El Brexit y nosotros


Por Carlos Leyba

La noticia es el triunfo del Brexit. Deberá consolidarse antes de tomarse por definitivo. Ha sido cuestionado y nuevas instancias pueden hacerlo revertir. La tendencia secesionista ha tomado vuelo al interior del Reino.

El mundo financiero ha lanzado una letanía de catástrofes con todos sus sistemas de indicadores que tienen la ventaja, sobre los indicadores de la vida real, de registrarse por minuto: cotizaciones bursátiles, tasas de interés, mercados de cambio, todos miden la temperatura segundo a segundo. Dicen es que “esto es malo” para los mercados. La vida real se mide ex post facto y no necesariamente las finanzas de hoy son un pronóstico acertado de lo que ocurrirá en la realidad de mañana.

Por cierto no es la votación de los mercados la que determinará si Gran Bretaña se beneficia o no con ser miembro de la Unión Europea o con dejar de serlo. Lo determina la votación popular y ella puede equivocarse, no en cuanto a lo que desea para su propia vida, sino respecto del modo de alcanzarlo.

El voto por el Brexit, obviamente, es uno que desea el crecimiento y la mejora social. Y bien puede ser que eso no se alcance vía el Brexit. Pero es indiscutible que una parte, levemente mayoritaria, de la sociedad considera que no están bien las cosas como están hoy en Gran Bretaña. Y que es necesario un cambio. ¿Cuál?

No cabe duda que salir del Brexit no es una condición suficiente para mejorar las cosas en el Reino. Los problemas no se solucionarán por salir de la UE.

Lo que sí está en discusión es si salir es una condición necesaria para una solución a los problemas. Para los que creen que las decisiones comunitarias, o mejor aún, que el peso de la burocracia de Bruselas, impide la toma de decisiones operativas para el desarrollo de los países miembros, la salida de la Unión es una condición necesaria. Es para ellos la única manera de elegir el camino propio y distinto del comunitario. Para los que entienden que no es necesario salir de la Unión para que esas políticas de desarrollo puedan llevarse a cabo, lo que predomina en su voto es la “doctrina de la globalización a secas”, que vendría a ser el nuevo nombre de la teoría del derrame que sólo se podría alcanzar a “nivel europeo”. Es el discurso globalizante de toda la burocracia internacional.

No hay que olvidar que el peso de la burocracia internacional, en todos los organismos, está muy asociado al peso de las “multinacionales” y su estrategia de despliegue y concentración. Son vidas paralelas.

Los Estados nacionales, dentro de la UE, y en todo el planeta, están en relación de tensión o adaptación con los organismos internacionales y sus programas (por ejemplo OMC) y el extraordinario peso de las empresas multinacionales, peso que crece con la concentración (que es creciente) y se difunde con su despliegue que consiste en estar en todo los países con una parte del “corpus”: el movimiento local lo establece la cabeza global. Burocracia internacional, empresas multinacionales, estrategia de las finanzas mundiales forman un bloque de pensamiento y normativa.

Es este un tema decisivo que excede a esta nota pero que ha estado y está presente en el Brexit y también en nuestra discusión política, o mejor, en la ausencia de discusión en nuestra vida política.

El Brexit debe ayudarnos a pensar también en la cuestión nacional.  Veamos.

Si se analiza la geografía social del voto a favor del Brexit se confirma la predicción de John Curtice, profesor de la Universidad de Strathclyde (Escocia). El politólogo decía, antes del referéndum, que esa elección “expondrá las diferencias sociales principales. Los jóvenes querrán quedarse (en la Unión), los mayores querrán salir; los diplomados querrán permanecer, los subcalificados querrán partir. Veremos de un lado los que han ganado con la mundialización, los que no tienen miedo de la competencia internacional y que pueden trabajar en el extranjero. Del otro lado, del de los perdedores de la globalización, estarán los que no están habituados a vivir con extranjeros e inmigrantes, los que estiman que “ellos” han favorizado la baja de sus salarios  y aquellos para los que la noción de la movilidad internacional no es una opción”.

Es sencillo registrar tras de esas palabras, que terminaron siendo votos, los análisis sobre el impacto de la globalización realizados durante años por Zygmunt Baumann; y por qué no algunos rastros de las palabras del Papa Francisco sobre el neoliberalismo. El se ha convertido en la conciencia moral de estos tiempos.

Ahora bien ¿qué nos dice – además de la cuestión puntual de la votación específica – esta división de la sociedad británica acerca de las tendencias de la época en la que vivimos?

Antes vale la pena analizar una encuesta que permite desvincular la “deducción ligera a velocidad mediática de la antiinmigración” atribuida a esta votación.

Una encuesta telefónica de MORI realizada el 14 de junio de 2016 a 1257 adultos en Gran Bretaña, determinó que el 46 por ciento (30 mala) consideraba que la inmigración había sido buena para la economía y el 42 (36 mala) buena para la cultura y la sociedad británicas. El impacto negativo (55 por ciento) de la inmigración se concentraba en atribuirle a ella la causa de deterioro del sistema de salud. Esa encuesta incluso informaba que para el 27 por ciento la inmigración había sido buena para el desarrollo de la personalidad de los encuestados(19 malo).

Si sumamos el referéndum y su geografía, a esta encuesta, es posible ponerle una enorme atención a la consecuencia económica y social del impacto de los programas neoliberales que, es cierto, han acompañado el proceso de globalización y el de integraciones económicas regionales.

No es lo mismo políticas económicas neoliberales que globalización e integración económicas regionales. Pero, en la práctica, ambas tendencias han estado asociadas desde los 90.

La votación ha sido también un rechazo a la prédica de “los economistas” – hubo un documento en contra del Brexit de una tropa de Premios Nobel – y de los organismos internacionales (FMI , OECD, etc.)

Todos ellos hicieron del Brexit una especie de voto salvaje contra el comercio internacional y contra la inmigración, que anunciaba una catástrofe futura, una recesión inevitable, y por lo tanto, una caída de la inversión y un aumento del desempleo en Gran Bretaña y en el mundo. Los votantes, en una mayoría ajustada, desestimaron esos pronósticos; y pudo más la “indignación” – cualquiera sea la razón – que el temor a las consecuencias. El voto es un dato, el pronóstico es sólo un adivinación.

¿Los descartados han acumulado sus voluntades de un lado y los exitosos los han sumado del otro? No es tan así, en ambas tendencias electorales, hay de los unos y de los otros. Pero el pronóstico de Curtice fue acertado: el voto respondió a esa geografía electoral.

Lo que es cierto es que, por un lado, el establishment – el poder establecido – ha jugado a favor de permanecer; y del otro lado, el de quienes han querido salir de la UE, se han juntado sectores del conservadurismo extremo y hasta neo racistas  más el voto laborista. No es sencillo, con honestidad, señalar dónde está el voto de la “derecha” porque los intereses económicos, de un lado y del otro, están entreverados. ¿Cuál es la protesta del Brexit?   

Mas allá de las consecuencias económicas y políticas – en Gran Bretaña, en la Unión Europea o en el mundo –  de la salida del Reino Unido de la Unión Europea, importa señalar que esta elección tal vez ha puesto en blanco y negro, en las urnas por primera vez, una opción de hierro.

Una opción de hierro que resulta de que la clase dirigente mundial, de Occidente en particular, no ha sabido o no ha podido compatibilizar dos tendencias duras en la organización social: una, la tendencia al Estado de Bienestar, y la otra la tendencia a la globalización.

¿Acaso es necesario renunciar al Estado de Bienestar para disfrutar de los bienes de la globalización? O viceversa, ¿necesariamente la globalización requiere liquidar el Estado de Bienestar?

Para nuestro países que, además del Estado de Bienestar requieren del desarrollo de las fuerzas productivas, la pregunta es pertinente y por cierto la respuesta es mucho más compleja.

También entre nosotros existe y resiste, a pesar de los notorios fracasos, la prédica de muchos de los “economistas” y de todos los organismos internacionales, y de muchos miembros del estabishment local, acerca de los beneficios de la globalización entendida como apertura plena y la más pedestre prédica de la frivolidad de moda que es “la incorporación al mundo” como si estuviéramos orbitando en otra galaxia. Atención, aquí y ahora, los supermercados se han llenado de productos importados: el mundo necesita vender afuera porque adentro el consumo se desacelera y este gobierno no reacciona.

Volvamos al Brexit. El blanco y negro ha quedado claramente expuesto por el

Profesor Curtice: el Brexit nos informa que la mitad del pueblo inglés quiere salir de la UE porque la misma no le ha generado beneficios y además porque cree que les ha quitado los que habían logrado antes de ella: empleo, mejora en la distribución de la riqueza. Los números, que no implican causalidad, sí avalan esa percepción.

El reciente y celebrado trabajo de Thomas Piketty (El capital en el Siglo XXI, 2013) ha sido elocuente: desde la salida de la Segunda Guerra Mundial y hasta los 80, Occidente, en su conjunto, vio progresar la equidad social, experimentó una mejora en la distribución del ingreso, sin distinción en países desarrollados y en países  en vías de desarrollo. Ni dudarlo.

Nosotros crecimos en ese período de tal manera que si hubiéramos mantenido ese ritmo nuestro PBI sería aproximadamente un 50 por ciento mayor de lo que es hoy. Torcimos el rumbo a partir de Estela Martínez de Perón con el programa de Celestino Rodrigo y desde entonces nunca lo abandonamos. Nunca retomamos el camino previo.

Sería largo señalar las razones, pero basta decir que a partir de ese momento, nuestro país – parangonando a Domingo F. Sarmiento – fue incapaz de ejecutar “armonías” y solo navegó “conflictos” mal resueltos.

Basta recordar que entre 1944 y 1974 todos los indicadores económicos y sociales señalan crecimiento económico, aumento de la productividad, reducción drástica de la pobreza y mejora en la distribución del ingreso. Nada de eso ocurrió después.

Occidente y nuestro país disfrutaron  de la tendencia dura del Estado de Bienestar: la búsqueda de las armonías entre acumulación y distribución. Fue tal vez la consecuencia de la “coexistencia pacífica”, de la disputa competitiva entre los resultados de “dos modelos” alternativos (formas capitalistas versus formas socialistas) que en Occidente se hizo doctrina en el Estado de Bienestar.

Por un lado el Estado, como motor y por el otro el Bienestar del conjunto como destino. Un motor y un destino.

Ambas cosas se extraviaron aquí y en Occidente, a partir del cambio de paradigma asociado al neoliberalismo y a los aspectos más groseros de la liberalización del comercio, que es uno de los aspectos de la globalización que mayor incidencia han tenido tanto en la traba, o el freno, al motor del Estado y en el desvío del destino original del “Bienestar” para todos. Todo fue sustituido por el “derrame” o “el vendrá por añadidura”.

Lo que define a la política del Estado de Bienestar, que significa una alta calidad de una política económica, es que más allá de la administración del corto plazo, se valoriza el desarrollo del proceso de acumulación y la evolución de la distribución del producto colectivo.

Acumulación – lo que habitualmente llamamos inversión -; y distribución – lo que habitualmente llamamos mejora social – son las claves que señalan las condiciones de desarrollo de la sociedad. No es una obviedad.

Podemos imaginar sorprendentes procesos de acumulación forjados a costa del sufrimiento de la mayor parte de la sociedad que los produce. Tal vez en períodos recientes algo parecido ha ocurrido en la economía de la República Popular China. Sabemos de un largo período de tasas de inversión de aproximadamente el 50 por ciento del Producto Bruto Interno y que, a pesar del crecimiento del empleo urbano que de ello se deriva , en ese mismo período el Coeficiente de Gini – que intenta medir el grado de igualdad distributiva – aumentaba vigorosamente señalando que la nueva etapa de acumulación capitalista, además de los daños ambientales, producía un enorme deterioro en la distribución respecto del período socialista del maoísmo el que, por otra parte, había generado un atraso descomunal en la cantidad de capital por habitante.

Lo cierto es que sobre ambas columnas – acumulación y distribución – se asienta la estabilidad social y también el progreso.

Una sociedad, desde la perspectiva económica, no puede avanzar si lo acumulado, el capital social y reproductivo, no crece continuamente en términos reales. Pero ese avance se puede convertir en boomerang social si el producido de ese capital no se distribuye de manera progresiva.

Lo que significa que, en función del tiempo, la participación de los habitantes en el producto social debe tornarse más equitativa o si se quiere más igualitaria. La acumulación del capital reproductivo o social debe seguir un ritmo tal que sus frutos se disfruten reduciendo continuamente la distancia entre los que mas tienen y los que tiene menos.

La cuestión no es menor ya que es evidente que hay modos de acumulación que, generando un aumento del producto colectivo, pueden generar mayor inequidad social.

El ejemplo del Brexit tiene que ver con esto. Allí donde creció la economía británica perdió el Brexit y allí donde la economía se estancó, donde el crecimiento no se distribuyó, ganó salir de la UE.

El avance de la inequidad social es siempre perturbador del proceso de acumulación. Y no es menos cierto que ciertos modos de distribución pueden perturbar el proceso de acumulación o bien pueden distorsionarlo haciendo que se produzca un retroceso en la capacidad de generar el producto social.

Es decir, no todos los modos de crecimiento del producto social son “convenientes” o “compatibles” con la acumulación y distribución que genera estabilidad social y progreso colectivo.

Saliendo de la cuestión de Gran Bretaña y su quiebre social, o de la cuestión China y su modelo de velocidades diferentes para la economía y la sociedad, podemos encontrar otros modos críticos respecto del equilibrio. Por ejemplo, ninguna duda cabe que los modos de crecimiento basados en la explotación o extracción de recursos naturales, en cierto modo, son modelos de “desacumulación” asociados a modelos de distribución regresiva del ingreso.

La cuestión adquiere mayor relevancia cuando constatamos que lo que no avanza inexorablemente retrocede. Y el retroceso siempre es fuente de inestabilidad.

En consecuencia, más allá de los juicios que nos merezca el pasado inmediato, es muy importante valorizar el presente proceso de acumulación y distribución en razón de que aquello que llamamos “el futuro” es, más precisamente, lo que estamos haciendo ahora. Importa para pensar el Brexit y también en ese marco pensar nuestra economía actual.

Esta aclaración importa por cuanto muchas veces los que administran la cosa pública nos reclaman que “comprendamos” que en la administración del corto plazo se hacen ciertas cosas que, miradas hacia el pasado, resultan imprescindibles pero que miradas desde el futuro resultan regresivas. Y el retroceso es la mayor fuente de inestabilidad.

El resultado del Brexit es una lección: se puede crecer regional y socialmente en un mismo país en el que en otras regiones y núcleos sociales se retrocede. Y esas situaciones generan crisis que alientan rupturas y barreras.

En la Argentina hace rato, cuarenta años, que se discrimina social y regionalmente: el nivel de ingresos de la Gran Ciudad es 20 veces el de muchas poblaciones argentinas.

Aquí no se puede votar un Brexit pero sí se ha producido un modelo que nadie decidió, que permanece, y que excluyó a casi la mitad de la geografía y de la sociedad. Nosotros tenemos que salir de ese modelo.

FUENTE: Nos quedamos en el 73′ blog.

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