El bonapartismo agrario


Por Horacio González *
El escrito de Carlos Marx El 18 Brumario de Luis Bonaparte III ha sido citado implícitamente por la Presidenta en algunos discursos recientes y ha merecido diversos comentarios desde unas excitadas trincheras en las que actúan los profetas del menosprecio. Este texto tan nombrado se halla entre los que conservan mayor vitalidad del acervo del siglo XIX y, si excluimos novelas y poesías, hay que ponerlo en un selecto puñado de escritos integrado por El nacimiento de la tragedia, de Nietzsche, El origen de las especies, de Darwin, o la Fenomenología del espíritu, del propio Hegel. Sé que es injusto dar una lista tan breve, pero quiero señalar la importancia del sabio libelo de Marx que permite, antes que ninguna otra cosa, instruir al orador político y alertar sobre la naturaleza engañosa de los asuntos políticos.

El 18 Brumario es un texto pedagógico sobre cómo encaminar un discurso y cómo juzgar la inestabilidad esencial del mundo histórico. Enseña el valor de la cita, el derecho a recobrar las voces insepultas del pasado y el juego gracioso con las fuentes del conocimiento histórico. El propio Marx lo hace, al declarar que la famosa cita que está en el pórtico del escrito –“los hechos resonantes y grandes personajes de la historia se repiten como si dijéramos dos veces”– es atribuible a Hegel, quien la habría escrito “en alguna parte”. No creo que haya tal lugar. Mucho más parece un compendio o una conclusión que obtiene Marx de la lectura de las lecciones generales de Hegel sobre historia y filosofía, o bien algo que ha escuchado en los pasillos de la universidad en la época en que era estudiante, donde aún se repetían frases memorables de las clases de Hegel. En cuanto a la segunda parte de la frase, “pero Hegel se olvidó de aclarar que una vez como tragedia y otra vez como comedia”, ni es olvido de Hegel ni Hegel lo hubiera dicho así, sino que parece una referencia indirecta de Marx a las Lecciones de Estética de su maestro.

Marx hizo célebre esa frase al atribuirla a Hegel. Correspondía en verdad a su propia concepción, presentada con el procurado aval de su maestro. De ese modo se señalaba que el acto por el que una nueva época lograba desprenderse de las mallas del pasado era de naturaleza trágica. El mismo lo había afirmado así en sus trabajos de 1844. Marx discutía con sus escritos anteriores, con sus propias citas y reiteraciones.

La gran apertura de El 18 Brumario, imprecisa y al mismo tiempo sutil, se hizo célebre recién en el siglo XX. Incesantes citas y evocaciones la aluden, mencionando o no su compartida autoría. Así, las citas de la Presidenta y la de sus debatidores –y este mismo artículo– se incorporan a la sugestiva mitología de El 18 Brumario, revelando su vigente poder textual. El 18 Brumario se ocupa de una decisiva articulación de temas. Por un lado, la crítica a la posibilidad de repetición histórica; por otro, a la necesidad de independizar al proletariado de los “venerables recuerdos nacionales” de las insurrecciones anteriores. Preguntándose sobre los actos libres en la historia, en relación con los condicionamientos heredados –y por eso, El 18 Brumario es de la misma talla que El príncipe, de Maquiavelo–, Marx apela a una formidable elaboración sobre los obstáculos de la memoria, el ilusionismo de los hechos, la dramática imposibilidad de eventos políticos puros, la ilusa comicidad de la historia, la representación desencajada –pues tanto el príncipe como los proletarios ocupan un lugar quimérico– y la índole resquebrajada de las tramas políticas, ejemplificadas en que Napoleón III “necesita dar un golpe todos los días”.

No hay escrito más apasionante que El 18 Brumario –con su nombre tomado del mes revolucionario de las brumas–, en referencia a la pregunta por la naturaleza de la acción política. Esta nunca es definible de antemano. Nunca se establece en ninguna clase de unidad o cohesión. Todo se halla trastrocado y ninguna identidad es otra cosa que una danza de máscaras. Todo parece flotar en el aire, toda representación es usurpada o imposible, los intereses de cada sector social son casi siempre irreconocibles. Sólo se manifiestan con disfraces, velos y caricaturas. Los cuerpos vagan desprendidos de sus símbolos y éstos son falsos refugios de una sociedad descoyuntada. Sin embargo, este pavoroso panorama, que para muchos Marx ha inspirado en el Coriolano de Shakespeare o en ciertas atmósferas de Ricardo III, debe encontrar su remanso. El Estado, finalmente, que parecía una sombra que deambulaba por bárbaros bulevares, a alguien representaba. Se trataba de los pequeños campesinos, que en su momento, con el primer Napoleón, habían jugado un papel progresista y ahora, hacia 1850, eran una clase rencorosa y vil representada por Bonaparte III, su sobrino impostor. Marx no es complaciente con la conciencia servil y supersticiosa de los campesinos franceses, a los que ve como una suma de unidades inertes, que se asemejan, según dice, a “una bolsa de papas”.

El bonapartismo –concepto que Marx nunca usa– pasó a ser así una crítica a las formas vacías de representación que se basan en “ropajes” de épocas anteriores o en apelaciones simuladas y genéricas a una herencia nacional siempre caprichosa. Adicionalmente, significa un llamado a interrumpir las apelaciones al antiguo panteón nacional para justificar los hechos del presente, esto es, quebrar la fantasía de una historia cíclica, liberar las clases sociales activas de sus propios recuerdos míticos y permitir que los campesinos salgan por fin de la “edad media napoleónica”.

De este sugerente programa, nuestra época quiere retener muchas cosas, pero sólo es posible bajo ciertas condiciones. En primer lugar, es necesario romper los círculos repetitivos de la historia, la madeja irreflexiva que nos apresa a la reiteración circular. Pero a cambio debe aflorar la memoria como indagación permanente y serena devoción del pudor cívico. Ella es tanto un derecho del presente a buscar sus vías de autoconocimiento como un acto de reinterpretación constante del pasado realmente acontecido. En segundo lugar, las raíces clásicas de la representación social –que Marx buscaba forjar– están deshechas por la construcción de nuevos públicos bajo el imperio de los medios de comunicación. El 18 Brumario se escribió cincuenta años antes de la radio y cien años antes de la televisión. Pero en realidad las anticipa en lo que llama “los espectros del tiempo de los romanos que velaron la cuna de la burguesía”.

En tercer lugar, las realidades institucionales son siempre inestables, los paisajes sociales se alimentan de grietas permanentes, pero en nuestra época no por la acción de príncipes aventureros y comediantes, sino de nuevas configuraciones económicas universalizadas, ellas sí procurando su embozo reverencial en apelaciones respetables (“federalismo”, “chacareros autoconvocados”) que sin embargo no se privan de operar como arietes de redes económicas abstractas que regionalizan o parcelan el mundo de manera virulenta, por encima de andamiajes nacionales a los que obligan a debilitar su autodominio y capacidad resolutiva.

Por último, bajo la apariencia falaz de que se está haciendo política desde genuinas raíces sociales, culturales y telúricas (“los productores de manos callosas, rostro curtido por el sol y palabra franca”) se está trazando un estilo general de intervención global a partir de las nuevas finanzas mundiales inducidas por los precios de exportación de los productos primarios, lo que configura una brusca redefinición de la historia económico-social del país, un verdadero “bonapartismo agrario”, con sus calculadas rememoraciones antiguas y sus nuevos bandeirantes gozosos de rentabilidades. Todo parece flotar en el aire, todo ocurre bajo ropajes de apariencia estimable y querencias sin mácula. Pero en lo que tiene de riesgoso para la democracia efectiva del país, todo ocurre “como si dijéramos dos veces, una vez como tragedia y otra vez como comedia”.

Fuente: Página 12

* Sociólogo, profesor de la UBA, director de la Biblioteca Nacional.

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