El video clip en la mesa de los argentinos


En torno al affaire Vargas Llosa

Por Leonardo Sai

Yo tengo una discípula, una muchacha judío-porteña que canta canciones de protesta sobre los mensú de Misiones o los hacheros de Salta. Le pregunté por qué había elegido esos temas algo exóticos y me dijo: “Ahora se usan”. Pero, es raro que una chica judía y en Buenos Aires se disfrace de mensú y cante utilizando palabras guaraníes. Es un poco absurdo… para buscar algo exótico… mejor serían unas canciones árabes.

 

La violencia: miradas opuestas

Conversaciones con Borges; 1972 (1)

Debatir el affaire Vargas Llosa supone debatir los términos del proyecto cultural que el kirchnerismo ofrece a la sociedad argentina, entendiendo por aquél ya no la disputa general en torno a la cosa pública sino la disputa específica respecto de la cultura como campo. Estos términos caben, toditos, en la narrativa que propone el video clip, esto es, 678.

Salvo el propio Vargas Llosa —y la oposición de conjunto, obviamente— el kirchnerismo casi completo, con simpatizantes o afines desfila, compacto, en su estructura de propaganda e ideología fast thinking. El gobierno, al carecer de un entramado más vasto que la denuncia operativa del Grupo Clarín y formatos de diez minutos para cerrar asuntos de cierta complejidad combate el pensamiento rápido con pensamiento rápido. El resultado es que la propuesta cultural del gobierno y el negocio de la productora PPT se identifican como lo mismo.

Citar a Jauretche, una cortina de los Redondos, una puteada de Aníbal, una continua denuncia de los intereses de “las corporaciones” y “los monopolios mediáticos” son la pimienta con la cual se cocina la salsita progresista del viejo “espectáculo para pensar”. Una televisión sin financiamiento, calamitosamente pobre y patética, se consolidó haciendo del oportunismo periodístico y político un arte de edición.Todo es archivo en la televisión actual: formato barato que alimenta el descreimiento colectivo y la pasión de no tomar en serio nada de lo que se dice. Dicho de otro modo: lo que se dijo en forma escrita, antes o después, respecto de Vargas Llosa ya no importa porque todos se sentaron en la mesa de “la tanqueta” y es a la tele a la cual rinden y rindieron cuenta de sus opiniones, testimonios, escrituras. No a la sociedad argentina sino a su modo televisivo de interpretar los hechos y cada uno de ellos. Detengámonos en algunas escenas del video clip.

Horacio González se presenta en el canal público para decir que el no vetó nada. Afirma que “eso está mal” y que “eso no se hace”. Dice que él no se proponía otra cosa que fundamentar una posición crítica de la apertura de Vargas Llosa. A fin de cuentas, no se trata de un burócrata sindical sino de un intelectual crítico comprometido. No se trataba de impedir que Vargas Llosa hable sino de problematizar el lugar simbólico de la inauguración, en tanto hecho de dimensión política, por causas manifiestas: elecciones 2011. Ahora bien, si sus intenciones eran que Vargas Llosa expresara, libremente, pero en un marco acotado quenosotros en tanto fuerza política le imponemos (no al revés) entonces: ¿por qué la presidenta sale a garantizar esa misma apertura? ¿Acaso ella no quiera ser vista, globalmente, como la versión femenina de Chavez? ¿Será que tiene los ovarios llenos de que la fuercen, como los muchachos de Aerolíneas, a conflictos para los que no está dispuesta? ¿O será, en todo caso, que Cristina no combate directamente como Néstor sino que se asegura, una y otra vez, la clásica escena de ponerse por encima del conflicto en tanto Presidenta de Todos los argentinos? A su vez, este “ponerse por encima”: ¿no es lo que la sociedad argentina desea: que se le evite y eluda, sistemáticamente, un conflicto real que interrumpa el consumo? Parece ser que nuestro sociólogo de la diferencia(2) se desayunó, tardíamente, con la realidad de que Cristina y Néstor ni son el mismo animal político ni el mismo modo de ejercer el poder.

¿En que sentido Horacio González y Vargas Llosa tocan sus extremidades? En principio, no tienen nada que ver en tanto uno es filósofo y sociólogo, el otro es escritor de literatura. No preguntaremos, por lo tanto, por las múltiples diferencias que los separan, de público conocimiento, sino por lo que tienen en común, pero no en sus producciones intelectuales sino realzando el hecho de que debajo de ellas no hay otro movimiento que el de los precios.

Horacio González es un intelectual y funcionario del Estado; su defensa, corporativa y cariñosa, proviene del aparato del estado y las ramificaciones político-ideológicas soportes del gobierno. Vargas Llosa es otro intelectual y es un funcionario de los capitales articulados alrededor de la industria cultural, finanzas, los famosos grupos económicos transnacionales. Ambos, en efecto, defienden una posiciónparticular en el nombre de alguna forma de universal (libertad de opinión individual, causa nacional y popular) pero detrás de ese universal solo se agita, sociológicamente, una sociedad que los consume, y los mira por la tele, con sus respectivos aderezos ideológicos: ningún otro que el shooping de la cultura se mueve por Vargas Llosa; ningún otro que el kirchnerista afiebrado de romanticismo político se moviliza por González. Vargas Llosa hablará, pasará por Feria, se irá. Y nada habrá pasado, ni en la sociedad argentina ni en los términos mediante los cuales ella debate su producción de cultura. Su voluntad de concepto tiene la fuerza del bostezo; descubre sus “espectáculos para pensar” con cerveza, papa frita y pizza porque lo que importa es estar con los amigos y denostar “a la corpo”. Observemos un minuto otro acto fallido.

Alejandro Kaufmann explica en 678 una cuestión elemental que se enlaza con la Cámara del Libro, la gestión privada de la cultura, el financiamiento de la Feria como hecho artístico: el estado argentino no tiene un gramo de poder sobre lo que allí acontece y combatir esto con la pancarta de no comprar el libro en la feria y si comprarlo en la calle es una soberbia pelotudez. Esto dura unos minutos en el programa de tele referido. Sin embargo, la dinámica indica el funcionamiento de la pantalla: Kaufmann “retará” a 678 diciéndoles que “eso no se hace” —decir públicamente que Horacio González le sirvió en bandeja a “la derecha” el operativo Vargas Llosa–  en el sentido de cuidar “hacia adentro” lo que “al aire” es revisado y escrutado por “el enemigo”. ¡Muy bien! ¡Y lo hizo en la pantalla! ¡Al aire! ¡Oh maldita vanidad! ¡Duplicidad infernal! No fue consecuente, ni resiste el instante, porque su argumento entra, directo, en el juego de lo que ese programa propone poniéndose él mismo como el intento de regar con seriedad académica a “la tanqueta”, especie de versión populista de la carrera de ciencias de la comunicación de la UBA.

Y pasan las opiniones, y pasan los problemas, apenas arañados, y se suceden los personajes que mojan el pancito sobre este condimentito y aquél otro… Llega, entonces, la asociación entre Borges y Vargas Llosa.

Martín Kohan aparece en el debate del video clip planteado por 678. Con una corrección: no le importa la asociación problemática entre las personas (Borges-Vargas Llosa) sino el abordaje de la relación general(política-literatura) que ejerce un movimiento político, respecto de la cual, ese mismo movimiento, luego aplicará, específicamente. Se siente “sorprendido” de que el peronismo no pueda “cruzar” la relación entre política y literatura de una forma más adecuada que el modo mediante el cual el peronismo “leyó” o “no leyó” a Borges. La tesis sería en torno a la repetición impensada de la cuestión: como este asunto no se iluminó conscientemente —en nuestra cultura quiere decir: críticamente– se repite, en el presente, bajo la excusa de Vargas Llosa. El conductor de “El refugio de la cultura”, Osvaldo Quiroga, se preguntaba: ¿alguien se hubiese imaginado prohibirle a Borges abrir la feria del libro? La pregunta es, en rigor, esencial: ¿maduró la sociedad argentina de conjunto, cristalizando con algún criterio objetivo, la condición de posibilidad de un debate serio en torno a genios como Borges o, incluso, en torno al propio Sarmiento? ¿Con qué tiempo para exponer un pensar? ¿Bajo qué forma? “Pensamos” un Borges como gorila, reaccionario, el Borges de la escupida peronista. Y “pensamos” un Borges viejito anarquista, romántico, ingenuo, el que no podía ser comprado, un Borges sin la Ocampo, un Borges que sería, en última instancia, el que él mismo inventó.

Por supuesto que no alcanzamos un piso correcto para nuestra discusión. Lo cierto es que las responsabilidades ya no pesan, únicamente, sobre la dictadura terrorista, el alfonsinismo impotente, el menemismo gozador, sino también por el kirchnerismo nac and pop, sobre nosotros: horas y horas de “club de la buena onda” tienen un costo.

Precio objetivo de suministrar pensamiento rápido sobre las nuevas generaciones; precio subjetivo en la reducción a lo meramente imaginario de una discusión necesaria sobre el poder simbólico de las escrituras.

Notas:

1- La cita pertenece a “Borges, sus días y su tiempo”. Conversaciones con María Esther Vázquez.

2-    La diferencia; Horacio González; Página 12.

MODIFICADO :Marzo 10th, 2011

Para bajar el PDF: el video clip en la mesa de los argentinos

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