Una noche en la morgue de Buenos Aires


por Hernán Zin

enguerra

Desde hace 17 años me dedico a recorrer compulsivamente el mundo. He rodado documentales, he escrito libros y reportajes desde unos 40 países de África, Asia y América Latina. He colaborado con El País, Rolling Stone, El Mundo, La Voz de Galicia, La Nación, El Cronista, Cadena Ser, RNE… Comencé este blog en junio de 2006. Me ha llevado ya a Somalia, Afganistán, Sudán, Uganda, Israel, Palestina, Líbano, Argelia, Ruanda, Congo, Sudáfrica, India, Etiopía, Bosnia, Nicaragua, Kenia, las favelas de Río de Janeiro y las barriadas marginales de Buenos Aires… De estas páginas sale mi cuarto libro: “Llueve sobre Gaza” (Ediciones B). Viaje a la Guerra fue nominado a mejor blog en los premios BOBs en 2011.

23 febrero 2012

Ayer a la tarde Buenos Aires parecía tener un pulso diferente, menos febril y convulsionado que de costumbre. La gente se sumaba a las largas colas en espera de los autobuses – pues el servicio ferroviario tardó en restablecerse en la línea Oeste – casi sin hablar, con expresión ausente. Los coches que se embotellaban en la avenida Córdoba no pitaban tanto, no se agredían, según suele ser habitual en esta urbe de sonido y furia en sus horas punta.

Ayer por la noche a muchos porteños, y seguramente a otros tantos argentinos, se les hizo difícil conciliar el sueño debido a las imágenes de horror que los informativos repitieron a lo largo del día – los jóvenes atrapados entre el metal retorcido de los vagones, sin poder salir – y a la certeza de que aún había personas que bajo la lluvia intermitente recorrían los hospitales y las morgues en busca de noticias sobre sus familiares.

Una de esas personas era José Pontiroli, “Pepe” cuando te daba la mano, con quien había cruzado unas palabras a las siete de la tarde frente a la sede de la morgue judicial. Las gafas sobre el cabello revuelto, la ropa que parecía hablar de alguien que había salido a toda prisa, con lo puesto, Pepe se acercaba a los periodistas con una pequeña foto de su hija, Tatiana de 22 años. “No atiende el celular. No llegó al trabajo”. Aún albergaba la esperanza de que estuviera viva.

La noticia

Horas más tarde, cuando regresé a la morgue, Pepe deambulaba ausente, los ojos llorosos, acompañado por familiares. El cuerpo de su hija era uno de los 22 que se encontraban en aquel edifico de la calle Junín. No era el único que estaba profundamente afectado. Había jóvenes, abuelas, niños; sentados, abrazados, rompiendo en llanto, en lamentos, en quejas. Familiares y amigos de otros tantos que por la mañana también se habían dejado la vida en el tren Sarmiento, en la céntrica estación de Once.

Ya sólo quedaba una cámara de televisión, que a la una de la mañana terminaba la transmisión. El cronista, escuché de soslayo, se negaba a ir a entrevistar a las familias. No le parecía ético incomodar a la gente de esa manera, en ese momento. Y así se lo comunicaba por teléfono a los productores en el estudio.

Había familias que ya habían recibido la confirmación – que se hacía, no viendo los cadáveres sino a través de objetos y descripciones – y otras que aún aguardaban. De repente, se escuchaba un grito, una expresión de desgarro, y alguien salía del edificio de la morgue convulsionado por el dolor. No hacía falta decir más. Los profesionales sanitarios que estaban allí se acercaban a ayudarlo. Un escenario que me recordaba al traumático 11M madrileño y a IFEMA.

Insomnio porteño

Llega la hora. La cámara de televisión apaga sus focos. El periodista se saca la corbata, deja el micrófono. Apenas quedan casi familiares en la puerta de la morgue. Mientras me alejo del lugar, escucho otro grito de dolor. Llueve ya con bronca sobre Buenos Aires.

Se me hace difícil dormir pensando en Pepe y en otros tantos como él. La brutal conmoción. Tu vida que cambia para siempre en cuestión de horas, o que intuyes que está a punto de transformarse para siempre, sin vuelta atrás, por la ausencia del otro, del ser querido.

Pero también me costó conciliar el sueño debido a la rabia acumulada hacia esos políticos inoperantes, corruptos, soberbios, que en sus pugnas de poder se llevan día tras día en Argentina la vida de tantos inocentes. Ayer, de trabajadores y estudiantes que se hacinaban en un viejo y vergonzoso tren. Esos políticos que ni siquiera tuvieron la humanidad de dar la cara, de pedir perdón, de ir a visitar a las víctimas en los hospitales, de usar la cadena pública de la que tanto abusan cada semana para sus anuncios electoralistas.

Son treinta años de escasa inversión en infraestructuras, de dar dinero público a empresarios amigos sin casi ejercer control, de mala y negligente gestión, de no tomar medidas eficientes que permitan poner pilares sólidos sobre los que construir una Argentina seria, competitiva y abierta al mundo.

El otro nacionalismo

Algo que duele especialmente del actual Gobierno argentino, que se llama “popular” y que dice gobernar en nombre de esos humildes trabajadores a los que condena a subirse cada mañana en vagones o en autobuses que ponen en riesgo su seguridad.

Tantas veces he discutido con amigos sobre el error que es invertir millones de pesos de dinero público en subvencionar la emisión de los partidos de fútbol en televisión o las carreras de coches – programa que, paradójicamente, iba a presentar la presidenta argentina ayer en cadena nacional – cuando hay necesidades más imperiosas que sacar poder a los medios de comunicación que no son afines.

Tantas veces he argumentado que todo esto de las Malvinas es una cortina de humo para ocultar graves problemas, como que la economía argentina está perdiendo fuelle, y que el auténtico amor por el país, por la tierra y por su gente no se demuestra cantando estúpidas consignas contra los ingleses, sino aquí y ahora, trabajando de forma colectiva, de forma seria, por una vida más digna para todos.

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