Velocidades (I)


Por Leonardo Sai

La aceleración de las representaciones ¿nos hará perder su profundidad de campo, empobreciendo en esa medida nuestra visión?
La codicia de los ojos.

Paul Virilio

Aceleración de la información

Existe una cierta fobia en quienes se pretenden dedicar y dedican al ejercicio liberal de las ciencias sociales —sus derivados en maestrías y tecnicaturas— respecto de lo que se consume como información. Un cierto asco al noticiero, al periódico y a otras especies en extinción. Miran distantes, construyen metáforas desagradables, de mal gusto.(1) Una queja de histérica les invade el alma chicha ante el espinoso trabajo de leer la actualidad. ¿Se informa hoy? ¿Hay información? ¿Qué es informar? Son preguntas que desvelan bares de nocturna especulación inútil. Es imposible leer la actualidad sin los medios masivos. No hay realidad alguna a pesar de ellos sino en alguna de sus urgentes sintonías. La realidad, mediática y sin rating, nada tiene que ver con la verdad. ¿Quiere esto decir que quien no aparece en la tele no existe? Todo lo contrario. Lo difícil hoy es permanecer anónimo. Por cinco minutos, pero todos seremos ya conocidos y reconocidos. Se invierten los roles. La estructura es a priori perversa. La persona de la pantalla no es el objeto de nuestra mirada, de nuestro placer voyeurista sino que, nosotros, los espectadores, devenimos perversos. Ocupamos la posición de objeto. El personaje de la tele es la fama, el éxito, el sujeto. Nosotros, la mirada-objeto paralizada.(2) Esta subversión construye el valor del reconocimiento en el poscapitalismo. Asegura: yo te alabo, tu me alabas, todos mentimos.

Hay quienes aún anhelan un saber que organice la emisión saturada de signos, con pulpitos mediáticos donde se jerarquice, interprete, doten de forma lo, imaginariamente, informe de la información. Tienen un problema de Edipo comunicacional. En las autopistas del presente, el formato se llama informática. Y bien vale no olvidar la noble frase búdica: el formato es el contenido. En otros términos: quien impone la forma, impone los hechos, es decir, las palabras y las cosas.

Informática proviene del francés informatique, acuñado por el ingeniero Phillippe Dreyfus en 1932. Es un acrónimo de las palabras information y automatique. El fin de la disciplina no era la amnesia ni la desorientación colectiva sino la potenciación de las capacidades de memoria, de pensamiento, de comunicación. No se trata de un problema de cantidades de información, como si fuera una cuestión de gula, indigesta semiótica. El problema es la carga de la imagen sobre el concepto (3), la ausencia de una función que opere, según la empresa freudiana, como “falo simbólico”. Mientras tanto, hay empresas masivas de desinformación/información y formas masivas de derrame.

La aceleración de la información es velocidad de la imagen. Pornografía de la información. Esta velocidad insensibiliza, cloroformiza, narcotiza, nos vuelve fríos. No permite el juego kantiano de las categorías de la razón y la recepción de los sentidos. Clausura el primero borrando el trazo y la lógica del movimiento del poder. Destruye la sensibilidad ahogándonos en escepticismos. Se trata de resistir la vegetalidad anímica propia de las sociedades sin política.

Aceleración de las imágenes

Las imágenes son publicidades gigantescas de los mundos, artificiales e instantáneos. La saturación de las imágenes provoca un registro indiferente, desencantado, obsceno: revela todo lo que hay para revelar. Excesos y defectos en lo imaginario. Como afirma Daniela Gutiérrez: El capitalismo de mercado es una cultura de necesidad o adicción y no de deseo. Lo que se repite y dilucida constantemente no es información sino imagen. No hay predominios de procesos simbólicos, todo se vuelve puramente afectivo. No se actualiza información sino sensación.(4) La cibernética impone el concepto de información borrando ese lastre social llamado comunicación, provocando la ira de las pseudo ciencias, matematizando y objetivando el intercambio. Los sociólogos dicen que esto provoca una fetichización y que es un logro del satanismo cibernético.

Muchos intelectuales todavía siguen comulgando con la idea de que los problemas de una sociedad como la nuestra se explican por fenómenos de conciencias. Un velón a la Escuela de Frankfurt, uno especial para Marcuse, alguna cosa escondida de Heidegger no va a hacer que se sospeche; Marx es un sahumerio por todos lados, la mención a Foucault y al rizoma de Deleuze: ¡Vivan los salieris de Roberto Castel ah ah ah! La lectura que se hace del fenómeno, bajo esta nostalgia aldeana, es la obvia del sentido común académico: hay una ideología (fetichización) que imponen los poderes que produce en los individuos una ilusión óptica que les hace esperar en lo tecnológico y objetual la expectativa de resolución de problemas sociales. En este mecanismo de autoengaño de masas se espera que “el progreso” entendido como “avance tecnológico” solucione lo que se vive como deficiencias sociales. Sin embargo, no creo que los miles de contactos que se suman a cadenas de mails crean que vayan a salvar al planeta tierra del calentamiento global. Son gestos tan hipócritas como el día de la madre. Un conventillo bien desparramado es eso: una buena gacetilla. Las efervescentes escrituras de los blogs son como un inmenso garaje lleno de músicos zapando y experimentando; músicos que se miran, a veces distantes y orgullosos; otras veces dulces huéspedes del intercambio amistoso: un inmenso bastidor de robo, de plagio, de inspiración repleto de mendigos que hacen, de lo que se llama Cultura, un fluido vital. Esa lectura que imagina a unas masas alienadas esta bien… pero para la época de Fritz Lang. El problema hoy no es la alienación sino la vegetalidad. El problema no son las conciencias sino la infraestructura, la vida y el deseo de nada.

Estamos demasiado lejos de las conciencias y sus alineaciones dialécticas y más cerca de lo biológico. Lo nuestro no es alienación colectiva sino vegetalismo segmentado. Nuestro pobre individualismo pertenece al reino vegetal. Quienes salen de esa pasividad botánica se alienarán o no en alguna de las redes de la Matrix. Al menos en Hegel es un movimiento necesario de la experiencia de la conciencia que desea conocerse, es decir, cuidarse a sí misma. No muchos accionan y reaccionan, activan y reactivan, o sea, desean. La mayoría permanece vegetal, alimentando, cavilando resentimiento hasta el estallido. Es un fenómeno que Elías Canetti, lucidamente, designa como masa retenida.(5) El universal de clase media porteña, que se llama la gente, al cual se les atribuyen mecanismos ideológico-perversos de adoración objetual –llámese Internet, Blackberry, para la relación con tecnología— y mecanismos de prestigio y poder —“los medios” “el periodismo” como portavoces de justicia— no es por fetichismo de la mercancía ni por satanismo del poder cibernético que se sostiene como automatismos sino por pereza, por pura comodidad colectiva. Y porque, esencialmente, este goce organiza la fiesta del resentimiento pro.

Cada tanto, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, se celebra una fiesta de lisiados ontológicos que, aunque sin modificar la realidad, permite descargas pulsionales de votantes ofendidos bajo diversos e efímeros actos de “rebelión de los usuarios”. Allá vamos.

Cólera

Dietética y moral se funden en iras. Los individualismos se llenan de bilis, las venas inflamadas de frustración, culpan de todo mal a unos trabajadores flexibilizados… de pronto todo se llena de gente: quemar las garitas, romper la estación, destruir una vidriera, quemar el tren, romperle la boca al picador del boleto. Carbonizar una estación de trenes permite la descarga de la bronca almacenada responsabilizando al que esta más cerca, y mientras más débil mejor. Mañana será igual, pero… ¿Quien nos quita el recuerdo de la sangre en la nariz del vendedor de boleto? ¡Cómo olvidarlo al marica corriendo a brazos del supervisor! Este circo de la indignación y la ofuscación moral proporciona la conciliación de la bestia aliviada y, por supuesto, el posterior y correspondiente voto a la continuidad de todo el asunto. Se trata del placer que suministra el enjuiciamiento colectivo, la dicha de la sentencia negativa por todos acordada. Alegría cruel y poder de juez. Una profunda necesidad de clasificarlo todo, de empaquetar toda la cuestión, resolverlo de inmediato: todo concentradito radicaliza el odio y la enemistad. Surgen los buenos, los usuarios estafados, y los malos, que no son enemigos reales sino los más frágiles, la empleada que se pone la camiseta. No va a ser que modifiquemos algo. No va a ser que algún poder se enoje con nosotros que pagamos el boleto, a ver si nos quedamos sin la sangre y los titulares. La sociedad porteña ha construido un mecanismo homeostático mediante el cual la aparentemente insoportabilidad del ser argentino se vuelve soportable solo si cada tanto se sacia la sed de venganza: echando ñoquis de ochocientos pesos, cerrando canales inútiles, sin licencias para la vagancia del embarazo docente, mandando a los enfermos del conurbano a sus podridos hospitales. El menú esta abierto, hay salsa para rato.

El griterío de la cacerola es una herencia de la cobarde educación política frepasista, salada por la Alianza en el poder, el resultado es la cacerola violenta. Hay pereza y comodidad en el individualismo de masas. Manejarse en una realidad como la que vivimos requiere el esfuerzo, la preocupación, el interés del ciudadano devenido consumidor. Es una mínima iniciativa y responsabilidad que todo ciudadano debe asumir si desea ser algo más que un idiota. Es bastante claro que en la sociedad argentina hay un alto nivel de tolerancia frente a la idiotez. No hacen faltan INADIs para la defensa del imbécil. No se los discrimina. Son pro.

Elevar este piso, a través de la educación, modifica lo que se asimila como información. Informarse es todo un laburo. Hay que manejar más de un idioma, consultar fuentes de política internacional como los diarios Le mond Diplomatique, El País, The Economist (el programa de Pedro Brieguer en canal 7); Diarios especializados en finanzas, negocios, mundo empresarial; Ubicar blogs de periodistas con buena data —como los de Julio Sevares, Oscar Cardoso, Daniel Muchnik, Latin America Economitour, GlobalResearch, Rebelión, Sin Permiso, etc—; Escuchar AM con agilidad para impedir la siesta, evitar el barullo de la post-adolescencia FM; Archivar noticias viejas y sacarles el jugo a los tres meses.(6)

La educación es un remedio contra la primacía de este sistema imaginario-pulsional. Es un problema que hay que plantearlo en las instituciones más básicas: familia, escuela, sistema educativo en conjunto. No a “los medios”. No se trata de que los pibes lean acerca de la crisis del INDEC. Hay que hacerlos discutir sobre sus guerras urbanas, sus tribus, con los suplementos de revistas que los entretienen; entender qué discuten en esos interminables foros, el tipo de pensamiento estratégico que emplean en determinados juegos en red. Se precisa una revolución pedagógica. Todavía estamos lejos de esto. Todavía estamos llenos de jacintas pichimaguidas que creen que con buenas dosis de matemática, sociales, naturales y lengua se educa a la bestia pop. En esa maceta que tienen por cerebro anhelan la escuela linda como luisas sandrinis… el resultado es una paliza en algún colegio del conurbano. La incapacidad de descifrar, de entender, de ubicarse en un presente complejo y violento resulta harto peligroso estos días. ¿Social darwinismo?.

Estaría bueno que alguna vez en este país ganen los más aptos. ¿No les parece lectores Apaches? Estaría bueno Buenos Aires con un superhombre, con el político más apto, con el mejor preparado, el más inteligente. Nietzsche enseñaba que es una forma absurda y tonta de idealismo no querer aceptar lo mediocre de la mediocridad. No hace falta aturdirse ante la pereza y la mezquindad. No olvidemos que la ira es indispensable para la civilización política. Lo que hay que hacer es poner lo crudo al servicio de lo refinado. No hay necesidad de que las excepciones hagan la guerra a la regla. En este sentido: la existencia de los votantes pro son la premisa del valor del Proyecto Sur.

Volvamos al problema educativo… pero en una segunda entrega.

(1) Ver “La flatulencia periodística” de Leonardo Sai, en este blog.
(2) Para profundizar, consultar el concepto de “pulsión escópica” definido por Jacques Lacan.
(3) Cuestión productiva y vital en la literatura, sepultura en el periodismo
(4) Ver Contrapensamientos, por Leonardo Sai, en este blog.
(5) Elías Canetti; Masa y Poder; Tomo 1.
(6) Y, por supuesto, escuchar: 60 watts en el país los lunes, miércoles y jueves de 23PM a 1Am, conducido por el descomunal Alejandro Horowicz, por FM Identidad 92.1.

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