Entrevista a Pedro Sloterdijk (Fuente: El paìs)


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Peter Sloterdijk (Karlsruhe, 1947) es filósofo. Durante la sesión plenaria de apertura del encuentro celebrado ayer en Madrid sobre la identidad europea definió a Europa como “un espacio de refugio, de segundas oportunidades y esperanzas”. En esta entrevista precisa sus ideas.

Pregunta. Europa, dice usted, es un espacio de refugio y segundas oportunidades. Pero también parece un lugar con muchas ganas de cerrarse.

Respuesta. En los países miembros de la UE hay tendencias proteccionistas, no sólo en el sentido económico. Es un proteccionismo del bienestar, del lujo. Las personas aún no han entendido una cosa: la diferencia radical entre la unidad coexistencial y la unidad de supervivencia. Para un país europeo esta última es, irrevocablemente, Europa. No se puede imaginar un país viviendo fuera del contexto europeo, aislado. La nación, que antes era el contexto de supervivencia, ahora es sólo el contexto de coexistencia. Si se entiende esto, se entiende que proteccionismo, aislacionismo y neonacionalismo tienen una limitación muy clara.

P. El miedo ha sido un factor de empuje hacia la construcción de Europa. El miedo al comunismo llevó al capitalismo europeo a conceder protecciones sociales. Caído el fantasma comunista, ¿estamos condenados a un retroceso?

R. No creo que estemos condenados a un retroceso. Pero hacen falta nuevos movimientos que sustituyan a los miedos para lograr esos objetivos.

P. ¿Los sindicatos están capacitados para ello, ahora?

R. Los sindicatos no están ejerciendo esa función. Y nos encontramos en una situación en la que hay una perversa e inconsciente coincidencia entre neoliberalismo y terrorismo. Imaginamos una amenaza exterior y no nos damos cuenta de que la auténtica amenaza está dentro y es la cuestión social. Hay una sinergia entre neoliberalismo y terrorismo. El neoliberalismo quiere bajar los costes para la paz social. El terrorismo ayuda a eso porque produce un clima en el que nadie se atreve a exigir y a plantear exigencias.

P. ¿Tienen más influencia en Europa las patronales que los políticos?

R. No, ésa sería una definición caricaturizada y minimalista de Europa.

P. ¿Qué espera a la UE en un futuro próximo?

R. Unos 10 años de tranquilidad, en los que 27 hijos únicos aprenderán a convivir juntos.

Una historia de la violencia

Cólera y tiempo, el nuevo libro del filósofo alemán Peter Sloterdijk.

Elizabeth Burgos, París

viernes 16 de noviembre de 2007 6:00:00

Cada nueva obra del alemán Peter Sloterdijk significa un verdadero júbilo. Su libertad de palabra, su irreverencia ante el pensamiento correcto, provocan una emoción singular, pues cada vez es más raro que sorprenda la originalidad de un pensador o la osadía de quienes se dedican a pensar el mundo. En lugar de transgresión, se brinda al lector un pensamiento dócil. Quienes se dedican hoy a la labor del pensamiento, a lo sumo logran resumir superficialmente lo que otros ya desarrollaron con profundidad. Los contemporáneos, huérfanos de ideas, perplejos, se inclinan ante las nuevas normas del pensar correcto forjadas por los medios, limitándose a repetir el conformismo ideológico que estos imponen.

Sloterdiejk se ha consagrado a radiografiar sin complacencia, de manera casi despiadada, el mundo en que vivimos. Percibe la filosofía como una “teoría narrativa de la génesis del universo”, “una meditación sobre el ser-en-situaciones”, “el estar-en-el mundo”. A ello otorga el nombre de “teoría de la inmersión” o del “estar juntos”. Así lo expresa en su anterior obra publicada, El palacio de cristal. En interior del capitalismo planetario. El autor intenta esbozar los contornos de una teoría del tiempo presente, mediante la recapitulación de la historia de la globalización terrestre a partir de un gran relato de inspiración filosófica.

En sus primeras obras, tituladas Esferas, analiza las fases que han constituido el espacio humano. En El palacio de cristal describe las diferentes etapas de la construcción del mundo y de las satisfacciones que Occidente ha ofrecido. En esta última entrega, Cólera y tiempo, en alusión a la obra de Heidegger, Ser y Tiempo, Sloterdiejk hace un recorrido por la historia, comenzando por los griegos, del papel motor que ha jugado la cólera en la civilización occidental.

Se remonta a Homero, origen de la tradición europea. El primer verso que introduce La Iliada comienza por la palabra “cólera”, “tan fatídica y solemne como un llamado que no tolera contradicción alguna”. En Homero aparece “el concepto latente de personalidad fragmentada o de personalidad receptáculo que se aproxima a la personalidad del hombre postmoderno y sus desarreglos disociativos crónicos”, apunta el filósofo. En todos: de Homero a Lenin, de La Biblia al Libro Rojo de Mao, de Caín a Freud, nos encontramos con la presencia de ese sentimiento: la cólera, verdadera pulsión y motor de la acción, y por lo tanto, manipulable.

La cólera surge primero como un instinto. Luego va cobrando espacio hasta conformar un “banco mundial de la venganza”, destinado a instrumentalizar los sentimientos de rebelión de los oprimidos y utilizado como moneda para conseguir el poder. Esta configuración se encuentra indistintamente en La Biblia, el anarquismo, el leninismo, el fascismo, el maoísmo, explotadores todos de la cólera y del deseo de reconocimiento que poseen los seres humanos. Ese sentimiento de aprobación del cual está ávido el ser humano, se transforma en cólera y en esa reacción tan eminentemente humana se inserta la manipulación de los forjadores de ideologías.

Un subproletariado encolerizado

Por supuesto que en su análisis Sloterdijk no deja de lado el Islam. Se pregunta si el Islam político sería capaz de crear un nuevo banco mundial de la disidencia que substituya al del comunismo como dogma mundial. Es cierto que el Islam, tras los atentados en Estados Unidos y en Europa, ha logrado imponerse de la noche a la mañana como “enemigo de substitución”.

A los “politólogos trágicos”, convencidos de la necesidad de tener siempre un enemigo, el furor de los islamistas les cayó del cielo. La amenaza del terrorismo “genera en el colectivo un estrés imaginario”, contribuyendo al surgimiento, pese a las diferencias de clase, de un sentimiento de “comunidad solidaria”, al tiempo que se admite la instauración de situaciones postdemocráticas, en las que los jefes de Estado elegidos democráticamente se pueden comportar como comandantes en jefe.

El Islam político tiene condiciones para erigirse en sucesor potencial del comunismo. La dinámica irresistible de la misión es capaz de ofrecer a sus adeptos una “imagen del mundo” fácil, grandiosa y teatral: la dinámica demográfica de su terreno de reclutamiento. Pero pronto surge la frontera que no permite compararlo con el comunismo. En lugar de la idea de clase obrera y de asalariados reunidos para poner término a su condición amparándose en el poder, los islamistas constituyen un subproletariado encolerizado.

Mientras que el comunismo encarna una forma auténtica de las tendencias occidentales hacia la modernización —no bajo el ángulo económico—, el islamismo es anacrónico en el mundo contemporáneo y su actitud antimoderna rompe con la cultura científica global, de parásito frente a la tecnología armamentista occidental. Quienes pretenden que el próximo siglo sea del Islam, no perciben que el mundo islámico tiene que “salir de la situación de retraso de la cual él es el propio responsable”. Ningún Marx islámico puede afirmar hoy que la tecnología que surgió del seno de la civilización occidental, no alcanzará su pleno desarrollo sino entre las manos de los islamistas.

Se trata de una “ideología vengadora, que no puede más que castigar, pero que no produce nada”. Su debilidad como religión política radica en el hecho de que sus líderes no pueden formular para el mañana más que “conceptos no técnicos, románticos, teñidos de furor”. Si bien es cierto que, tras varios siglos de estagnación, ha despertado de su sueño dogmático, descubre que no podrá “reanudar las grandes gestas culturales que realizó hasta el siglo XIII, cuando era cosmopolita, moderado y creativo”. No obstante, Sloterdijk admite en su libro que los años venideros reservan “ofensivas incoherentes que podrían tener semejanza con movimientos de renacimiento semimodernos de perdedores coléricos como los de la era más desagradable de Italia y de Alemania”.

Escepticismo y una nota de optimismo

Del comunismo, el autor de Cólera y tiempo opina que “la satisfacción de la ebriedad filistina de la expropiación y la exigencia de venganza hacia la fortuna privada en su conjunto, han sido siempre más importantes que liberar el flujo de los valores”. Asimismo, compara el socialismo con una máquina a la cual se le ha extraído el motor y que se pretende hacer funcionar tirándola por bueyes.

Un dato inesperado en un intelectual europeo, es la reivindicación que Sloterdijk hace de la controvertida obra de Francis Fukuyama, El fin de la historia y el último hombre (1992), y admite que su nueva obra es un diálogo imaginario con la del politólogo de origen japonés, la cual “considera como uno de los pocos análisis filosóficos contemporáneos que tocan el nervio de la época”.

Para Sloterdiejk, el libro de Fukuyama representa el sistema que mejor analiza la situación del postcomunismo en el mundo y la antropología política del tiempo presente. El filósofo alemán admira la “sensibilidad impresionante” de Fukuyama, que se pregunta si la democracia liberal estará capacitada para ofrecer a los ciudadanos la satisfacción completa de sus necesidades intelectuales y materiales.

Sloterdiejk concuerda con ese escepticismo conservador que no ignora que las contradicciones perduran en el núcleo del sistema liberal y persistirán incluso cuando “el último dictador fascista, el último coronel matamoro (única alusión que hace a América Latina) o el último dirigente comunista, sea extirpado de la superficie de la tierra”, ya que “la alta política no se puede realizar sino bajo la forma de ejercicios de equilibrio”. Por ello, constata que se necesita tiempo para resolver las misiones que exige la realización del bien común, pero ya “no se trata del tiempo histórico de la epopeya y del drama trágico”. Según él, “el tiempo que nos toca es el tiempo de civilizarnos”. Cuando lo que se pretende es hacer “la Historia”, el retroceso es seguro.

Pese a su escepticismo, el autor concluye con una nota de optimismo, y espera que llegue el momento en que se ponga punto final a los impulsos de revancha y veamos el advenimiento de un mundo sin resentimientos y, tal vez, una verdadera “civilización mundial”.

Es de desear que el mensaje de Sloterdijk llegue a los oídos de quienes, en posiciones opuestas, comparten la misma cólera y disponen de su banco de la violencia, además del mismo discurso, y parecen una copia en negativo de aquellos que tanto deniegan.

Remitiéndome al filósofo: “Se actúa en función de un peligro real, con el propósito de impedir que suceda lo peor. Los errores no están autorizados, aunque sean factibles”.

Fuente: http://www.cubaencuentro.com/es

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