El ocaso del padre, la persistencia del patriarca


Techo, amor, calor, vida, afecto, seguridad, apoyo, cuidado, responsabilidad, tareas, son elementos que asociamos con la idea de familia. Escuchamos, a menudo, el panfleto: “erigir la democracia más pequeña en el corazón de la sociedad”. ¿Se trata de un pedido, de un llamamiento a que “el corazón de la sociedad” sea un continuo ejercicio de negociación democrática? ¿O, en realidad, deseamos convertir a esa “democracia más pequeña” en nuestra visión de lo que es la sociedad: un cúmulo de individuos?. ¿Es la familia el ámbito de la democracia? No pretendemos responder de un tirón estas obsesiones del malestar de la cultura. Sospechamos, no obstante, que la definición clásica de familia se transformó con recientes cambios acontecidos en la sexualidad, la convivencia, la reproducción biológica de la especie. Hoy escuchamos la voz de la mujer. Las feministas nos enseñan que el patriarcado es un sistema de dominación en el cual el hombre, a través de la familia, vuelve a la mujer un animal doméstico. Planchar, lavar, cocinar, educar hijos, limpiarles el culo. El resentimiento de la mujer esclavizada por el varón estalla en su lengua y arremete como guerra doméstica en ese preciso momento de debilidad del macho, cuando éste, liberado del yugo del trabajo, aspira a la paz del hogar.

El varón inerme, debe someterse, gustoso, al gobierno de la hembra. Y, ella, desde esa opresión que le asigno el hombre de la modernidad, erige: su poder de madre.

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Hay una nueva forma histórica para esa célula social que llamamos familia. La familia no es el inicio, ni el origen de la sociedad sino el resultado de la creación de un sentimiento de pertenencia, identidad; una institución. La familia es el cuerpo de la sociedad, carne atravesada por sus mutaciones de piel. Se llama familia tradicional al grupo pre-moderno donde la tradición tiene el peso suficiente para hacer imposible el deseo de individualidad. El individuo no existe, ni puede existir. Solo existe e importa la tradición y el linaje. Este tipo de familia es el resultado de la repetición infinita de patrones inmemoriales, incuestionables. La modernidad inventó la familia nuclear; la forma de una familia que se consolida cuando los recién casados construyen un hogar distinto al de las familias de origen. De la casa al trabajo, del trabajo al hogar. Surge un ámbito privado, íntimo, el cultivo del sentimiento de privacidad, la inviolabilidad del sacrosanto hogar, la no-intervención de “la comunidad” en el ámbito de “la familia”. Se entroniza el amor romántico como ideal de formación de parejas. Y, al menos en Occidente, se aborrece la intrusión de los padres en esos asuntos. Se realza el compañerismo de la pareja. Y lo que importa no es la sangre sino la calidad del ser madre o del ser padre para ganarse ese nombre. Aparece el macho que sustenta, la madre esposa que cuida. La familia ya tiene menos que ver con la tradición y mucho que ver con el consumo. La peste individualista la infecta, corroe desde adentro. El matrimonio se vuelve un contrato, entre individuos libres, de usufructo sobre los órganos del otro. Los valores ya no son órdenes del colectivo. Una tendencia creciente a la individuación y al individualismo, para hombres, para mujeres, jóvenes, niños y ancianos, arrasa con todo y disuelve todos los sólidos.

La familia individualista, el ocaso del padre, es anunciado.

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El padre muerto, sus vísceras: son antigüedades para visitar en el Shooping. La familia que emerge, en el ocaso de la figura del padre y de la dominación masculina, ya no es ni siquiera una comunidad de necesidades sostenida por vínculos de solidaridad y afecto. Es una mera relación electiva de individuos donde cada uno busca maximizar su interés egoísta. La paternidad biológica es reemplazada por la maternidad tecnológica. El grupo familiar es cada vez más un espacio de madre con sus hijos, el padre biológico pueda estar, o no estar, puede ser compañero, ella puede optar por la soledad y la crianza. Ya no hay tradición, ni elementos constantes. Solo la incesante oscilación y fugacidad del consumo. La autoridad del joven ya no el padre biológico sino el padre televisivo, el padre que el hijo se inventa consumiéndolo. Ya no hay “una familia” sino vínculos: entre madres y padres, hijos y madres, padres e hijas, etc. Quedan algunas obligaciones y derechos, siempre muy limitados. El resto es elegible, opcional, en cómodas cuotas. Una familia “plenamente democrática”, “firmemente liberal”, una familia que no tiene conciencia de lo que es. Esta familia pone un torpedo en el traste del Padre, en su autoridad y presencia. La dominación masculina se disuelve y los retrógrados abrazan el resentimiento y la violencia física, desnuda, contra la mujer. ¿Acaso esta familia del individualismo nos prometa el preludio a una liberación y autodeterminación como nunca antes en la historia de la especie?

¿O se trata del retorno de las tribus?

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El ocaso del padre, de lo que hicimos de su figura terrenal, suscita el deseo del Patriarca, el que sostiene al mundo y asume la carga del Universo. ¿Cuál es la persistencia del Patriarca? El Patriarca ya no es el Poder, ni la Ley, ni la Palabra. Es el tercer ojo, el ojo del dolor humano. El Patriarca no tiene voz. De él solo sabemos lo que, en tanto esclavos, le hemos hecho decir. En tanto esclavos, siervos, hijos, imploramos, solicitamos, prestamos obediencia a una voz que era siempre la nuestra, la de nuestra humillación, venida desde afuera, como Palabra del Amo. El Patriarca es aquél que ve la creación con los ojos del creador. Ve al creador viendo las cosas. El Patriarca no nombra, no ejerce el lenguaje. Escucha, guarda silencio, ve.

Cuando Abraham revivió como hombre, fue Rey y la vida, su dominio. Abraham ata a su hijo de pies y manos, lo engaña, lo lleva al monte del Sacrificio. Un Ángel lo detiene. Abraham levanta el cuchillo delante del pecho desnudo de su hijo que lo mira aterrorizado. El puño puede aplastar ese ojo, pero el Ojo ve al puño que lo aplasta. A través del Ojo, el puño reconoce su ceguera. El puño ve que no es un puño. Es Abraham poseído de ira asesinando a su propio hijo. El puño observa, reconoce, se vuelve testigo del amor que siente por este hijo que ya no le pertenece, sino a toda la existencia. Se ha vuelto Patriarca.

Esa, y no otra: es la victoria del Ojo.

Fragmento para el programa El circo miserable. Abajo el link para bajarse el audio:

http://www.mediafire.com/?5zd9k1mv9lp9h25


Bibliografía sugerida:

“PATER” en Diáspora, Estado y Decadencia; Enrique Meler; Editorial El Signo.

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