Los abogados del diablo; por Félix Bruzzone y Mónica Zwaig


Quienes defienden a los procesados por delitos de lesa humanidad suelen quedar manchados por la lógica del barrio. “Callate, vos que lo defendés sos peor”: en el imaginario, todos los acusados son Videla. Existen defensores privados y públicos. Algunos intervienen más e intentan distraer durante las audiencias provocando a los testigos. Otros se encarnizan en defensas ideológicas mientras algunos sortean dificultades técnicas. El escritor Félix Bruzzone y la abogada Mónica Zwaig recorren despachos y tribunales y trazan matices alrededor de estos personajes que, muchas veces, se asumen como convidados de piedra en el banquete de los Derechos Humanos.

Imágenes cedidas por Memoria Abierta

Foto de portada: Eduardo Longoni. Expedientes de la causa por el juzgamiento a los ex Comandantes, Cámara Federal, 1985.

La sala de audiencias está llena. Falta muy poco para el final. Familiares de las víctimas sostienen fotos ampliadas de sus parientes desaparecidos y entre los operadores judiciales, incluidos los jueces, la calma habitual es ahora una invisible pero palpable electricidad que los mantiene especialmente alertas. Jorge Rafael Videla, pocos meses antes de morir, dice frente al tribunal que va a condenarlo a 50 años de prisión:

—Sean estas, realmente, mis palabras finales para expresar mi reconocimiento a Alejandro Di Meglio y Leonardo Fillia por la brillante y enjundiosa defensa técnica que hicieron de mi caso, es decir: medular, vigorosa, valiente. Y, en especial, a los señores Fillia y Di Meglio, por su calidad humana y comprensión.

El juicio fue histórico: determinó, hacia mediados de 2012, 36 años después de los hechos juzgados, que durante la última dictadura existió un plan sistemático de robo de bebés del cual Videla fue uno de los principales responsables. A la salida de los tribunales, festejos. Videla vuelve a su celda y sus abogados defensores a sus casas con el estigma de haber recibido el agradecimiento del monstruo. Porque Videla, a pesar de estar maltrecho y silencioso en su banquillo de acusado por delitos de lesa humanidad, parece que ya nunca dejará de ser el monstruo máximo que hasta el canal infantil Pakapaka representa con una calavera como emblema en su gorra, piel blanca vampírica y temible mirada de ojos rojos.

Versiones Siglo XXI de los abogados del diablo, los defensores de los acusados por delitos de lesa humanidad suelen quedar manchados por la lógica del barrio: “Callate, vos que lo defendés sos peor”. Nadie lo pone en estos términos, pero muchos de ellos se quejan de los embates de los militantes que asisten a las audiencias más críticas. Y se asumen, en muchos casos, como convidados de piedra en el banquete de los DDHH.

Si uno se acerca a alguna audiencia lo puede comprobar muy rápido. Están ahí, según los juicios intervienen mucho o poco, y llevan su trabajo como pueden. No es fácil estar en esos zapatos. Candela Carretero, una de las alumnas del Colegio de la Ciudad que asistió a una audiencia del juicio ESMA dentro del programa “La escuela va a los juicios” toma nota de las dificultades que implica ponerse zapatos de víctima, zapatos de abogado, zapatos de juez.Concentra su mirada, precisamente, en el tamborilear de los pies de abogados defensores que hay frente a ella mientras escucha a una víctima que da su testimonio. “En frente mío tenía a un grupo de abogados y permanentemente miraba hacia sus pies. Casi todos negros y revoloteando por ahí mientras, intermitentes, chocaban contra el piso. Los zapatos de ella no los vi, es cierto. Pero me gustaría haberlos visto. ¿Estarían también en contacto con el suelo tocándolo y yéndose? ¿O estarían acaso firmes sobre él con una posición un poco más sólida? (…) Pasadas algunas horas de la tarde confirmé que estaba equivocada. Que esos zapatos, tanto metafóricos como físicos, tienen un lugar importante en ese juicio, en esa condena, en esa verdad, en esa memoria y en esa justicia. Porque, al fin y al cabo, representaron algo para mí, que fui a presenciar ese momento.”

Las hormas de esos zapatos en los que cuesta tanto estar no son iguales para todos. Hay defensores privados y hay defensores públicos. Y los perfiles de pies y calzados se despliegan en una amplia vidriera que, a groso modo (sería imposible acá detallar cada matiz), muestra a unos encarnizándose en defensas ideológicas y a otros, más bien, sorteando dificultades técnicas.

***

—Soy el más batallador del juicio— reconoce Guillermo Fanego el abogado defensor privado que más llama la atención en el juicio ESMA 3 (también conocido como megacausa ESMA), cuando lo interceptamos a la salida de la sala de audiencias, encantado de que alguien se acerque a entrevistarlo.

abogados_represores_1_derFanego se incorporó a la causa ESMA a partir del tercer tramo del juicio y enseguida se volvió protagonista. Entre los 13 imputados que defiende se encuentran Carlos Guillermo Suarez Mason, hijo de Guillermo Suarez Mason, General de división. Tenía a cargo todo el primer cuerpo del ejército durante la dictadura. También defiende a Emir Sisul Hess, acusado de participar en los vuelos de la muerte y quien quedó atrapado en este juicio por haber dicho que los detenidos “caían como hormiguitas” al mar.

Su entusiasmo y espíritu de lucha suelen contagiar a los defensores que se sientan cerca de él e irritar, en igual medida, a los querellantes, a los fiscales y, alguna vez, a los jueces. Su batalla, sin embargo, él lo sabe bien, es contra molinos de viento: “Acá están todos condenados de antemano”, dice, repitiendo el latiguillo de quienes cuestionan la legalidad de los juicios de lesa humanidad y la forma en la que se llevan adelante. Aunque reconoce que siempre algo se puede hacer y tiene esperanzas de que algunos de sus defendidos queden absueltos.

Las palabras más frecuentes con las que los defensores de los acusados suelen referirse a los juicios de lesa humanidad son “mamarracho”, “disparate jurídico” y “pura política”. Pero saben, como Fanego, que cuestionar así las cosas no conduce a nada, y que hay estadísticas que demuestran que se puede salir de la cárcel habiendo sido procesado por lesa humanidad. Absolución, sobreseimiento, falta de méritos, excarcelamiento, son palabras que suenan suaves, no se escuchan o dicen poco en los oídos de los abogados defensores. (El informe sobre el estado de estas causas elaborado por la procuraduría de lesa humanidad resume un exhaustivo monitoreo). Es natural que esperen mejores resultados. Les pagan para obtenerlos y entonces viven muy atentos a los vaivenes de las decisiones políticas que podrían favorecer sus reclamos. La última intervención en este sentido se dio en un juicio de Mendoza que investiga la responsabilidad de 31 imputados, entre los que se encuentran los ex jueces federales Luis Miret, Guillermo Max Petra Recabarren, Rolando Evaristo Carrizo y Otilio Romano. Fue luego de la criticada editorial publicada en el diario La Nación al día siguiente de la victoria electoral de Mauricio Macri. En ella se le pedía al gobierno entrante que tomara alguna decisión sobre el camino de los juicios, considerándolos más una forma de venganza que una forma de justicia. Los abogados defensores mendocinos solicitaron a los jueces esperar al cambio de gobierno para reconsiderar la manera de continuar frente al nuevo escenario. Hubo un importante registro de ese reclamo en la primera plana de Página 12, que funcionó como forma de respuesta a la editorial de dos días antes.

La voz de Fanego es grave, pausada, de actor, de cantor de tangos, y muchas veces adquiere el carácter de la voz de un antiguo presentador de televisión. Peronista de muchas canas y pecho alto, inflado, su vida fuera del juicio se deja llenar por libros de Historia y paseos a caballo que todos los fines de semana comparte con sus amigos de una asociación tradicionalista en Parque Leloir.

Ya desde la audiencia preliminar del 11 de junio de 2012, cuando todavía usaba el ringtone de la marcha peronista en su celular, mostró su intención de molestar a toda costa, por cualquier detalle, incluso los de menor importancia.

Juez: Usted me está faltando el respeto, no le voy a admitir que me diga que llevo adelante gestiones.

Fanego: Macanudo.

Juez: No le voy a permitir que utilice ese término, es impropio de las prácticas judiciales.

Fanego: Está en el diccionario de la real academia española.

Juez: Sr. Abogado, es impropio de las prácticas judiciales.

Fanego: Está cercenando mi derecho a defensa.

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Fanego no se priva de llamar la atención cuando intenta instalar debates poco frecuentes. El año pasado pidió a los jueces que impidieran la presencia de estudiantes secundarios en la sala de audiencias. El Código Procesal no lo permite, y los jueces así lo habían entendido desde el principio, pero el programa “La escuela va a los juicios” había logrado que la Cámara hiciera una excepción, dada la singularidad de estos casos y su importancia como material de estudio en vivo. Los pormenores, y las consecuencias en tiempo perdido por los irrelevantes escarceos que surgieron de la queja de Fanego, los detalla el querellante Rodolfo Yanzón en Infojus: defiende la presencia de estudiantes en las audiencias e intenta equilibrar, como suele ocurrir en los juicios de lesa humanidad, los escollos judiciales con las necesidades históricas, a la vez que critica a Fanego por su marcada intención de demorar las acciones judiciales con escaramuzas sin importancia. Consultado sobre si considera útil que los estudiantes asistan a audiencias de otros juicios, como el que se lleva adelante por los hechos del 20 y 21 de Diciembre de 2001 en la Plaza de Mayo, que dejaron decenas de muertos a manos de las fuerzas de seguridad, el mismo Fanego se aleja del código procesal y es más contemplativo, y entiende que ese juicio, a diferencia del juicio ESMA, sí es material de estudio extraordinario.

Fanego tiene objetivos muy marcados. Uno de ellos es Víctor Basterra, célebre testigo de la causa, y de los que más información aportó desde el comienzo de la democracia. Dado que Basterra, durante su detención en la ESMA, debió trabajar para sus captores en forma esclava, la estrategia de Fanego es desacreditarlo acusándolo de haber cobrado un sueldo y haber sido cómplice de los delitos cometidos por la Armada en ese lugar. En este sentido, en la audiencia del 29 de abril de 2013 lo entretuvo tres horas con toda clase de preguntas tendientes a provocar contradicciones y desgaste psicológico. Al punto de llamar a su intervención con la palabra “interrogatorio”, algo no recomendado cuando se le pide información a sujetos que, como Basterra durante su paso por la ESMA, conocieron la bestialidad de otro tipo de “interrogatorios”. Quizá fuera como respuesta a este “interrogatorio” que el mismo Basterra, para sus palabras finales, eligiera las que Jorge Luis Borges le dedicara a los abogados defensores luego de asistir a una audiencia del juicio a las juntas, en 1985.

En aquel entonces, el escritor escuchó el testimonio de un joven Basterra declarando por primera vez y luego escribió una crónica en la que decía: “Es de curiosa observación que los militares, que abolieron el Código Civil y prefirieron el secuestro, la tortura y la ejecución clandestina al ejercicio público de la ley, quieran acogerse ahora a los beneficios de esa antigualla y busquen buenos defensores. No menos admirable es que haya abogados que, desinteresadamente sin duda, se dediquen a resguardar de todo peligro a sus negadores de ayer.”

Esta versión de los defensores como altamente impugnables reaparece, flota, se mece casi en la misma cuna en la que están recostados los monstruos. ¿Pero quién es, en definitiva, un monstruo? ¿Videla? El destino de monstruo es más literario que ajustado a los hechos. Y lo que la justicia intenta juzgar son hechos. Tampoco es que todo sea una paleta de grises, o una paleta color pastel. Existen el blanco, el negro, y muchos colores fuertes. Y la posibilidad de que un acusado por delitos de lesa humanidad tenga una defensa en juicio es el color blanco resplandeciente de la democracia.

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***

El defensor Fanego tiene su estudio en Corrientes y Uruguay, ese borde de la ciudad donde el mundo judicial se diluye y se abren las puertas a la noche eterna y las fiestas. Fanego trama la estrategia para que sus defendidos queden absueltos en el juicio ESMA 3 a cuadra y media de la mítica pizzería donde los jueces de la Cámara Federal, en 1985, anotaron en una servilleta las condenas a los miembros de las tres juntas militares. Fanego se reclina en el sillón de su oficina. Nunca quiso el golpe de estado, dice mientras enciende uno de los cigarritos que suele fumar y pronto llena el lugar de humo y aroma rancio. “Nosotros estábamos con Isabel Perón, dice, la defendíamos.” En su biblioteca, imágenes de Perón y Evita, y de él mismo sobre uno de los caballos que suele montar, dan cuenta de su estirpe política y vital. En la pared de enfrente, atrás de su escritorio (donde reposa un crucifijo), su propio mapa mental. Estampa de San Francisco, estampa de San Jorge, cuadro con las siete velas judías, cuadro con fragmentos del Corán, cuadro con la primera letra del alfabeto árabe. Y en medio de todo, su título de abogado.

A Fanego le gustan los desafíos.

—Bailar con la más renga, que además es ciega, sorda y muda—, dice. Se ve a sí mismo como defensor de los parias máximos. Por eso aceptó trabajar para a gente que, como suele decirse sobre los acusados por delitos de lesa humanidad, tienen todas las de perder.

Dice que no le pagan bien, que no hace esto por dinero. No revela el nombre ni los miembros de la organización que financia su participación en el juicio. Solo comenta que lo llamaron por un caso y luego se fueron acercando los otros 13. Por otro lado, no se reconoce seguidor de Abogados por la Concordia y toda la serie de organismos que todavía destacan la labor de las fuerzas de seguridad durante la dictadura. Los considera afectados por su ideología e incapaces, la mayoría de las veces, de producir buenas defensas.

—Ninguna defensa ideológica dio resultado hasta ahora.

Luego recuerda su primer caso extremo: un hombre acusado de haber cometido 25 violaciones en unos pocos meses. Las pruebas en contra de su defendido eran contundentes, y no había forma de salvarlo de una condena ejemplar. Tampoco había garantía de que la familia pudiera pagar bien los honorarios. Sin embargo, Fanego dice que priorizó el desafío. Quería entender a ese hombre. ¿Por qué hizo lo que hizo? Después, encontrar los espacios legales para obtener la condena más suave.

—A fin de cuentas, explica, un culpable también es víctima, víctima de otra cosa, las condenas absolutas son para el derecho anglosajón.

La bisagra del penalista, con diferentes grados de lubricación, va de la objetividad judicial a la subjetividad de las personas involucradas. La cosa puede rechinar, y siempre tiene cara de dilema, pero no es tan difícil de entender. “Este tipo había tenido una vida tremenda”, dice, “había que entenderlo”, y comenta que siempre se pueden encontrar mecanismos judiciales que respondan a esas condiciones subjetivas. Para este violador, por ejemplo, recuerda que llegó a conseguir una importante reducción de pena sobre varios de los crímenes que le imputaban.

El leit motiv de Fanego, en definitiva, es “entender qué pasa ahí”. Algo similar a lo que piensa para sus acusados de delitos de lesa humanidad. ¿Qué pasa ahí? ¿Qué se puede hacer?

Habla de apelar hasta las últimas instancias, hasta las cortes internacionales, como forma de poner a jugar los casos con antecedentes de otros países que permitan desligar de responsabilidades a acusados cuya participación en la represión fue mínima. Apelar a lecturas más contextuales de los hechos, encontrar un juez que pueda ver que quien recibía una orden criminal no podía hacer menos que cumplirla. “En presencia de tropa, en situación de guerra, negarse a llevar adelante una orden era ser fusilado. Y si querían ir a denunciar algo ilegal adónde iban a ir, si las mismas víctimas cuentan que nadie les daba bola.”

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El decir y el hacer, en Fanego, parecen unirse. A pesar de su rol actual en el juicio ESMA 3, cargado de este tipo de razonamientos que siempre rozan la justificación del horror, Fanego, en 1977, hacía lo que casi ningún abogado: presentaba hábeas corpus por amigos desaparecidos. Uno de ellos, incluso, sobrevivió a la ESMA y en octubre de 2013 declaró en el mismo juicio donde Fanego defiende a algunos de los marinos que lo tuvieron cautivo.

***

El sobreviviente es calmo y sensato. Por momentos, de tan parco parece tímido, pero conforme avanza en su declaración es capaz de decir muy bien todo lo que tenía que decir. Como todos los testigos-víctimas de los juicios de lesa humanidad, en algún momento se quiebra y su testimonio hace temblar a los presentes en la sala. Luego, ya más relajado, frente a la pregunta del fiscal sobre quiénes gestionaron por él durante su cautiverio, sonriendo, dirá que le pregunten a Fanego: él fue quien presentó su hábeas corpus.

Fanego recuerda aquellas intervenciones como inconsciencia pura de la juventud. Al punto que una vez, en una comisaría de Vicente López, le recomendaron, por su propio bien, no volver más.

Fanego hará al testigo sus preguntas de rigor, mucho más breves y suaves que las dedicadas a Basterra. Y al final terminarán dándose un abrazo frente a los jueces. Querellantes y fiscales, mientras tanto, murmuran y sonríen. El encuentro fraternal entre una víctima y quien defiende a los que lo detuvieron y torturaron nunca deja de llamar la atención. Puede tratarse de pura estrategia, pero en la imagen así, suelta, el defensor se humaniza y de golpe parece posible que todos los abogados defensores puedan salir de su habitual ostracismo y misterio.

Pero no. Es un paréntesis módico. Demasiado breve. Una peca.

Sea como sea, lo que siempre queda sin conocerse es qué sabe un abogado defensor de acusados por delitos de lesa humanidad sobre los delitos cometidos por sus clientes. En el caso de Fanego la coartada es simple: “Estoy absolutamente seguro de que los que yo defiendo no hicieron nada, o si hicieron algo fue leve y en el contexto de una guerra.” No habrá más información.

Otros, sin embargo, dispuestos a contar un poco más, prefieren hablar desde el anonimato. No parece guiarlos tanto la vergüenza de cargar con el estigma de “vos defendés a” (en el imaginario colectivo: todos los defendidos son Videla), sino el recelo de hacer públicas cosas que no saben cómo serán usadas por quienes, como nosotros, se acercan a preguntar. Saben que, en general, se los cuestiona y se los cita para atacarlos. Pero por otro lado necesitan contar qué piensan. A esto se suma que las opiniones sobre los procesos legales en marcha (el porcentaje de sentencias firmes es muy bajo en los juicios de lesa humanidad) es mejor ventilarlas en secreto.

Existe una Secretaría incrustada en una casita de San Martín; un pasillo angosto desemboca en una pequeña sala con escritorio y estantes abarrotados de cajas con expedientes. Quienes se acercan, esperan en la vereda a ser atendidos. Adentro, un testigo declara frente al secretario del juez. A la audiencia llega, de apuro, el defensor público de la causa. Quiere estar al tanto de este caso que empieza a moverse, y por el cual se busca aportar pruebas para su elevación a juicio.

El defensor público es la única parte presente e interviene en algunas preguntas, muchas veces ayudando al secretario. Hace las veces de secretario del secretario, o incluso de fiscal. Al terminar la audiencia dirá, refiriéndose al secretario: “Este no sabe ni dónde está parado.”

Es julio de 2014, el abogado camina rápido mientras da pinceladas de la causa y de los juicios de lesa humanidad en general y en un momento dice: “Estos juicios no los paran ni aunque Macri sea presidente ¿Sabés cuántos trabajan en esa secretaría? Ahí tenés más de veinte contratos. ¿Cómo desarmás eso?”. Comenta la cantidad de cosas en juego: puestos, nombramientos. Cree que los juicios deben seguir. Entiende además que el hecho de que sea tanto el volumen que ocupan en la justicia federal se convierte en una traba muy concreta, material, frente a cualquier deseo de pararlos.

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Se lo ve descontracturado y eficiente. Luego, en su despacho, ofrece mate y bizcochos. Frente a la pregunta por las cosas que sabe sobre los delitos cometidos por sus defendidos, dice nunca haber obtenido relatos precisos.

–Yo no necesito que me digan nada, solo tengo que leer el expediente –se ataja.

Uno de sus defendidos es el responsable máximo de uno de los centros clandestinos de detención más importantes. Aún asumiendo las cosas que allí sucedieron, frente al pedido de información concreta, sólo aporta una seguidilla de generalidades. Ya lo decía Videla, no mucho antes de empezar a “hablar”: “mi secreto es mi tesoro”.

El defensor público sí detalla, como compensando valoraciones de la verdad, la imposibilidad de conocer quién es el testigo estrella de la causa. Se sabe su nombre y lo que dice pero no dónde vive. Por momentos, ni siquiera se entiende, dice el abogado defensor, si es alguien que verdaderamente existe o una entelequia creada por la fiscalía o las querellas. Lo dice todo en tono de broma, porque no es un invento, se trata del ex sargento Ibañez, un testigo protegido, uno de los pocos militares que confesó y que ahora nunca aparece en público. “¿Alguien le vio la cara a ese testigo? ¿Quién es?”, se pregunta el defensor público.

La poca visibilidad de Ibañez, sin embargo, es algo normal y esperable después de la desaparición de Julio López, entre otros eventos semejantes en los que testigos clave fueron amenazados, baleados, hostigados. Y que un defensor público tienda suspicacias en torno a ella, aporta a contaminar la producción de pruebas. La incertidumbre que se arroja sobre si los testigos son confiables o no, además, resulta muy impactante a la luz de que en los juicios de lesa humanidad son muchos los casos y condenas que dependen de lo que pueda decir una sola persona. Sin embargo, todo resulta una queja vacía. Basta con acercarse algunas veces a la secretaría para cruzarse con el testigo misterioso. Después de haber escuchado al abogado defensor parece increíble verlo, pero ahí está, en la vereda. Ibañez lleva mochila azul, remera a rayas, y luce el mismo pelo corto y casi la misma cara que muestran las viejas fotos de él que se conocen. Conversa con un abogado querellante y dos personas que lo acompañaron. Cada tanto hacen chistes y se ríen. Ibañez también se ríe, siempre aferrado a las tiras de su mochila.

***

¿Cómo se llega a ser defensor público de acusados por delitos de lesa humanidad? Camino normal: la causa llega a la Defensoría, como tantas, y esta designa un abogado. Si alguno de ellos, haciendo uso de su derecho a objeción de conciencia (no todo abogado está dispuesto a defender a alguien que picaneaba a mujeres embarazadas, o cosas así), prefiere no hacerlo (sucede poco), ahí están los letrados sueltos, no magistrados, disponibles y con ganas de participar. Patricio Giardelli, secretario general de coordinación de la Defensoría General, explica que para el caso de los juicios de lesa humanidad, el que la Defensoría recurra a abogados no magistrados es bastante frecuente, y comporta un verdadero sistema de legitimación de los juicios. Como los casos son muchos, muy complejos y muy voluminosos, y con los abogados que hay no alcanza, para que las defensas sean eficaces y ningún acusado pida la nulidad del juicio por falta de defensa adecuada, se evalúa a los futuros defensores en forma exhaustiva, se les da un cargo alto y una remuneración acorde a la importancia de la misión. Como resultado de este esfuerzo, comenta Giardelli, nunca hasta hora un acusado de lesa humanidad cuestionó el trabajo de su defensor público.

***

Los defensores públicos no están atados ideológicamente a sus defendidos. El que entrevistamos, de hecho, va a las marchas del 24 de marzo y siempre tuvo una relación cercana con organismos de DDHH. Pero nunca nada es suficiente. El prejuicio vive de sí mismo y de algunas coincidencias como la que a nuestro hombre le tocó en suerte en el último tiempo, cuando pidió excarcelación por problemas médicos para uno de sus acusados, el juez la otorgó y el acusado aprovechó la ocasión para fugarse. Son muchos los acusados por delitos de lesa humanidad prófugos, y parece haber algún tipo de organización que facilita las fugas. Sea como sea, desde que a nuestro abogado defensor se le escapara su defendido, la observación de jueces, fiscales y querellantes recae un poco sobre él. Dejó de ser confiable.

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Más allá de este caso, la desconfianza hacia los defensores públicos no es gratuita. Como menciona Julián Axat (hasta 2013 defensor juvenil), los defensores públicos suelen poner mucha más energía y recursos en su trabajo con estos acusados que en los casos de delitos comunes. Y si bien se constata que a muchos se les filtra cierta afinidad ideológica cuando usan argumentos como “Héctor Cámpora liberó a las organizaciones terroristas”; “La identificación de los cuerpos de los desaparecidos por el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) no sirve como prueba”; “Los organismos de derechos humanos son ámbitos desde donde se ocultó información y se intentó convencer al Poder Judicial de una verdad sesgada de la historia”, en líneas generales, como dice Axat, la explicación no es tanto ideológica como de clase. A veces, al que menos tiene menos defensa se le da, en tiempo, y en calidad.

Sin embargo: dado que “las condenas están dictadas de antemano”, ¿cuál es la mejor defensa posible? Es curioso, pero en este sentido, con los juicios de lesa humanidad, en Argentina se generó una suerte de espejo. Así como la lucha por “memoria, verdad y justicia” comenzó y cobró fuerza definitiva a partir de organismos testimoniales, conformados por parientes de las víctimas, también son los parientes de los acusados (o ellos mismos), a pesar de que el estado ahora sí cuenta con defensores bien preparados y dispuestos, quienes más estrategias encuentran y más energía dedican a la hora de llevar adelante sus defensas.

***

Nepal, comienzos de los años 70’. M (por la celebridad del caso M no quiere ser nombrado) tiene diecinueve años y no sabe que el tiempo lo llevará a convertirse en el abogado defensor de su padre, acusado por delitos de lesa humanidad. M y un amigo quieren volver a Argentina después de más de un año de viaje iniciático que incluyó impensados cambios de hábito y de creencias, y abuso de drogas duras. Como no tienen más que lo puesto y necesitan recursos para seguir, deciden boxear por dinero. M es bastante menudo, su amigo pesa ciento veinte kilos: queda claro quién de los dos va a ser el boxeador. M rápidamente asume el rol de “representante”. Convienen un pago con los organizadores de la pelea, ganen o pierdan, y se empiezan a preparar.

El día del combate, el rival nepalés, que es una mosca al lado del voluminoso argentino, boxea mucho mejor, y por lo que se ve en los dos primeros rounds lo va a llevar derecho al muere. El lugar está lleno de apostadores y los argentinos, que apenas entienden las reglas, sienten que todo puede terminar en desastre. Sin embargo, en el tercer round el argentino sale a correr al nepalés como si estuvieran en una pelea callejera, lo atrapa y le sacude unos golpes que, si los organizadores no paran la pelea, la cosa hubiera terminado muy mal.

La pelea se suspende, M y su amigo cobran el dinero acordado y ahora pueden comenzar a volver a casa. El comienzo del regreso de M a la Argentina ya lo tiene como representante de un boxeador que primero fue herido por una mosca y luego tuvo una reacción desquiciada. No hay metáforas. Es así.

Al llegar al país, la relación de M con su padre es tensa y la interacción casi nula. M. tarda bastante en acomodarse a la vida que lo convertirá en abogado exitoso. Sus experiencias en Oriente transformaron su forma de ver las cosas, y lo acompañan siempre. Al principio el acompañamiento incluye túnicas y anillos. Con el tiempo, luego del desencanto con el hipismo vernáculo, y tras algunas lecturas fundamentales como “Relatos de un peregrino ruso”, “La Filocalia”, “Los padres del desierto”, adapta todo aquello a una nueva comprensión del cristianismo.

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Es el momento en el que M puede acercarse otra vez a su padre. Ya las distancias están relativamente saldadas, y a pesar de que M no termina de decidir si su célebre padre es un ser vivo o una estatua, “si conviene darle un abrazo o pasarle Blem”, dice M, ya la historia entre ellos se vuelve una versión post-setentista de la parábola del hijo pródigo.

El círculo final de su “regreso” empieza a cerrarse cuando M decide encarar la defensa de su padre el día en que a este lo procesan por su participación en el gobierno de Videla. M, entonces, vuelve a dejarlo todo. Esta vez sin viaje a Nepal, pero defender a su padre y a otros en condiciones semejantes lo absorbe por completo. Además, se vuelve militante y participa de muchos de los grupos que se forman para reclamar, en los juicios de lesa humanidad, procedimientos ajustados a derecho. Los reclamos van desde los conocidos pedidos de ilegalidad de los procesos hasta las más mínimas quejas por la falta de coordinación entre las decisiones judiciales y el sistema penitenciario.

El cierre del viaje vital de M llega en los últimos días de vida de su padre. Están en la cárcel. El padre de M tiene que bañarse para salir a hacerse controles médicos. Como sufre serios problemas de movilidad, M lo acompaña al baño. Para poder bañarlo mejor, M decide desnudarse. El hijo, desnudo, baña a su padre desnudo. Para M, se trata de un momento místico que los conecta definitivamente. Vale más que la verdad, lo que de verdad su padre hizo, lo que alguna vez sabremos o lo que quedará para siempre en secreto.

En efecto, la gran pregunta alrededor de los abogados defensores de acusados por delitos de lesa humanidad es qué saben. ¿Se ciñen sólo al expediente? ¿Indagan sólo en los hechos que les imputan a sus defendidos (hechos que suelen ser muy tangenciales, demasiado poco a la hora de reconstruir el destino de cada desaparecido, por ejemplo)? ¿Creen absolutamente en los relatos exculpatorios que reciben de los acusados y los consideran verdaderos? El verdadero-falso de los juicios de lesa humanidad tiene muchas más opciones que las dos que siempre ofrecen los tests de multiple choice. Condenar o absolver implica saber cosas que no siempre aparecen reflejadas. Y ni siquiera son dichas. Pero quizá sí sean dichas en la sombra de los despachos de los abogados.

— Mis defendidos no hicieron nada, estoy seguro —, dice Fanego. Es muy probable que él, a quien le gusta bailar con la más renga, ciega, sorda y muda, deba reconocer que la señorita es, fundamentalmente, muda.

La pregunta sobre qué saben los abogados defensores es tan fuerte que se vuelve patente incluso frente al pedido de la información más burocrática, que pasa a convertirse en escena enternecedora, como la de M y su padre bañándose desnudos, pero también, en algunos casos, estremecedoras.

Ezequiel Rochinstein Tauro, nacido durante el cautiverio de su madre en ESMA, en las últimas palabras de su declaración del 4 de noviembre de 2013 les pide a los defensores que por favor averigüen, al menos, su fecha de nacimiento, que le permitan festejar su cumpleaños. “Si alguien de la defensa sabe cuándo nací y cuál era mi nombre, les agradezco que me lo digan.”

La interpelación, directa, no les pide nada a los acusados, que en cuatro décadas hablaron muy poco. El rol se transmite a los defensores. Ellos normalmente preguntan. Ahora les piden que respondan. Y ellos están ahí, tamborileando con sus zapatos duros en la alfombra de la sala de audiencias, a la espera de que pase el próximo testigo.

 

– FUENTE: http://www.revistaanfibia.com/cronica/los-abogados-del-diablo/#sthash.kitRLSbR.smcMvDJ1.dpuf

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