A 35 años de la Masacre de Trelew


Compas: me gustó este homenaje que hicieron los compañeros de la hormiguita marabunta, por eso se los re-envío

A 35 años de la Masacre de Trelew

Han muerto revolucionarios, viva la REVOLUCIÓN

Contexto histórico

Desde el Cordobazo el país ya no sería el mismo. El protagonismo de la clase obrera en la escena política y la irrupción de las masas, enfrentando en la calle a la represión estatal, promoverían una nueva etapa política. La aparición de una nueva camada de activistas sindicales abría una perspectiva de independencia de clase, y bajo ese fermento fueron surgiendo numerosas organizaciones que comenzaron a trazar diferentes alternativas revolucionarias hacia el socialismo. Ello desembocó en la caída del gobierno dictatorial de Onganía y el proyecto fascista-corporativo desde el cual la burguesía buscaba consolidar su régimen de dominación monopolista y pro imperialista. Así fue que recurrieron a la figura de Lanusse, un General mucho más lúcido y pragmático que advirtió la necesidad de comprometer a los partidos burgueses, incluyendo a gran parte del peronismo. De allí surge el Gran Acuerdo Nacional (GAN), un intento de dotar al avance contrarrevolucionario de ropajes “democráticos” y parlamentarios.

Bajo el ejemplo vivo de la revolución cubana fueron muchas las organizaciones que se pronunciaron por el carácter inevitablemente violento de la revolución y la necesidad de dar inicio a la fase guerrillera de la lucha armada. La agudización de la lucha de clases era constante y cuanto más se consolidaban las organizaciones obreras y populares más se intensificaba la reacción y sus repuestas represivas.

Si la masacre de Trelew sería el gran ensayo de lo que vendría en materia contrainsurgente, los aprontes eran cada vez más intensos. Los asesinatos selectivos, los secuestros y las torturas arreciaron bajo la batuta de Lanusse y su Ministro del Interior Arturo Mor Roig. Las cárceles, por su parte, se atestaron de militantes gremiales y políticos.

La fuga

La Unidad Penitenciaria de Rawson era uno de los tantos penales donde miles de hombres y mujeres purgaban el delito de luchar por una tierra más libre e igualitaria, sin explotadores ni explotados. Sin embargo, tanto afuera como al interior de sus muros, seguían fermentando los vientos de rebelión. Por la cabeza de los presos políticos no pasaba otra cosa que reinstalarse en sus puestos de combate. Bajo estas premisas el PRT-ERP, las FAR y Montoneros idean y organizan una evasión masiva a concretar el 15 de agosto de 1972.

La huída fue pensada escalonada en tandas. Un primer grupo de 6, constituido por la dirección de las organizaciones y mando general de la operación. Allí estarían el Roby Santucho, Domingo Menna y Gorriarán del PRT, Quieto y Osatinsky de las FAR y Vaca Narvaja de Montoneros. Luego estaba contemplado un segundo grupo de 19 compañeros y un tercero de 91. La fuga masiva estaría garantizada por la toma interna del penal, y el soporte operativo desde afuera para lograr el traslado hacia el aeropuerto, donde estaba contemplada la toma de un avión de línea.

El copamiento escalonado del penal fue relativamente simple. La única escaramuza sucedió en el puesto 1, donde el guardiacárcel Valenzuela reconoció a uno de los militantes, le disparó y encontró la muerte en la réplica. La operación contemplaba que una vez tomado el penal, varios vehículos apostados en la periferia ingresarían para efectuar el traslado. Pese a haber efectuado la señal acordada esos vehículos nunca llegaron. Tan solo Carlos Goldembreg de las FAR siguió el plan e ingresó al penal. Allí se resolvió llamar a varios taxis de Rawson para cubrir el viaje del segundo grupo. A esa altura ya se había resuelto suspender la fuga del tercero. Estos casi 100 compañeros/as deberían entregarse pacíficamente luego de la partida de los 19.

Frente a la disyuntiva de retirarse primero o esperar los taxis, el conjunto se inclinó por la primera opción. Así fue que los 6 compañeros, más Goldemberg, llegaron al aeropuerto cuando el avión ya estaba carreteando para despegar. Mediante la toma de la torre de control lograron detenerlo, subirse y hacerlo partir rumbo a Chile, donde pedirían refugio político y salvoconducto a Cuba.

Carlos Astudillo (FAR), María Berger (FAR), Rubén Bonet (PRT), Alberto Camps (FAR), Eduardo Capello (PRT), Mario Delfino (PRT), Alberto Del Rey (PRT), Ricardo Haidar (Montoneros), Alfredo Kohon (FAR), Clarisa Lea Place (PRT), Susana Lesgart (Montoneros), José Mena (PRT), Miguel Angel Pólit (PRT), Mariano Pujadas (Montoneros), María Sabelli (FAR), Humberto Suárez (PRT), Humberto Toschi (PRT), Jorge Ulla (PRT) y Ana María Villarreal (PRT) eran los 19 militantes que componían el segundo grupo. Aunque con demora, dos taxis y un remís se acercaron al penal y con ellos se dirigieron también hacia el aeropuerto. Llegaron cuando el Avión Austral, con sus 7 compañeros a bordo, estaba despegando.

Entonces decidieron mantener el aeropuerto tomado el tiempo suficiente para garantizar el repliegue del apoyo externo y utilizar la tribuna que el periodismo abriría para difundir sus proclamas. Luego se entregaron bajo estrictas condiciones para garantizar su integridad física. La estatura ética y la moral revolucionaria de estos compañeros, que subordinaron su suerte a la continuidad de un proyecto colectivo, la encontramos en este párrafo de la conferencia de prensa brindada desde el aeropuerto, en palabras de Rubén Pedro Bonet: “Nuestro objetivo al haber tomado la cárcel, al haber venido hasta aquí e intentar la fuga ha sido el deseo de reincorporarnos a la lucha activa. Hemos fracasado, pero, por suerte, varios compañeros nuestros en este momento están arribando a Puerto Montt, lo cual significa que una serie de cuadros de las distintas organizaciones armadas, FAR, PRT-ERP, Montoneros, se van a reincorporar activamente a la lucha. Esto para nosotros ha sido un éxito entonces”.

La masacre

Luego de la conferencia de prensa y después de dialogar con el Juez de Rawson Alejandro Godoy, los militantes acordaron con las fuerzas represivas los términos de su entrega. El interlocutor militar fue el Capitán de corbeta y futuro fusilador, Luis Emilio Sosa. Lo cierto es que pese a acordar un retorno al penal de Rawson, los presos fueron trasladados a la Base Naval Almirante Zar. Alojados en pequeños calabozos y bajo todo tipo de maltratos, las condiciones de entrega quedaron sepultadas bajo la cobardía militar. A las 3.30 de la madrugada del 22 de agosto Sosa despertó a los gritos a los detenidos y junto al oficial Bravo los hizo formar a la salida de las celdas mirando al piso, con la barbilla tocando el pecho. El silencio era interrumpido por las amenazas e insultos de los asesinos. Así fue que sin mediar aviso alguno, los lacayos de Sosa ametrallaron cobardemente a los detenidos, para que el propio Sosa y Bravo los rematara. Fueron dieciséis los compañeros asesinados. María Antonia Berger, Alberto Miguel Camps y Ricardo René Haidar vivieron para dar testimonio de la masacre y hacer polvo las versiones oficiales que hablaban de un intento de fuga y posterior tiroteo… con bajas de un solo bando.

Los que cayeron son nuestra memoria…

Agustín Tosco se encontraba en el penal en momentos de la fuga. Había decidido no participar, pese a la invitación, en virtud de su carácter de dirigente sindical. Así recordó en un reportaje la noticia de la masacre: “Fueron horas de intenso dramatismo. Todos estábamos encaramados y tomados de los barrotes cruzados de la ventana de la celda hacia el interior del pabellón Había rostros enmudecidos. Otros lloraban con profundo dolor y rabia. Algunos gritaban y daban vivas a cada uno de los caídos y a las organizaciones guerrilleras, a la clase obrera, a la revolución y a la Patria. A la noche se preparó un homenaje simultáneo en los 6 pabellones ocupados por los presos políticos y sociales. Espontáneamente cada uno relataba aspectos de la vida, las convicciones, la personalidad de los caídos, hasta completarlos a todos. Posteriormente hablaron varios enjuiciando y condenando el alevoso crimen y fijando la responsabilidad en la Dictadura y el sistema. Luego, a voz en cuello se gritó el nombre de cada uno y cada vez se respondía en forma vibrante y unánime: ¡Presente! ¡Hasta la victoria siempre! Se entonaron colectivamente las distintas marchas partidarias. Todo quedó en silencio Los guardias ordenaron acostarse. Esa noche nadie durmió. El recuerdo de los mártires caídos, la imagen de cada uno, el heroico ejemplo de cada uno, llenaba la imaginación, hacía estremecer los sentimientos y daba una pauta más del duro y glorioso camino revolucionario que recorren la clase obrera y el pueblo hasta su total y definitiva liberación”.

La clase obrera no olvida a sus mártires ni perdona a sus verdugos. Hasta el día del triunfo definitivo la memoria de los caídos es el acicate que mantiene viva la llama de la revolución.

Como M-IR hacemos propia esta sentencia y gritamos al igual que hace 35 años: “Ya van a ver / ya van a ver / cuando venguemos a los muertos de Trelew”

Miguel Sánchez

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