la acumulación originaria


El PRO es el salvoconducto con el que la derecha argentina zafó del 2001. Puesto a convencer a las clases medias de que va a estar bueno meterse en política, articuló su propio optimismo de la voluntad: la eterna promesa de la modernización y la cada vez más anodina mística de una vida urbana emprendedora, prolija y sustentable.
20 DE SEPTIEMBRE DE 2015

“Mi trabajo es que Mauricio sea presidente; la Argentina tiene posibilidades de volver a organizarse y construir una república que hoy parece una monarquía”, dice un ex ejecutivo de Citibank a La Nación, en 2014. “Me fui a dormir, esperanzada, viendo el video de la revolución educativa que propone el actual Ministro de Educación de CABA, Esteban Bullrich. Me desperté con paro nacional, piquetes y la Panamericana cortada! Ojalá podamos avanzar como sociedad!”, escribe en su cuenta de Facebook una abogada que trabajó durante casi dos décadas en Estados Unidos, en el estudio Marks&Acalin. Los dos cifran en el partido Propuesta Republicana (PRO) expectativas morales. Viven su involucramiento como una forma de donación a la sociedad. Forman parte de G25, una fundación que se propone reclutar cuadros empresarios y profesionales para PRO y en especial para su gestión de gobierno. “Tender puentes” entre el mundo privado y el mundo público, dicen. Que los mejores se metan en política.

PRO representa una promesa: un mundo sin conflictos sociales, una verdadera república de poder político limitado, un Estado que permita el desarrollo individual. Lejos de concebir a la política como un mal, o al Estado como un problema, como lo hacía cierta “derecha cultural” en la Argentina, los cuadros de PRO saben que es necesario ganar elecciones y llegar a la administración pública para ponerla al servicio de las energías privadas: un Estado para los individuos. Mauricio Macri, él mismo un empresario reconvertido, creó un partido a partir de un think tank y trabajó para mantener sus límites. Sin caer en la tentación de unirse a los partidos mayoritarios, de ser parte de la interna del peronismo, consiguió articular dirigentes políticos de larga data con recién llegados. Aunque logró ocupar el espacio del centro-derecha, la construcción de PRO estuvo alejada de la visión doctrinaria de esa tradición. Se quiere flexible y pragmático, su programa se nutre de un ethos del emprendedorismo, se expresa en la entrega voluntaria de sí, y en el despliegue de repertorios de acción que se acercan a diferentes electorados desde formatos habitualmente no percibidos como políticos.

la fundación

PRO nace de un think tank. A comienzos de 2001, cuando el programa de convertibilidad dejó de ser un horizonte probable, el empresario Francisco de Narváez había invitado a Mauricio Macri a formar parte de la fundación Creer y Crecer, con el objeto de producir ideas, políticas públicas y cuadros para un nuevo gobierno. Se pensaba entonces en el previsible fin de la Alianza, pero la fecha probable de tal evento era 2003. Tanto Macri como de Narváez tenían relaciones estrechas con buena parte del personal político peronista, en especial con aquellos que, con impronta modernizadora, habían sido los defensores ideológicos del menemismo. Formar parte de un futuro gobierno peronista era un proyecto plausible en esos meses de 2001.

Las movilizaciones de diciembre de ese año y de los meses que siguieron trastocaron los objetivos y aceleraron los tiempos. Esta combinación de expertos, empresarios y profesionales del mundo de las fundaciones vio al agitado verano de 2001-2002 como una prueba del fracaso de la clase política y como un momento que requería que “los mejores”, que habían probado su valor en espacios sociales diferentes de la estatal –como los calvinistas estudiados por Weber, buscaban pruebas de su salvación en la acumulación económica individual–, entregaran parte de su tiempo para “ayudar” a volver la política más eficiente y transparente.

En este sentido, PRO representa una respuesta a la crisis -por así decirlo, desde arriba- que propone una interpretación de la coyuntura, y de la década anterior, diferente a la del kirchnerismo. Los noventa no son una década perdida. El país necesita que se haga bien lo que los políticos no habían podido realizar por falta de honestidad y saber-hacer gerencial: vincularse al mundo “seriamente” y con sentido liberal-republicano. Una cierta articulación de la promesa moralizadora de la Alianza con la promesa modernizadora del menemismo, pero esta vez con pretensión de final feliz.

La crisis de 2001-2002 y su diagnóstico también produjeron una ruptura entre los dos herederos. Para Macri y su entorno, la situación daba cuenta del agotamiento de los partidos tradicionales y de la necesidad de crear un nuevo emprendimiento que reordenara el espacio político. Para ello, era conveniente comenzar a nivel local, en la ciudad de Buenos Aires, donde vivían la mayor parte de los miembros de su grupo político, y donde las críticas a los políticos habían sido más virulentas. Para de Narváez, en cambio, se trataba de llegar rápidamente al poder a nivel nacional, y para ello era necesario construir una alianza con el peronismo, al menos con alguno de sus sectores. Desde entonces, el macrismo evitaría siempre ingresar en las internas del PJ, mientras que de Narváez sería un asiduo participante de ellas. El “PRO purismo” expresaría, en términos de táctica y estrategia, la voluntad de construir un espacio político propio. Fundar un partido no es una empresa fácil. PRO lo logró, en buena medida, porque tenía algo que representar.

El nuevo proyecto terminó de definirse desde el poder municipal. El relativamente rápido acceso al gobierno de la ciudad de Buenos Aires, en diciembre de 2007, permitió a PRO consolidarse como fuerza, plasmar en políticas públicas su programa y reformar el Estado. Para lograrlo, incorporó a nuevos cuadros provenientes de esos mundos sociales en los que la nueva fuerza se nutría de ética y estética. Pero no habría que exagerar la capacidad transformadora del Estado de la ciudad por parte del macrismo. La flexibilidad ideológica y el pragmatismo le hicieron acordar con los principales sindicatos un nivel de reforma que no amenazara el statu quo del empleo público. Sin embargo, superpusieron una estructura gerencial que imprimió la gramática del trabajo en equipo, de la entrega de sí en pos de la organización y la importancia del trabajo por proyecto encabezado por líderes. Los cuadros del mundo empresario que asumieron cargos en el Estado porteño se ocuparon de administrar los recursos financieros y de gestionar áreas de política pública hasta entonces regidas por una lógica político-burocrática no gerencial. También se delineó un proyecto de Ciudad: una relación de hedonismo con el espacio público –la experiencia móvil, flexible, plácida–, un Estado inversor en distritos que puedan ser el espacio de desarrollo del emprendedorismo privado, la recuperación de ciertos valores postmateriales, como la ecología, al servicio de una mirada responsabilizadora de la vida común afín al voluntariado.

control de gestión mata insumo-producto

¿En qué consiste la promesa de PRO?

Por un lado, en que la gestión estatal agregue valores que conectan con experiencias sociales de grupos que, en cierta medida, no ven en la política un espacio de realización personal. No nos referimos a las élites económicas, habituadas a la vida pública y al cabildeo, sino a las clases medias altas insertas en el universo empresarial y en el mundo profesional de la sociedad civil, cuya conexión con lo público se da, en buena medida, a través de “acciones solidarias”, no percibidas como prácticas políticas. Al hablarles en un lenguaje de gestión y de éxito, así como de la entrega de sí y del desinterés del voluntariado, el PRO construye puentes con esos grupos y atrae militantes y cuadros con su llamado a meterse en política. Tal encuentro entre actores dispuestos a dar parte de su tiempo a los otros y un partido que recupera y articula políticamente esas propensiones, permite colocar en un lugar secundario los valores conservadores en el contenido y doctrinarios en la forma que tenía el centro-derecha hasta entonces, en pos de una ideología flexible del hacer.

Por otro lado, la promesa macrista puede ser leída a la luz de lo que Luc Boltanski y Eve Chiapello llaman “el nuevo espíritu del capitalismo”. El hacer gestionario y la entrega de sí como don voluntario son los componentes principales de un ethos que le permite a PRO construir un horizonte de ciudad emprendedora, no atravesada por los conflictos de la polis, en la que lo más importante es la realización individual. Se trata de una ciudad pensada por proyectos, formada por organizaciones flexibles, articuladas por un leader que ordena a su equipo en función de las necesidades de la competencia y de la satisfacción de los clientes (en este caso, los ciudadanos). El Estado debe facilitar esa realización individual en diferentes áreas de la vida, en las que las personas arman sus proyectos. Debe ser capaz de comunicarlos, de hacer que las redes circulen con libertad. En esta realización individual, la actividad es un valor supremo. Al mismo tiempo, el carácter abierto al lenguaje emprendedor del Estado de la Ciudad, así como de la vida partidaria de PRO, permite atraer a los grupos sociales menos politizados y confiar en recién llegados a la política los resortes de su vida interna. Por eso, en el hacer partidario y en buena parte de las políticas públicas implementadas en la ciudad de Buenos Aires, lo público se muestra como prolongación del mundo privado. Los repertorios de acción allí desplegados pueden remitir, por ejemplo, a la estética de la fiesta de fin de año de las grandes corporaciones –la celebración del éxito de los proyectos del team que se reconoce en la figura de su leader.

Al mismo tiempo, el ingreso a la política, y al Estado, es condición de posibilidad de que esta ciudad por proyectos pueda realizarse. El llamado de Macri resulta claro: es necesario meterse para que la política se ponga al servicio de las energías privadas. Es necesario gobernar, ganar elecciones. Las tensiones entre el sostenimiento de una promesa política y los arreglos pragmáticos que se requieren para llegar al poder y realizar ese programa son centrales en toda fuerza partidaria. El PRO no es excepción. Por eso no puede reducirse a un proyecto “de los empresarios”. Como partido político, debe traducir políticamente esos intereses, incorporarlos a su programa. Las tensiones entre Macri y el “círculo rojo” en torno a las alianzas para enfrentar al kirchnerismo –que según algunos grupos corporativos debería incluir a la mayor cantidad posible de sectores peronistas– pueden ser leídas de este modo. No hay que pensar tampoco que Macri se desentiende de la realpolitik, enceguecido por una búsqueda de pureza. Los “PRO puros” –como se llama a los nuevos políticos en el “lenguaje nativo”– expresan el intento de erigir un proyecto que el nuevo partido elabora y que lleva a cabo de manera política, aunque a partir de valores y repertorios de acción anteriormente ajenos a esta actividad. Cuando Mauricio dejó de ser Macri no sólo se desprendió de la imagen de frío empresario; además definió una vocación política que muchas veces choca con los intereses económicos inmediatos de los grandes grupos económicos, acostumbrados al cabildeo. Rispideces que pueden verse en las peleas con su padre, Franco Macri, hábil negociador con funcionarios de todo tipo. En definitiva, PRO quiere ser la dirección ético-política de un proyecto modernizador acorde con un espírituempresario flexible y globalizado.

Es entonces el “salto” que propone Macri, lo que convierte energías e intereses empresarios en recursos y visiones políticas. La conversión puede no ser permanente. Los hombres del mundo de los negocios viven por proyecto. El partido admite un pasaje por la política que no sea de una vez y para siempre. Los nuevos militantes de PRO, de hecho, perciben en muchos casos su vida política como transitoria, y la asocian a la entrada en la función pública. Si el partido moldea a estos cuadros privados, resiste a ser moldeado por los intereses privados sin intermediación.

La nueva orga puso en marcha diversos mecanismos de reclutamiento de empresarios. Uno de los más articulados es el G25, fundación creada por Esteban Bullrich, a la que se sumó enseguida Guillermo Dietrich, otro empresario, que aunque en términos formales está en la periferia del partido tiene un lugar central en su relación con el mundo emprendedor. Se presenta como “un puente entre el ámbito privado y el público”. Se propone “identificar, atraer y retener profesionales destacados, que sean capaces de generar un impacto positivo en la sociedad, fomentando en ellos la vocación pública. Para lograr mediante su aporte y participación un país en el cual nos respetemos, en el cual podamos vivir con solidaridad, honestidad y valores”. Se trata de dar consistencia al llamado a meterse en política. G25 organiza actividades en todo el país, a donde lleva funcionarios de Buenos Aires a dar testimonio de la transformación que implica ese pasaje de un mundo a otro. Por ejemplo, Franco Moccia, ex ejecutivo de Citicorp y Citibank –fue presidente de ese banco en Ecuador, Perú y Colombia–, trabaja en la fundación para “sumar talento al sector público”. En las actividades del G25 cuenta su conversión, así como las gratificaciones personales de “poder cambiarle la vida a la gente”. En su blog da cuenta de ese cambio vital: “en el año 2008 decidí tomarme un año sabático para repensar mi futuro y vida de allí en más. Mi conclusión fue que quería dedicarme desde entonces a reducir la pobreza de manera sostenible en la Argentina”. Un nuevo proyecto, entonces. “Eso me llevó a explorar oportunidades en el ámbito público. Invertí mi año sabático en la Kennedy School of Goverment de la Universidad de Harvard logrando un Master en Administración Pública, y luego regresé a la Argentina en 2010. Desde el 2012 soy Subsecretario de Planeamiento y Control de Gestión del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos aires”. Trabaja con Horacio Rodríguez Larreta en el seguimiento global de la gestión con las herramientas del management. Según Jaime Rosenberg, de La Nación, “Moccia revisa todos los días el ‘tablero de control de gestión’, una planilla en la que puede verse el estado de cada una de las obras en ejecución del gobierno porteño” (La Nación, 3 de noviembre de 2014). Según Moccia, “para que los argentinos volvamos a confiar en el Estado debemos llevar los mejores profesionales al sector público”. La cuestión es simple: “Como dice Mauricio: de un buen gestor se puede hacer un buen político. Al revés es más difícil”, afirma el (¿ex?) ejecutivo.

El llamado al involucramiento político que despierta PRO en estos cuadros empresarios está relacionado con la existencia de esta fuerza que provee esperanzas políticas a cuadros desencantados con la actividad. No son, en su mayoría, empresarios nacionales, que se perciben como dependientes de arreglos formales o informales con el Estado, sino cuadros que pasaron por los grupos más conectados con los mercados mundiales. Así, una de las principales incorporaciones recientes de PRO fue el hoy ex presidente de Shell Argentina, Juan José Aranguren, quien había tenido enfrentamientos públicos con el gobierno de Néstor Kirchner. El más notorio derivó en un boicot que organizaron movimientos sociales cercanos al ex presidente en 2005. Ahora, Aranguren decidió meterse en política. Su lema: “es momento de aportar desde otro lado”. La Fundación G25 organizó un encuentro con Aranguren para que diera testimonio de su “gran salto de lo privado a lo público”. “Para G25, Aranguren representa un claro ejemplo del perfil y los valores que buscamos para involucrarse en política: Honestidad, Idoneidad, Profesionalismo, Compromiso, Vocación de servicio y Trabajo en equipo, entre otros”.

No es automático el trabajo de la representación política. Requiere de la transformación de las personas y las ideas para hacer de los valores emprendedores valores políticos. Por primera vez un partido moviliza esas energías como su núcleo ideológico. La suerte electoral estará atada, sin embargo, a criterios que no refieren a esas capacidades, sino a conseguir apoyos mayoritarios en un país que fue construido en los últimos años con una retórica y un modo de intervención estatalista. Y esto, precisamente, por aquel movimiento que nació en los mismos años que la fuerza política macrista, y que propuso la otra gran lectura de la crisis de 2001, aquella que definió que las soluciones no estaban en las energías privadas, sino en la voluntad estatal.

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