Goce de lo bajo (fragmento para radio)


No se puede mirar mucha televisión. Los cinco canales de aire son al pensamiento lo que el Mc Pollo a la vesícula: Una patada efectiva. La tele es el exceso puro de la grasa, obesa de idiota. Yo sé que es redundante, pero hablar de Marcelo es hablar de toda la televisión argentina. No mencionarlo es, sencillamente, no hablar del asunto. Está claro que no es un empresario sino un conversar acerca de nosotros mismos: De lo que nosotros hacemos de Tinelli. Que esto quede bien claro: Siempre nos da lo que pedimos. Desde “Deportes en el Recuerdo” al “Bailando por el caño” y los quilombos del chocolatero laxante: Showmatch tiene el comentario de lo cotidiano. El “blabablabla” es también Mercado: Sello de “Ideas del Sur”.

Supongamos un “nadie” que se presenta, ese rostro anónimo que, por el transitar de las cosas, aparece en la vida  —Parada de colectivo, taxi, sala de espera, comentario de oficina, ocasión de un pis de baño público, hablar del subte acurrucado de sudor incómodo— el fantasma del señor del Cuadrado aparece como gatillo que dispara la charla:

A: Dicen que cortan la luz a las once…

B: Mejor, así no ven a la pelotuda de Alfano…

¿Cuántas veces escuchamos cosas así? ¿Y cuántas veces escuchamos a los pecaminosos que dicen “yo a Tinelli no lo miro, pero ¡qué querés lo pasa TVR!”? Porque con TVR hacemos la pose de “pensamiento crítico”. Hasta no hace mucho tiempo, la muletilla que insinuaba la charla amistosa entre adultos en una estación de servicios, entre mesas de billar, era el fútbol. Hoy es el reality de los otros y de sí mismo, la mediática del evento registrado: Fotolog, twitter, facebook. Hay que desparramarse en los medios. No basta un solo lugar. Nuestra vida tiene ya mucho de Zapping. De Susana a Tinelli, tenemos los seis millones del Bicentenario, minuto a minuto, pegados al chiste de Gasalla, al culo del momento, al hocico de Bizcochito. Y cuanto más chiquito es nuestro mundo, más adicto el pegamento que nos tiene adosados a lo que nunca seremos. La tele nos roba el rostro, nos devuelve la imagen patética de una efervescencia quieta de sillón, metáfora de nuestra impotencia.

La tele no nos evade, nos contrae. Ya ni siquiera podemos hacer zapping: Lo hace por nosotros. La tele opera la ideología cuando el espectador relaja su ano. Creo que lo mejor de la tele son hoy las publicidades: El ingenio publicitario tiene el poder de la alquimia. Desde el plato que viene volando y se estrola contra el rostro de la secretaria para venderte el digestivo hasta la cerveza que se roba la mística religiosa para imponerte la escena feliz del festejo. La publicidad es el saber especializado que nos dice cómo presentar la emoción y disponer los sentidos. La dulzura con el bombón, la amistad con la cerveza, la profilaxis con un tipo particular de labio, la seriedad con un tono de voz determinado, el cinismo con una marca ejemplar de humo. Desde hace décadas, lo que a cuenta gotas apenas tenemos, es inteligencia. Además de humor, es la razón de que Peter Capussuto brille como brilla: Su inteligencia descuella por su diferencia. Por el mismo motivo, extrañamos al puto descomunal, el genial Fernando Peña.

A cuenta gotas ganamos con el Cuadrado algo de lo humano, de la bestia es todo nuestro goce. Ni CQC ya se salva de la cloaca, ese amarillismo presentado con look de Blues Brothers… Como versión municipal de Mc Cartney tocando el piano para Putin.

La canción lo grita agónica: “¡Bajo! ¡Bajo! ¡mostrá un poco de compasión!

Para bajarse el audio:

http://www.mediafire.com/?lwj5ohbro6nbf7w

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