Sainete electoral


Por Leonardo Sai

Cuando observamos la conferencia que, recientemente, Bill Gates ySteve Jobs públicamente exhibieron —una especie de reunión de amistosos y viejos colegas que comparten innovaciones, progresos en la industria soft y hard y opiniones sobre los nuevos horizontes a descubrir— descubrimos la superficie de una sociedad que, al exportarla como modelo escindido de su estructura real, solo puede desplegársenos como un imaginario lleno de bondades: una guía hacia el paraíso del trabajo del mañana. Calidez, camadería, aprecio por la labor ajena: una conversación entre buenos competidores. Steve Jobsreconoce que sin Gates ni él ni ningún otro del kiosko software existiría.Gates le reconoce una habilidad de gurú para adelantarse a las demandas y deseos del mercado; también elegancia, sentido estético y envidiable funcionalidad. Todos felices: la industria se beneficia. Es el baile del capital tecnológico. Innovar, diseñar, escribir el nuevo software del placer digital. Un mundo de información y códigos múltiples destroza, fascina, seduce a nuestra pequeña mente binaria. ¿Declararemos finalmente la muerte del PC? ¿O existirá un renacimiento, una revolución, una guerrilla en cybercatacumbas que alzarán la resistencia PC? Gates afirma que ha mantenido su matrimonio con Jobs en secreto. Jobs, el romántico de la pareja. Afirma que es difícil limitar la imaginación. Gates, el realista del matrimonio. Dice que el mercado cumple el trabajo de limitar la imaginación. Steve Jobs : “el mundo es un mejor lugar porque el objetivo de Bill no es ser el hombre más rico del cementerio” . Gates: “nuestro negocio no es otro que el de la pasión”. Ninguno opina sobre el futuro, repleto de aventuras.

JobsGates son ideales del humano producido por una ética de los negocios y calidades de vida: dicha y riqueza en la burbuja digital. La empresa no es una fábrica. Es puro verbo: emprender, innovar, construir. Una hermandad feliz. El cliente, el ciudadano, es la exigencia de un servicio eficiente. Carita de ángel y voz amable pagan premios en los call centers. La empresa se vuelve una comunidad de pertenencia. La chica de TeleTech salta feliz porque tiene seis minutos para hacer pis mientras la compu controla su vejiga. El empresario no es un explotador. Sacude la mofa de la existencia, destruye la rutina en frenesí de propuestas. La vida social según el molde de la empresa del vivir es en nuestro país literatura gerencial y en Estados Unidos un estilo de vida. Lo que en Estados Unidos se vive, se cobra, se gana, en la periferia es un posgrado en la Universidad de San Andrés. Sin embargo, el imaginario no es de cartón. Al parecer, produce efectos políticos.

Esta cultura de la gestión, de la empresa, que Don Carlos anunciaba como “la empresa de los argentinos” nos instruye sobre un semblante basado en la responsabilidad, la rapidez, la chispa, la inteligencia emocional, el uso de los riesgos como auto-fortalecimiento, la excelencia como presentación del hombre en la vida cotidiana. Una cultura que solicita libros de autoayuda y farmacia rápida. Neurolinguistica y psicología cognitivista, genética y finanzas. Ponerse al tanto de todo esto, leer a Peter Druker, hacer filosofía con Tom Peters, era, hacia 1991, lo que un economista llamaba “Otro siglo, Otra Argentina”. Todo esto no se barre así nomás. Queda en algún rincón latente de la conciencia colectiva. Una alternativa a esto requiere del peso y del montaje de otro imaginario y, fundamentalmente, de su funcionamiento real. Las sociedades por momentos requieren y demandan ficción, y en otros momentos necesitan realidad, no discurso: realidad.

Kirchner —recordemos que un Estado llamado bonapartista, vaciado de cultura política si alguna vez la tuvo, la culpa y los aplausos recaen sobre el Amo, el técnico del equipo— erigió el andamio con el vómito sobre la década del noventa y el discurso y los monumentos de la política de la Memoria. Pero el subte se inunda, las calles se inundan, los chorros no te dejan caminar, ni tomar el colectivo, ni viajar en tren, las paredes de las aulas se te caen a pedazos, el subte H no termina de construirse, los talleres queman bolivianos, y los boliches te carbonizan. Cuando el servicio es magro, la alucinación colectiva los vuelve a desear y algunos fantasmas encuentran los cuerpos del reencarne.

La vida social según el progresismo trucho y el justicialismo de la existencia es una aristocracia obesa, tinto, chorizo, panza orgullosa y aumento salarial. Si esto sucede se cierran los culitos. Un corporativismo que hace del obrero un apéndice de la fábrica y de la fábrica un refugio de “la bruja”. Tomás Abraham es un Gustav Jung de la política. En el texto sobre las argentinas deseadas describe los arquetipos: en el 48’ es el Dirigente; en el 58’ el Director; en el 68’ el Ejecutivo; y a partir del 76’ el Empresario, figura consolidada en los noventas como solución final. Esta figura en el podio secó la política de su lenguaje: todo es gestión y nada más. En la Capital Federal no solo ganó una dupla sino todo aquello que su envoltorio delira. Y ese envoltorio es el velo de esa perrera que es la Capital Federal donde todos gritan que nada funciona, donde lenguas rabiosas, quejosas e impacientes quieren solución ya, lengua alimentada por años y años de inutilidad. Es cierto que la Capital Federal será atendida por sus propios dueños. No han hecho otra cosa que regalársela en bandeja. Macri yMichetti se nos presentan como esos Steve JobsBills Gates que gestionaran nuevos espacios, con transparencia, cultura del esfuerzo, del trabajo, del mérito y la inclusión social. Macrismo bueno de responsabilidad social. Macrismo malo de reducción de personal para esos docentes perezosos que dicen tener la cabeza quemada pero que en realidad quieren darse la buena vida en licencias permanentes y viajes al Caribe.

Este formidable sainete político sube a escena al individuo común, al habitante medio, al común denominador común, y lo expone en sus inmundicias. Su fondo, como en la comedia griega, es trágico. El afuera de la ciudad infecta, amenaza. El cartonero será cartonero. Y el ciudadano medio clamará que llego su hora, que se acabó el siglo de los derechos humanos, que gays, lesbianas, y otras formas del degeneramiento y la desviación ya tuvieron bastante, el tiempo de las minorías se terminó. Y, ahora, le toca a él, el postergado, el homerSimpson, el que paga sus impuestos, el que nunca llega tarde, el responsable, el meritorio, el eficaz, el hombre de la mayoría y su dictat: ¡Cumple con tu obligación o muere!

 

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