Nosotros, los enamorados de La Academia


Donde hubo fuego

POR GABRIEL D. LERMAN

La esquina de Callao y Corrientes exhibe hoy los trastos viejos de lo que ha sido: los dolores y las noches que quedan. Pero siempre está volviendo, como dice el tango. Según una copla del siglo XVIII, la ciudad tenía “50 tabernas y ninguna librería”. Hoy, sólo la avenida Corrientes alberga más de 50 locales plagados de estantes y anaqueles. Una ordenanza dispuso en 1910 el célebre ensanche entre Leandro N. Alem y Callao, que se produjo recién en 1936, junto con la construcción del Obelisco, la 9 de Julio y las diagonales. La bohemia porteña tomó por asalto la calle de los cafés y los teatros hacia 1910, porque en verdad nació allí y entonces. Autores, músicos, ácratas y socialistas se adueñaron del paisaje a esa hora nostálgica y ávida que es el crepúsculo.
Entre el cierre de los diarios y las salidas de los elencos a medianoche, y de allí hasta el amanecer, los peregrinos se hicieron inmortales (como el café). Había un sendero tácito que unía Boedo con el centro, y el tranvía que los llevaba no sólo era el tango, aunque sí su emblema. Una respuesta tanto al elitismo como al resurgir nacionalista fue elaborada por esos hijos de inmigrantes, y en más de una oportunidad ex presidiarios políticos narraron entre copa y copa sus tempranas penas en la cárcel de Ushuaia. Cuánto ha quedado de todo aquello es un programa a develar, una trama que reaparece bajo otras formas y otras componendas.
Desde 1930, sobre Callao y a metros de Corrientes, La Academia bar y billares nunca cierra. Desde cualquiera de sus mesas puede oírse el chasquido de los tacos al iniciarse pacientes carambolas, mientras la vida transcurre sin tiempo y los naipes se barajan otra vez. Simple, de fuste, La Academia permite que las madrugadas de esta urbe puedan transitarse sin creer que uno ha bajado de una nave espacial, que se ha equivocado de barrio, que el centro ya no es centro, que la noche está vedada. A toda hora hay gente que lee apuntes universitarios o libros amarillentos o revistas que en dos días pierden vigencia. Hay grupos de expertos jugadores de pool que no abandonan el taco ni la bola 8 ni el whisky de ocasión ni esa infusión.
Un deslucimiento paulatino había ganado la zona, y las pocas marquesinas chillonas resplandecían sobre el paisaje variopinto, anunciando un deceso prematuro. La escena parecía haberse suspendido cuando la víctima agonizaba. Los últimos estertores, sin embargo, prometieron una sobrevida. Semejante tambaleo dibujaría sonrisas socarronas en los poetas que la han recreado, aunque no pocas lágrimas. Primero se dijo que el centro se trasladaba a la avenida Santa Fe, hoy en franca retirada, luego a los shoppings y por último a Palermo. Pero Corrientes mantiene en pie su parafernalia, y no hay cuadra entre el Obelisco y Callao donde no persistan librerías, restaurantes o pizzerías. Allí están: El Gato Negro, Politeama, Suárez, el Ramos, La Opera, La Paz, el Astral, Pernambuco, Pippo, Chiquilín, Güerrín, el Complejo La Plaza, Gandhi, Hernández, Losada, el San Martín, el reciente Centro Cultural de la Cooperación, entre tantos. Son marcas indelebles de ese condado libresco, teatral y gastronómico.
Resulta alentador, entonces, que siga existiendo La Academia, un lugar donde caer en cualquier momento de la noche, antes o después de aquel otro acontecimiento, y tomarse unos tragos. Resulta auspicioso, por cierto, hallar este lugar para la cita del café con quien hace tiempo no vemos. Observar el movimiento que allí acontece permite soñar que en el pasado habita una promesa del futuro. Que el reencuentro es otra manera de hacer la historia. Que volver, también, es una manera de ir. Se trata de las sombras del pasado como voces, como repertorio del porvenir.

La Academia bar billares queda en Callao 336 y
está abierto las 24 horas.

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