Cráneo candente


Por Leonardo Sai

El silencio es una forma de mentira. Los pueblos silenciosos enferman y mueren. Cuando nadie discute, el orden está mejor protegido. Pero mejor aún estaría sin seres vivos. Hay países donde desaparecieron las protestas, donde cada uno cumple ordenadamente su deber… En muchos casos, la explicación es que ya no corre sangre por las venas de los pueblos. ¿Será esta tranquilidad la que buscamos?

Mi testimonio
Alejandro A. Lanusse

Demanda europea de carnes y cueros argentinos. Postergo venta de campos de pastoreo. Profetizan que la demanda no tendrá fin.

El amigo de Baudelaire
Andrés Rivera

Durmiendo sin frazadas

No obstante levantado el mal llamado lock out, los analistas políticos y sociales que trabajan la construcción política de la opinión pública han, rápidamente, descartado que la hipótesis de “golpismo” sea de parte de “los medios”, sea de parte de “el campo”, sea de ambos en secreto complot, sea entre diversos poderes y figuras del justicialismo anti-kirchnerista, sea quien sea. Aún en los momentos más tensos de esta dura protesta, negaban la hipótesis con aires de señores seguros de sí, maduros en el análisis de la historia, sin ceder a imaginerías paranoicas; bien firmes y sin concesión frente a los miedos heredados del terrorismo ejercido. Ahora bien: ¿Miedos de quienes querían apaciguar?

Citando a un muerto: ¿tiene Doña Rosa miedo a la destitución orquestada de Cristina K? ¿Nadie se puso seriamente a pensar que una serie de incendios políticos provinciales, un escenario que conjuga desabastecimiento, saqueos de supermercados, psicosis inflacionaria, con una policía dócil a ciertos históricos cacicazgos, con una figura presidencial aceleradamente desgastada, podrían haber constituido un 19 y 20 de diciembre del “interior profundo” cuyos focos presionando juntos hubiesen asfixiado la economía urbana, como amenazaron hacerlo, reventando de caceroleros su podrida Capital? A la operación de escenificación de un entramado de poderes ocultos en pos de un complot bien orquestado se la denomina infantilismo intelectual y, como bien enseñaba Adorno, constituye un síntoma de regresión de la conciencia a estadios arcaicos de lo humano. Durante toda esta prevenible protesta, no hubo necesidad alguna de bastidores. Se vio todo, y en exceso.

No escuché a nadie, salvo algunos voceros oficiales, y con la excepción de Nicolás Casullo, hacer referencia al ánimo / fuerza destituyente presente en la sociedad argentina. Este progresivo desgaste lejos de ser invisible, recorre el tejido social como corrosivo del poder político. Siempre es más fácil hablar de una soja maldita, de Monsanto, porcentajes de PBI, de millonarios transnacionalizados, la “sed de ganancia” de la gauchiburguesía. El debate economicista objetiva traduciendo un lenguaje que nada tiene que ver con numeritos y porcentajes. Siempre es más fácil anunciar con bombos y platillos —como lo hizo el bloggero desarrollista Daniel Muchnik— una crisis terminal en Estados Unidos. Forman parte de nuestro deseo, de un sentido común vengativo, de nuestra alma resentida y periférica, más allá de las virtudes del pueblo norteamericano, en su hora crepuscular. Esa crisis fue anunciada y relamida con la buena conciencia de quienes advertían que no nos iba a afectar por nuestras estratégicas relaciones comerciales (léase suministro de alimentos, China, India, etc.). Más cerca de nosotros, la hipótesis “golpista” no fue tomada en serio. Hubo voces de comunicadores (mercenarios) que forman parte de la hipótesis misma. Hubo voces que acuñan las estupideces academicistas de siempre: neogolpismo. ¿Acaso alguien pueda intentar creer que la sociedad superó, de algún modo, las heridas de la masacre?

Simbólicamente, hemos fechado una política de la memoria cuya eficacia pende en los juicios que aún no se cierran. En lo real todo el gobierno (los k + Alberto Fernández) sale a la guerra por un actor social, imaginariamente unificado por los medios masivos, emblocado como tal por el propio gobierno que no diferenció segmento alguno, en las primeras ebulliciones que organizaron el conflicto, sirviéndole el corte de ruta en bandeja a la Sociedad Rural y que procesa las presiones de la economía política como especies de plebiscitos de confianzas, de lealtades, de afectos, de amor: Si no me queréis, es porque seréis clase media y golpista, engendro egoísta, gorila; ¡Os reveláis, flagrantes, como la ruina de esta histórica oportunidad igual que lo concebisteis en el 55’ y en el 76’! Los andamios sobre los cuales gravita el poder K son muy poco fieles.

¿Propia tropa? Evidentemente no la tienen: son un matrimonio muy desconfiado. Quienes desprecian a Cristina Kirchner, desde las alturas de la Teoría, la consideran una aldeana de visión corta con una típica soberbia de paisana en el manejo del poder. No solo le demandan ejercer la presión nacional sobre la tierra. Exigen un proyecto de acumulación en la dirección cerrada en 1976: la activación de una re-industrialización en el marco de una alianza inter-burguesa tejida, dinámicamente, con Brasil y Venezuela. Es el escupitajo intelectual encolerizado por la ausencia de un programa político y de desarrollo económico de largo alcance y viable, quizás como nunca antes, por la situación internacional. Por el otro lado, existe un desprecio totalmente inverso, pero, fundamentalmente, fiel en la representación, en el sentir de las bases, que condensa De Angelis.

El nuevo Bloomberg acusa a CFK de “unitaria” y “centralismo porteño”. Es un escupitajo, recalentado por el odio al imaginario del porteño prepotente(#), que incorpora y personifica todo lo que en las provincias sienten que no va más: desde las coparticipaciones, las desigualdades sufridas por la concentración de la renta, hasta la política de retenciones. Todo entra. Si la ONU anuncia 10 años de alimentos caros, la redistribución que vuelva al campo y que la sociedad en su conjunto se joda. Frente a esto, CFK esgrime que el comienzo lógico para que la “redistribución de la riqueza” sea un programa efectivo es la aplicación de las retenciones. Aunque D’ Ellia gaste su lengua con los millones de nuevos jubilados, obras públicas, cientos de miles de nuevos puestos de trabajo, ese universal mentiroso conocido como “la gente” desconfía. Siente que no hicieron todo lo que podían haber hecho. La fogonearon durante meses con titulares de Superávits y sospechan del uso que les puedan dar a lo que recauden de las retenciones. Entre la caja destinada a alianzas disciplinadas y compromisos con poderes empresarios y un imaginario de “hombre laborioso” no hace falta discutir a quién “la gente” prefiere, aunque esta operación la hunda. Si a esto le sumamos un brindis menemista con el Tren Bala… Conocemos este moralismo irigoyenista. Pertenece al marketing Carrió y se fundamenta en esos porno-negociados que le facilitan eternos guiones.

Gobierno vs. Campo” no fue solo una construcción mediática. Fue el modo que el (la) presidente armó la cancha del conflicto. Al forjarlo personal, como todo lo que roza al poder K, desde el 2003, la puja sectorial adquirió status empujando una crisis política cuyo costo es el declive de la imagen positiva del Ejecutivo. Solamente una sociedad con una subjetividad política liquidada por el ejercicio del terror no le presenta otra crítica que un creciente ánimo reactivo, rabioso y destituyente. Hecho gravoso y delirante dado que el apoyo simpático de la clase media al “paro del campo”, estructuralmente, la perjudica. Esta clase media capitalina complaciente usa la protesta del campo para manifestar desconfianza, desvalorización y reducción de la política y de los políticos como prestadores de servicios. Los sectores populares que adhieren, en la opinión cotidiana, lo hacen porque “el hombre de campo se rompe el c…”, porque “el campo” se les presenta como una especie de reserva moral de la Patria, porque la imagen de un hombre fornido, bestia, con dientes partidos por el uso torpe de la máquina, ligado al suelo, con banderas argentinas, les cautiva el alma.

Al menos, “el campo” mostró vitalidad: reacciona, protesta, defiende sus intereses. No se confunda lector apresurado de clasificaciones: apoyo la gestión CFK, el esquema negociado de las retenciones, y espero ver los frutos de la panfletada redistribución del ingreso en los sistemas de salud, de educación, de transporte. El tren bala no hace fácil la legitimidad. Verla manejar este conflicto me hace suponerla en otra época de la historia política del país, en cualquier año, entre el 55’ y el 76’, con pujanzas sociales sólidas y bien organizadas: la hubiesen soplado como a una Isabelita. Cristina tiene más sesos que ese viejo residuo, pero los méritos de su animalidad política se deben más a las impotencias de esta sociedad líquida para pensar sus miserias que al poder real de conducción política. Eso sí, luce siempre muy hermosa, actúa con soltura, aprendió de sus asesores de imagen los movimientos profesionales de la plataforma, no le teme a la improvisación, se acuerda siempre de “el género”, respeta el protocolo, seduce muy bien en el exterior, y sabe cuándo y cómo corregir el tono de los discursos fallidos. Conducir un país requiere un narcisismo mayor. Es el amor propio que siente un estadista cuando aplica la inteligencia: suma a tantos que brilla.

No es culpa ni mérito que vivamos en una sociedad en la cual las sensaciones de colapso y enervación se hallan vuelto realidad cotidiana. No es necesario vivir los excesos del suplicio para advertir que el espíritu de las situaciones más extremas irrumpe en el proceso íntimo que desintegra la organización de nuestra sociedad como cuerpo. El destierro de la política, como modo de procesar la conflictividad social, es el acontecimiento de las últimas décadas; acontecimiento frente al cual es inútil buscar refugio en discursos de buena voluntad. La férrea lógica del neo-liberalismo sujeta aún los dictados de la política. Evidencia el arcaísmo de una clase dirigente que todavía “piensa” al Estado con los conceptos de la economía política clásica del siglo XVIII.

Disculpen, lectores apaches, por los exabruptos de esta candente calavera. Esta sociedad me vuelve monotemático, obseso, como a los tipos a los cuales detesto. Volveremos, con la cuarta parte de Velocidades.

(#) Estereotipia que considera que el país termina en Buenos Aires y que proyecta sus problemas domésticos como “los problemas de la Sociedad Argentina.

 

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