La distinción de lo íntimo. Últimas imágenes del ensayo argentino.


La intimidad y la hospitalidad del género ensayístico, y la idea del ensayo como un estado de excepcionalidad son algunos de los conceptos que atraviesan el libro compilado por Alberto Giordano.

POR CARLOS SURGHI

discurso-sobre-el-ensayo-199x300¿Qué es todo aquello que el pensamiento relega a la forma de lo imposible de pensar? ¿Es lo paradójico? ¿Lo voluptuoso? ¿El egotismo mismo de quien piensa? ¿O simplemente lo distante, lo que está afuera de nosotros y muy adentro nuestro? Me gustaría comenzar así, planteando que todas estas preguntas y otras más, hacen al ensayo; a su forma, a su procedimiento, a su discurrir mismo bajo la ley de un discurso; pero sobre todo, estas mismas preguntas hacen a dos modos de acercarse a él: por medio del rechazo, y por medio de su hospitalidad. Y comienzo de este modo porque en todos nosotros, al interesarnos en el  ensayo, hay cierto interés por lo imposible de pensar pero también por las garantías que esa imposibilidad proporciona.

¿Qué significa entonces que existan cosas imposibles de pensar? ¿No tendrán cuerpo, sustancia, flotarán y así serán inasibles, livianas, etéreas; o al contrario, esas cosas imposibles de pensar serán de una materialidad bochornosa y densa, pesada como la piedra que arrastraba Sísifo y por eso mismo indignas de una tarea del espíritu? Quien haya transitado los caminos del ensayo sabrá que esos senderos se recorren por inquietud, por cierto tono melancólico en uno que lleva a tener más que un paso firme un paso dubitativo; es más, el ensayo es un recorrido para no llegar jamás a un lugar seguro, es casi una invitación a reiterar pasos en falso. Pero entonces, ¿por qué seguir esa senda? ¿Por qué recorrer el camino incierto –en cierto sentido el camino del padecimiento– con obstáculos tanto internos como externos?

Sólo hay una forma de recorrer la lectura o la escritura de un ensayo, y es por medio de la persecución fantasmática que el género mismo plantea. En definitiva lo que se busca, lo que queda y lo que el ensayo mismo crea, no es otra cosa más que la intimidad de toda aventura intelectual. Las aventuras de lo imposible guardan entonces esa recompensa secreta: un saber intransmisible del sujeto que ensaya, una verdad del yo que se hace pública y que invita a que otros ejercicios de verdad la imiten. Pero en todo caso sin la certeza de que el ensayo invita a pensar lo íntimo, no es posible pensar otra de sus características que vuelven hospitalario, dichoso, pronto a replicarse.

Tal vez en la siguiente cita podamos encontrar esa hospitalidad de lo ensayístico para con lo imposible que nos hace seguir el camino trazado por el género. Al intentar escribir sobre un poema de Juan L. Ortiz Oscar del Barco anota lo siguiente: “La poesía es lenguaje común sacralizado, fuera de sus estructuras lingüísticas habituales. No se puede hablar de poesía con el lenguaje común, o puede hablarse con el lenguaje común desencajado de sí, en un estado, digamos, de excepcionalidad”[2]. Me animaría a decir que el ensayo comparte ese estado de excepcionalidad, además practica y propicia ese lenguaje común salido de sí. Y lo hace justamente en virtud de no reducir lo imposible de pensar, poniendo lo imposible por delante de cualquier rigurosidad que lo descarte y lo exilie en el territorio de lo indemostrable, lo indecible o lo improductivo. Es casi seguro que hay algo del rapto poético en el ensayista al valerse de imágenes, figuras o la prepotencia del puro estilo que lo habilita a confiar en el lenguaje como forma, y así introducir cierto extrañamiento en el pensamiento que, de otro modo, se vería excluido por la función meramente comunicativa del discurso. En un caso extremo, todo ensayista sería siempre otra cosa, del mismo modo que lo es la crítica en esta afirmación de Harold Bloom: “toda crítica es poesía en prosa”[3]. Ahora bien, ¿todo ensayo no es poesía del pensamiento escrito en una prosa excepcional? ¿No es una novela sin personaje, sin la tiranía del argumento? ¿No es el ensayo un poema anterior y siempre futuro a lo que podemos conocer? Si extremáramos entonces esta especie de vínculo secreto entre el procedimiento y el resultado, el libro que compila Alberto Giordano[4]vendría a ser una especie de reunión de momentos excepcionales a lo largo de casi 20 años en los cuales el ensayo, lo ensayístico y el ensayista han gravitado sobre las ciencias sociales haciendo su trabajo: volverlas más próximas a lo imposible.

Pero veamos el prólogo a este libro, suerte de ensayo sobre los ensayos que lo continúan, ahí Alberto Giordano afirma que “el desafío ético del pensamiento crítico es cuidar de lo impensable aunque violente o suspenda el curso de la razón especulativa. Lo imposible es justamente algo impensable, y lo impensable es un estado de excepción. El desafío ético que ve Giordano es entonces una petición de principio por la autonomía de las formas; tal vez la pregunta metódica que guie cada desafío sea cómo resguardar  la excepcionalidad por sobre la prosa del mundo. En esa tarea el ensayo procede como un dispositivo para desarmar la legitimación del saber, la cristalización de lugares comunes y ciertas políticas de lo legible; lo que busca entonces es ni más ni menos que lo que más adelante se señala como su mayor ambición: “la impugnación de las totalizaciones conceptuales”. Pero, ¿en función de qué llevar adelante dicha impugnación?

Giordano ha sabido darle al ensayo su condición particular: la de ser una práctica que pertenece a una comunidad, una comunidad bastante singular, que ve el mundo desde “lo intransferible de las experiencias individuales”, o deberíamos decir, que se permite pensar de un modo más cercano a la vida y sin el reduccionismo de la mediación teórica, o por qué no, que se permite pervertir las teorías para hacer de ellas simples excusas en las cuales ver “un yo en trance de hacerse reconocer por las huellas irrepetibles que el estilo deja sobre el discurso de los saberes y las morales” cuando todo conocimiento responde a una “ocurrencia conceptual” y a “mociones afectivas”.

Ahora bien, ¿no sería el discurso del ensayo una genealogía de esa comunidad que, barthesianamente y recurriendo a Stendhal, podríamos denominar como few happy? Me gustaría proponerles una lectura de este libro como un recorrido por los momentos capitales en los cuales, el pensamiento crítico argentino, se vio llevado a plantear estrategias de sobrevida, procedimientos de resistencia, elogios y defensas de lo puramente intempestivo ante aquello que amenazaba la presencia casi secreta de esa comunidad: el consenso académico, el amplio e impersonal “nosotros” del discurso científico. Dicha genealogía entonces no atendería tanto a los nombres, los sujetos o las firmas en el firmamento del género; sino a las problemáticas, los núcleos de sentido, las constelaciones de un cielo lleno de interrogantes que podemos encontrar en el ensayo.

¿Hay un método y un público para el ensayo? En 1984 en unas jornadas dedicadas a la producción crítica, Beatriz Sarlo se interrogaba sobre la efectividad de todo trabajo académico. En pocas palabras: ¿a quién interesa el discurso de la crítica? Y no porque se deba acordar la pertinencia de algo por su interés, sino porque la naturaleza misma de un objeto, al que Sarlo llama “evanescente”, ha cambiado. La lectura de Sarlo deja ver por detrás una serie de operaciones, tanto a nivel de la lectura como de la escritura, que suponen una distancia entre el público y los especialistas, entre el ensayo y la literatura, como si cierto vicio rigorista desplazara de la disputa cultural a los lectores de Sur frente a los novísimos semiólogos o sociólogos que se han vuelto ciertamente ilegibles en los caminos de la especialización disciplinaria y la especificidad teórica. Sobre esa especie de tierra baldía de la prosa se sitúa Sarlo y se pregunta si ante la fechitización del propio lenguaje, con “rasgos fuertemente iniciáticos” [5], es posible retornar a esa edad dorada del ensayo que comienza con Sarmiento y llega tal vez hasta Juan José Sebreli.

Es extraño, una literatura tan corta y tan mala que nace junto a un género tan prolífico en cuanto al despliegue natural de las ideas. Lo fascinante de esta postura de Sarlo es que el ensayo parece prescindir de la mala prosa, y en un abrir y cerrar de ojos, funda lo académico, el orden del juicio, la asistencia del valor, los programas y las cátedras. Ya en 1980 Raúl Beceyro poniendo al día una lectura sobre Benjamin y su carácter excéntrico, había señalado no sólo que el ensayo se despreocupa de toda aplicación utilitaria –ese gran Otro de la ciencia– sino que también funciona como una negación del concepto entendido cual una totalidad[6]. Si cruzáramos el método de Sarlo y Beceyro nos daría como resultado que podríamos leer los fragmentos más afines a nuestro gusto dentro de la literatura argentina y conformar así una constelación de citas, partes, restos representativos de una mala literatura que se corrige en el buen ensayo. Recuperando la preocupación de Sarlo por el interés del discurso de la crítica, podríamos señalar que el ensayo mismo es quien más se interesa por él, casi hasta el punto de prescindir de lectores y así resguardarse de cualquier fin. Habría entonces que preguntarse también, frente a este discurso sin destinatario, y frente a este método de lo singular, si el ensayo no es una ciencia de lo incierto, una justificación del gusto, el ABC de lo intempestivo.

En la revista Sitio, Eduardo Grüner propone pensar el ensayo como un acontecimiento de la lectura, como algo que hace aparecer el texto mucho antes y mucho después de su escritura[7]. El ensayo es entonces una práctica de la astucia antes que una demostración argumental, pues acontece como puro azar de una genialidad hecha presente y se vuelve abiertamente estilo del pasado en un nombre reconocible. Sin embargo este procedimiento, que se vale de la figura del ensayista como impugnador, como refutador serial, casi un coleccionista de detalles en la enciclopedia de la cultura, se centra en un aspecto fundamental: la deslectura, o mejor dicho, la atención del ensayista puesta sobre el fracaso y el error. Por caso, cuando Mallarmé se propone aislar la esencia de lo poético y fracasa, ¿qué es lo que queda?, “figuras de una belleza incomparable”, dice Grüner. Los restos, lo que queda, son figuras que corroboran ese fracaso. Pero también esa corroboración de que la esencia de lo poético es imposible de reducir es la corroboración de que el ensayo ingresa en toda discusión por la puerta clausurada; y a la vez, de que el ensayo se justifica en una razón instrumental de la belleza. El ensayo pasa a ser la escritura de la lectura de ese error. Y en vista de que todo error es único, el ensayo fundaría así una ciencia de lo particular que se ve llevada a leer los silencios de la ciencia, a ejecutar la música silenciada por el crítico, a dar rienda suelta al imperio de los sentidos.

Ciencia entonces de lo excluido que termina siendo singularidad. Tal vez habría que señalar la riqueza de ese silencio, hacer un elogio de su permanencia solapada pues en él se da lo que Carlos Kuri distingue como “el punto de irrupción del yo en el saber” o la “huella de la alteración del saber como propiedad epistemológica” [8]. Y así, en su fuga siempre hacia delante, el ensayo es también reivindicación del egotismo. Pues sin la tensión propia de la presencia del yo, el género como tal sería imposible. Desde Montaigne hasta la actualidad el ensayo ha sido una pasión alegre que aquí y allá se permite un uso y abuso de la voz, una confianza por demás plena en la invención que nada tiene que probar, salvo tal vez que su rigor reside en llevar el lenguaje hacia lo poético, hacia la siempre cambiante experiencia de lectura que, en palabras de Cristófalo, “deja ver la conciencia dialéctica de una conciencia” [9]. Frente a lo incierto entonces el ensayo es un método de lectura que sirve como inspiración, rapto, o como lo que en 1911 Lukács llamara “acontecimiento anímico”. Así ni remotamente el ensayista pensará en proponer una verdad, ni siquiera una versión de aquello que ante sus ojos permanezca fijo por unos instantes; en todo caso atravesará ciertas problemáticas a las cuales tal vez entienda como paisajes de lo subjetivo, territorios donde “su cometido no es una búsqueda sino una estancia en la verdad”, como señala Gregorio Kaminsky[10]. Siguiendo este último razonamiento podríamos decir que el misterio y la verdad llaman al ensayista; y en ese llamado éste hace su camino de formación, el cual se realiza y concluye en la forma de un “pensar crítico escribiéndose”. Pero entonces, ¿no podríamos pensar el ensayo como una novela del espíritu que se escribe en ese pensar crítico?

En la lógica misma del ensayo existe una atemporalidad singular, palabras como espíritu, forma, esencia y alma son tan actuales como dispositivo, hegemonía o cualquier otro término que podamos imaginar. Esa licencia extraordinaria en su uso no es más que una distinción que termina haciendo del ensayo una verdadera aristocracia de lo imaginario. Pero también me gustaría señalar un rasgo distintivo que está presente en lo permisivo del ensayo, y es su carácter decadente, tal vez lo más difícil de leer en él, pues a simple vista parce una apreciación negativa cuando en realidad es una de sus principales virtudes. Como género el ensayo moderno se posiciona en una línea crítica que va de Lukács a Musil y de éste a Adorno; pero que podríamos también traducir como un movimiento que se orienta desde el irracionalismo de comienzos de siglo XX hasta la forma como negatividad estructurante en el procedimiento especulativo de la cultura centroeuropea. El ensayo se consolida y se clausura en el límite mismo de la razón, en el borde de un abismo fascinante que no puede franquearse y que no habilita la posibilidad de retroceder. No es casual que Freud llamara a sus escritos ensayos, cuando en realidad han pasado a la historia por ser fuertes críticas a la razón misma sobre la que se fundan las bases de occidente. Es más, los ensayos de Freud son verdaderos saltos en el vacío, tentativas por ver algo al otro lado donde la noche de la mente es verdaderamente un abismo. Existe entonces en el ensayo un presente continuo que siempre es epigonal, que siempre está avizorando una crisis, una ruptura, la suspensión de todos los valores. Por caso para Nicolás Casullo[11] el ensayo busca principalmente rescatar ciertos restos de espiritualidad que han quedado sepultados luego de la desacralización del mundo. Es más, para él Robert Musil en sus textos críticos “ensaya un sendero biográfico del alma en la escuálida subjetividad moderna”.

Si bien dicha actitud tardoromántica se remonta hasta Novalis, queda claro que se evidencia mucho más fehacientemente en la tensión entre la palabra y el mundo, entre el decir nada que la misma razón ha estipulado como límite y el decir algo que para Casullo sería el bildungsroman del ensayo: “comprender después de la razón hegemónica”. Como señala Horacio González[12], el ensayo no es otra cosa más que introspección, pero gracias a un saber que se ha vuelto “problema cuando se ha vuelto escritura” (86). De este modo lo que podríamos llamar, con Giordano, la novelización del saber, en un sentido de forma y espíritu absoluto, es también lo que Mattoni[13] llama en una aplicación hegeliana al género “una objetivación de lo subjetivo por el trabajo de la fuerza expresiva del sujeto que toma los medios que la forma le ofrece”. El carácter pasional del ensayo como confrontación de ideas, vértigo de una peripecia sin héroe y finalmente como consumación de una transformación sin objeto, representa lo que deberíamos llamar un romanticismo expandido, pero también lo podríamos llamar un pensamiento derruido, una nueva fascinación por lo profundo circunstancial.

Sobre el final de este libro, Juan Ritvo desarrolla tal vez el acercamiento más original al género: el ensayo se sustenta sobre una mística de la interrupción, la cual no hace otra cosa más que crear el silencio entorno y suspender el denso continuo, cortar el hilo de todo ritmo propiciando así el surgimiento de una nota que da cuenta de la música inestable, lo que nosotros llamaríamos la desorientación del sentido[14]. En medio de ese verdadero hallazgo Ritvo propone un ensayo que en sus interrupciones genere una continuidad de lo momentáneo o también su abolición esporádica, que en el después de la interrupción deje entrever el punctum del ensayo o, más bien, deje escuchar la música silenciosa del pensamiento. Creo que en esta última figura podemos ver una clara cifra del ensayo como una silenciosa novela del espíritu, como esa aventura en la cual saber e intimidad se propagan en una indistinción absoluta.

En La palabra quebrada Martín Cerda señala que “escribir sobre el ensayo exige siempre escribir ensayísticamente, es decir de manera fragmentada, discontinua y exploratoria”[15]. Giordano al reunir cada uno de estos textos ha trazado el itinerario intelectual y vital del pensamiento argentino puesto en una zona de riesgo. Cada uno de ellos podría funcionar por separado como un pequeño fragmento de la constelación mayor de la cual proceden. En esa soledad está justamente el riesgo de pensar trascendiendo las convenciones; pero también la satisfacción de leer un horizonte mucho más allá de la propia palabra. Para concluir podríamos decir, un tanto adornianamente, que este libro sobre el ensayo sólo es posible al convocar a otros ensayos, al multiplicar al infinito las posibilidades de esa comunidad de la escritura y la lectura, al permanecer siempre en estado de atención por la forma imposible que vendrá. Pero, ¿cuál será esa forma, en quien encarnará, por cuanto tiempo será visible? De momento, en cada ensayo asumiremos el compromiso ético de no desvirtuar su forma de resistencia, de no perder de vista la distinción de lo íntimo que supone todo pensamiento a contramano del sentido del mundo.

FUENTE

[1] El presente texto fue leído el día 31 de marzo en el Museo Genaro Pérez en la presentación del libro El discurso sobre el ensayo en la literatura argentina de los 80, compilado por Alberto Giordano.

[2]“Consideraciones sobre un poema de  Juan L. Ortiz” en  La intemperie sin fin, Alción, Córdoba, 2008, pág. 194.

[3] La angustia de las influencias, Monte Ávila Editores, Caracas, 1991, pág. 111.

[4] El discurso sobre el ensayo en la cultura argentina desde los 80, Santiago Arcos editor, Buenos Aires, 2015.

[5] “La crítica: entre la literatura y el público”. Este ensayo fue una conferencia pronunciada en el ciclo Los escritores, la producción y la crítica que se realizó en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA en 1984. Luego se publicó en Espacios de crítica y producción en 1994.

[6] Nos referimos a “El proyecto de Benjamin”, publicado en Punto de vista, noviembre de 1980.

[7] El ensayo de Grüner se publicó en 1985, en el número 4/5 de Sitio.

[8] “De la subjetividad del ensayo (problema de género) al sujeto del ensayo (problema de estilo)” en El ensayo como clínica de la subjetividad, Marcelo Percia (Comp), 2001.

[9] El texto de Crstófalo, “Dialéctica del ensayo”, se publicó originalmente en El ojo mocho. Revista de crítica cultural, en el otoño de 1993.

[10] En “El alma y las formas del ensayo. Lukács, con la visión de Sócrates”, publicado originalmente enEnsayo y subjetividad, compilado por Marcelo Percia, 1998.

[11] En “La in-quietud del alma”, publicado originalmente en 1998, Ensayo y subjetividad, Marcelo Percia (Comp.).

[12] “Elogio del ensayo” en Babel. Revista de libros, 1990.

[13] “El ensayo y la doxa”, publicado originalmente en el libro El ensayo (La crítica de la cultura en Adorno. La irrupción del saber en la subjetividad, 2001.

[14] “El ensayo de interrupción”, Leído en el coloquio Retóricas y políticas del ensayo, Rosario, 2001; y publicado en Boletín/10, Rosario, 2002.

[15] Ediciones Universitarias de Valparaíso, Chile, 1982, pág. 11.

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