La crisis y el porvenir del capitalismo no se explican solo por la lógica de “El Capital”, pero sin ella son incomprensibles Carlos Abalo*


El comentario sobre el trabajo de Chesnais[1]puede ser un punto de apoyo para la comprensión del momento que vivimos, aunque el trabajo en sí me parece lleno de reiteraciones que poco aportan al conocimiento específico del capitalismo actual y no propone hipótesis que contribuyan demasiado a aclarar el presente conflicto social.

La mundialización del capitalismo es una consecuencia de la acumulación del capital. Es un proceso objetivo apoyado por la política del capital transnacionalizado, pero no la consecuencia exclusiva de una política predeterminada. Las características que toma el proceso de acumulación en el capitalismo global son una combinación de la reproducción capitalista y de las políticas que la fomentan, precisamente porque el capital transnacionalizado domina los resortes del poder político. El proceso de acumulación y el apoyo político que encuentra en la generalidad de los gobiernos son una sola y misma cosa. La realidad no es un resultado de la lógica objetiva ni tampoco de una política predeterminada sino de una interacción entre ambas en el seno de la sociedad.

La internacionalización del capital tampoco es la misma hoy que durante el período que siguió a la finalización de la Segunda Guerra Mundial. La acumulación del capital tiende a alcanzar el mercado mundial. El capitalismo pasó por distintos grados de internacionalización, no siempre ascendentes ni continuados. Este siglo empezó con una rápida internacionalización que se interrumpió en los años veinte para seguir de otra manera en un mercado mundial fragmentado, lo que trajo como consecuencia el derrumbe bursátil de 1929. Las compañías no podían internacionalizarse más que de una manera limitada porque el mercado mundial se había fraccionado.

La internacionalización actual continúa la de los años sesenta; la acumulación capitalista tiende a desarrollar la fábrica mundial y el producto mundial. Lo nuevo es la manufactura internacional mucho más generalizada. Aunque la mundialización no abarca a todos los países, amplía el radio de la internacionalización y profundiza el desarrollo capitalista en nuevos países, como son los del sudeste asiático, México y el sur de , en primer lugar, Brasil.

Las otras características del nuevo empuje a la internacionalización se encuentran en que ésta se basa no sólo en la vigorización de la acumulación capitalista sino también en la derrota del movimiento obrero y de las fuerzas que luchaban por un espacio nacional desconectado del capitalismo mundial. Esto incluye la desaparición del llamado socialismo real y su tránsito hacia el capitalismo, la elevada desocupación de origen tecnológico, el retroceso en la sindicalización, la reducción del peso social y político de la clase obrera y de su importancia cuantitativa en las sociedades avanzadas (aunque se haya incrementado numéricamente en el mundo) y el papel hegemónico de Estados Unidos.

Un ejército industrial cada vez menos “de reserva”

La acumulación capitalista no ofrece desarrollo para todos: incluye desempleo y desigualdad. A mayor desarrollo del capital, más despauperización relativa, en el sentido de que hay cada vez más pobres en comparación con las posibilidades de producción del capitalismo. Por ahora, aparece una marginación creciente y no como un ejército industrial de reserva transitorio sino como producto de la automatización en la industria, de la creciente productividad del trabajo y de las peores condiciones laborales. Si esta tendencia fuera permanente, se estaría ante condiciones distintas a las que prevalecieron hasta hace pocos años. El análisis de la diferencia no se contesta sólo con los textos. “La población obrera, pues, con la acumulación del capital producida por ella misma, produce en volumen creciente los medios que permiten convertirla en relativamente supernumeraria”[2]. La diferencia es que, con la incorporación más generalizada de las nuevas tecnologías el ejército industrial de reserva es cada vez menos “de reserva” y cada vez más permanentemente una población marginada debido a la automatización en las industrias avanzadas y al incremento de la productividad. Si bien el desalojo por productividad es una constante en la historia del capitalismo sólo neutralizada en los períodos de auge, puede ser acumulativo ahora, aunque transitoriamente más pausado en los países situados en la punta tecnológica o más adaptados a los requerimientos flexibles de la producción.

La mayor tasa de desocupación de los años treinta, sobre todo en Alemania y en el centro de Europa, fue compensada por avances del sindicalismo en Estados Unidos y el crecimiento en número y organización de la clase obrera en países de más reciente industrialización o de industrialización sustitutiva. Ahora también se ha incrementado el peso numérico de la clase obrera en los nuevos países industrializados, sobre todo los del sudeste asiático, pero la diferencia es que en el mundo y en los países más industrializados la clase obrera no ocupa el lugar central, por número ni por influencia. Ese lugar está cada vez más ocupado por la clase media con gran heterogeneidad de objetivos (en vías de empobrecimiento o de capitalización), y el centro del escenario tiende a ser el de las luchas democráticas, que engloban también la cuestión del salario y el empleo.

Estas diferencias tienen que ver con las características específicas del capitalismo actual. Si el desempleo ya no es transitorio se debe a que el trabajo socialmente necesario se ha vuelto más productivo. Si es así, habrá menos obreros en las fábricas y proporcionalmente más asalariados técnicos e ingenieros, y también más desocupados. Contrariamente a lo que sucedió en el capitalismo de los “años de oro” la ocupación tal como ahora se concibe posiblemente tenderá a aumentar y la avanzada de los trabajadores posiblemente no se encuentre en la clase obrera tradicional.

En el movimiento sindical lo más destacado es la lucha por la reducción de la jornada de trabajo como alternativa al aumento de la productividad, hasta ahora prácticamente acotada a Europa y sólo practicable en países de elevada industrialización y con movimientos sindicales muy activos.

El cambio de perfil productivo, que no es exactamente una estructura menos industrial o menos vinculada a la producción, crea una serie de fracciones heterogéneas de asalariados. La “terciarización” va acompañada de una menor importancia relativa de la clase obrera, pero los sectores nuevos de asalariados no obreros y la expansión de los servicios son una característica de la revolución tecnológica, en que la mecanización se subordina crecientemente a la electrónica y modifica sustancialmente la composición de clase de los asalariados y el trabajo en relación de dependencia fuera de las unidades productivas, el peso de los servicios directamente ligados a la producción y la productividad. Como su resultado es también una distribución más desigual del ingreso, al mismo tiempo que la productividad crecen el gasto superfluo y los servicios suntuarios. En lo primero (servicios productivos, desarrollo de la electrónica, modificación de la composición de clase de los asalariados y menor peso social obrero relativo) se basa gran parte del aumento de la productividad. El gasto superfluo y los servicios suntuarios son una consecuencia del incremento del trabajo no necesario y del ocio en provecho de pocos.

Una nueva fase expansiva

La revolución tecnológica y el consiguiente aumento de la productividad indican la posibilidad de que haya comenzado una recomposición del capitalismo y una nueva fase larga expansiva pese a la crisis financiera internacional, lo que no excluye que una vez empezada una fase larga de alza ésta pueda interrumpirse. La onda larga expansiva de finales del siglo pasado se inició con una fuerte crisis financiera; en cambio, el comienzo del llamado “período de oro” del capitalismo de la última posguerra en la fase expansiva 1945-1970 no tuvo una crisis financiera general sino una aguda hiperinflación en Alemania previa a la estabilización del marco.

La onda larga expansiva no se define por los padecimientos, el empobrecimiento o, al revés, las mejoras generalizadas en el nivel de vida. Hasta ahora, en el capitalismo, las mejoras generalizadas no fueron continuadas sino el resultado de años de prosperidad, que, además, facilitaron la lucha sindical y reivindicativa. Al contrario, los inicios de las fases largas expansivas se caracterizaron por los desequilibrios sociales, tanto más profundos cuanto más grandes fueron las innovaciones tecnológicas, debido al desalojo de pasadas modalidades de producción y a la acumulación forzada de capital. Tampoco la recuperación de la tasa de ganancia es inmediata, porque está influída por la quiebra de las empresas de la generación anterior y el peso del endeudamiento adquirido para afrontar las innovaciones. Las ondas largas no se rigen por los mismos fundamentos que explican los ciclos comerciales.

Las fases largas recesivas o expansivas se asocian sólo parcialmente con las “ondas Kondratieff” y no puede esperarse que tengan una determinada duración, porque su lógica general (la del capital) está subordinada a las consecuencias sociales, que no están sujetas a una lógica predeterminada e influyen sobre la tasa de ganancia y las inversiones. En los veinte años previos al presente decenio, el capitalismo mundial tuvo un comportamiento casi recesivo, acentuado en los ochenta en América Latina y Africa. La excepción más notable fue el sudeste asiático, donde se produjo una expansión capitalista sobre la base del desarrollo de la electrónica y la mano de obra barata, condiciones que contribuyeron a impulsar la reestructuración en el centro del sistema y a preparar las condiciones de un posterior nuevo período de crecimiento.

En los años noventa la presunción de que podría haberse iniciado una fase expansiva larga se debe a que la acumulación en el centro se aplicó en proporciones más considerables a innovaciones tecnológicas que modificaron de una manera mucho más radical el proceso productivo y a un fuerte crecimiento de la inversión extranjera directa en la periferia, sobre todo en el sudeste asiático, China y . La expansión y profundización del capitalismo en las nuevas áreas empieza por una adaptación a la acumulación mundial, característica esencial de esta época, en contraposición con el capitalismo nacional protegido que desarrolló la sustitución de importaciones.

En el capitalismo, la sobreacumulación se deriva de la insuficiente expansión de la demanda a una tasa de ganancia aceptable para las empresas, conseguida mediante la sobreexplotación y el crecimiento de la desigualdad de los ingresos, que a su vez limitan el consumo masivo y, a la larga, el comercio internacional. Esa combinación específica de rentabilidad y distribución de ingresos modifica las condiciones de acumulación en el mercado mundial. Cuando la acumulación está bloqueada por la sobreinversión productiva, ésta tiende a transformarse en sobreinversión financiera, que tiene límites mucho menos inmediatos que la otra. Cuando ese bloqueo no existe o es menor, el excedente se orienta a la inversión productiva, que incluye el fortalecimiento de la inversión directa extranjera en la periferia. Cuando el mercado mundial estuvo bloqueado, la inversión se orientó a los mercados nacionales (si se repitiera esa situación, ahora quizá también se expanderían los mercados regionales de una manera más cerrada). En el caso de que los grandes mercados se diferenciaran demasiado cerrándose sobre sí mismos, se plantearía la posibilidad de un fraccionamiento del mercado mundial. Así ocurrió, con una economía mundial de características diferentes a la actual, en los años veinte y treinta. En la actualidad es más difícil porque la acumulación capitalista se desarrolla fundamentalmente en una escala mundial.

Las fases largas expansivas de la economía mundial capitalista no se caracterizan por los inventos ni las revoluciones tecnológicas, que pueden tener lugar con bastante independencia del ciclo de acumulación, sino por la incorporación de las invenciones al aparato productivo a través de la inversión. El desbloqueo de la inversión, la aparición de nuevos mercados y la profundización de los ya existentes es lo que define un ciclo de alza. No hay tampoco una duración predeterminada de una fase larga alcista ni éstas tienen por qué desarrollarse plenamente. La fase larga alcista de los años noventa del siglo pasado se interrumpió por el bloqueo del mercado mundial debido a su fragmentación. Después de años de incertidumbre, la inversión masiva se orientó a los grandes mercados internos y aquel género de economía mundial abierta desapareció. Los revolucionarios de los años veinte creían imposible que el capitalismo se reconstituyera; sin embargo, eso ocurrió dos décadas y media más tarde. Para remover el escollo fue necesario que el capitalismo desvalorizara los capitales en la Gran Depresión y resolviera la fragmentación con una nueva guerra mundial.

La nueva fase larga de los años de oro de la última posguerra mundial no fue interrumpida y duró aproximadamente un cuarto de siglo. Simplemente, se agotó. El modo de acumulación peculiar de ese período, distinto al de la fase anterior, perdió su impulso porque el capital encontró un límite en la conformación del mercado mundial, la división política en bloques y el nivel de los salarios, que frenaron la tasa de ganancia.

El paso de la fase larga expansiva de los años de oro a la fase recesiva que la siguió, con el reordenamiento posterior, no fueron el resultado de una planificación o una acción concertada sino una consecuencia combinada de la dinámica del capital y de la política de los principales estados capitalistas orientado a frenar el avance de las conquistas sociales.

Las crisis financieras no prueban el fracaso de la globalización

El bloqueo a la expansión productiva fomentó la reproducción financiera y ésta se consolidó con el control del capitalismo sobre el planeta, fundamentalmente a través del capital y de la hegemonía política y militar estadounidense. La moneda y el crédito sólo pueden adquirir un alto grado de independencia en la reproducción capitalista mundial si existe pleno control político. La unidad del sistema, aunque contradictoria y no uniforme, sólo puede consolidarse con una conducción política hegemónica, pero ésta por sí misma no garantiza aquella unidad.

La sobreexpansión del crédito, la relativa independencia de la reproducción financiera y la masa de dinero proveniente de la acumulación originaria propia de actividades ubicadas fuera del marco legal convencional dan lugar a crisis financieras internacionales, que están acompañadas por conmociones sociales y productivas.

Esta vez, la posibilidad de haber ingresado en una fase larga expansiva está dada por la incorporación de nuevas tecnologías, la extensión del mercado, la expansión de la frontera intensiva de acumulación del capital y la remoción de los obstáculos políticos al dominio del capital, representados hasta entonces por el enfrentamiento de dos bloques antagónicos y el poder político y sindical de los trabajadores.

Las crisis financieras no prueban el “fracaso” de la globalización: confirman que la internacionalización se ha extendido hasta un punto crítico. Además, ¿de qué puede haber éxito o fracaso? La reproducción capitalista sigue su curso bajo el doble aspecto de la acumulación y la explotación. Esa lógica sólo puede ser modificada por una revolución social o por los propios límites que encuentra la acumulación.

Los límites que está encontrando la acumulación global devienen del desarrollo de las leyes fundamentales del capitalismo, pero estas no bastan para dilucidar las características especiales de cada período, basadas en los cambios producidos en el modo de acumulación y de explotación.

Mi hipótesis es que están presentes las características propias del inicio de una fase larga expansiva más parecida a la de hace cien años (aunque con un mercado mundial mucho más amplio y un desarrollo capitalista considerablemente más extendido y profundo) que a la de los comienzos de los “años de oro” de la última posguerra. Y que las consecuencias no removidas de la fase larga recesiva de 1970 a 1990, la sobreexpansión del crédito y las características de la reproducción financiera, el proceso de destrucción de capital y la obsolescencia provocada por la fuerte innovación tecnológica conducen a que la fase de expansión de largo plazo se combine con la crisis financiera. Esta debería depurar el nuevo modo específico de acumulación internacional. Si no fuera así y la crisis no pudiera ser sorteada, se diluirían las condiciones para que se afirme la fase de expansión y ésta se interrumpiría. La denominada crisis asiática podría estar llamada a definir esta cuestión.

Hay nuevas características en la explotación capitalista

De esto se desprende que para analizar el desarrollo de la sociedad capitalista no basta con tener en cuenta la lógica general del sistema sino las expresiones históricas concretas particulares de esta época. La fuerza de trabajo asalariada se ha expandido en el mundo y también la clase obrera, pero ésta ha perdido importancia como núcleo social decisivo en los países desarrollados. Y esto no niega los fundamentos de la teoría de la explotación y del desarrollo del capitalismo ni es una consecuencia de las políticas de Ronald Reagan y Margaret Thatcher sino de que los cambios en la acumulación han incrementado la productividad y el desempleo, desvalorizando y diferenciando la fuerza de trabajo.

Marx adelanta en los Grundrisse[3]que, con un alto desarrollo científico y tecnológico, se reduciría “a un mínimo decreciente el tiempo de trabajo de toda la sociedad” (pág. 232). Lo que aparece aquí es la sociedad capitalista casi automatizada con un alto grado de productividad y la imperativa necesidad de continuar el proceso de producción en que el capital ha puesto a su servicio todas las ciencias, las invenciones se han convertido en ramas de la actividad económica y los procesos mecánicos de trabajo son monopolizados por las máquinas, desvalorizando la capacidad de trabajo.

En esa sociedad prácticamente automatizada “la creación de la riqueza efectiva se vuelve menos dependiente del tiempo de trabajo y del cuanto de trabajo empleados” (pág. 227) su eficacia no está en relación con el tiempo de trabajo inmediato sino que depende del progreso científico y tecnológico y de su aplicación a la producción.

En la manera confusa que caracteriza la redacción de los Grundrisse, Marx pareciera suponer que la persistencia del capitalismo sin necesidad de trabajo tendería a desintegrar ese modo de producción, ya que “el robo de trabajo ajeno sobre el cual se funda la riqueza actual” aparecería como una “base miserable” en comparación con el nuevo “fundamento” de la organización social creada por la gran industria (pág. 228).

“Tan pronto como el trabajo en su forma inmediata ha cesado de ser la gran fuente de la riqueza, el tiempo de trabajo deja y tiene que dejar de ser su medida…”. “El plustrabajo ha dejado de ser condición para el desarrollo de la riqueza social, así como el no trabajo de unos pocos ha dejado de serlo para el desarrollo de los poderes generales del intelecto humano”, con lo que “se desploma la producción fundada en el valor de cambio” (pág. 229) (entendido, en realidad, como el valor). El “desarrollo libre de las individualidades” es la “no reducción del tiempo de trabajo necesario con miras a poner plustrabajo, sino en general reducción del tiempo de trabajo necesario de la sociedad como un mínimo…” Pero “el capital mínimo es la contradicción en proceso” porque “tiende a reducir a un mínimo el tiempo de trabajo, mientras que por otra parte pone al tiempo de trabajo como única medida y fuente de la riqueza. Disminuye, pues, el tiempo de trabajo en la forma de tiempo de trabajo necesario, para aumentarlo en la forma del trabajo excedente; pone por tanto, en medida creciente, el trabajo excedente como condición… del necesario” (pág. 229).

Para una sociedad basada en el plustrabajo, una alta productividad significa que “cuanto menos resultados inmediatos produzca el capital fijo, cuanto menos intervenga en el proceso inmediato de producción, tanto mayores deberán ser esa población excedente y esa producción excedente relativa” (pág. 231).

Partes de estos textos parecen tener bastante en común con algunos rasgos del capitalismo global. El ejército industrial de parados es creciente y permanente y resulta la contraparte de la alta productividad. Pero si el capitalismo es capaz de conquistar una producción casi automática, no por eso desaparece su contradicción básica ni se vuelve más estable. Estarían dadas, más que nunca, las condiciones para que la sociedad no necesitara ningún tipo de organización basada en la jerarquía, la desigualdad y la apropiación del trabajo ajeno.

Así, la crítica del capitalismo actual no consiste en suponer que es peor que en el pasado porque la concentración es mayor o porque sus características de explotación se han reforzado hasta el punto que el alto desempleo o la creciente marginación del mercado darían sustento a la suposición de que el desarrollo de las fuerzas productivas se ha detenido. La crítica de ese desarrollo tiene que destacar lo que hay de nuevo para insertarlo en la lógica general puntualizando el cambio en el modo de acumulación y de apropiación específico de un período, siempre expresado como aspectos cambiantes de un mismo modo de producción general, el del capitalismo.

En segundo lugar, la exégesis de los textos no se debe usar para disimular o negar las nuevas características, porque de otra manera, en vez de servir para entender las transformaciones, le quitan relevancia y entorpecen la crítica. En el desarrollo de Chesnais, los nuevos fenómenos aparecen explicados desde el pasado, con lo que se limita la compresión de lo nuevo y de su integración a la lógica general. Uno de las cuestiones tratadas de esta manera es el llamado capital ficticio.

El capital es ficticio cuando se desvanece

El capital es concretamente ficticio cuando se desvanece, y sólo puede tener un alcance general si el capitalismo desapareciera. Si el valor tiende a desaparecer en la sociedad crecientemente automatizada con ínfima incorporación de nueva fuerza de trabajo, el capital tiende a ser ficticio en la medida que se apoya en un trabajo acumulado desvalorizado. Pero no es ficticio para atrapar la mayor porción de excedente social, dado que estas variantes de capital son las únicas pueden hacerlo por medio del “juego” de los mercados (que deprecia o aprecia a unos mientras aprecia o deprecia a otros). La posibilidad de que casi exclusivamente los mercados (y en menor medida los presupuestos) puedan hacer esa operación, se debe a que la garantía de la capacidad de operación de los mercados radica en el orden político global, que en última instancia es el sustento del llamado capital ficticio. Mientras persista el orden político capitalista, el capital llamado ficticio no será concretamente ficticio por su capacidad de intervenir en la reproducción del capital total y en la distribución de la masa de plusvalía desvalorizada (y por eso inflada como burbuja especulativa, como capital inflacionario) y de transmutarse en otros tipos de capital.

Tengo la impresión de que, tal como fue usado por Marx, y aunque esto no deba ser considerado irreversible porque los textos sagrados sólo existen en la religión, el capital ficticio no es una categoría general. Parece más bien una situación intermedia, porque mientras el crédito se pueda renovar es posible realizarlo o continuar con el descuento de las letras de cambio[4]. A su manera, la tierra también es un capital ficticio, porque tiene precio y no valor. Sólo desde este punto de vista puede hablarse de una ficción, que en lengua española es sinónimo de aparente. La “apariencia” es aquí capaz de generar intereses que se deducen de la plusvalía general y dan lugar a su reparto. Si bien el capital de una sociedad efectivamente no aumenta ni disminuye porque se eleve el curso de las acciones, el aumento nominal del patrimonio se puede transformar en crédito y de ahí en capital con directa capacidad de apropiación de plusvalía. Y si la acción se aprecia, atrae plusvalía general a través de la reproducción financiera del capital total.

Por eso no es cierto que la propiedad de las acciones no den “ningún derecho a ninguna parte del capital productor” “sino únicamente al rendimiento”, como afirma Hilferding siguiendo a Marx[5]. Los cambios de titularidad por adquisiciones en la bolsa no requieren mayores explicaciones, lo que no excluye que una pequeña compra de acciones no de acceso al control del capital, pero este es un fenómeno diferente. Además, la teoría de la “duplicación” no tiene sentido, salvo que se la saque del contexto de la reproducción financiera del capital.

El crédito es un capital anticipado, pero no ficticio. Llegaría a ser ficticio si como capital obtenido por préstamo no fuera capaz de extraer plusvalía o de realizarla. Además, la posible completa desvalorización no es una particularidad del título sino de toda forma de capital. Lo ficticio es la creación del título contra ninguna riqueza material, pero deja de serlo si a ella se llega a partir de la redistribución y apropiación de plusvalía. La plena comprensión del llamado capital ficticio sólo puede alcanzarse en el capitalismo moderno globalizado si se lo asocia con el papel de la moneda y de las emisiones en la redistribución de la plusvalía a través de la reproducción financiera y de la inflación del capital.

El “cable a tierra” de la confrontación con la riqueza existente se produce sólo parcialmente. La evolución de los mercados de valores nos muestran derrumbes de precios pero no una desvalorización completa. La curva del Dow Jones señala una trayectoria de tendencia ascendente, sólo interrumpida por desvalorizaciones en períodos relativamente cortos (en el Nikkei estos períodos han sido más largos), que no cambian el sentido de la valorización. En la curva de valorización especulativa, las depreciaciones propias de los cracks son sólo interrupciones más profundas que las periódicas y habituales. El capital no termina de ser ficticio por su misma lógica. Por su parte, la desvalorización de toda forma de capital tiene que ver con la obsolescencia más rápida o más tardía determinada por el progreso técnico y la competencia.

Pretender que la lógica del capital incluya la posibilidad de que la porción nominada en títulos se vuelva completamente ficticia es resucitar la teoría del derrumbe. En cambio, la permanente valorización-desvalorización sí pertenece a dicha lógica. La teoría del derrumbe también está presente en las afirmaciones que se mantuvieron durante largo tiempo, en plena época de oro -como ahora en la globalización- de que las fuerzas productivas dejaron de crecer, que son formas fáciles de eludir el análisis de fenómenos sociales incómodos de aceptar. Esperar que esos fenómenos se expliquen por la lógica general es tomar la historia como una prueba de fe, donde los acontecimientos sólo se pueden conocer a través de una continua exégesis.

Mientras persista el orden político del capital y el modo de producción capitalista, el capital no se volverá completamente ficticio sino que la sobrevalorización de las acciones, como toda burbuja de crédito, se expandirá y se descomprimirá, en una tendencia general hacia la expansión, como lo muestran los índices bursátiles a casi cien años de los escritos de Hilferding. Los títulos, como el crédito, forman parte del círculo completo de la reproducción productiva y financiera del conjunto de los capitales.

La lógica del capital muestra la trama profunda de la explotación, pero no se puede prescindir de sus cambios históricos y puntuales, que no dependen de la lógica general aunque se sometan a ella. En el capitalismo globalizado, desarrollado casi hasta el extremo que plantea Marx en los Grundrisse, crece el peso del trabajo que produce valor diferencial[6]. Asimismo, crece la posibilidad del ocio, transmutada por la explotación en desocupación y marginalidad. Es la evidencia más clara de que el fabuloso incremento de la productividad hace más posible que nunca una radical transformación social, que no necesariamente tiene que revestir las formas que se podían imaginar hasta ahora. La lógica social en el capitalismo no es exclusivamente la lógica del modo de producción capitalista, aunque no se pueda comprender sin ésta.

La lógica inherente al capital es una lógica de la explotación y esto no está en discusión. Lo importante es formular hipótesis cambiantes (las certezas no existen en las ciencias sociales) sobre los posibles canales de evolución del capitalismo mundializado, el decrecimiento relativo de la fuerza de trabajo, el tipo de sociedad que podría resultar de ese proceso, las nuevas fracciones de clase que emergen, las consecuencias del trabajo con valor diferencial y los trabajadores que en el futuro podrían cumplir un papel similar al que cumplió en el pasado la fracción obrera de los asalariados. La lógica social aparece como un choque entre las exigencias de la productividad capitalista y la resistencia de los explotados, entre las posibilidades de una sociedad cada vez más automatizada y la exclusión social. La lógica del capital es más clara que nunca, por la universalidad de la explotación y la extensión y profundización del capitalismo. Pero el avance de la automatización y la productividad no reproducen el cuadro social del pasado, por lo que el porvenir no puede explicarse reduciéndolo a la lógica general del capital.


[1]Francois Chesnais, Notas para una caracterización del capitalismo a fines del siglo XX, Herramienta, Nº 1, Buenos Aires, agosto 1996.

[2]Carlos Marx, El Capital, Libro primero, Tomo I, vol. 3, Siglo XXI, México, sexta edición, 1980, pág. 785.

[3]Carlos Marx, Elementos fundamentales para la crítica de la Economía Política (Grundrisse), 1857-1858, vol. 2, Siglo XXI, México, séptima edición, 1978. Las páginas, correspondientes al Cuaderno VII (Maquinaria y trabajo vivo, Contradicción entre base y desarrollo de la producción, y Significado del desarrollo del capital fijo) están señaladas en el texto.

[4]Carlos Marx, El Capital, Libro tercero, Tomo III, vol. 7, Siglo XXI, tercera edición, México, 1979, Capítulo XXIV, págs. 499 a 532, incluidas notas de Engels insertadas en el texto.

[5]Rudolf Hilferding, El capital financiero, Tecnos, Madrid, 1963, pág. 141.

[6]Sobre el valor diferencial y la diferenciación del capital, ver Pablo Levin, El capital tecnológico, Catálogos, UBA, Buenos Aires, 1997. El alcance limitado del presente comentario impide un mínimo análisis de los polémicos conceptos presentados en este libro en su Parte tercera.

Agradecemos a Revista Herramienta por cedernos este imprescindible artículo.

Artículo en word: la-crisis-y-el-porvenir-del-capitalismo-no-se-explican-solo-por-la-logica-de1

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