La violencia en el pensamiento


 

Sobre Georges Sorel

 

Por Leonardo Sai

 

Giorgio Colli —pensador y traductor italiano de las obras de Federico Nietzsche— afirmaba que en la razón griega se asoma, como fondo, el éxtasis mistérico. Desde el origen de la dialéctica existe una vinculación, oscura, difícil, evanescente, peligrosa entre aquello que late en la razón, pulsiona sus rodeos, y la pureza bien definida del cálculo. La ideología correspondiente para la separación absoluta entre el animal profundo y la lógica pulida, entre la bestia pop y el matemático cuántico, se la conoce como racismo. El racismo es la metafísica que intenta absorber la animalidad por la racionalidad, esto es, el sometimiento en lugar de la enunciación. El humano deviene máquina con aderezo espiritual, una cosa que piensa. El resultado es la exacerbación de la bestia. Quienes necesiten pruebas pueden abrir un manual de historia.

 

Esta bestia, que en todo caso ya somos, es una bestia de lujo. El lujo de la bestia se llama “mundo”. El humano siempre concibe proyectos, por más nefastos y miserables que sean. El mundo que habita la bestia (y la razona) Aristóteles lo llamaba Política. La Política es el espacio de la bestia, su concha originaria. En Aristóteles la Política es la temperatura espacial del bicho humano, su clima local, su humor, su temperamento. La ciudad, la casa originaria, es un cuerpo hablante. En Aristóteles pensar la política es inmediatamente pensar lo social y lo social es inmediatamente una cuestión política. Este juego recíproco provocaba una inmunidad colectiva que se llamaba ciudadanía. En la democracia reformista este juego aparece como la gran comedia de las campañas electorales. La farsa es ahora la sintonía de la sociedad, la política un asunto bufonesco. Tanto para los griegos como para el presente el trazado político es la delimitación precisa entre pertenencia y exclusión. Allí, precisamente, la razón no es independiente de la animalidad sino su autorevelación. Quienes necesiten pruebas pueden leer el libro Otro Siglo, Otra Argentinadel economista Juan José Llach y meditarlo en la estación Villa Rosa.

 

French philosopher and sociologist Georges Sor...

Image via Wikipedia

La razón que desea emanciparse de la carne es lo que se llama técnica. La carne conducida contra el cuerpo. Lo vivo enviste siempre al pensamiento con su propia virulencia. Pero en la técnica la violencia aparece ahora como un inmenso estómago donde el humano es digestión y mierda. El animal racional es el producto resultante, forjado por la modernidad, del entrelace entre violencia y razón. Ernest Jünger lo resumía así: somos sangre y máquina. La técnica es un problema que ha develado al meditar filosófico alemán. El “viejo” Heidegger. La técnica y lo que llamaba “maquinación” hacían referencia al poder, a la razón y a la violencia. Francis Bacon lo ha cercado como una cuestión de Economía y Opinión.

 

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“Of seditions and troubles” es un texto citado —y una de las pocas lecturas recomendadas— por Michel Foucault en uno de sus cursos. Foucault dice que Bacon esboza una física de la sedición. Y que esta micro-física de la sedición es pasible de diagnóstico. Hay signos. Hay causas. No hay espontaneidad sino causalidad. Hay una materia de las sediciones. Por un lado una pobreza que deja de ser tolerable. Por el otro, un fenómeno de opinión (de contagio para la sociología a lo Gabriel Tarde) de descontento. Descontento y estómago. Para esta política-fisiológica la sedición es una conciencia de infelicidad consciente en sí y para sí. Los remedios son reprimir el lujo, impedir la pereza, equilibrar las proporciones entre la población productiva y las personas no productivas, propiciar el comercio exterior incrementando el valor de las materias primas mediante el trabajo, equilibrar recursos, controlar la tasa de nacimientos. Bacon afirma que esa micro-físicas de la sedición solo puede ejercerse, tornarse verdadera y peligrosa si se articula con una macro-física, esto es, pueblo y nobles. Los nobles pueden gobernar el descontento del pueblo bajo un instrumento que haga de corte e impida la coagulación de la infelicidad. Se lo conoce como Esperanza. A esta esperanza Georges Sorel —1846-1922, teórico del movimiento sindicalista-revolucionario— le opone la violencia de la clase obrera. El texto se llama Reflexiones acerca de la violencia. Allí vamos.

 

La pregunta sugiere: “¿cuánta violencia es requerida para mantener, encubrir, amenazar o reproducir un mecanismo social de poder vertical? ¿Cuánta contra-violencia es necesaria para destruirlo?” En Sorel la violencia no es tanto un concepto como una presentación desvestida. La violencia revienta en el pensar como un caño roto en una pared podrida. Le molesta, combate y problematiza, ese descontento no ejercido sino entrampado, detenido, prensado en el aparato de Estado por el saber oficial del político profesional que piensa por el proletariado y recibe un sueldo por sus dotes y privilegios filantrópicos. Se trata de una violencia que emancipa al obrero del poder burgués. No ejercerla es hacer el juego servil de la socialdemocracia y del político parásito. El sindicalismo revolucionario es el socialismo condensado en la huelga general y cada huelga una batalla para la gloria final del triunfo político-militar. Adherir a la huelga es el test del socialismo serio y de verdad. El socialismo de mentira, el socialismo parlamentario, es presentado como una imbecilidad política, una hipocresía barata para una burguesía idiota y un proletariado esclavo, igualmente estúpido. Para Sorel, la socialdemocracia inventa hombres políticamente castrados. Se trata de un discurso nacional-filantrópico, puritano y cobarde. Son el rostro del más servil oportunismo bajo la forma obediente del político profesional. La huelga general, contra todo, es un mito útil como estrategia política para encaminar a las masas hacia el socialismo evitando las síntesis, las conciliaciones, es decir, evitando el Estado y sus sabios oficiales. Construye el concepto de Mito. El mito es una arquitectura respecto de un porvenir indeterminado que tiene utilidad política porque otorga plena realidad a… ¡la Esperanza! Nuestro ingeniero —Sorel era ingeniero— procede a armar el andamio de sus césares de barro. Y la racionalidad del mito nos muestra el latir inasible de lo vivo. Georges Sorel martilla el clavo del cinismo revolucionario.

 

“En esperanza el pobre se sostiene”, decía el gauchito Gil o José Larralde, no me acuerdo. Georges Sorel explicaba lo mismo. El poder debía pasar de la clase media a la clase trabajadora mediante una huelga general efectiva. “Efectiva” para Sorel quiere decir violenta y directa. A esto otro pensador italiano —Antonio Gramsci— le llamaba “espontaneísmo político”. El mito de la huelga general —el celofán que organiza ese espontaneísmo— conduce a la emancipación de las masas, al socialismo serio. Y si luego la realidad no coincide importa menos. La acción ya se logró. El mito actúa sobre el presente. Así bajo este paraguas imaginario la derrota puede ser aceptada y continuar la vida de la lucha para la catástrofe. Sorel indica la diferencia entre Catástrofe y Progreso. La catástrofe —hoy un preciado concepto de la psicología ubuesca— es la acción del sindicalismo revolucionario. El progreso es la imagen marica que la socialdemocracia hace de la huelga general bajo el modo de una rebelión para el cine privado del político profesional. Para nuestro hombre de acción la huelga política es a la huelga obrera lo que el profiláctico al sexo: una mediación insoportable. Conducir a las masas al socialismo es organizarlas violentamente derribando la forma en la cual están actualmente establecidas, esto es, en tanto individuos electores. La vida se vuelve guerra. Y la guerra la expresión de la vida misma.

 

La crítica que Georges le hace al psicólogo de masas —uno de los primero en pensar el concepto de Masas— Gustave Le Bon nos interesa. Sorel cree en los instintos revolucionarios de la muchedumbre y lo consideraba equivocado al afirmar que las masas siempre terminan adorando a Dios, alzando sobre sus hombros el becerro de oro del enamoramiento y la hipnosis de la rudimentaria y explosiva psicología de masas. Esta interesante cuestión de “la psicología de masas” hizo también pensar a Freud en el brillante texto “Psicologías de masas y Análisis del Yo”. Freud nos habla del Amor. La bestia sindicalista critica a ese psicólogo retomado por Freud: “Le Bon piensa sus tesis dentro de sociedades donde no existe el concepto de luchas de clases”. El espacio moderno de la Psicopolítica tiene en el centro de la escena a unas malditas y oscuras turbas humanas.

 

La agenda teórica de la modernidad se llamó emancipación. Se han hecho recetas. Desde la altivez idealista se trataba de dotar a las mayorías amorfas de una forma, es decir, fabricar una conciencia para la materia desorganizada e inconsciente. La psicología de masas ha mostrado que la diferencia entre revuelta y revolución es que en la primera se mata al rey, y vuelve bajo una nueva máscara. En la segunda se instaura un paradigma, una visión de águila que en su solidez sienta las bases de toda las realidades posibles.

 

Quizás ya nadie aprecie ese viejo concepto de “Masas”. Hoy se dice “Multitud”. El tema sigue siendo la dirección de esos instintos. La inercia hace a esta formación subjetiva cuyas reglas escénicas se activan y se interpelan hoy bajo el modo del entretenimiento. Mimar a las masas o despreciarlas. El combustible que la compone puede quemarse para un costado o para el otro. Algunos dicen que la voluntad de masas es adorar. Salvo que ya nadie honra en el monarca el símbolo de un ideal colectivo sino el medio más barato para el máximo beneficio individual.

 

“El individuo, la voluntad, la acción y la historia son tramas variopintas, urdidas por una magia” decía el genial Giorgio Colli. Es esa sabia magia que permite conservar la Y entre Instinto y Razón.

 

Foto: Leonardo Sai

 

Publicado originalmente aquí

 

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