos conciencia de los años tremendos que comenzaban en el país. Todos, de una u otra forma, aprendimos a tener miedo: a saber que hiciéramos lo que hiciéramos, siempre habría un tribunal secreto estudiando si correspondía o no dictar la pena de muerte contra nosotros. Por lo demás, de una manera directa o indirecta, vivíamos amenazados y sin protección. Una organización terrorista de origen fascista y retórica ultraizquierdista nos avisó, en determinado momento, que uno de los hombres del staff de Confirmado sería castigado (por decirlo levemente). Luego vendrían sucesivas amenazas, muchas de las cuales eran, lógicamente, ‘corridas con la vaina’ en un momento de especiales tensiones. En otros casos se trataba de intimidaciones auténticas. Heriberto recibió, concretamente, dos avisos más, que son de mi conocimiento: uno, proveniente de una banda de extrema derecha, que llegó a desplegar en su revista una fotografía de una página señalándolo como ‘periodista sinárquico’; otro, durante el Operativo Dorrego, llegado desde los entusiastas muchachos que habían sido rescatados para las obras públicas en la provincia de Buenos Aires. Parece que no se conformaban con las obras públicas”.

Ya en el ’75, la revista peronista de derecha El Caudillo -orientada por López Rega desde las sombras- también amenazó a Kahn con este mensaje: “En otro caso, chupatintas, corrés el riesgo de que ese nombre tuyo, chupatintas, tenga alguna alteración y se cambie tinta por plomo. ¿Me entendiste bien, chupatintas?”, decía y de más está consignar que eran palabras que debían interpretarse de una forma bastante literal.

Para dar una idea del contexto, basta decir que el 18 de mayo de ese año la Triple A arrojó a Ezeiza el cadáver acribillado y sin uñas de Jorge Money, periodista de economía de La Opinión.

“Éramos hombres desarmados e indefensos, en un lugar donde ya nadie sabía quién, por qué, cuándo y por quiénes sería asesinado. Contra lo que pudiera suponerse, aunque no todos reaccionamos exactamente igual, sobrellevamos las cosas con buen estado de ánimo y cierto difuso fatalismo”, reflexiona Pandolfi, y cita una frase que cierta vez le dijo Heriberto. “Puede que tenga miedo, pero me falta mucho para entrar en el pánico. Quizá una noche, entrando en la revista, vislumbre la cara de alguien que me vigila; estudie por un segundo sus ojos. Y puede ser que entonces me deje llevar por el terror. Todavía no. Pienso, además, que en estos momentos no se van a dedicar a golpear contra nosotros. Más bien van a golpearse entre ellos, en esta guerra de bandas: el turno de bandas vendrá después. Prefiero que me asesinen, en todo caso, a verme consumir de a poco por una enfermedad”.

También Luis Clur recordó, en una entrevista que le hiciera Página/12, la valentía casi temeraria con la que Kahn se movía:

“Recuerdo cuando nos asaltaron la redacción buscando a Heriberto Kahn, que tenía 29 años. Había publicado en La Opinión el lugar donde estaba la sede central de la Triple A, al lado de la Policía Montada de Palermo. Heriberto hizo una crónica un sábado a la noche cuando cerrábamos el diario. Mandamos el artículo al taller y el coordinador nos pregunta: ‘¿Y esto dónde va?’. ‘Con eso cerramos el diario. Va de contratapa’, le contestamos. ‘¿Lo van a publicar en serio?’, preguntó sorprendido. ‘Bueno, yo entrego el original, reviso las pruebas y me voy, porque no me hago responsable de la salida del diario’. El temor era grande. Esa noche nos separamos todos. Timerman no estaba en Buenos Aries; Ramiro de Casasbellas estaba de vacaciones; Enrique Jara se fue a un lado; Kahn se fue a otro y yo me fui al interior de la provincia. A los pocos días vinieron a buscar a Kahn. Apareció un comando preguntando por él y lo recibe el mismo Heriberto, que les dice en la cara: ‘Acaba de salir’. A los 15 minutos estalló una bomba en el piso de la redacción. Ese fue uno de los primeros atentados. Tuvimos en Barracas ametrallamientos y atentados a granel, y muchos desaparecidos”.

La crónica truculenta

El episodio al que se refiere Clur también está relatado en Doy Fe, el libro póstumo de Kahn e inconcluso en el que, según revela la misma contratapa, “el centro de la diatriba sagaz, sistemática y erosionante fue el ex ministro José López Rega, personaje de raros e inquietantes procederes”. Es una crónica de lo más truculento de aquellos años. Imperdible, por supuesto:

“El 1º de abril de 1975 presentaron sus cartas credenciales a la señora de Perón en la Casa de Gobierno los nuevos embajadores de Irak y Jordania. Como es tradicional, acompañaron a ambos diplomáticos escoltas de Granaderos a Caballo. Cumplida la ceremonia, los efectivos regresaban a la sede del regimiento, en la avenida Luis María Campos, de Palermo, flanqueados por un vehículo en el que viajaban varias personas. En la esquina de la avenida Figueroa Alcorta y Tagle, el vehículo mencionado sufrió un desperfecto, ante lo cual el oficial más antiguo del grupo, un teniente de apellido Segura, se acercó a varios policías que se encontraban en aquella esquina, afectados a la custodia de la embajada de Chile, que se halla a pocos pasos de allí. Segura se dirigió a los agentes solicitándoles le indiquen el lugar más cercano donde hubiera un teléfono desde el cual pedir auxilio para el vehículo averiado.

Sin perder un minuto, los policías indicaron al oficial de Granaderos que en el número 3297 de la avenida Figueroa Alcorta funcionaba una dependencia del ministerio de Bienestar Social, donde sin duda se le facilitaría un teléfono. Ni bien ingresó a aquel edificio, el teniente Segura fue recibido efusivamente por un hombre que se mostró especialmente complacido por la presencia de un oficial de Granaderos en el lugar y señaló que allí trabajaban hombres de la Policía y de las tres Fuerzas Armadas. Con indisimulado orgullo, la persona en cuestión relató a Segura que en ese lugar funcionaba un cuartel de las denominadas Triple A, y aludió al hecho de que, en el fin de semana anterior, ‘nos levantamos’ más de una docena de víctimas. De inmediato, el hombre obsequió al oficial varios ejemplares de la revista El Puntal –la sucedánea de El Caudillo- que, según decía la publicación dirigida por Felipe Romeo, tenía su sede en aquel lugar. Por último, Segura fue presentado a una mujer que dijo, ufana, ser secretaria de López Rega.

El teniente efectuó el llamado telefónico que lo había llevado hasta aquel lugar, e inmediatamente después se alejó del edificio sin decir palabra. Ni bien regresó a la sede de su regimiento, Segura solicitó ver a su jefe, el coronel Jorge Sosa Molina, a quien relató, espantado, el episodio del que había sido protagonista”.

Varios fueron los artículos que en esa línea publicó Kahn en las páginas de La Opinión y en Carta Política, la revista editada por Mariano Grondona donde también colaboraba.“Desde principios de 1975, Kahn comenzó a profundizar su cobertura sobre López Rega, y llegaría a convertirse en un protagonista importante de su caída con el pleno respaldo de Timerman”, asegura en su libro Fernando Ruiz.

Una nota, un estruendo

El 1 de julio de 1975, el periodista publicó un artículo que describía una reunión de gabinete en la que un ministro corrió a otro para pegarle y Massera cuestionó a López Rega. El artículo, según Ruiz, “fue un estruendo”, ya que la nota ponía de manifiesto que los militares participaban activamente de la arremetida contra el superministro. “Fue un punto de inflexión en la estrategia política del actor militar, cuya influencia en el régimen político se hizo más visible, ya que en el mismo artículo Kahn enumeró la agenda de reclamos militares: renuncia de figuras irritativas (López Rega y seguidores), apertura del diálogo con todos los sectores incluso militares y vigencia de las instituciones”.

Las Fuerzas Armadas, en el discurso de La Opinión, aparecían cada vez más como líderes del reclamo civil”, marca también el investigador, y explica en otro pasaje que “el diario no sólo desvinculó a los militares de la violencia derechista, sino que los presentó como la garantía necesaria para que toda violencia desapareciera”.

Una vez desplazado López Rega, Kahn contribuyó con sus artículos a dar otro espaldarazo a la consolidación de la estrategia de Videla y Viola.

“Videla y Viola tenían un pasado colorado y ninguno simpatizaba personalmente con Timerman –despertaba todos sus prejuicios contra izquierdistas y judíos- pero La Opinión fue, en este período, el principal difusor de sus ideas y un importante terreno para sus operaciones políticas”, cuenta Mochkofsky.

Y agrega: “La primera había sido el desplazamiento de López Rega. La siguiente debía ser el reemplazo de Numa Laplane por Videla, el general con mayor consenso del Ejército. El nombramiento de Damasco en Interior, en agosto de 1975, apuró el desenlace: era un coronel en actividad y, por lo tanto, de grado inferior a muchos oficiales a los que estaba en posición de dar órdenes. Los altos mandos se dieron por insultados y rechazaron el nombramiento, detonando una crisis que culminó en la renuncia del ministro y el relevo de Numa Laplane por Videla ese mismo mes. Timerman admitió años después que “por la dura lucha contra López Rega, hicimos una dura lucha contra Numa Laplane, y apoyamos a Videla. Videla llamó esa noche para agradecer a Kahn”.

“¿Habrá un golpe militar esta semana?”, se preguntaba el periodista en un artículo de agosto del 75. “No –se contestaba- pero necesariamente deberá resolverse la crisis militar planteada a partir de la designación del coronel Vicente Damasco como ministro del Interior”.

Mochkofsky describe el contexto y la cotidianeidad de la época con lujosa precisión. “Por esa época, los jefes militares que preparaban el golpe establecieron una rutina de almuerzos con los principales periodistas de Buenos Aires, donde hablaban abiertamente sobre sus planes de derrocar a Isabel. Kahn, convertido desde la campaña contra López Rega en el periodista del momento, era un asistente permanente. Su pequeñez física agudizaba su aspecto juvenil (tenía 30 años). Cuando llegaba a la redacción, una pequeña multitud se reunía a su alrededor para conocer las novedades. Exasperaba a Casasbellas y a Jara, porque sus relatos se extendían y demoraban el cierre de la edición. Lo urgían a sentarse en su escritorio, porque sabían, además, que era lento frente a la máquina de escribir. Kahn sentía un genuino entusiasmo por los militares que se disponían a tomar el control del país, especialmente por Viola y Massera. Tenía excelentes relaciones con ellos, con Videla y con sus aliados internos. El almirante lo impresionaba: lo consideraba un hombre: ‘con un talento político innato’”.

“En febrero de 1976, La Opinión –como el resto de la prensa, con la solitaria excepción de Cuestionario, la revista de Rodolfo Terragno- anunciaba con entusiasmo la inminencia del golpe. Kahn escribió: ‘Es todo el sistema el que aparece en retroceso, creando así las condiciones de un vacío político que puede culminar en un cuadro de colapso que obligue a las fuerzas armadas a intervenir como elemento de reserva ante una grave emergencia nacional (…) Las fuerzas armadas podrán verse obligadas a intervenir, no para suprimir el sistema, sino para regenerarlo. No se trataría de reemplazar el poder civil por el poder militar, sino de reordenar el país y volver a ponerlo de pie en todos los aspectos, en especial el moral. Pero, además, restablecer las bases adecuadas para que el sistema pueda volver a funcionar, en particular a partir de la creación de nuevos canales de expresión partidarios, y de dotar al país de una nueva clase dirigente de la que aparece angustiosamente necesitado’”.

Durante los días del golpe, Casasbellas y Kahn cerraron cuatro ediciones sucesivas hasta el amanecer. “Kahn se sentó a una mesa con dos teléfonos para él solo y comenzó a llamar a sus fuentes”, cuenta Mochkofsky. “La tercera y cuarta edición éramos él y yo solos –recordó Casasbellas-. Por cierto, no cambiamos demasiado: la primera edición ya hablaba del golpe, salió temprano. La segunda daba el nombre de Videla, que no había publicado ningún diario. La tercera y la cuarta insistieron en lo de Videla, pero desarrollando ya la noticia, cuándo iba a asumir, etcétera. Terminamos tarde, alrededor de las seis de la mañana. Arreglé para que un auto del diario nos llevara a mí a mi casa y a Heriberto a la suya. Creo que vivía por Palermo. No sé por qué tomamos la calle Cangallo, donde estaba la Unión Obrera Metalúrgica, y se veían dos tanquetas frente al edificio, un humo de algo, no sé qué sería, se habría disparado alguna granada, y unos soldados que estaban en piquete. Le dije al chofer que fuera lentamente. Mientras pasábamos, Heriberto me dice: ‘¿Ve? El sindicalismo se acaba para siempre, va a haber un nuevo sindicalismo’. Lorenzo Miguel estaba preso. Me dijo: ‘Se va a terminar con todo esto, es una Argentina que tiene que desaparecer’. Le dije: ‘Heriberto, Lorenzo Miguel va a estar de vuelta cuando lo necesiten los militares. A lo mejor dentro de dos años’. Me equivoqué por uno, porque estuvo de vuelta a los tres años. Pobre Heriberto”.
La muerte y las preguntas

Según señala la contratapa de Doy Fe, desde las páginas de Confirmado, Carta Política y La Opinión, Heriberto Kahn “supo dar testimonio de su inquebrantable fe en el quehacer democrático y la rectitud y dignidad personales”. Desde el prólogo de la misma obra, en tanto, Pandolfi recuerda que “la virtud más importante de Heriberto –y sobre esto no existen opiniones- era su honestidadUna honestidad inteligente, pero pura. Kahn no podía, directamente, decir algo distinto a lo que pensaba. Era incapaz de una ambigüedad de la utilización de una doble verdad. Su mismo formalismo lo había hecho orgulloso: nadie lo obligaría nunca a humillarse en la mentira. Ni en el silencio”.

Al mismo tiempo, no puede dejar de reconocerse que a través de esos mismos artículos “valientes y honestos” Kahn contribuyó como pocos a la construcción del discurso golpista que culminó con el derrocamiento de Isabel Perón el 24 de marzo de 1976. ¿Qué responsabilidad pudo haber tenido en periodista en esto? ¿Se lo puede tachar de cómplice? ¿Se lo puede culpar de ingenuo? ¿Se puede decir que no sospechaba qué ocurriría, cuando claramente era el tipo con mejores fuentes militares en la Argentina?

“A partir del 25 de mayo de 1973, fecha en que las Fuerzas Armadas llegaron al punto más bajo de su popularidad, -escribe Fernando Ruiz- se inició un proceso político que culminó el 24 de marzo de 1976 con una nueva ocupación del poder por los militares, que lideraban una alianza social que evitó toda resistencia. Durante esos casi tres años, se fue produciendo un traspaso del poder, primero homeopático y luego a grandes saltos, desde las instituciones democráticas hasta las esferas militares. Hacia el final sólo restaba el traspaso formal de los atributos del poder. Muy pocos protestaron por la creciente injerencia militar en el Estado, pues era vista como una fuerza estabilizadora, moderadora e institucionalizadora. Por acción u omisión, la construcción política del golpe militar fue una tarea colectiva”.

Jorge San Pedro, hoy periodista del diario Buenos Aires Herald, compartió algunos meses de trabajo con Kahn en La Opinión, cuando él tenía 19 años y Heriberto ya se había convertido en el mentado periodista estrella. “No lo trataba demasiado, pero era una persona muy amable, con sentido del humor. De todas formas él no pasaba tanto tiempo en la redacción, sino que la mayoría del tiempo estaba en la calle, era conocido su contacto muy estrecho con las fuentes militares”.

Luego agrega: “Respecto de qué responsabilidad se le puede adjudicar en cuanto a la construcción del discurso golpista, es algo difícil. No hay forma de saber qué pasaba por su cabeza, pero personalmente pienso que él pudo haber comprado de buena fe esa idea que proponía que los militares sólo recuperarían el monopolio de la fuerza para retornar luego un orden democrático, una idea que por lo demás estaba bastante extendida. No se puede negar que Kahn tuviera información excelente, tal vez pueda reprochársele no haber intentado hacer un análisis más profundo y crítico de esa información para poder leer correctamente la realidad. Pero creo que es probable que él ignorara completamente lo que ocurriría, así como mucha gente honesta que apoyó en principio el golpe sin siquiera imaginar lo que se venía: un plan de represión sistemática y asesinatos en masa”.

¿Habrá siquiera sospechado el periodista el negro panorama que se avecinaba? Algo, tal vez, pueda entreverse en esta anécdota que cuenta Mochkofsky:

“También a Heriberto Kahn la conciencia de lo monstruoso le llegó mediante una experiencia personal. Un día, apareció frente al escritorio de Casasbellas, pálido como un muerto, y le rogó, con tono urgente: ‘Quiero hablar con usted’. Casasbellas lo hizo pasar y cerró la puerta. ‘Tengo que decirle algo muy grave –dijo Kahn-. Entraron al departamento de una amiga mía anoche, le reventaron la puerta, le sacaron todo lo que tenía, le destruyeron todo y se la llevaron. No sé qué hacer’. Casasbellas estaba sorprendido. ‘Pero usted, con tantos amigos…’. ‘Ya fui a verlos –dijo Kahn, con la voz quebrada-. ¿Sabe qué me dijeron? ‘No te preocupes, olvidate del tema’. Estaba desolado. Casasbellas lo llevó a la cafetería del diario, para ver si un trago de café caliente le devolvía la compostura. No pudo resistir el impulso de decirle ‘Yo se lo advertí’, porque era la primera vez, desde el golpe, que Kahn no llegaba a él con su entusiasmo de niño y le repetía lo que sus fuentes le habían dicho: que ahora la gente iba a poder participar de la discusión de las leyes en el Congreso, que los militares crearían sindicatos impolutos, que defenderían los derechos de la gente… ‘¿Usted no cree? Usted es un incrédulo’, lo desafiaba Kahn. Casasbellas le decía que no, que simplemente tenía más años y que esas promesas eran grandes mentiras. Le advirtió que habría más brutalidad que durante el gobierno de Lanusse. ‘Usted se equivoca’, insistía Kahn”.

Poco después de la desaparición de su amiga, a Kahn lo fulminó un cáncer de páncreas que se lo llevó el 23 de septiembre de 1976. Tenía 31 años, estaba casado y tenía una hija que todavía no había completado su segundo año de vida./fuente diariosobrediarios.com

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