¿Qué lo amenaza más? ¿El terrorismo o esta clase de azar?


El Océano Atlántico es el segundo en extensión y volumen del planeta: 106,4 millones de kilómetros cuadrados y 323,6 kilómetros cúbicos. Pero el submarino nuclear británico “HMS Vanguard” y su semejante francés “Le Triomphant” consiguieron un casi milagro: chocar en aguas oceánicas profundas el 6 de febrero pasado. El hecho sólo se conoció diez días después y el milagro completo fue que no se produjo una catástrofe inédita: el “Vanguard”, con 135 hombres a bordo, portaba 16 misiles intercontinentales con 48 cabezas nucleares en total; “Le Triomphant” –101 de equipaje–, otro tanto. Cada navío cargaba una potencia nuclear equivalente a la de 1248 bombas atómicas como la arrojada en Hiroshima. Una explosión habría contaminado definitivamente el Atlántico y arrasado ciudades enteras. Entre otras cosas.

Nadie sabe cómo los dos submarinos lograron colisionar en un espacio pariente de la inmensidad. Por fortuna, navegaban a poca velocidad: las tripulaciones no sufrieron daño y el arsenal nuclear quedó intacto, aunque reparar los navíos llevará meses e insumirá fondos que ascenderán a unos 100 millones de dólares. Otra incógnita es por qué no se detectaron mutuamente, equipados como están con modernísimos equipos de sonar. Tal vez se encontraban en estado de “sonar pasivo”, lo que les permite moverse en silencio sin emitir ondas detectables por otro buque, un avión o algún sistemas de vigilancia marina. Es irónico que gran parte de los esfuerzos técnicos en la materia se hayan centrado últimamente en diseñar submarinos que produzcan el menor ruido posible. “El operativo de detección fue demasiado tardío o no se puso en marcha”, señaló el especialista Stephen Saunders (The Independent, 17-2-09). “Distracciones” como ésta, azares como éstos, pueden provocar una tragedia humana irreparable. Ante esta posibilidad notoria, los gobiernos de los países nucleares siguen impasibles.

El Primer Lord del Almirantazgo británico, Sir Jonathan Band, y el ministro de Defensa francés, Hervé Morin, trivializaron el “percance”. Una síntesis de sus declaraciones sería “finalmente, nada pasó”. En conferencia de prensa surgió una pregunta sobre el tema y Sir Jonathan afirmó –con gesto fastidiado– que el choque no había afectado a las tripulaciones, que los submarinos “sólo habían sufrido rasguños” y que la seguridad nuclear no había corrido riesgos. Hervé Morin –que días antes sostuvo que “Le Triomphant” había tropezado con un container– incursionó en comparaciones marinas: “Se trata de una problemática tecnológica extremadamente simple: estos submarinos son indetectables. ¡Hacen menos ruido que un camarón!” (Le Monde, 17-02-09). No es el caso, obvio, de un estallido atómico.

Estas versiones no conformaron a Angus Robertson, líder parlamentario del Partido Nacional Escocés. Exigió que el ministro de Defensa británico explicara “cómo es posible que un submarino con armas de destrucción masiva choque con otro submarino con armas de destrucción masiva en medio del segundo océano más grande del mundo” (The Guardian, 16-2-09). Otras preguntas: ¿Qué hacían esas naves rebosantes de armas nucleares en las profundidades del Atlántico? El almirante Band indicó que se trataba “de patrullajes de rutina”, pero ¿cuál será esa “rutina”? ¿Por qué ocultaban su presencia? ¿Con qué regularidad los envían a dar vueltas por ahí? ¿Los aliados no se intercomunican los itinerarios? Parecería que priva el secreto de tales operaciones entre los miembros de la OTAN, cualquiera fuere el peligro que esto entraña para la humanidad.

“Es una pesadilla nuclear de nivel superlativo”, calificó Kate Hudson, directora de la Campaña por el Desarme Nuclear (CND, por sus siglas en inglés), organismo internacional de Gran Bretaña que lucha para alcanzar esa meta desde hace más de medio siglo. “Es el incidente más grave desde el hundimiento del ‘Kursk’ y la primera vez desde la Guerra Fría que se sabe del choque de dos submarinos nucleares”, subrayó (www.cnduk.com, 16-2-09).

El submarino misilero ruso “Kursk” explotó y zozobró en el Mar de Barents en agosto del 2000. Murieron sus 118 tripulantes.

Persiste el silencio sobre las razones que causaron la colisión y no cabe esperar que alguna vez se aclaren públicamente. Se ignora si fue una casualidad inconcebible o la consecuencia de una decisión estratégica que terminó mal. Lo cierto es que este “azar extraordinario”, como lo calificó el ministro Hervé Morin, abre interrogantes graves sobre la seguridad del planeta. ¿Qué lo amenaza más? ¿El terrorismo? ¿Esta clase de azar?

 

Juan Gelman

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