¿Queremos hacer lo que estamos haciendo?, por Carlos Leyba


El futuro es lo que estamos haciendo. Y el presente es lo que hicimos en el pasado. Si lo que ocurre hoy no es lo que esperábamos que ocurra; y si además está en las antípodas de lo que deseamos, de lo que decimos y de lo que predicamos; nuestro error no sólo está en las decisiones que tomamos sino en la manera de pensar la política. Creer que todo se resuelve acomodando la superficie, el hoy, el ahora, el paso a paso, es un error que conlleva desgracias.

Aunque cueste creerlo, de los sectores de actividad económica en que se divide el PBI, el que más creció -en términos reales- entre 2003 y 2012, fue el de la Intermediación Financiera. Las cifras del INDEC nos informan que se multiplicó por 3. ¿Qué tal? Ningún otro sector siquiera le tocó los talones. Y, desde el tercer trimestre de 2013, respecto del mismo trimestre del año anterior, la expansión del sector fue del 20 por ciento.

La pregunta inmediata es si, en un modelo de expansión de los sectores productivos, es previsible que el sector financiero tenga tamaño desarrollo en relación a los demás. La respuesta es no lo es. Salvo que estemos en un período de explosión del crédito para la inversión. Que no es el caso de esta década. Y no es el caso en nuestra Argentina desde hace varias décadas.

Si hay algo en lo que todos estamos de acuerdo es que no hay en nuestro país tal cosa como un sistema financiero que sostenga a nuestra economía productiva. En términos schumpeterianos la economía argentina no es aún una economía plenamente capitalista. Para J.A. Schumpeter el capitalismo es un sistema de medios de producción privados en el que  “la innovación se financia con crédito”.

El dato de la expansión de los bancos es paradojal. Primero, la participación del crédito sobre el PBI, en la Argentina, es una de los más bajas del mundo medianamente desarrollado. Ni hablar del crédito para inversión reproductiva ni del crédito a largo plazo. Segundo, una parte sustantiva del excedente generado en el país no se convierte en ahorro dentro del sistema. Se atesora o se fuga como consecuencia, entre otras razones,  de la incapacidad de nuestra moneda de transmitir valor en el tiempo. Por eso tenemos un sistema financiero que no capta ni presta y que no se compadece con el nivel de nuestra estructura económica:. Su hiper desarrollo es una anomalía muy cara. Tercero, nuestro índice de bancarización es relativamente escaso y muy bajo para nuestro nivel de PBI por habitante. En definitiva la mayor parte del sistema tiene la función de una agencia de “pago fácil” o algo parecido, sólo que lleno de sucursales glamorosas.

¿Y entonces? ¿Por qué creció tanto? ¿Quién deseó que la intermediación financiera fuera la estrella del crecimiento de la década? ¿Por qué el sector “elegido” es un sistema de préstamos que no brinda créditos? Toda elección o es por comisión o es por omisión. Cualquiera diría que en esta década no puede haber sido por comisión sino por omisión. Acometer ese crecimiento sería una contradicción discursiva. Pero, por ejemplo, la devaluación le ha generado al sistema financiero ganancias espectaculares.La posición dolarizada de los bancos (noviembre 2013) era de más del 60 por ciento de su patrimonio. Recién después de la devaluación fueron obligados a pesificarse. ¿Por qué no antes de la devaluación? ¿Alguien en el oficialismo – dejando a sus banqueros, que los hay, de lado – habrá imaginado tamaña transferencia? Difícil. Pero ¿acaso las  Lebac al 28 por ciento anual pagadas por el BCRA no están montadas sobre patrimonio y liquidez gratuita (cuentas corrientes, cajas de ahorro)?Seguramente serán un dolor de cabeza para los banqueros a la hora de presentar públicamente los balances que registrarán esas ganancias increíbles.

Detrás de estas paradojas, omisiones y demás, está la existencia de decisiones de política económica que no son conscientes ni de los perjuicios que provocan, ni de los beneficios que otorgan. ¿Por qué? Porque, además del conocimiento y la solvencia profesional, es imprescindible -antes de cada decisión de política económica y durante su curso – el análisis sistémico de impactos. Y eso es imposible de ser llevado a cabo sin el monitoreo estadístico; y sin el diálogo abierto con todos los sectores involucrados.

De diálogo tenemos poco. No olvidar que el enorme defecto del secreto y la sorpresa, tan encarnado en la gestión K. ha sido tomado como virtud. Por eso toda esta confusión paradojal está en y desde el origen.  Veamos.

¿Alguien imaginó, en el gobierno, que la energía y los sectores más alentados por la política (automotriz, electrónica, electrodomésticos),terminaran siendo finalmente un dolor de cabeza en la cuenta de importaciones. Esta es una amenaza que hace que el crecimiento, de acuerdo con los factores que el gobierno cree que deben impulsarlo, se convierta en un enemigo de la acumulación de reservas en las que la actual política económica, a pesar de que esta basó su idea que más reservas es que “todo está bajo control”.

Es que el camino del infierno está tapizado de buenas intenciones. Sin pensamiento estratégico difícilmente se llegue al cielo. Y todo pensamiento estratégico implica escuchar las voces de todos los implicados. La falta de diálogo es un problema. Pero detrás hay otro principalísimo.

¿Cuál es ese problema? Para algunos hay una economía “real” que es la del corto plazo. El análisis económico para ellos es el de la realidad inmediata: la de la superficie que se ve.

Pero hay otra economía que, para los primeros,  es  una economía “irreal” porque están dominados por el concepto de que “el día a día” es lo importante. Que el futuro puede esperar. Un error y una desgracia. William Shakespeare alerta: “Una desgracia va siempre pisando las ropas de otra: tan inmediatas caminan.”

Ese error es no ponderar el largo plazo, lo que viene después. Y es común a periodistas, políticos, colegas;  y a toda la clase dirigente de los últimos 40 años.

¿Qué cosa es el futuro? “El futuro no es lo que va a venir, sino lo que nosotros vamos a hacer”. (Henri Bergson, filosofo) “Lo que nosotros vamos a hacer”. Definición que derrumba la pretendida dicotomía entre la economía del corto y del largo plazo.

El juicio acerca de lo que hoy se hace no tiene sentido si se realiza en función del presente. ¿Qué valor tendría? Sólo tiene sentido hacerlo en función del futuro. Porque estamos instalados en el largo plazo. No habitamos otro espacio temporal.

Dos generaciones de dirigentes, en estas cuatro décadas, no sólo han suprimido el largo plazo como la razón central de sus ocupaciones, sino que lo han borrado de sus preocupaciones. Sin tener en cuenta el futuro no sabemos lo que estamos haciendo. Pasa en todas las dimensiones (pobreza, demografía, educación, recursos naturales, etc.)

En economía la evidencia de esa carencia del futuro es que, tanto este gobierno, como la Alianza, el menemismo, el radicalismo y la dictadura, suprimieron la función de pensar el futuro. La función organizada y sistémica realizada desde el Estado.

Muchas generaciones previas se alimentaron de futuro. Las últimas fueron las que comenzaron con el Consejo Nacional de Postguerra, inspiradas por Juan Perón. Culminaron 30 años después con el Instituto Nacional de Programación Económica (INPE ex CONADE) durante la tercera presidencia de Perón.

El futuro, y las políticas elaboradas en función de él, fueron eliminadas de la política por la dictadura de 1976 y nunca más retornaron. Desde entonces gobiernan los instrumentos y – en todo caso – políticas de un solo objetivo.

En estos 40 años, períodos de bonanza y de retrocesos. Pero con cualquier política de corto plazo, finalmente, las bonanzas pasan y se llega al sosegate, como consecuencia de haber definido políticas sin tener en cuenta “lo que vamos a hacer” como Bergson llama al futuro.

Miremos los problemas de hoy además del desarrollo no deseado de las finanzas locales y la barrera sistémica que representan. Todos los problemas empezaron ayer. La crisis energética es la principal causa, no la única, de los malabares en materia de divisas. Desde que asumió Néstor Kirchner (2003) la producción de petróleo y de gas no dejó de bajar. El gas natural producido en 2003 fue de 51 millones de metros cúbicos y en 2013 de 41,7 millones de m3; en 2003 se produjeron 43 millones de metros cúbicos de petróleo crudo y en 2103 31,3 millones m3. Un derrumbe sistemático de la producción. Entonces lo que pasa allí no es una novedad. ¿Cómo evitar adjetivar imprevisión, falta de plan, incapacidad de mirar el futuro?

Por otro lado el porcentaje de producción local (integración)  de la industria automotriz en 2003 fue igual o superior al de 2013. Y más o menos lo mismo ocurrió con la industria electrónica.

La demanda de energía, de automotores y de productos electrónicos creció; pero ese crecimiento no sirvió para generar políticas de mayor producción local de petróleo y gas, ni para generar políticas de integración industrial productiva de los bienes cuyo consumo se estimulaba.

La presidente y la mayor parte de los opositores – que aclaremos fueron parte del gobierno o de las décadas previas – cree que el consumo por sí genera inversiones. Pero en realidad sin más política de futuro, programa, el crecimiento del consumo genera importaciones. Pasó con la economía para la deuda y pasa ahora. Esto no es una novedad.

La desintegración de la industria empezó antes de 2003 y fue una política deliberada desde 1975. Pero desde 2003, fueron muchos años y recursos, no se hizo nada que haya tenido resultados en materia de integración sectorial. Responsabilidad de todos. Los dos presidentes K  y de todos sus jefes de gabinete, ministros y demás, que hoy con entusiasmo se oponen a lo ellos que contribuyeron a forjar. CFK no interrumpió ninguna política industrial de largo plazo previa porque no la había.  Y lo mismo cabe para la política energética.

El déficit energético nos cuesta, sólo en combustibles, 6 mil millones de dólares netos anuales. Las Manufacturas de Origen Industrial tienen un déficit de comercio internacional de la friolera de 30 mil millones de dólares por año. El material de transporte terrestre nos cuesta 7 mil millones de importaciones netas por año; los bienes de capital 20 mil millones. Tierra del Fuego es un festival de 4,4 mil millones de dólares. Y párrafo aparte merece el esperpento ferroviario de la importación de trenes a la mejor manera de la relación con el Imperio Británico. Van granos viene tecnología. La ferroviaria fue una industria que mató la dictadura. Una industria plenamente recuperable y una necesidad imperiosa para nuestro desarrollo.

Para sumar a lo increíble es que trabajadores del sector han denunciado que ya tenemos locomotoras importadas que hay que reparar. Este modo de resolver problemas estructurales solo es explicable por la maldita urgencia electoral. La mentalidad del corto plazo.

Estas cuestiones graves son el resultado de esa falta de vocación por pensar en “después”, en el “futuro”  y, concretamente, en “lo que vamos a hacer”. De persistir esta ausencia de pensamiento en profundidad habrá un final no deseado.

Y no es que los opositores al gobierno, de cualquier origen, estén preparados para romper esa lógica. El tren bala a Rosario, un escándalo, une tanto a CFK y su equipo actual, junto al socialismo santafesino, a militantes del peronismo opositor y de la corriente crítica del FPV y a elegidos de UNEN; de la misma manera que la provisión china de trenes vincula a la familia Macri, con el gobierno nacional y con el PRO. Como cantó E.S. Discepolo “vivimos revolcados en un merengue”. El empastelamiento del merengue nos señala que el modo de no pensar acerca del futuro de los últimos 40 años es lo que aún no ha cambiado. Y que es común a todas las banderías. Ese es el problema central de nuestra clase dirigente: la dimensión corta del pensamiento.

A esa mentalidad le debemos los problemas que podrían haber sido evitados; la falta de acción complementaria y de previsión.

Seguimos sin pensamiento estratégico dentro del Estado; y con una decidida vocación de no planificar y no concertar. Un intento infantil de desalojar al futuro.

Pero el futuro llega. Hoy los subsidios energéticos y de transporte, montan la friolera de 120 mil millones de pesos orientados básicamente a los sectores medios, altos y metropolitanos de la sociedad argentina. Un sin sentido a favor de la concentración urbana y a la concentración del ingreso.

No hay respuesta a la ausencia de políticas de integración productiva industrial en los sectores cuya demanda se alentó; y de una política de generación de energía requerida para solventar el crecimiento.

Nadie deseó que esta década tuviese como estrella a la intermediación financiera; ni la pérdida del autoabastecimiento petrolero; ni el déficit industrial por la continuidad de la desintegración de las cadenas de mayor consumo. Nadie lo levantó como objetivo. Pero ocurrió; y era más que obvio que ocurriría si se hacía lo que se hacía y no se hacía lo que había que hacer. Obvio.

El camino del infierno está tapizado de buenas intenciones. Las buenas intenciones eficientes obligan a tener un plan – pensamiento estratégico – y a no vivir obsesionados por el paso a paso. La respuesta corta.

Lo único de largo plazo, lo que ha durado estos 40 años, con nombres diferentes, es el desapego por el futuro o el desapego a la idea de Nación como proyecto de vida en común.

En esas condiciones, sin proyecto y sin consenso, hasta los mejores terminan haciendo lo contrario de lo que querían hacer. Y después la historia se venga de todos nosotros porque, en esas condiciones, callados habríamos sido cómplices de hacer aquello que conscientemente no queríamos hacer. Porque nunca se trata de corregir lo está en la superficie del presente sino siempre de aquello que  está en la profundidad de los cimientos. Ellos sustentan el futuro en el que realmente estamos; más allá de que seamos conscientes o no de ello.

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