Fundamentalismo de la pereza (fragmento para radio)


¿Qué hacer? Era la famosa pregunta de Lenin. Nos preguntamos: ¿Y si la solución fuera, simplemente, dejar de hacer? ¿Y si la cuestión más urgente para la vida de la especie es un no-hacer, un detenerse? ¿Y si la salvación es, precisamente, el poder de lo insignificante? ¿No es lo insignificante aquello que en sí mismo le es imposible al poder? ¿A qué hacemos referencia, todo el tiempo, en este programa de radio llamado “El Circo Miserable”?

Hacemos un llamamiento musical, a todas y cada una de las prácticas, que se resistan a esa maldita palabra que nos oprime con agujas de acero: la eficiencia. La amistad, el convite rutero, el vino con amigos, la soledad del lector, el infinito de la oreja pegada a la melodía…  Son todas prácticas que desconocen de precios y costos; prácticas, marginales, singulares, en una sociedad que nunca tiene tiempo para otra cosa que para el trabajo. Nada más contrario a nuestro fundamentalismo de la pereza que las pasiones de neurótico-obsesivo. Esos seres repetitivos, puntillosos, de inmortales rituales y soliloquios de patetismo; esos infelices que denigran su deseo, que ni vacaciones tienen porque asquean de aburrimiento, hartazgo, infecciosa inferioridad disfrazada de queja histérica. El fundamentalismo de la pereza tiene un solo mandamiento: el disfrute por el disfrute, sin objeto, sin sujeto: alegría del ser.

El fundamentalismo de la pereza enfatiza todo lo natural del hombre y lo sacraliza: sagrado sea el comer, el dormir, el coger, el conversar, el bañarse, el caminar. Que todo tenga su tiempo lento, que todo se haga con suma quietud, detenimiento, paciencia, serenidad. El fundamentalismo de la pereza es una cura para el eyaculador precoz del vivir. El infierno también puede esperar. El ideal del fundamentalismo de la pereza, obviamente, no es ningún hombre superior, ni ningún súper-hombre sino el hombre del tao, el hombre ordinario, el que no tiene metas, el que no condena, el que no hace.

Un hombre cuya única fuerza es su capacidad para aceptar las cosas tal cual son. Un hombre que no reconoce otra forma ni otro contenido para lo eterno que el instante irreductible de la amistad, del amor, la enfermedad, la felicidad, la muerte, la vida que renace.

Fragmento leído en el programa de Radio “El circo Miserable”, conducido por Norberto Verea, por FM Nacional Rock.

Para bajarse el audio, hacer click: aquí

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