Fue el hecho más sangriento que sufrió la Iglesia argentina”


SE ESTRENA 4 DE JULIO: LA MASACRE DE SAN PATRICIO

“Fue el hecho más sangriento que sufrió la Iglesia argentina”

El documental dirigido por Juan Pablo Young y Pablo Zubizarreta testimonia la matanza de la iglesia de San Patricio, en el barrio de Belgrano R, cuando un grupo de tareas de la ESMA ejecutó a sangre fría a cinco integrantes de la Congregación Palotina. Por Ana Bianco

El 4 de julio de 1976 una patota de la Esma dirigida por Antonio Pernías irrumpió en la iglesia de San Patricio en el barrio de Belgrano R y, previa identificación, ejecutó a cinco integrantes de la Congregación Palotina: los sacerdotes Alfredo Leaden, Alfredo Kelly y Pedro Duffau y los seminaristas Salvador Barbeito y Emilio Barletti.

El documental 4 de julio: la masacre de San Patricio, dirigido por Juan Pablo Young y Pablo Zubizarreta, testimonia el antes y el después de los hechos y demuestra que no se trató de un aleatorio ni improvisado atentado por parte de la dictadura. ¿Cuál fue el móvil del mayor ataque en la historia de la Iglesia argentina? La jerarquía eclesiástica apoyó el golpe militar y sabiendo de la autoría de la dictadura en la masacre eligió el silencio. Como bien relata el film, los sacerdotes incidían en los jóvenes y en la mayoría de las nuevas generaciones de seminaristas que trabajaban y estudiaban en la universidad y propiciaban una iglesia nueva, influenciados por la Teología de la Liberación y la opción por los pobres.

Los testimonios de los ex seminaristas Jorge Kelly y Roberto Killmeatte, del periodista Eduardo Kimel, autor del libro La masacre de San Patricio, y de Kevin O’Neil, de la congregación palotina, entre otros, se suman al relato. La película rescata material de archivo fílmico inédito, como el velatorio en la iglesia con los ataúdes abiertos y cuenta con la voz en off del actor Julio Chávez, quien aporta sensibilidad y hondura en su relato de los fragmentos del diario de Alfie Kelly. Los directores Young (38 años) y Zubizarreta (34 años), vecinos del barrio, y feligreses de San Patricio, se conocieron estudiando cine en la Enerc y tuvieron la perseverancia –a pesar de las reticencias de una parte de la congregación– de filmar esta historia, clave en la temprana formación de sus vidas. 4 de julio… se exhibirá hoy en carácter de preestreno en la iglesia de la Santa Cruz (EE.UU. y Urquiza) a las 20 y a partir del jueves –después de un recorrido internacional y varias premios– se estrenará en las salas: Malba (Figueroa Alcorta 3415), Teatro 25 de Mayo (Av. Triunvirato 4444) y Gaumont.

–¿Por qué se perpetró el operativo para ejecutar a los cinco palotinos?

Pablo Zubizarreta: –Lo disparó un hecho puntual, el estallido de una bomba el 2 de julio en el comedor del personal de la Superintendencia de Seguridad Federal en la capital. El 3 fue el funeral de las víctimas de ese atentado y en la madrugada del 4 hubo una especie de noche de San Bartolomé: no sólo ocurrieron los asesinatos de los sacerdotes palotinos y seminaristas, sino también apareció un cuerpo de un hombre desnudo, maniatado en el Obelisco. Con los crímenes en la iglesia de San Patricio, la Junta militar iba en contra de sus aliados. La jerarquía de la Iglesia argentina apoyó el golpe de Estado y el general Rafael Videla en sus discursos usaba un lenguaje religioso que daba cuenta de su militancia católica. Los sacerdotes asesinados tenían una postura firme de renovación dentro de la Iglesia, y la expresaban. Un grupo de tareas de la ESMA realizó el operativo. Había que atreverse a matarlos allí en la misma iglesia. El móvil era “limpiar”, dentro de las filas de la Iglesia, a esa parte comprometida con la realidad social. El Evangelio podía ser concebido ideológicamente de dos maneras: una Iglesia aliada al poder militar y otra por la opción por los pobres, que para mí es la opción de Jesús, la opción cristiana por excelencia.

–¿A la iglesia de San Patricio concurrían miembros de la Junta militar?

P. Z.: –Ubicada en el barrio de Belgrano R, una palabra dicha ahí tenía valor simbólico, concentraba parte del poder político, militar y económico. Roberto Alemann, uno de los ex ministros de Economía de la dictadura, y Guillermo Suárez Mason, a cargo de la Jefatura del I Cuerpo de Ejército, entre otros altos mandos, concurrían a las misas. Suárez Mason estuvo en la misa de exequias. Los propios asesinos estaban sentaditos allí en primera fila. Con la muerte de Alfredo Leaden, se hizo cargo como superior inmediato Kevin O’Neil, quien pidió que por favor no mandaran coronas de flores. La única corona la envió el Ejército, que ese mismo día, a través de un comunicado, había acusado a elementos subversivos de los asesinatos.

–¿Qué sucedió en San Patricio después de la masacre?

P. Z.: –Un sacerdote se encuentra con otro y se dan cuenta de que no se habían visto ni hablado por teléfono desde hacía dos meses. Se generó un miedo tremendo, una paralización y un retroceso en esos grupos de jóvenes que se reunían cada quince días. El 4 de julio es el hecho más sangriento ocurrido a la Iglesia argentina en toda su historia. Las muertes no se produjeron en “accidentes automovilísticos” como las de los obispos Enrique Angelelli y Carlos Ponce de León. Cinco cuerpos acribillados en la propia iglesia es un mensaje muy fuerte y planificado. Esa noche era zona liberada y había dos coches estacionados en frente de la parroquia y fueron vistos por testigos. Uno de ellos, Julio –hijo del general José Martínez Waldner, gobernador de Neuquén–, quien al llegar a la esquina de su vivienda observa el interior de los vehículos y piensa que pueden ser subversivos que van a atacar su casa y a su familia. Se dirige a la Comisaría 37 y al principio no quieren tomarle la denuncia, pero finalmente aceptan y van a identificarlos y luego pasan por la esquina donde estaba el custodio de la casa de Martínez y le dicen “no te metas porque estos vienen a reventar a unos zurdos”. Varios testigos vieron entrar a hombres armados a la iglesia y pensaron que iban a pedir permiso para pasar al fondo y de ahí acceder a otra casa. Es paradójico que la policía de la 37 identificara a los asesinos, y al otro día los peritos policiales sacaran fotos de los cuerpos acribillados y de los escritos en tiza, uno en la puerta con la leyenda: “Por los camaradas dinamitados en Seguridad Federal. Venceremos. Viva la Patria”. Y otro sobre una alfombra que decía: “Estos zurdos murieron por ser adoctrinadores de mentes vírgenes y son M.S.T.M.”, la sigla con que se identificaba al Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo. Y son los mismos policías los que se encargan de borrar dichas inscripciones.

–¿Cómo incorporaron los textos del diario de Alfie Kelly que Julio Chávez lee en off?

P. Z.: –Tuvimos acceso al diario desde el 1 de enero del ’76 hasta dos horas antes de que lo asesinaran. Alfie escribía en un cuaderno Gloria. Es un relato íntimo que al espectador lo hace partícipe del día a día y de sus preocupaciones en los convulsionados tiempos políticos que se vivían, y con el resto del material de archivo completan un contrapunto interesante. El diario transmite claramente lo que los cristianos denominamos el martirio. Alfie era consciente de que iba a ser asesinado y, sin embargo, decide seguir adelante. Las homilías de Alfie Kelly no despertaban adhesión y una carta acusándolo de comunista estaba firmada por los vecinos del barrio. El libro La masacre de San Patricio, de Eduardo Kimel, es la base de nuestra investigación. En un libro posterior, En honor de Dios, de Gabriel Seisdedos, están los diarios. Accedimos directamente a los diarios de Alfie Kelly y también al expediente judicial, que Kimel consultó mientras escribía el libro, pero que después no lo encontró más, estaba teóricamente “perdido”. En la película hay una escena en la que Eduardo Kimel está en el juzgado hojeando los escritos y ve las fotos de los cadáveres acribillados. La Fiscalía que lleva adelante la causa de los palotinos nos pidió la película para incorporarla a la megacausa de la ESMA. El material de archivo de las exequias lo encontramos en EE.UU., gracias a la ayuda del periodista norteamericano, Robert Cox, director del Buenos Aires Herald en esos años. El velatorio había sido registrado por corresponsales de ABC en Chile y son escenas muy reveladoras de los féretros a cara descubierta en la iglesia. La película empieza con la noticia de los asesinatos a través de una recreación con audio de un noticiero de la época. Los cadáveres nuevamente aparecen cuando el primer testigo, Rolando Savino, organista de la iglesia, relata que después de haber tocado el timbre entra por una ventana y se encuentra con los cadáveres, mientras feligreses aguardaban en las puertas que estaban cerradas.

–¿Cuál fue el aporte del sacerdote palotino Kevin O’Neil?

Juan Pablo Young: –Es casi el inspirador de la película. El recopilaba todo material que sirviera para recordar a sus amigos, colegas y compañeros muertos. Sin el acceso al archivo de Kevin O’Neil, no hubiéramos podido contar la película como la retratamos. En el proceso inicial teníamos sólo diez fotos. Kevin atesoraba el material en una caja grande, pero estaba todo mezclado, fotos de los orígenes del noviciado de San Antonio de Areco de los ’70, con fotos del entierro, de los primeros viajes que realizaban a Los Juríes en Santiago del Estero y fotos de los sacerdotes asesinados. Además había cartas escritas al Episcopado y a las autoridades de la Comunidad Palotina en Irlanda. Nos demoramos en trabajar con Kevin en el archivo, porque él estaba viejo, no tenía mucha energía y ese archivo requería una limpieza, un orden y una organización de la que Kevin no podía ocuparse solo. Era un indicio de cómo la congregación mantenía ese archivo en ese estado. Kevin fallece el 16 de enero de 2003 y nosotros nos preocupamos por ese archivo y pedimos autorización para trabajar con el material. Nos costó, pero finalmente accedieron y reprodujimos las fotos en un día en la casa parroquial. Con la beatificación por parte del Vaticano de los palotinos asesinados, la congregación está organizando el archivo y buscando datos. En las diferentes etapas burocráticas, una parte es la biografía de los “mártires”.

Pablo Zubizarreta: –Kevin O’Neil siempre fue un hombre muy dispuesto. Me conocía desde chico, yo vivía a dos cuadras. Nuestras familias iban a la iglesia. Mi padre, Alberto, había sido ministro de la eucaristía en San Patricio y al final de la dictadura y después, en la democracia, organizaba los actos recordatorios del 4 de julio, junto con otros feligreses en la búsqueda de la verdad y de la justicia. La comunidad palotina hacía una mención dentro de la iglesia pero no permitía actos. Nosotros los hacíamos en la esquina y siempre Kevin participaba y también se hacía presente en actos denominados “políticos” por su congregación y que propiciaban Adolfo Pérez Esquivel y Augusto Comte, de la corriente Humanismo y Liberación del Partido Demócrata Cristiano. Kevin siempre con su dolor, pero con valentía, apoyaba las iniciativas por parte de los laicos.

–¿A qué conclusión arribaron con el documental?

Juan Pablo Young: –El compromiso que tenía la comunidad de San Patricio con la renovación de la Iglesia era muy fuerte. Ellos representaban a un sector de la Iglesia que se oponía al golpe de Estado. El noviciado de Areco era impulsado por Alfie y Kevin y despertaba conflictos con otros sectores de la congregación que lo veían como una línea demasiado progresista. Una vez ocurrido el crimen, tuvieron la excusa perfecta para desintegrarlo.

Alfie, la opción por un Dios de la vida

 Por Marcela Bosch *

El 4 de julio de 1976, la Iglesia de San Patricio se cubrió de sangre: cinco cuerpos de varones yacían en la capilla. “Estos zurdos murieron por ser adoctrinadores de mentes vírgenes”, podía leerse en una alfombra.

Uno de los cuerpos pertenecía al sacerdote palotino Alfredo Kelly, “Alfie” para los conocidos. Los días anteriores a su muerte habían transcurrido entre las tensiones que vivía en su propia iglesia, sumada a las tensiones que, aunque en grado menor, sobrellevaba en la Junta de Catequesis Arquidiocesana de Buenos Aires, de la cual era vicepresidente, en franca disidencia con su presidente Juan Carlos Leardi, un sacerdote conservador alineado con el aquel entonces arzobispo Juan Carlos Aramburu. Conocí a Alfie a mediados del año 1974, en un Encuentro de Catequistas preocupados por poner en práctica las enseñanzas de los Documentos de la Iglesia Latinoamericana en Medellín (1968) y el Documento emitido por el Episcopado Argentino en San Miguel (1969). Luego participábamos en las reuniones de la Junta de Catequesis, en las cuales Alfie hablaba poco, exponía sus ideas de forma concisa y no rehuía el enfrentamiento afín de sostener las mismas.

Alfie me doblaba en edad; sin embargo, nunca sentí que utilizara esta diferencia para hacer valer sus opiniones sobre las mías. El poseía el don de la escucha atenta y la capacidad para hacerse querer por los jóvenes. Me gustaba su aire de gringo campechano. Mientras escribo, tengo en mi mente sus ojos vivaces y una mirada franca que asomaba debajo de una boina negra que cubría su calvicie. Yo disfrutaba particularmente las ocho cuadras que caminábamos juntos a la salida de las reuniones. Me pregunto ahora si me acompañaba o me protegía, quién sabe… Me acuerdo de que sólo cuando me veía subir al colectivo 65 se alejaba en dirección contraria, camino a su casa. Alfie vivía en la Iglesia San Patricio, de Belgrano R. Sus feligreses poco tenían que ver con los pobres, los que padecían las injusticias, los que estaban sedientos de verdad, aquellos a los que Alfie desde joven había decidido entregar su vida con vocación de servicio. Sin embargo, Alfie se quedó en esa iglesia y desde allí, con la seguridad que emanaba de una fe profunda y madura, actuaría proféticamente: anunciando el Evangelio a los jóvenes y denunciando a los adultos que actuaban indignamente, tal como lo hizo en la homilía que trascendió con el nombre de “el sermón de las cucarachas”: así Alfie denominó a los feligreses de su iglesia que habían participado en remates de bienes robados a los desaparecidos.

Alfie formaba parte de una generación de sacerdotes que desentrañaba la dimensión revolucionaria de los Evangelios al asumirlos hasta las últimas consecuencias. Ellos se negaban a mostrarse serviles frente a una Iglesia Católica que, incapaz de despojarse de sus privilegios, permanecía muda ante la injusticia social y profundizaba día a día su complicidad con los asesinos del pueblo. Muchos jóvenes cristianos de ambos sexos compartíamos nuestro tiempo con estos sacerdotes, nos conmovía su entrega para trabajar por el Reino. Un Reino que el fulgor de la época nos llevaba a identificar con la liberación que recorría toda América latina. Y que el ímpetu de la edad nos hacía creer la inminencia de su llegada a nuestro pueblo.

Alfie fue un ejemplo de coherencia y sin duda contribuyó a alimentar en mi mente, como en las de tantos otros jóvenes, el sueño que era posible un mundo con equidad. Lo vi por última vez poco después del 14 de mayo, cuando desaparecieron mis amigas María Ester Lorusso y Mónica Quinteiro. Supo de mi miedo y mi dolor y percibí en él algo nuevo para mí: su gran espiritualidad en medio de la crisis. Hablamos por teléfono una semana antes de su muerte y acordamos en llamarnos para establecer un encuentro previo a la reunión decisiva de la Junta Arquidiocesana, el 6 de julio. La cita nunca se concretó… El había vivido consciente hasta último momento de cada palabra que pronunciaba, de cada mano que tendía y de los riesgos que asumía día a día. Al igual que Jesús, Alfie no buscó su propia muerte, simplemente la aceptaba, tal como podemos leer en su propio diario, como una consecuencia de su vida y de su compromiso. En aquellos días de horror, frente al dios sacrificador de la Doctrina de Seguridad Nacional en el cual creían muchos de sus colegas sacerdotes y obispos, Alfie había optado por un Dios de la vida que dignifica la vida aun después de la muerte.

* Doctora en Teología y militante de derechos humanos.

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2 Respuestas a “Fue el hecho más sangriento que sufrió la Iglesia argentina”

  1. consternado, por el crimen de estos hombres que se entregaron a Dios, diciendo Si, dejandolo todo por todo. Yo quiero dejar todo por todo y busco a Dios de una manera similar. Esto ha hecho en mi un estado de conciencia muy cercano a la Iglesia y a Jesús. Por eso recemos por la vocaciones sacerdotales y religiosas, para que no falten a ese valor de decir Si, como lo hicieron estos religosos. Lic. Adrián Díaz.

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